Archivos Mensuales: marzo 2011

99. En el país (del guano) de los Incas

(Lima, para revista Altaïr) Es verdad. La Lima de Vargas Llosa, la de Conversación en La Catedral y  La Ciudad y los Perros, no suele encajar con esa visión estereotipada que tienen muchos de una ciudad cercada por los Andes. La ciudad que el novelista recorrió en su infancia y juventud es un balcón sobre el océano Pacífico, una ciudad con aroma a mar.  Desde las ventanas de las casas que se levantan frente a sus regios malecones es posible otear el infinito, observar, en lontananza, las islas que antaño rebozaron de guano, un fertilizante natural que durante el siglo XIX  motivó  guerras e infortunios en una república que acababa de dejar atrás trescientos años de dominación colonial. En la República del Guano. Guano, wanu en quechua, el idioma de los incas, es el sinónimo que los peruanos han encontrado para referirse al fertilizante que se obtiene de las deyecciones fecales de las aves marinas. Fue precisamente el valor mineral del guano que producían alcatraces, cormoranes y piqueros lo que transformó, hacia 1840, un quehacer milenario en una industria capaz de catapultar el desarrollo agrícola europeo.En un siglo de explosiones demográficas y pérdidas de territorios coloniales, la llegada a Europa del nutriente extraído del Perú fue un bálsamo para gobernantes y gobernados. Gracias a su potente contenido de nitratos y otros minerales, el guano  revolucionó la producción agrícola e hizo milagros. Sirvió para mitigar hambrunas y en Lima, la vieja villa fundada por Pizarro, para encumbrar a una burguesía que convirtió a la ciudad en una de las más bellas y lujosas del Pacífico.

El guano, el oro del siglo dieciocho, el fertilizante que los moche empezaron a utilizar con sapiencia tres siglos después de nuestra era, fue el detonante, en 1879, de una guerra que enfrentó a los ejércitos de Chile, Bolivia y Perú, un conflicto atroz que tiñó de sangre el desierto que los tres países compartían. Muy poco de las ganancias obtenidas se convirtieron en obra pública, tal vez fueron los ferrocarriles que desafiaban las alturas anunciando un progreso que nunca llegó, lo más visible de un boom económico que terminó en comedia. Bolivia perdió su mediterraneidad, los peruanos la fe en un porvenir compartido con sus vecinos.

Los cálculos más tímidos sobre la magnitud del negocio guanero son abrumadores; entre 1840 y 1880 se extrajeron de las islas peruanas 13 millones de toneladas de guano, más de nueve mil millones de euros. En 1956, cien años después de iniciado la explotación del recurso un censo aviar arrojó un dato que le hubiera encantado a Hitchcock: en los islotes del Perú se podían encontrar 33 millones de pájaros defecantes.

En el mar más rico del mundo. Tomamos la ruta de Asia, curioso nombre que recibe uno de los balnearios más lujosos de la capital y denominación también de una isla de 71 hectáreas, a sólo una milla náutica de la costa, donde habitan cien mil aves guaneras, entre guanayes (Phalacrocorax bougainvilli), piqueros (Sula variegata) y alcatraces (Pelecanus thagus). La estación veraniega va llegando a su fin y en Asia todavía se prolonga la campaña anual de recolección del fertilizante natural del que tanto se habla por estos días.En temporada de vacas flacas hay que ser precavidos e innovadores. Y en materia de fertilizantes, los abonos sintéticos, derivados por lo general del petróleo,  han sido puestos en tela de juicio porque empobrecen la tierra donde se desarrolla una agricultura intensiva. El guano de isla, en cambio, es una bendición desde todo punto de vista; es más barato, mejora los suelos, no tiene contaminantes, es biodegradable, vigoriza raíces, es orgánico.

En Asia el graznido de las aves guaneras es insoportable, como insoportable es el olor a amoníaco que lo envuelve todo. Hemos bajado del Río Tambo, buque de la armada peruana que cumple esta mañana una misión de carácter cívico. Su capitán, el comandante Raúl Roselló nos ha ubicado en un bote a remos que a duras penas alcanza el destartalado muelle de madera que sirve como puerta de ingreso a esta área natural protegida a cargo de Pro Abonos, una institución gubernamental que se encarga del manejo del recurso y de dar protección a las cinco millones de aves guaneras que a la fecha habitan el mar del Perú. El guardaislas que nos recibe nos pide cautela, silencio y mucho respeto. Hombres y animales están haciendo lo suyo.

Son las cinco de la mañana y una enorme fila de siluetas que la matutina niebla costera se afana en envolver se dirige a la parte oriental de la isla para reiniciar la faena diaria.   Mientras avanzan por el sendero, alcatraces y zarcillos (Larosterna inca) se dedican a hacer lo único que en apariencia saben realizar: lanzarnos sus excrementos tibios. En este pequeño islote del sistema de islas y puntas guaneras se vuelve a extraer guano después de veinte años, tiempo suficiente para que el fertilizante natural haya vuelto a acumularse formando capaz de medio metro de alto.

Los 180 trabajadores provenientes de la sierra más pobre de Áncash, a diez horas de Lima, en su mayoría indios quechuahablantes, llegaron hace dos meses y ya están a punto de terminar su cometido. La mayoría decidió abandonar temporalmente sus  tierras atraídos por los ciento sesenta y cinco euros mensuales que obtendrán por su trabajo. Llevar ese dinero a casa para invertirlo en la campaña agrícola que se inicia en abril es el sueño de todos; de tal forma que el hacinamiento, las afecciones bronquiales que produce la ingesta del polvo que se levanta todo el tiempo y la soledad son asumidos con estoicismo por una milicia capaz de resistir el sol más abrasador o  la posibilidad de caer por los riscos que se levantan sobre las olas. 

Jóvenes y mayores, padres e hijos, se dividen en grupos muy diligentes, unos separan el abono del suelo insular armados de cepillos, rasquetas y picos, otros apilan el material en sacos que son levantados en peso y llevados a un cernidor donde una última cuadrilla tamiza el guano, separando impurezas para empaquetar el producto final en bolsas de cincuenta kilos. Un enjambre de hombres-hormigas apilando pirámides de guano en un escenario lunar, salpicado de nidos que pronto volverán a alojar a una nueva familia de emplumados.

Un negocio redondo…para los más pobres. Hace un par de años se llegó a acopiar 20 mil toneladas del abono más rico del mundo, el del Perú y su distribución privilegió los mercados locales. Sólo el 20 por ciento de la producción de ese año se envío a Estados Unidos, Francia y Alemania. El resto, la mayoría de lo extraído en las islas, fue llevado a las zonas agrícolas más deprimidas del país. Se trata de favorecer el uso del fertilizante en la producción de cultivos orgánicos, principalmente de café y  cacao, productos que están desplazando a la coca que se sembraba ilegalmente y que destruye vidas y ecosistemas. Una manera pragmática de aliviar la pobreza y derrotar el narcotráfico.Al caer la tarde volvimos al Río Tambo para ganar la noche y poder prepararnos para visitar la la Reserva Nacional de Paracas. Los recolectores del guano, llegado el ocaso, volvieron también a su campamento. Algunos lavan sus destartaladas ropas en la playa frente a la improvisada reunión de carpas y cuartitos que se vienen abajo, otros escuchan las notas tristes de un huayno, la música andina por excelencia, que propala una emisora local. Los muchachos se afanan en organizar un partido de fútbol entre las bolsas de guano y los tendidos de ropa. A las ocho de la noche se apagarán las luces que genera el ruidoso motor a gasolina y habrá que cerrar los ojos-

Reserva Nacional de Paracas, un paraíso. En las islas Ballestas cientos de lobos de mar (Otaria flovesens) de tamaños inverosímiles reposan en las rocas mientras un enjambre de aves marinas crece y decrece conforme nos vamos acercando a los islotes repletos de guano. Nos encontramos de nuevo en el interior de la república guanera.Paracas es un lugar único en el mundo debido a su excepcional diversidad biológica generada por la corriente marina de Humboldt (de aguas frías) y el afloramiento de las aguas interiores que favorecen la vida de microorganismos que convierten al  mar de Perú en el paraíso de la biodiversidad planetaria.

En la bahía de la Independencia, uno de los puntos más bellos de la Reserva Nacional de Paracas, se ubica Isla La Vieja, nuestra última parada. Nos acercamos, esta vez en kayak,  a las salientes donde se advierte la presencia de las primeras colonias de pingüinos de Humboldt (Spheniscus humboldti) que observamos en nuestra travesía. En Paracas  se encuentra la población más grande de tan avezado nadador alado.  Y también las zonas de reproducción del potoyunco ((Pelecanoides garnotii) , antiguo habitante de las islas guaneras y una de las primeras especies expulsadas por el tráfico humano que produjo la explotación del recurso.

De vuelta en Lima. Durante nuestra primera noche en la  capital del Perú el olor a amoníaco parece incrustado para siempre en nuestro cuerpo. Alguien comenta en la calle que huele a harina de pescado, el producto que desplazó en las preferencias de los peruanos al milenario fertilizante y que hoy se exporta por millones de toneladas a China y otros países en acelerado crecimiento. La anchoveta (Engraulis ringens), el pez que por miles de años sirvió de alimento a la pajarada que conocimos en nuestro viaje por las islas del norte, es el insumo básico de la nueva industria.  En la tarde nos reunimos con funcionarios de Pro Abonos quienes siguen optimistas en sus observaciones. Para uno ellos es clarísimo el  siguiente razonamiento: “en un mundo que se debate entre lo transgénico y la producción orgánica, las tierras del Perú, deberían privilegiar lo natural, lo hecho a mano, lo libre de químicos y contaminantes. En esa dirección se enmarca nuestro trabajo: abono limpio de las islas del Perú para sustentar  una agricultura orgánica que se imponga a la de la soya y el maíz trans”. En el país del oro de los incas, el nuevo tesoro por explotar (y cuidar) proviene de la caca de unas aves de vuelo zigzagueante.

 

Bibliografía recomendada

El trabajo más importante sobre el guano del Perú es el de Pablo Macera, El Guano y la Economía Nacional que se encuentra en la colección Trabajos de Historia (Retablo de Papel, INC, 1977 ); lamentablemente se trata de una edición escasa pero disponible en cualquiera de las bibliotecas de Lima.

En You Tube (http://www.youtube.com/watch?v=2Fe4Hylj-0A) se encuentra el video Aves Guaneras, las aves más valiosas del mundo, producido por Pro Abonos, dependencia del Ministerio de Agricultura peruana encargada del cuidado, acopio y distribución del recurso. El biólogo Raúl Sánchez Scaglioni, especialista en aves marinas del Perú, fue quien supervisó el trabajo de investigación.

Bonilla Heraclio

Un Siglo a la deriva

Ensayos sobre el Perú, Bolivia y la guerra

Instituto de Estudios Peruanos, 1980

Detallada historia de la explotación del guano, su venta al exterior y los problemas que causó entre Bolivia, Chile y  el Perú durante el siglo XIX.

Raimondi, Antonio

Informes y polémicas sobre el guano y el salitre

Perú: 1854-1877

Fondo Editorial de la UNMSM, 2004

Raimondi fue un científico italiano que recorrió todo el Perú, durante la segunda parte del siglo XIX, para estudiar su naturaleza singular. Fue uno de los primeros científicos en valorar en toda su dimensión la riqueza mineral del fertilizante.

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98. Trekking Santa Cruz, imperdible

(Caraz) El viaje empezó de manera desbocada. Qué el padre de tu novia te confunda con el papá del galán que ha pasado a recoger a su hija es un problema de naturaleza profunda. Como para poner reversa y volver a casa a replantear relaciones. Sin embargo, la ruta estaba diseñada y solo me quedaba enfrentar los embates de la realidad y poner proa en dirección correcta. Eso fue, finalmente, lo que hice: acomodé de la mejor forma el equipaje de la linda chica que había ido a recoger, respiré hondo, comenté las mismas trivialidades que suelo comentar antes de tomar la carretera y sin más preámbulos pisé el acelerador de mi camioneta Hyundai en el afán de llegar lo más rápido posible a Huaraz, puerta de entrada al Parque Nacional Huascarán. El objetivo esta vez era la quebrada Santa Cruz, escenario de uno de los senderos para caminantes más extraordinarios del planeta. El mítico trek al Santa Cruz.

 

No voy a decir mucho de los preparativos de esta expedición. Solo mencionaré que llegamos sin contratiempos a Cashapampa, pequeño punto en el mapa del Callejón de Huaylas que iba a servir de partidor para la caminata que cuatro viajeros entusiastas, un guía joven y un arriero trejo estábamos a punto de empezar aquella mañana de julio. Cashapampa se ubica a 35 km de Caraz, es un villorrio como tantos de los andes peruanos cercado por las cementeras, los eucaliptos y las casas de adobe con puertas pequeñas por donde asoman niños que suelen hacerle un guiño al turista. Por este paraje insólito transitan diariamente decenas de viajeros llegados de todo el mundo para cumplir el sueño del Santa Cruz.

 

Primer día: dura jornada, extraordinarios paisajes. Lo he mencionado: pocos lugares en el mundo tienen el atractivo salvaje de esta quebrada que se interna en la Cordillera Blanca para acercarnos, en pocas horas, al pie de doce nevados de espléndida realeza. Desde el Alpamayo hasta el Huascarán, pasando por una lista de gigantes de conocido prestigio: el Artesonraju, el Taulliraju, el Paria, el Pisco, el Chacraraju, el Chopicalqui, el Huandoy y mejor parar de contar. Un potpurrí de cimas impecables, inabarcables e impresionantes, rodeadas de una vegetación tersa al mismo tiempo que violenta, repleta de bosques compuestos por árboles nativos en muy buen estado y lagunas de azules inexplicables. Razón tienen los que realizan este peregrinaje inusual cuando afirman que la belleza de la Cordillera Blanca compite en superlativos con la de los Himalayas. Lo increíble es que los viajeros a la cordillera nepalí deben esperar meses para ingresar al parque pagando cifras estrambóticas mientras que los que se aventuran a conocer este rincón privilegiado del Parque Nacional Huascarán solo deben abonar 65 soles por el ingreso, un poco más de veinte dólares.

El trek al Santa Cruz se debe hacer en cuatro días como mínimo, aunque hay agencias en Huaraz que ofertan una caminata de seis que incluye la laguna 69, fantástica por donde se le mire y un tramo más en la quebrada de Llanganuco. Nosotros, peruanos aprovechando los días feriados de fiestas patrias, hicimos el trayecto en tres. A todo ritmo pero sin dejar de fascinarnos por tanto espectáculo de la naturaleza.

 

Nuestra primera jornada fue muy dura, debo advertirlo. Partimos de Cashapampa sobre las ocho de la mañana y llegamos a nuestro campamento de pernocte, en Taullipampa, a las seis de la tarde: diez horas de intensa marcha, 22 km de aguante. Este tramo al lado siempre de un río de aguas limpísimas se suele hacer en dos días, pero, ya lo dije, había que apurar el paso. La jornada inicial fue de una hermosura sobrecogedora. La ruta se inicia con un ascenso desafiante que invita a la rendición. Los que logran superar este primer obstáculo, encontrarán que la quebrada del Santa Cruz susurra una verdad que parece difuminarse ante la cercanía de las moles de hielo que van apareciendo en el transcurso del día: nos encontramos en el trópico sudamericano. Las bromelias, las epífitas, las mariposas, los moscardones no dejan de advertir que estamos vagando en las cercanías del ecuador geográfico.

A las doce de la mañana llegamos a Llamapotrero (o Llamacorral para algunos), sobre los 3800 msnm, el primer campamento de la ruta de cuatro o más días. Almorzamos ligero viendo al nevado Santa Cruz y a poco de reiniciar la marcha nos topamos con la laguna Ichicocha, de un esmeralda parecido al de los estanques del río Cañete, en Huancaya y después con la majestuosa laguna Jatuncocha, donde el camino recorre durante mucho tiempo uno de sus flancos. De cuando en cuando aparecen las queuñas (Polylepis spp.), el árbol más conspicuo de la Cordillera Blanca, también las huallatas (Chloephaga melanoptera), blanquísimas y elusivas, se esmeran en llamar la atención del caminante.

 

Al final de la jornada, cansados pero felices, alcanzamos el mirador del Alpamayo, el campamento de obligada estación. Desde este punto es alucinante la vista de la quebrada Santa Cruz con las dos lagunas que dejamos atrás y la sucesión de nevados que decoran la escena. Nosotros tuvimos la suerte, superada la fatiga y gozando de la luz tímida que proponía nuestra fogata, de ver el ataque a la cumbre de un grupo de montañistas que intentaba coronar la cima del Alpamayo. La cereza en la torta para todo iluso que se encuentra vagando por estas soledades.

Segunda jornada: entre queuñas y nubes blanquísimas. Nos despertó la bulla proveniente de un campamento al lado del nuestro. Curioso, se trataba de un coro de voces aceleradas y tonos muy agudos de una chiquillada que compartía con nosotros el campamento de Taullipampa, a 4250 msnm. Chicos y chicas campesinos de Yanama, callejón de los Conchucos, varias leguas más allá, disfrutando con desenfado la aventura de estar fuera de casa bebiendo la misma belleza que habíamos encontrado nosotros . Alfonso, mi compañero de marcha y yo, maestros de oficio al fin y al cabo, nos dedicamos a especular sobre sus afanes y futuro. Algo de eso anoté en mi libreta de campo: “cómo no soñar, viéndolos, en una patria así, con niños y niñas sin complejos; sin tener que dejar la infancia para mudarse a las ciudades y sobrevivir de cualquier modo”.

 

Con la imagen de esa tropa inocente y desenvuelta, pletórica de felicidad, reiniciamos la caminata a las ocho de la mañana. Dos horas de ascenso por un camino escarpado y llegamos a Punta Unión, un abra frente al nevado Tayllaraju desde donde se inicia el descenso hacia una nueva quebrada, la de Huaripampa. El hielo a solo un paso, las lagunas del día anterior mostrando su brillo, el azul de un cielo infinito, la puna con sus aromas característicos, el viento soplando desde la distancia, los rumores del agua cayendo desde las montañas… Es necesario estar en Punta Unión para tomar la verdadera fotografía interior de un paisaje al que solamente se puede llegar invirtiendo en esfuerzo.

 

El resto de la jornada fue transcurriendo en un frenético descenso interrumpido hacia el mediodía por la aparición del nevado Paria, gigantesco y muy parecido al Alpamayo y luego por el ingreso a un bosque de queuñas interminable y lleno de detalles. Se lo comenté a Alfonso y hasta la fecha no me arrepiento de lo dicho: éste debe ser uno de los paisajes más bellos que conozco.

 

Caminé y caminé extasiado por la dicha al lado de Miguel, el caballo de Reinaldo Figueroa, nuestro arriero, que por cierto se había adelantado para esperarnos en el campamento siguiente, casi al otro lado de la quebrada Huaripampa. Llegamos a nuestro objetivo del día sobre las tres de la tarde, siete horas después de haber iniciado la marcha. Recuerdo que esa tarde no hablamos mucho, estábamos cansados y repletos de emociones, cocinamos lo que teníamos organizado, bebimos unas copas de vino para completar la dicha y a las siete ya estábamos en nuestras carpas esperando el día siguiente. Giomar, nuestro guía y líder de la expedición, no cabía en su pellejo; éramos los primeros connacionales que guiaba y la pasábamos de la mejor manera…

Tercer día: más nevados y la quebrada Llanganuco. A las cinco de la mañana, de noche, levantamos campamento y empezamos el trote. Nuestro objetivo era Vaquería, una repartición vial donde debíamos esperar la llegada de la movilidad pública que habría de transportarnos hacia la tercera y última quebrada de nuestro trek, la de Llanganuco, al pie del coloso Huascarán. La primera parte de la caminata la hicimos de noche, alumbrados por la luz de nuestras linternas frontales y a buen ritmo. La mañana nos encontró en Huanipata, una aldea, la primera de todo el recorrido, típicamente rural; habíamos dejado atrás el paisaje natural para empezar a caminar por una geografía definida por la presencia humana. El contraste debió habernos causado alguna fisura interior pues nos habíamos transformado en un equipo de caminantes poseídos por llegar a la meta.

 

Claro que conseguimos llegar a tiempo a Vaquería y por supuesto que gozamos de los últimos arrestos del tercer día, en mi caso sobre el techo de una combi que logró coronar en tiempo record el portachuelo de Llanganuco (4767 msnm) para lanzarse a todo galope por el zigzag carretero. No me arrepiento de aquella decisión. Pero fue un riesgo innecesario. Apretando los dientes y en el dorso de un animal trepidante –las combis en nuestro país suelen ser caballos desbocados- terminé la ruta del Santa Cruz admirando a cuentagotas los contornos del Huandoy, los bosques de queuña de esta parte del Parque Nacional, sus lagunas de todos los tamaños y el imponente Huascarán.

 

Al caer la tarde nos encontramos en Yungay. Lo había dicho al principio de esta narración, el viaje había empezado de manera desbocada, pero sin duda llegaba a su fin de forma épica. En el camino, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, Carla, Rocío y Alfonso iban conversando sobre cosas nimias, sin aparente importancia, mientras yo amontonaba pensamientos; qué curioso tenía el sentimiento de haber caminado a un ritmo frenético, inusual, como quien trata de evitar que lo confundan con el padre de los buenos compañeros de este viaje inolvidable.