Archivos Mensuales: noviembre 2012

116. Europa, Europa

(Zürich) Desde  Niederdorfstrasse, en Zürich, puedo observar el mundo. Y es mucho más hermoso de lo que a duras penas uno puede avizorar desde las veredas de nuestra pequeña ciudad. En este otro lado del planeta, pese a la crisis y las voces apocalípticas, se respira orden, serenidad, quietud, se vive en espíritu de gracia.

Un hombre detiene su vehículo para dejarme pasar, una mujer entrada en años atiende mi solicitud de extraviado caminante y me dice por donde debo ir. Los tranvías avanzan con esmero por las calles estrechas de una ciudad llena de bríos.

Las luces de la navidad y el semblante alegre de la multitud que cruza  el río Limmat para atestar de bullicio la vida nocturna del Banhof Quai lo dicen todo: la vieja Europa, al menos ésta que vive lejos del Mediterráneo, exuda otros aromas, vive de emociones menos alteradas . Las bicicletas se amontonan sobre las vallas y postes, sin cadena alguna que las proteja de los pillos de ocasión. Las muchachas, lozanas y llenas de futuro, parlotean sin los miedos que en las calles de nuestras urbes resultan tan comunes. El feminicidio, esa lacra contra la mujer, en Bahnhofstrasse, no tiene tarjeta de presentación.

Europa, esta Europa, parece seguir de pie en el mapa del bienestar que produjo la post guerra y la caída de las ideologías. Lejos, extremadamente lejos, del Armagedón económico y las profecías mayas.

Las ciudades del Perú, las ciudades que conozco, las ciudades que recorro todo el tiempo, se desbordan, no tienen límites que pongan freno a su apetito por comerse todo: valles, desiertos, cerros. ¿Dónde acaba Lima y dónde San Bartolo?, ¿Huacho termina allí donde hace años vivían los moradores de su periferia?, ¿San Jerónimo, en el Cusco, sigue siendo la villa campesina de la década pasada o ya es parte de la ciudad moderna que fagocita tierras y campiñas?. ¿Iquitos sigue siendo una cárcel en medio de la selva o es acaso una urbe tan hambrienta de lotes nuevos como  la Blanca Ciudad de Arequipa o la señorial Trujillo?, ¿Y Máncora, en el norte extremo y Chavín, en el valle de Conchucos?, ¿sigue creciendo Tacna?, ¿cuáles son los límites de Tumbes?

Difícil hallar respuestas a tamaño extravío urbano, a tremebundo desborde popular. Desde la ventanilla de la nave que me traslada desde Madrid a Zürich veo la gigantesca meseta española y lo que se observa es  otra cosa. Tierras agrícolas que desde hace siglos conservan su misma extensión, pueblos amurallados por carreteras que los comunican con otros y le dan medida a su crecimiento urbano, bosques que siguen conteniendo la misma flora y fauna de antaño. También sus mismas extensiones.

Lo nuestro es la radiografía del desorden , de la ausencia de planificación, de la metástasis urbana. Un verdadero horror, un canto a la improvisación y crisis del Estado.

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115. Camino a Zürich

Cuando Ud. lea estas líneas habré de encontrarme, sonriente y lleno de entusiasmo, camino a Zürich dispuesto a visitar el Museo Rietberg para poder apreciar la exposición “La llegada de los Dioses a los Andes”, muestra de arte lítico de la civilización Chavín que reúne por primera vez en el exterior piezas que el mismísimo Julio C. Tello clasificó durante su periplo por el callejón de los Conchucos y el norte del Perú. Sin duda, el suceso cultural más importante del año que vamos cerrando y  punto de partida de una original (y necesaria) campaña para reposicionar Chavín en el imaginario cultural peruano.

Voy a ir  por partes…

Primero. Después del rutilante éxito mediático que significó para el Perú el festejo del centenario de la llegada de Hiram Bingham a Machu Picchu y la sobre exposición de la marca Perú en los pasillos del planeta Turismo, la muestra en el museo Rietberg resulta una oportunidad magnífica para salir del lugar común y mostrarle al mundo la magnificencia de nuestro desarrollo cultural y su asombrosa antigüedad (que en el caso del mundo Chavín se remonta más allá del primer milenio antes de nuestra era).

En otras palabras, salir de un encasillamiento (Perú, país de los Incas) que puede haber sido útil para construir una marca turística pero que resulta peligroso, muy perjudicial, si es que nuestro  propósito es situarnos en la aldea global como un territorio culturalmente diverso. Culturalmente diverso ahora y desde siempre. Como México, Egipto, la China o el Oriente próximo, el de la Mesopotamia.

Segundo. Magnífica ocasión también para empezar la resignificación de la civilización Chavín, la que Tello llegó a considerar la cultura matriz, el punto de inicio de nuestro devenir histórico. Chavín fue durante gran parte del siglo pasado, después de Machu Picchu, el ícono arqueológico más importante de estas tierras con riquezas culturales al por mayor. A su templo llegaban los turistas por miríadas para asombrarse con las historias que narraban sus piedras, lanzones, estelas de deslumbrantes grabados y cabezas clavas.

Varias generaciones de peruanos crecimos leyendo en los libros escolares los relatos de unos dioses fieros, de fauces dentadas en exceso y serpientes por cabelleras. “Sociedad teocrática surgida en el valle que forma el río Mosna, laberíntico castillo donde los tributarios penaban sus delitos. Tello, 1919. Chavín, primer horizonte cultural. Chavín, cultura pan peruana”.

¿Dónde fueron a parar tantos pergaminos? ¿Qué fue de la bien ganada fama de los hombres y dioses de Chavín?

Tengo algunas respuestas, vagas seguramente e innecesarias en el contexto de esta nota. Lo cierto es que con un grupo de “chavinos” –Marcelita Olivas, la directora del Museo Nacional de Chavín a la cabeza-  venimos dándole vueltas al asunto y nos vamos convenciendo de que hay  hermanos muchísimo que hacer para resituar Chavín y soñar con su apropiado renacimiento cultural. Ponerlo a la altura de su linaje, de su importancia como primer paradero de la cultura peruana.

Tarea compleja, ardua. Creativa por definición. Para ello, los que fungimos de estrategas comunicacionales, de gestores culturales (o turísticos), tenemos, debemos, apoyarnos en socios claves, en aliados fundamentales. Algunos de ellos estuvieron en primera fila el día de la inauguración de la muestra peruanista en Zürich: Luis Peirano, Luis Lumbreras, los esposos Rick, Marcela Olivas…otros, esperando el momento adecuado para empezar su trabajo…

En fin, a celebrar los tiempos que se vienen, de resignifcaciones culturales y mucha creatividad. Mi viaje a Zürich tiene ese cometido, ya les iré contando nuevos detalles.

Buen viaje…

114. Para entender a Siomi Lerner

“En el Perú todos hemos sido alguna vez revolucionarios”, la frase es de  Manuel  Bustamante de la Fuente, un jurisconsulto arequipeño que desde su escaño en el Congreso Constituyente (de 1931) se opuso firmemente a la ley de Emergencia que los áulicos al gobierno de Sánchez Cerro intentaban aprobar, y de hecho así lo hicieron, para frenar la beligerancia de los que seguían a Haya de la Torre, entonces joven político a quien la Derecha (Bruta y Achorada) de entonces acusaba de comunista.

MANIFIESTO A LOS APRISTAS

“Fraude, fraude, fraude”, no dejaban de gritar a voz en cuello los apristas del norte; estaban convencidos de que el Ejecutivo había metido las manos en las urnas para impedir el triunfo del partido del Pueblo.

No se escuchó al inteligente abogado que sería elegido, posteriormente, dos veces senador por Arequipa (seguramente hoy lo habrían acusado de caviar, de tonto útil, de antiperuano), sus palabras se las llevó el viento. La ley de Emergencia se aprobó al carpetazo en enero de 1932 y la represión no se hizo esperar. Veintidós parlamentarios apristas fueron deportados por subversivos y un grupo de periodistas independientes y políticos opositores como el Comandante Jiménez, viejo obrero del desorden, tal vez el último de los caudillos románticos, siguió la misma suerte.

1932 fue el año de la Barbarie, según Guillermo Thorndike, autor de una novela histórico sobre la revolución aprista de Trujillo; ese año fue  el inicio del martirologio aprista y el primer capítulo  de una historia de casi tres décadas de odios, asesinatos -como el de los jóvenes esposos Miro Quesada, uno de ellos director de El Comercio- conspiraciones, acusaciones de traición y actos de terrorismo que han quedado (felizmente) en el olvido.

Ese mismo año, infausto 1932, un militante aprista atentó contra la vida del presidente Sánchez Cerro en Miraflores (una bala le ingresó por la espalda y le salió por el primer intercostal izquierdo, según reza el parte médico) y cientos más de la base aprista de Trujillo intentaron tomar por asalto el cuartel O’Donovan produciéndose una estampida de terror que segó la vida de militares, hombres de a pie y disciplinarios del partido fundado por Haya de la Torre, desde entonces, para un grueso sector de la ciudadanía, una simple banda de asesinos, una gavilla de terroristas enemigos del Perú…para otros, un partido heroico, una hermandad de milicianos cuyo grito de guerra “Solo el aprismo salvará el Perú”, era un canto a la acción, a la revolución contra la oligarquía y las fuerzas retardatarias que pugnaban por mantener el statu quo.

No me fue muy fácil entender, en 1978, mozalbete aún, cómo era posible que ese anciano de rostro angelical y voz tenue, pero firme, a quien sus seguidores llamaban Jefe y al que millones de votantes acababan de ungir presidente de la Asamblea Constituyente, fuese el mismo sujeto condenado a muerte por una corte marcial en 1933, acusado, entre otras cosas, de ser autor intelectual del crimen contra Sánchez Cerro, el tristemente célebre militar finalmente abatido por una mano asesina (¿aprista?) cuando asistía a un desfile durante el conflicto bélico con Colombia.

No voy a decir que la misma suerte le espera a Abimael Guzmán, el líder de la banda terrorista que puso en jaque al país apenas iniciado la década de los ochenta (la misma que empezó con la candidatura a la presidencia de Armando Villanueva del Campo, bestia negra del aprismo auroral y terminó con Alan García, hijo predilecto de Víctor Raúl, fuera del poder), quien seguramente morirá tras las rejas; pero sí que resulta prudente empezar a explorar los caminos que debemos recorrer para reconstruir el deteriorado tejido nacional  y soñar con la reconciliación entre los peruanos.  ¿O lo que toca es construir una sola verdad, inamovible y ultranacionalista,  y  reprimir a todos los que intenten ponerla en tela de juicio?

La ruta que propone Salomón Lerner es ciertamente osada y puede se ingenua. Pero de allí a acusarlo de pro senderista –o caricaturizar su propuesta- me parece una exageración, una respuesta emocionalmente subida de tono de quienes se niegan a convivir con un grupo de peruanos que tienen  frente al fenómeno de la subversión senderista una visión diferente a la oficial.

¿Cómo hicimos los peruanos para entendernos después del baño de sangre de 1932,  inicio de una rebeldía que se prolongó por varios lustros más?  Sería bueno estudiar ese proceso y sacar las mejores conclusiones.

Luis Alberto Sánchez, el polígrafo aprista, dice que aquella “fue una guerra civil solapada, subrepticia, pero más sanguinaria que las anteriores” y que solo en la toma de Trujillo, fatídico 7 de julio de 1932 y días subsiguientes, murieron cinco mil personas. La que nos tocó vivir, la de la insania de Sendero Luminoso y el MRTA,  fue más trágica, en número de muertos  y de imágenes, pero  tarde o temprano tendrá que arribar  el tiempo de la verdadera memoria (con su cuota  de sanción  a los culpables de crímenes y abusos así como de reparaciones a las víctimas de los bandos en conflicto) y el posterior perdón,  no existe otra ruta.

Sé que defender lo que ha dicho Lerner desata la furia de muchos; sin embargo lo voy a hacer, sobre el particular, pienso como él: “El movimiento Movadef al igual que cualquier grupo con ideas de apoyo a los actos de terrorismo del pensamiento Gonzalo y de guerra contra la democracia no tienen cabida dentro de nuestro sistema político. Sin embargo, en el ejercicio de la libertad de pensamiento, si estos declinan de esas ideas pueden adecuarse e incorporarse al sistema democrático respetándolo y alejándose de sus posiciones de defensa al terrorismo del pensamiento Gonzalo y de destrucción de nuestro sistema democrático institucional. Esta posición es esencialmente constitucional y nadie puede dejar de reconocer el derecho de un grupo humano a rectificar su conducta e incorporarse a la democracia respetando las reglas de juego que esta establece”.

Buen viaje…

 

 

113. Atiquipa, amor a primera vista…

En la puerta del cuarto que habitaban los hermanos mayores de los mellizos Rubio había un cartelito que decía: el que sabe, sabe, el que no, es jefe. Terminaba la década del setenta y nosotros, mozalbetes a punto de dejar la escuela, solíamos pasar las tardes es esos pagos planeando campamentos y si es que no se podía, cualquier incursión urbana que tuviera como destino la búsqueda de sapos en los estanques del campo de golf cercano o una vulgar cacería de plantas en los jardines de la vecindad. Me han dicho que por ese barrio, el de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, vivió Gastón Acurio. Mientras él, con la complicidad de los suyos, elaboraba recetas y alborotaba cacerolas; nosotros, imberbes y levantiscos, crecíamos arropando nuestros espíritus con la preparación de viajes a tierras inhóspitas o geografías todavía no descubiertas.

Habíamos crecido leyendo a Salgari, yendo a ver los partidos de fútbol del Federico Blume, en Barranco y escuchando las andanzas de Pino, uno de los mayores del clan Rubio que por entonces ya le había dado media vuelta a Sudamérica y estudiaba ingeniería forestal en la Universidad Agraria.

Fue el propio Pino el que debió poner sobre el escritorio del “gabinete” que habíamos levantado en los extramuros de la casa de sus padres, a un par de cuadras de la tiendecita de los Wong, el nuevo derrotero a seguir: teníamos que descubrir las lomas de Atiquipa, bien al sur de nuestras fronteras iniciales. Casi en el fin del mundo. Debo decir que el Gabinete de los hermanos Rubio fue uno de los laboratorios de idealismo más espectaculares que parió esa Lima cercada por el gobierno militar y su ideología ramplona. En el gabinete de la Dos de Mayo, barricada de iconoclastas, dimos batallas ejemplares contra el hastío y la vida triste que otros empezaban a diseñar por nosotros. En ese pequeño vestíbulo, Bore, Chino, Laines, Monero, Avaro y muchos más, compartimos ilusiones con un grupo de ilusos cinco o seis años mayores: Tosineta, Miguel, el propio Fernando. Cada quien era el jefe de un destino singular que habíamos decidido planear sin dejar un milímetro siquiera para lo imposible. Éramos desenfadados, revoltosos, irreverentes; no sabíamos de dubitaciones ni de fracasos.

Atiquipa, amor a primera vista

En esos años iniciales de la década de los ochenta, nadie hablaba de calentamiento global ni de estudios de impacto ambiental en esta ciudad de tipas y garúas matutinas. Sí, en cambio, de revueltas en los andes y desbordes populares. Pino (o Fernando Rubio, como quieran llamarlo) fue ungido por unanimidad capitán general de la hueste y en pocas semanas tuvimos todo listo para salir en busca de esa tierra prometida. Nunca había visto un plano del IGN, mucho menos podía definir el concepto de loma costera, un ecosistema que solo un adelantado como él podía explicarnos. En la garita de Pucusana nos aupamos a un camión cualquiera y después de infinitas horas llegamos a las proximidades del kilómetro 600 de la Panamericana Sur para sumergirnos en una geografía inusual, esplendorosa, de la cual no hemos regresado todavía y dudo que alguna vez podamos hacerlo. En ese viaje, o de repente en el segundo, no lo puedo precisar, fuimos conociendo a Julio Sulca, Lino Segura, Bernardino Alva y oímos hablar de los Cárcamo, una estirpe de dueños de la tierra y mandones por antonomasia que imponían condiciones en un paraje perdido entre la camanchaca y los olivos más regios que se podía concebir; también de un señor Palomino que pescaba corvinas en una playa de nombre sumamente expresivo: Jihuay, Jagüey o algo por el estilo.

Me imagino que Laines (a) Jaime Rubio, uno de los pasajeros de esa primera incursión victoriosa, fue el más interesado en esa playita de olas milagrosas y pescas increíbles, los demás solo pensábamos en guardar recursos físicos para las largas caminatas por los vallecitos de Parcanajón y Llactapara que nos esperaban antes de coronar la cumbre del cerro Cahuamarca, morada de los gentiles que alguna vez poblaron estas quebradas sembradas por una andenería que se podía apreciar intacta en medio de un paisaje francamente lunar, definido por la presencia insólita de piedras gigantescas y terrazas, pequeñas y complejas, habitadas por desafiantes olivos, fresnos, taros y eucaliptos. Lo menciono porque fue Laines, quien años después, en sociedad con el Indio y de regreso de su periplo europeo, de donde volvió con una tesis sobre las lomas costeras de Atiquipa bajo el brazo: “Les lomas de Atiquipa dans la cote sud du Perou. Paris, 1995”, quien clavara pica en Jihuay, en nombre de todos nosotros, con la intención de desarrollar un proyecto agroforestal que acabo de visitar, ahíto de nostalgias y tantos buenos recuerdos, capaz de integrar parte de los sueños de una generación, la nuestra, bendecida por el idealismo y las ganas de tocar el cielo con las manos

(El Indio, es Carlos Guillén, molinero y por entonces un miembro más de esa misma tribu de urbanitas que después de haberse formado en el Gabinete de la avenida Dos de Mayo empezaba a generar alianzas con otros soñadores)

Datos para conocer el paraíso.

Ese viaje iniciático, el que hicimos a comienzos de los ochenta, fue el preludio de una invasión, pequeña seguramente, pero reiterada, que fue descubriendo en pocos años el sabor de una región inesperada de la costa arequipeña; me refiero a un bolsón entre Tanaka y Chala, una “ecozona” claramente distinguible donde las lomas definieron desde tiempos remotísimos la vida de sus pobladores. Las lomas constituyen uno de los escenarios más utilizados por los hombres y mujeres del Perú ancestral; desde tiempos remotos la franja costera toda fue una inmensa estepa verde por acción de la nubosidad que los vientos del Pacífico empujan sobre las estribaciones y pendientes andinas de la región también llamada Chala. Estas tímidas nubes al chocar contra los cerros -durante los meses de mayo a octubre- humedecen la tierra generando ciclos biológicos impactantes.

En Atiquipa y alrededores, lo he comprobado en cada uno de mis retornos, la presencia de restos arqueológicos testimonian una intensa ocupación humana beneficiada, obviamente, por la inusual despensa de agua. Desde Puerto Inca, en Quebrada de la Vaca (o Huaca, al decir del investigador Hermann Trimborn, explorador en la zona desde 1967) hasta bien al sur de Silaca, la andenería es el común denominador de una región que en épocas pretéritas debió albergar a mucho más población que la que encontramos en la actualidad en los pueblos del distrito de Atiquipa. Las terrazas de cultivo que llegan hasta el mar, las chullpas, los caminos, los aposentos de gran dimensión, los corrales (que albergaron una nutrida población de llamas, a juzgar por los restos de excremento de camélidos que se ha hallado en estos sitios) se desparraman, eso anoté en uno de mis cuadernos de campo del año 1983, por todos lados. Son las evidencias de una sociedad, citando a Jared Diamond, sumamente organizada que colapsó en algún momento de su desarrollo dejándonos solo las huellas, en la aridez del desierto y las playas de arena y piedras, de su antiguo esplendor.

Trimborn comenta en su trabajo pionero sobre la zona que las condensaciones de las neblinas, la presencia de agua a poca distancia de la superficie y la abundancia de peces y mariscos en las playas y cercanías, debido principalmente al influjo de la corriente de Humboldt, hicieron posible el asentamiento de grupos humanos (y animales) que le dieron vida –orden y concierto- a este oasis en medio de la nada. ¿Cuánta gente vivió en este paraíso?, ¿Se trató de una población que utilizó el espacio durante todo el año o sus integrantes solo se instalaba estacionalmente para sacar provecho de los cultivos agrícolas y marinos, uno de ellos el magnífico cochayuyo? Incógnitas que algún día, espero, esperamos, se irán disipando.

El fundo de Laines en Jihuay, una vuelta al pasado

La semana pasada volví a Jihuay, esta vez con un grupo de amigos distinto, más formal y circunspecto, menos loco pero igual de entusiasta. Con Jani, Eliana, Jackie, Pepe y Carlos Reaño, ingresamos al territorio de Atiquipa para conocer un poco más del ecosistema lomero y tomarnos un descanso viendo el mar y escuchando el susurro de sus olas dormitando sobre una playa inmensa, de arena fina y paisaje sobrecogedor. Las dos casas que Laines ha construido en la margen derecha de la quebrada de Jihuay son espléndidas, están muy bien acondicionados y aptas para revivir visitantes…para nada se oponen o interrumpen el paisaje (ese fue mi temor en el 98, cuando visité el proyecto); por el contrario, le dan a la playa y al oasis, una contemporaneidad y un toque de civilización (civilizada) muy positiva: recordemos que Jihuay, Silaca y Cahuamarca, Moca y Puerto Inca, son solo los vestigios inertes, materiales, que nos legaron unos pueblos de gentiles que supieron aprovechar el territorio para continuar la especie.

Para eso construyeron adoratorios, surcaron la tierra, penetraron en el mar anchuroso y bravío que tenían al frente, se enfrentaron a los temblores y a los demás fenómenos adversos de la naturaleza, desafiaron la muerte y perduraron.

Fueron desenfadados, revoltosos, irreverentes (ante la naturaleza y sus Dioses); en su credo, estoy seguro, no hubo espacio para la dubitación ni los fracasos. En eso he pensado todos estos días, mientras hablaba en el recuerdo con mi querido amigo Bore –Ernesto Rubio- que ya no está y con quien más de una vez navegué por los contornos de la prodigiosa Atiquipa, la tierra prometida que asimos en un momento clave de nuestra primera juventud y no hemos dejado de contemplar.

112. Un banquete al pie del nevado Huantsán

He visto el nevado Huantsán a los ojos y aún no lo puedo creer…sin embargo, estaba allí, imponente, altanero, impasible. Regio. Un gigante rodeado de diminutos compañeros. Sí, el más alto de los nevados de la zona meridional de la Cordillera Blanca, el segundo coloso de hielo después del Huascarán, apareció de pronto, inigualable, veinte minutos luego de haber dejado atrás la apacible ciudad de Chavín, en el acogedor callejón de los Conchucos.

Voy a decirlo de una vez: el Huantsán no es un nevado cualquiera. Sus paredes verticales y ariscas lo han convertido en un K2 para cada uno de los contados montañistas que intentan dominarlo. Es, la suya, una arquitectura para estilistas, para conocedores. Desde que el francés Lionel Terry clavara pica en lo más alto de su lomo en el invierno de 1952 muy pocos aventureros han podido mirar desde su cumbre de 6395 metros de belleza deslumbrante el resto de la creación.

Tuve suerte. La mañana del domingo pasado, siguiendo los pasos de Astrid Gutsche, la afamada cocinera alemana, co-artífice del sueño Astrid & Gastón, el más reputado de los restaurantes peruanos, me introduje en los dominios del Huantsán. Camino a la cuenca alta del Huachecsa, a medio kilómetro de Nunupata, un caserío donde solo se habla quechua y el frío se deja notar en los rostros agrietados de  los niños y  niñas que persiguen el ganado, me topé con la chef pastelera (y con la mole de granito y hielo perpetuo que decora la ruta del épico trekking Olleros-Chavín)

¿Qué hacía Asrtrid en las alturas de Conchucos?

Primera impresión. Gutsche, o Astrid como la conocemos los peruanos que seguimos de cerca la creativa travesía de la comida nuestra, es una mujer que destila travesura y desparpajo. Una gringa con ADN  madeinperu, me di cuenta al toque. Ni bien bajó de la camioneta del Sernanp ya estaba regocijándose con una piara porcina que se revolcaba en el lodo del Jato, un caserío del centro poblado de Chichucancha, a casi cuatro mil metros de altura. Saludó a todo el mundo, dictó un breve speech de ajos y cebollas (todo off the record), eligió un caballo moro para iniciar la cabalgata hasta el sector de Shongo, en los interiores del Parque Nacional Huascarán y ya estábamos todos en camino. Yo era el tímido muchachito que se escondía entre los cultivos de tarwi y los pocos árboles de eucalipto que batían sus hojas al viento.

Astrid prepara un documental que va a dar que hablar y que se presentará en el Mistura versión 2012. Un documental y un libro para sacar cara por los bosques del Perú, la mayoría de ellos vigilantemente cuidados por los guardaparques y técnicos  del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado. El Sernanp es una macro entidad dependiente del Ministerio del Ambiente que  tiene en sus manos la responsabilidad de proteger y manejar el 16 % del territorio patrio, me lo hizo saber Marco Arenas, un funcionario de la organización estatal que ha venido desde Lima para acompañar a la chef. Marco, todos lo saludan por donde pasa, ha sido jefe del Parque Nacional Huascarán y sabe lo que el parque tiene.

Segunda impresión. El trabajo que ha venido a hacer la señora Acurio -Astrid para todo el mundo, ya hemos ido ganando confianza- es muy importante. Los insumos que se producen al interior de nuestras áreas naturales protegidas pueden ser de mucha utilidad para sacar de la pobreza a las poblaciones que viven dentro y en los alrededores del sistema que hemos creado para proteger  nuestra biodiversidad.  La agricultura, pero también la pesca, la acuicultura, la forestería que se trabajan en nuestras ANPs, todas actividades amigables,  son garantía de futuro, pasaportes para que cada uno de las villorrios que se amontonan en las 140 áreas de protección  (entre nacionales, regionales y privadas) que existen en nuestro país, se encaminen por la senda del desarrollo respetuoso de los recursos naturales. Para demostrarlo Astrid y el equipo que la acompaña han recorrido en estos tres últimos meses el Santuario Nacional Manglares de Tumbes, la Reserva Nacional Tambopata, la Reserva Nacional Pacaya Samiria y ahora, conmigo, el Parque Nacional Huascarán.

Ella y sus colaboradores se han dado el trabajo de conocer la historia de los hombres detrás de las conchas y otros bivalvos que crecen en los manglares del norte peruano.  Ella y su equipo han visto con detenimiento cómo se manejan los bosques  de castañas en la selva de Madre de Dios. Ella y los suyos se han regocijado con el retorno de los paiches a laguna El Dorado, misión de redención llevada a cabo por los yacutaitas del sector cocama del Pacaya, la historia la ha contado el periodista Miguel Ángel Cárdenas en El Comercio. Ellos y nosotros vamos camino a Shongo para conocer un poco más  de los cultivos de tarwi (chocho para los pobladores de Conchucos y las sierras ancashinas) y del milagro de las 111 variedades de papa que se siembran en este apartado de la Cordillera Blanca.

Un banquete en los Andes

Después de dos horas de vagar al pie del ubicuo Huantsán, vamos llegando a Shongo, lo sé porque mis zapatos piden tregua y el mundo ya se está acabando (me lo advierten últimos pastizales de ichu y esas dos nubes que se cuelgan al abismo). Astrid tiene físico y se apea de su caballo para preguntarle a Edwin, un campesino de treinta años, cómo hace para mantener tan “cuidadito” el campo de tarwi con el que mantiene a su familia a razón de cuatro soles el kilo y una faena anual compartida por todos. Edwin le dice lo que sabe, que es mucho y se mata de risa y se deja abrazar por la gringa preguntona y desenfadada.

Le tomo miles de fotos y sigo escondido en algún refugio temporal, una tapia, una piedra, un sembrío de cebada. A las dos de la tarde llegamos a lo más alto del camino. Una orquesta se deja ver entre tantas soledades, un puñado de pueblo, el rojo es el color dominante, nos estaba esperando. Suenan los compases de la música popular, se dejan escuchar los arpegios del saxo, las flautas y el arpa; las voces de las quillallas saturan de estridencias el paisaje, Astrid baila, zapatea, se siente feliz. Dejo mi cansancio al lado y me acercó a una manta de vivos colorinches que los festejantes han colocado sobre el suelo pajoso de estos cuatro mil quinientos metros de altura que siento en el alma.  Allí se amontonan las 111 variedades de papas nativas que los técnicos del Sernanp están reintroduciendo en las pequeñas parcelas familiares de la comunidad de Chichupampa gracias al apoyo técnico del Centro Internacional de la Papa (CIP). Un milagro en los Andes, al pie del apu Huantsán. Don Fidencio Salas, un líder local, acallado el ruido de la bienvenida, nos da una clase de agroecología en el techo del mundo: “nuestras papitas no tienen químicos y han crecido regadas por el agua de la lluvia y los deshielos, son orgánicas y riquísimas, las hemos ido rescatando poco a poco para venderlas en los mercados. Claro, también para asegurar nuestra seguridad alimentaria”.

Los mercados en este remoto punto del planeta pueden llegar de la mano de los viajeros que pasan por aquí desde el otro lado de la cordillera. No hay que olvidar que estamos en una ruta de trekking que aparece en casi todas las guías de caminantes del mundo. Allí está la oportunidad, ahora habla don Zózimo Espinoza, “nuestra intención es recibirlos con una meriendita y darles atención”. Los ojos de Astrid adquieren un tamaño  inusual, ¿cómo se logra?. Zózimo explica que se ha vuelto chef, que ha aprendido a cocinar platos novoandinos, que ha sido capacitado por los cocineros que han venido con la gente de Pietur, un proyecto de desarrollo que ejecuta Swisscontact con apoyo del fondo minero Antamina y Peru Opportunity Fund y que ahora sabe hacer delicias. “Pasen, vamos a probar lo que hemos preparado para ustedes”. El milagro de los peces y el vino en versión Huantsán. Una mesa con una vajilla de barro nos espera: los cuyes, las piezas de chancho, el olluco, las papas de mil formas y colores, la mashua, el tarwi, el camote. Las ocas, el trigo, el mote, el zapallo loche, los huevitos, las pasitas, las aceitunas. Un maridaje de texturas, donde lo orgánico, lo nativo, lo sembrado en un pedacito de lo mejor de nuestras áreas naturales protegidas, tiene preponderancia sobre lo ajeno, sobre lo trasladado desde ese otro mercado que anuncia Lima y las tierras bajas. Un banquete al pie del Huantsán como si estuviéramos en el comedor de unos de los Astrid & Gastón desperdigados por el mundo. “Aquí me quedo, ¿cuál va a ser mi casa?” pregunta, traviesa y feliz, la propietario del único restaurante madeinperu inscrito en la célebre The World’s 50 Restaurant de San Pellegrino. No me queda ninguna duda: en Shongo, Cordillera Blanca,  todos queremos ser estrellas de un firmamento repleto de posibilidades para los bosques y ríos de ese país nuestro que debemos proteger. Iniciamos el descenso, la felicidad tenía el rostro del Huantsán.

111. Hablando de periodismo en el Día del Periodista

Mi primer artículo periodístico, en realidad mi primera nota informativa –eso era realmente, la publiqué en un pasquín que se llamaba Contacto y lo editábamos unos mozalbetes imberbes del colegio donde estudié. Uno de ellos era Nano Guerra García, otro periodista aunque se niegue a aceptarlo. En el boletín de la Recoleta del lejano 1980 dice algo así: “Guillermo Reaño quiere estudiar ciencias de la comunicación, quiere ser periodista…”.

Entonces quería emular a un cronista ariqueño, pobretón y desprendido, que en los duros años de la ocupación chilena de su tierra cautiva dejó todo, familia, expectativas profesionales, comodidades, para dedicarse, junto a los hermanos Barreto, José María y Federico, a la causa de la reivindicación, al alegato en pro de los derechos conculcados. No lo conocí, pero los ecos de su audacia y sacrificio abrigaron los primeros años de mi infancia. Se llamaba Gerardo Vargas, era mi bisabuelo.

Al tiempo, un tío mío, Jorge Beingolea, que sabía de mis inclinaciones vocacionales concertó una cita entre este mocetón que quería escribir sobre literatura e historia con Luis Jaime Cisneros, por entonces director del más extraordinario intento del nuevo periodismo, el diario El Observador. Luis Jaime, lo recuerdo ya anciano y pulquérrimo, me recibió con atenciones extraordinarias y cuidados que agradezco. No voy a decir que me dio la chamba, pero el trato personal y lo austero de su oficina me convencieron de que el camino que había elegido era el correcto.

Por entonces leía con avidez a Basadre, Luis Alberto Sánchez, Riva Aguero, Porras Barrenechea, Ciro Alegría, López Albújar, Arguedas, Abraham Valdelomar, José Carlos Mariátegui. también a Guillermo Thorndike, sus libros sobre Manguera Villanueva, el año de la barbarie contra el aprismo insurreccional y su trilogía sobre la Guerra del Pacífico me conmovieron, fueron un hallazgo extraordinario. Fue mi etapa de necesaria formación peruanista.

En la universidad, con otros jóvenes iconoclastas, pergeñé, a punto de mimeógrafo y horas restadas al sueño, un segundo panfleto periodístico de nombre infausto: CEFECC Informa, una especie de Pekín Informa pero más rojo todavía. Eran tiempos duros, vivíamos, los chicos de mi facultad, envueltos entre dos fuegos, el senderismo criminal y la bufalería aprista. Por allí todavía me encuentro (virtualmente) con  el líder de Patria Roja que hizo todo lo posible por conquistar nuestros afectos. De esa gallada algunos nombres: Samuel Abad, Raúl Chanamé, Jorge Chávez, Miguel Rico, Darwin Alvarado…

Debo decir , en honor a los maestros que iluminaron esos años formativos, que tuve uno en particular, uno que me enseñó a ser veraz con el manejo de las fuentes y el apetito por el estudio: Alejandro Romualdo, el poeta. Gracias a él dejé mi fascinación por la peruanidad monda y lironda para adentrarme en el mundo de los clásicos. Nos hizo leer, de la primera página a la última, las principales obras de la literatura greco-romana. Leí como un poseso, día tras día; al trasto Marx, Lenin y Mao. En esos patios conocí a Horacio Zeballos, fúsil de palo en la mano, llamándonos a la acción.. “Del campo a la ciudad, viva la lucha armada”. Salvo Julio Ramón Ribeyro no he conocido a alguien tan delgado, tan enjuto como este histórico apóstol comunista. Debía estar dando las últimas batallas contra el cáncer. 

En esos mismos pasillos vi salir disparado a César Hildebrandt; un compañero de cuitas dejó caer una carpeta desde el cuarto piso justo cuando él pasaba rumbo a la sala donde lo esperábamos para cercarlo con preguntas de todo tipo. El Chato dio media vuelta y se fue, campante, como si nada hubiera pasado. Lamenté lo sucedido, me pareció (y me sigue pareciendo) un brote de intransigencia deleznable.

Escribíamos todo el día y nunca dejábamos de hablar de política. En Arequipa, en un congreso estudiantil, conocí a gente más brava que nosotros y casi casi nos trepamos a un barco con destino a Nicaragua. Patria o muerte, solíamos decir al acabar (y al empezar nuestras reuniones). Un día, por impulso de un amigo entrañable que partió temprano, Bore Rubio, conocí el colegio Los Reyes Rojos. Mi último artículo en el “pro-pekinés” panfleto de nuestra facultad fue sobre un joven heterodoxo que me acababan de presentar: Constantino Carvallo, uno de los grandes maestros de la pluma que he conocido en mi andar profesional y una de las personas que más ha impulsado mi afán por trotar por todas partes. Fue un amigo especial, un anarquista, un maestro de idealismo. Si no hubiera sido por la maravillosa escuela que fundó hubiera sido el líder del mejor diario o revista de estos pagos. Olfato era lo que menos le faltaba.

Fue él quien recomendó mi nombre, !apenas tenía veinte abriles!, pidiendo que me admitieran en el consejo directivo de la revista Eguren, que por entonces dirigían Jorge Eslava, Giovana Pollarollo y un consagrado más. Mi primera comisión: un par de reseñas, una sobre las Obras Completas de José María Arguedas y otra sobre El Origen de las Especies, el libro de Charles Darwin. Escribí la entrada al artículo de Sybila Arredondo, mi vieja amiga de toda la vida, a ella la visité en el penal de Chorrillos sin temer problemas posteriores o miradas de rechazo. Qué mujer tan valiente y corajuda: acero y paloma, creo que la frase feliz de esa nota la puso Constantino. Cuánto hicimos por acompañar a Inti, su último hijo, mientras permaneció, altiva como una reina, en las cárceles de Lima. Por ella conocí a otra grande, su madre, Matilde Ladrón de Guevara, una poetisa chilena que enorgullece a sus compatriotas. En Valparaíso, en la casa de Neruda, pensé mucho en ella, otra madre coraje.

Mi primer texto en un diario peruano es del 84, lo escribí para el suplemento dominical de El Diario de Marka cuando todavía no había caído totalmente en manos de Sendero Luminoso pero que, lo admito, lo termino de digerir treinta años después, coqueteaba sin desparpajos con el gonzalismo. El enlace -enlace, que feo suena la palabra- debió ser Rafael Dávila, el poeta que amó como pocos a Maritza Garrido Lecca, la bailarina del piso de arriba, para parafrasear a Nicholas Shakespeare y su errática novela sobre el terror en lo Andes y la captura del cabecilla terrorista. Con Rafael y Maritza solíamos hablar de política, de literatura, quién iba a imaginar los extremos a los que llegaría su obsesión por Guzmán. El día de la captura de Abimael, hace veinte años, Rafo tocó la puerta de mi casa pidiendo auxilio, medio país lo andaba buscando. “¿Abro?”, le pregunté a Cecilia, mi maravillosa compañera y ella me colocó en el andarivel de mis sueños y lealtades. “Es tu amigo, tienes que recibirlo”.

Durante la década de los ochenta me dediqué con pasión a los estudios históricos. Constantino quedó fascinado con los artículos de Basadre que le presté y de inmediato organizó a la tribu -Miguel Rubio, David Roca, Henry y Michel Mitrani, Fito Luján, Margarita Ramírez- y nos lanzamos a publicar “Nuestra historia”, un bonito compendio de estampas peruanistas que ensalzaban el valor a la patria ideal. Una especie de reportaje dando cuenta de la historia que debían consumir los chicos del Perú que estábamos construyendo. Lindo proyecto, lo continué de alguna manera con la publicación de mi libro “Los años difíciles” unos años después. 

En los noventa, bien avanzados, volví a mis cuitas históricas periodísticas en el diario El Sol. Allí, gracias a una invitación de David Roca, tuve a mi cargo una columna de bonito nombre y recordación personal: Tiempo de Historia. Me imagino que mis colaboraciones debieron haber sido publicadas durante cien semanas: todo un éxito. De la sección editorial pasé a la revista Mira del mismo diario con Paco Tumi, mi nuevo editor, Juan Carlos Lázaro, Patricia Melgarejo, el entonces jovencísimo escritor Santiago Roncagiolo, Carlitos Lezama y otros buenos amigos más. También Sonaly, me acabo de acordar. Prisionero en Villa, me había metido como un loco en una fascinación, el birdwatchismo, las pesquisas aviares en mi territorio más próximo: los pantanos de Chorrillos. Eso marcó mi regresó al periodismo como fundamento vital, como pasión por la vida, como pan de cada día. De allí vendrían los años en Rumbos, con Mariela Goyenechea a la cabeza y una pléyade de notables colaboradores: Heinz Plenge, Walter Wust, Walter Silvera, Alejandro Balaguer, Renzo Ucelli y muchísimas estrellas más del viajerismo peruano. Luego vendría Viajeros pero esa es otra historia. Lo último para terminar, Rosendo Maqui alguna vez me preguntó: ¿cuándo te sentiste por primera vez un periodista? Mi respuesta fue absoluta: “Cubriendo un reportaje para Rumbos, en el cañón del Colca, una turista alemana daba vueltas por mi cabaña en el lodge de Chivay esperando llamar mi atención. Salí, bricherísimo, pañuelo en el cuello y sonrisas de galán. La dama tenía un ejemplar de la revista en la mano y señalando mi nombre me pidió, por señas, un autógrafo”. Fui feliz, hasta ahorita.

110. Parque Nacional Alto Purús: Extraños en el Paraíso

La noticia parecía una broma de mal gusto, de esas que se hacen para embaucar a los incautos un  Día de los Inocentes. Sin embargo era cierta, el proyecto de ley del congresista por Ucayali Carlos Tubino que declara de necesidad pública la conectividad terrestre entre las ciudades de Puerto Esperanza, en la provincia de Purús, Región Ucayali, e Iñapari, en Tahuamanu, Madre de Dios, acababa de recibir el visto bueno de la Comisión de Transportes y Comunicaciones del Congreso de la República quedando expedito para su puesta en debate durante la legislatura que se acaba de inaugurar.

En las oficinas públicas de Puerto Esperanza, la capital de la lejana provincia ucayalina, más de uno de sus funcionarios podía darse por satisfecho: se estaba cumpliendo un movimiento más, tal vez el de mayor importancia, del orquestado plan que tiene por objeto desmontar uno de las más elaboradas iniciativas conservacionistas que los peruanos hemos impulsado en el afán de salvar de la muerte a una de las regiones más biodiversas del Perú y tal vez de todo el planeta. Nos estamos refiriendo a los territorios que comprenden el Parque Nacional Alto Purús y la Reserva  Comunal Purús, las dos áreas naturales protegidas que se crearon en el año 2004 por vox populi y exigencia de la realidad. Una historia triste, de apresuramientos y verdades propias del siglo que acabamos de dejar atrás.

Una tierra rica en riquezas de todo tipo

El Parque Nacional Alto Purús es una joya de la naturaleza (y del Sistema Nacional de Áreas Protegidas por el Estado) de más de dos millones de hectáreas cuyos récords mundiales en biodiversidad asombran hasta a los más escépticos. Su riqueza  natural es desproporcionada: posee el récord mundial en diversidad de mamíferos con 86 especies y la más alta concentración de aves del planeta, con 516 especies. Es el hogar de criaturas amenazadas como el águila arpía (Harpia harpyja),  el lobo de río gigante (Pteronura brasiliensis) o el guacamayo verde cabeza celeste (Primolius couloni). Es también uno de los lugares de la Amazonía con mayor concentración de caoba y refugio, entre tantas otras fantasías, de un impresionante número de especies de mariposas. En cuanto a pueblos indígenas y culturas locales  se refiere, las provincias de Purús y  de Tahuamanú, en Madre de Dios, las dos unidades políticas donde se estableció el Parque, son refugio y territorio ancestral de un mosaico étnico valiosísimo que en lo fundamental está conformado por dos grandes familias lingüísticas, la Pano y Arawak, que en orden de mayor a menor población está representada a su vez por comunidades cashinahuas, sharanahuas, culinas, mastanahuas, asháninkas, arahuacas y piros. Todas, dependientes del bosque; todas, celosas guardianes de sus costumbres, ritos, danzas, música y vestimenta.

Por si fuera poco y como consecuencia de la estrategia de protección que empezó a gestarse en el año 2000 cuando el Estado peruano declaró Zona Reservada a un bolsón de más de cinco millones de hectáreas, el Parque Nacional Alto Purús y la Reserva Comunal Purús están rodeados por reservas creadas a favor de los pueblos indígenas en aislamiento voluntario mashco piro, murunahua y curanjeño. La presencia de estos grupos humanos trashumantes está avalada por las evidencias que constantemente se van encontrando precisamente por donde está previsto el trazo de la carretera que los interesados en el proyecto del congresista Tubino quieren construir. Este maravilloso engranaje compuesto por las áreas protegidas, territorios indígenas, concesiones forestales, conforman  el Complejo Purús, uno de los más importantes corredores de conservación de la Amazonía.

Este universo prístino y maravilloso se ha mantenido así por la inexistencia de carreteras. Debe ser cierto, los bosques de la provincia de Purús, también sus ríos y cochas, lo acabamos de repasar, albergan poblaciones saludables de especies de flora y fauna que en otros sectores de la Amazonía peruana hace tiempo que se encuentran en franco declive. Esto los saben muy bien los funcionarios del SERNANP, la comunidad científica internacional, las organizaciones técnicas nacionales y del extranjero, una de ellas la WWF, también una opinión pública preocupada de verdad por la preservación de nuestras riquezas naturales y culturales.

Una carretera para llegar al paraíso

Este Edén tan particular tendría las horas contadas de aprobarse la integración vial que propugna un sector de la población asentada en la  ciudad de Puerto Esperanza, un bolsón de cemento y oficinas públicas en medio del bosque. Este grupo beligerante, y sumamente influyente, ha decidido rebelarse en contra de las leyes de la República, al iniciar, haciendo caso omiso a las normas de protección ambiental vigentes,  la construcción de una trocha de casi quince kilómetros sobre tierras que el Estado entregó en concesión a terceros (en este caso a la asociación de pobladores MABOSINFROM).  Alentados por la intransigencia de algunos líderes locales y  el apoyo de influyentes personalidades en Lima, aducen un supuesto (y a veces real) abandono estatal para proponer a  voz en cuello y de manera hostil la conexión, vial o ferroviaria, con Iñapari, una localidad al borde de la carretera Interoceánica.

Para este grupo citadino, un 20 por ciento de la población de Purús (apenas mil pobladores de la capital provincial) el sistema regional de áreas protegidas que con tanto esfuerzo se logró construir en  los últimos años obstaculiza en grado sumo sus “legítimas” pretensiones de interconexión vial. En otras palabras, la conservación no sirve y los que defienden el modelo ambiental son enemigos del progreso o simplemente individuos al servicio de intereses foráneos, transnacionales. En la prensa local y regional, en la radio parroquial, los insultos hacia instituciones serias, de reconocida trayectoria han sido tremendos.  Olvidan los que proponen la carretera a toda costa que construir una vía de este tipo en un área protegida del rango que tienen tanto el Parque Nacional Alto Purús como la Reserva Comunal Purús resulta inconstitucional. No toman en cuenta que el papel del Estado en casos como éste es precisamente el de velar por la protección irrestricta de los bienes comunes, espacios de vida donde habitan seres humanos que mayoritariamente quieren seguir viviendo en armonía con el bosque y sus demás sistemas de vida.

Para salir del embrollo

Las fronteras verdes, vale decir los segmentos interestatales definidos por la común propiedad de áreas naturales reguladas por marcos de protección adecuados, comenta el científico John Terborgh, una autoridad mundial en el estudio de ecosistemas tropicales, deben empezar a  remplazar a las fronteras vivas, un viejo concepto del siglo XX que se esconde tras la norma que pretende aprobar el congresista Tubino. Para ello hay que dar más pasos adelantes de los que se han dado y proponer para Puerto Esperanza una apropiada conexión aérea, un puente aéreo eficiente y bajo control independiente. Como lo ha manifestado el jefe del Parque Nacional Alto Purús, el biólogo Arsenio Calle,  y lo refrendan los comunicados firmados por las más altas autoridades de las federaciones indígenas de Ucayali  (ORAU) y Madre de Dios (FENAMAD),  las poblaciones nativas no ven con buenos ojos la pretensión carretera. Para ellos es claro que detrás de la intransigencia de quienes exigen la interconexión vial se esconden oscuros intereses ligados a la explotación descontrolada del cedro y la caoba, otra de las tantas riquezas de la provincia del Purús.

¿Quién ganará esta batalla en el corazón del paraíso? Es evidente que la razón está del lado de la población indígena y de quienes los acompañan en su justa lucha por salvar el bosque. Por ello es que se necesita que la opinión pública local, regional y nacional esté mejor informada y respalde el Plan de Acción para la Provincia de Purús, un documento aprobado en el 2008 que sienta las bases para el desarrollo sostenible y concertado de esta importante región de la patria, frontera entre dos países y a su vez,  entre dos momentos históricos: el actual, definido por el apuro por la extracción de los recursos naturales y el del futuro, caracterizado por el respeto a la naturaleza y a sus hombres. En el Purús, la población indígena ha entendido que el porvenir se construye a partir del respeto de los ecosistemas y las tradiciones ancestrales. Ese es el camino para la verdadera integración de los peruanos.