Archivos Mensuales: enero 2013

Introducción a Mo Yan, el último premio Nobel

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima). Pensé en Daniel Pennac, el autor de Mal de Escuela, el libro que me recomendó leer Constantino Carvallo el último año que estuvo con nosotros, mientras apuraba la descripción que Mo Yan, el Premio Nobel de Literatura 2012,  hace de  su escuela en Cambios, el testimonio novelado, “juguete literario” al decir de algunos críticos, de los primeros años de su vida durante los años oscuros de la Revolución Cultural. Pennac, maestro por descarte en un instituto de París, recordaba su escuela como una sucursal del infierno: “cada amanecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela”. Era un zoquete, el último de la clase, el inveterado burro del aula. Mo Yan la pasó igual, como él mismo lo refiere, siempre fue  muy poca cosa, un especialista en pasarse de listo para acabar metiendo la pata.

La escuela como padecimiento permanente, como habitáculo donde se incuban las injusticias. Como horror. Pennac resistió como pudo y al final logró sobreponerse a duras penas al bullyng institucional para terminar convirtiéndose en maestro. Mo Yan siguió una ruta parecida. Expulsado de la escuela por una travesura que no cometió intenta todos los días el camino de regreso a clase ante la repulsa de los maestros que lo han condenado, junto a otro alumno, He Zhiwu -que en lugar de clemencia desafía al sistema,  a un ostracismo que lo abate y lo induce, finalmente, a emplearse como obrero en una  fábrica estatal, una de las escasas opciones para un párvulo pobre  en una China medieval, totalmente campesina. La historia de Cambios es el relato de un niño soldado (de la revolución) que encuentra su destino  a pesar, al margen, del statu quo que Mao y su camarilla tratan de imponer en el país más poblado de la tierra.

Y más porfiadamente arcaico, si seguimos a pie juntillas el testimonio de Mo Yan. La China proletaria que describe es un país feudal, analfabeto y tosco, donde la fantasía es más fuerte que las profecías que el materialismo dialéctico trata de inculcar a toda costa; un país donde los padres continúan hablándoles a sus hijos utilizando proverbios de otros tiempos o apelando a consejas rurales. El niño que ha nacido en las  cercanías de la granja estatal de Jiaohe y que se va haciendo hombre, de a poquitos y sin darse cuenta, será testigo de excepción de los principales cambios políticos y sociales que convirtieron a su joven nación en una potencia socialista capaz de engendrar millonarios (He Zhiwu, el otro expulsado de la escuela estatal conseguirá hacer fortuna en la lejana Mongolia) o situaciones propias de occidente (Lu Wenli, la niña de sus ojos infantiles, lo busca, cuando ya se había convertido en un autor de culto, para que “recomiende” a su hija ante el jurado de un concurso de ópera, billetes en mano).

 Recordemos que Mo Yan escribió Cambios a pedido de una editorial india interesada en que resuelva, literariamente, la pregunta ¿qué fue del comunismo chino? Los que esperaban un alegato disidente no quedaron satisfechos con está parábola de la vida en el campo, en el corazón de un país en  formación con miles de años de historia, donde un camión soviético exuda vida y puede ser, a los ojos de cualquiera, un ser alado capaz de transmutarse para volverse inmortal. Tal vez por esas metáforas y el uso de silogismos la crítica occidental haya considerado a Mo Yan el García Márquez del gigante asiático; a mi me pareció un narrador atento a sus fuegos fatuos interiores. Un mozalbete hecho hombre que después de resistir la escuela y exorcizar demonios personales, escribe sin mayores pretensiones. Voy a darme un tiempo para leer El Sorgo Rojo, la novela más publicitada del Nobel chino, estoy seguro de que encontraré en sus hojas más trazos de la inocencia del pueblo antiguo y contrastado que pasó, en poco menos de un siglo, de la carreta halada por bueyes a vivir en ciudades polucionadas capaces solo de exportar industrialización y sigloveintuino.

 Mientras leía el relato de Mo Yan pensé también en Arguedas, el escritor que edificó su obra apelando a sus recuerdos de niño. ¿No será Mo Yan, más que Faulkner o el Gabo, una suerte de Arguedas entre dos mundos, un escritor partido por los tiempos y las transformaciones vividas? Lo podré saber después de adentrame un poco más en su obra, por ahora solo me toca recomendar este librito de añoranzas infantiles y convicciones adultas.

Mo Yan
Cambios
Seix Barral, 2012
127 p.

Anuncios

Uchuraccay, el año que perdimos la inocencia

(Huaraz, Cordillera Blanca, Áncash) Conservo una foto tomada por Jorge Sedano, uno de los periodistas muertos en Uchuraccay en enero de 1983, hace treinta años. La foto no dice mucho, es de una sencillez absoluta, en ella aparecen tres jovencísimos estudiantes de periodismo -Miguel Rico, Jorge Chávez y este cronista- hablando ante un grupo reducido de universitarios. Sedano debía estar cumpliendo una insulsa comisión por la revoltosa universidad donde estudiaba y nosotros, imberbes y delgadísimos, no teníamos ningún empacho en mostrarnos felices de las revoluciones que andábamos armando.

Afuera de nuestra alma máter el país se desangraba mientras la policía del gobierno de Belaunde, como lo acaba de mencionar Gustavo Gorriti, se encontraba, para todo propósito, derrotada por un ejército armado a punta de dinamita y fusiles robados a las fuerzas del orden. Jorge Sedano, el avezado reportero gráfico de La República y siete periodistas que laboraban en diarios y revistas de Lima fueron asesinados en Uchuraccay, hasta entonces una desconocida aldea campesina en las alturas de la provincia de Huanta, en Ayacucho, por una turba de enardecidos pobladores que los confundieron con una columna senderista. Atroz desenlace para una comitiva que partió en un auto destartalado de la desolada Huamanga para cubrir los excesos de la subversión y la guerra civil que empezaba a extenderse por el sur andino peruano.

Han pasado tres décadas de una tragedia que enlutó al periodismo nacional, treinta años de un drama que nos hizo ver por primera vez la intensidad de una conflagración desbocada y alucinante. Los jóvenes de ahora no conocen, ni por asomo, los acontecimientos de una historia, la de la insania violentista, que tuvimos que vivir a salto de mata y pensando en lo peor. Los jóvenes que nos habíamos animado a estudiar periodismo a inicios de la década de los años 80 supimos de sopetón lo que significaba el oficio. Y lo escabroso de nuestro futuro inmediato. Los ocho periodistas abatidos en Uchuraccay (siete en realidad, la octava víctima fue un baquiano que fungía de guía) fueron para nosotros los primeros mártires de una profesión arriesgada y llena de penurias y así los saludamos cada vez que nos tocó valorar su epopeya y su sacrificio en aras de la noticia y la información objetiva.

Por supuesto que después de los hechos que la prensa graficó con tanta elocuencia vendrían las averiguaciones, los mea culpa, las acusaciones mutuas, los enredos, las comisiones de investigación, el circo mediático y la fatiga. Treinta años de verdades a medias y un solo dolor para ocho familias que vieron partir a sus hijos más queridos a una cita (con la noticia) sin retorno. En Uchuraccay, fatídico 26 de enero de 1983, muchos de nosotros perdimos la inocencia y empezamos a vivir en el reino del miedo. Es verdad.

(Y como lo anota Gorriti, en Uchuraccay, ese lúgubre paraje huantino, después de la muerte de los ocho periodistas empezó a tejerse una historia de sangre y vendetas que borró de la faz de la tierra a un pueblo entero. Ciento treinta y cinco de los 470 habitantes de la aldea fueron asesinados en los años siguientes y en 1984 Uchuraccay no existía como centro poblado menor. Esa otra historia habría que terminar de conocerla, está descrita en los informes de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Esa otra historia, me llena de vergüenza…)

Buen viaje…

Diatriba contra el racismo

(Chavín, callejón de Conchucos, Áncash) La persona menos racista que he conocido en mi vida ha sido Cecilia, la madre de mis hijos. En una sociedad cutre, cargada de exclusiones y miraditas de soslayo hacia quienes conforman la inmensa “minoría social”, cholos, indios, mestizos de cualquier procedencia, negros y chinos, su mirada hacia los “otros” siempre fue de amistosa complacencia. Mientras nuestros entornos más próximos exudaban racismo, sí, racismo, esa es la palabra, ella se supo ubicar siempre en una posición de absoluta y ejemplar indiferencia. Su mundo ideal estuvo poblado de iguales, qué extraordinaria ideología la suya, cuánta añoranza recordar su magisterio igualitario.

El vóley, me imagino, los campeonatos en las ligas más insólitas de su niñez en el club Bancoper y una empleada negra de manos amorosas y vocación por engreírla siempre, debieron ser los alicientes primeros para entender que era mejor vivir entre pares que enfrentarse a la soledad de las marginaciones.

Menciono lo anterior para ingresar a un tema que en el Perú la mayoría evade pero que es, lo digo sin ningún temor a equivocarme, el problema madre, matriz, de nuestro espíritu como nación. Dicho de otra manera, en la solución de este drama intenso, antiguo por no decir milenario, extendido entre ingas y mandingas, entre blancos y no tan blancos, por las ciudades y en el campo, debería estar puesta el alma y la reflexión de los peruanos, sobre todo de aquellos que han entendido que la construcción de una sociedad mejor empieza por la destrucción (de raíz) de las taras colectivas que tantas metástasis han generado y generan en el cuerpo social.

El comentario racista del columnista despedido (sic) de Expreso resulta elocuente y vergonzoso. La afectación de Toledo, el ex presidente de la República, que inmediatamente se manifestó en legítima carta pública, toca solo de relancina el problema de fondo y lo convierte, sin querer queriendo, en efímero material político. Poner en bandeja de plata la cabeza del director de un periódico aparentemente vinculado a sus enemigos políticos, en este caso la DBA que no le perdona todavía la Marcha de los Cuatro Suyos y su antifujimorismo visceral, no acaba, ni por asomo, con tamaña evidencia de desprecio racial hacia los pobladores que viven y proceden de la sierra, el espacio geográfico que llena de orgullo a los peruanos de toda condición cuando se trata de los Caminos del Inca y Machu Picchu. Así no es la nuez, no es un asunto de grandes titulares y de inmediato pasamos a otro cosa mariposa…

Hay que aprovechar la oportunidad, el dislate (¿dislate?) de Expreso, para tocar asunto de verdadera seguridad nacional de otra manera, in extenso, en todas las ocasiones y espacios de discusión, duela a quien le duela. No podemos salirnos por la tangente y situar los problemas que nos atañen como colectivo, ahora pongo como ejemplo el tema de Gringasho, como si solo de soluciones extremas se tratase; no es oportuno ni sabio elegir el camino que propone el presidente Humala cuando llama miserable al delincuente juvenil, presiona para que lo encierren en la peor de las mazmorras del sistema penal y frunce el ceño. Eso de muerto el perro, acabada la rabia en estos casos no funciona.

No me tranquilizan las explicaciones del diario de marras, tampoco el despido del periodista inhábil, menos el rostro de contrición de quienes hicieron mea culpa. En el tema del racismo hay que ser radicales y poner todas las cartas sobre la mesa. Tiré las mías semanas atrás a través de un post en el face de Viajeros cuando manifesté a los que nos siguen por las redes sociales que no me terminaba de gustar la propuesta de la Chola Chabuca, la Paisana Jacinta y el Negro Mama y algunos lectores me respondieron diciendo que ese no era un tema de viajes, de viajeros. Insistí con un video del futbolista del Milan Prince Boateng reaccionando como se debe ante los insultos racistas del equipo rival y con una entrevista a la defensora de la dignidad negra Mónica Carrillo y algunos buenos amigos empezaron a opinar con libertad y el absoluto convencimiento de que era necesario hablar del asunto.

En fin, empecinémonos en construir una patria que no se parezca en nada a esa Sudáfrica (antes de Mandela) solapa en la que solemos vivir y que tanto daño nos hace. La verdadera inclusión social pasa por solucionar este conflicto atávico que nos tiene tan diezmados, no necesariamente por mayores desembolsos para Plan 65, Juntos o los demás programas sociales tan en boga.

Buen viaje…

 

La vida exagerada de Ignatius Reilly

(Chavín, callejón de Conchucos, Áncash)  “Al  desmoronarse el sistema medieval se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto” apunta  Ignatius Reilly en uno de los muchos cuadernos Gran Jefe que va tirando por el piso del cuarto que habita en la calle Constantinopla, Nueva Orleans. Ignatius, obeso, diletante, Niño Goyito, vive con su madre, una viuda que lo mima con insistencia y que resulta  la única persona en este mundo hostil que está convencida de la certeza de sus devaneos de medievalista y escritor en ejercicio de un estudio comparado que habrá de mostrar a la gente ilustrada el desastroso rumbo que ha seguido la historia en estos últimos cuatro siglos.

Ignatius lleva sobre su inmensa testa una gorra de cazador que cubre sus dos grandes orejas pobladas de pelos sin cortar, pantalones de tweed, camisa de franela y una bufanda que lo cuida de las bravuconadas del aire y del tiempo. Se acerca a los treinta años y sus credenciales académicas delatan al estudiante sempiterno y revoltoso que solo ha sido capaz de cultivar una amistad única, la de la excéntrica Myrna Minkoff, extrovertida y testaruda, amiga de las revueltas políticas y los cenáculos contestatarios, la excepción a su misoginia exagerada. La vida de Ignatius, hasta el día del incidente frente a los almacenes D.H. Holmes, había marchado sin prisas mayores, sin alteraciones mayúsculas, entre el Barrio Francés y el opaco suburbio que  apenas lo resiste: esa mañana atroz la rueda de la Fortuna, la Rota Fortunate, tan bien descrita por Boecio, otro apologista de una época ejemplar, la Edad Media, empezó a girar en su contra y todo se volvió fútil, evanescente, peligroso.

Ignatius J. Reilly el personaje principal de La conjura de los necios, la novela que inmortalizó a John Kennedy Toole, de Luisiana, Nueva Orleans, muerto por mano propia en 1969 y ganador del premio Pulitzer, en 1981, es uno de los antihéroes más desopilantes, quevedianos, exagerados de la novela norteamericana de los últimos cuarenta años. Y la obra, un insólito  manuscrito que vagó por varias editoriales sin llamar la atención, una de las grandes novelas del siglo XX.

La he leído por segunda vez y no he dejado de gozar del relato de este masturbador compulsivo, hereje adiposo, erudito falaz, filósofo de  Edipo inconmensurable, cultor de ideologías trasmutadas y siempre en ristre, consumidor de pastas y de todo lo demás. Un verdadero héroe de un mundo, el nuestro, que perdió su brújula para poblarse de seres sin sentido ni vocación heroica; vale decir, un Cid Campeador en una sociedad infestada de antihéroes: el policía Mancuso, sometido al escarnio de sus superiores que lo envían a la calle tras delincuentes que nunca podrá atrapar; la siniestra Lana Lee, aviesa propietaria del bar Noche de la Alegría, el bulín atendido por Darlene, la danzarina exótica y Jones, el portero negro que solo busca camorra; la señora Trixie y los otros empleados de Levy Pants, la fábrica de pantalones donde Ignatius ejerce su primer trabajo y que utilizará como campo de batalla  para su fracasada revolución contra una época sin teología y geometría qué defender. Una cohorte de personajes delirantes –Santa Battaglia, Gus Levy, el señor González- en el límite de la condición humana, ilógicos pero absolutamente creíbles, tan creíbles como la fantástica historia del libro de John Kennedy Toole y el premio post mortem que obtuvo gracias a la tenacidad de su madre, Thelma Toole, la abnegada mujer que visitó una y mil veces a cuanto editor pudo para que leyeran el mamotreto que su hijo había escrito durante sus días de recluta en Puerto Rico, 1962.

El mito urbano refiere que Walker Percy, sureño como Toole y editor de fuste, decidió leer por compasión el libro que una señora desconocida ofrecía con insistencia. Percy, en el segundo párrafo de la novela, empezó a  interesarse en la descripción de ese personaje excéntrico, perverso, que en las páginas siguientes le habría de convencer por su absoluto dominio de escena que estaba leyendo la trama de una gran novela americana. Reilly es hoy en día un personaje de culto, con estatua incluida en  el Bloque 800 de Canal Street, Nueva Orleans, justamente frente a los almacenes D.H. Holmes, el punto de inicio de una  historia  extraordinariamente fascinante. Para muchos de los que leímos la novela de John Kennedy Toole, resulta un moderno Quijote, con la anatomía de Sancho, enfrentado a unos molinos de viento, poderosos e inquietantes, luego de haber perdido la sesera leyendo a Boecio y  a todos los grandes cultores de un tiempo sin Freud, los autobuses Greyhound, la televisión basura, los rusos, el sexo desbordado, los proletarios, el sodomismo, la necedad…”una espada vengadora del buen gusto y la decencia”.

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
Editorial Anagrama, 1992

 

Mi problema con el Dakar

(Chavín, callejón de Conchucos, Ancash) Por supuesto que no voy a negar la satisfacción que me da que Ignacio Nacho Flores, mi alumno en Los Reyes Rojos, haya ganado su serie en el primer día de competiciones del Dakar 2013 o que Juan Pedro Cillóniz, el copiloto del Mono Orlandini, también reirrojino, esté en el ranking de los peruanos con más chance para llegar a la meta y hacernos soñar con cosas mayores. No, por allí no van mis cavilaciones

Lo he dicho un montón de veces: he sido y seré un amante de los rallies, sobre todo de esos que se realizan en espacios tan físicos y bellos como los de Caminos del Inca, una prueba que me emociona desde que era un niño y que para muchos ha sido y seguirá siendo una clase maestra de geografía peruana y provincianismo.

Pero este Dakar versión Sudamérica, y lo digo después de haberlo seguido con pasión mientras se realizaba entre Paris y Dakar, Senegal, despierta en mí sentimientos encontrados que he tratado de expresar públicamente, con miedo al apanado, desde que la carrera de marras aterrizó en el Perú para instalarse en una franja costera rica en recursos naturales y culturales que estamos en la obligación de cuidar. Una zona, entre Pisco y Nazca, compuesta por un mosaico de áreas protegidas de la talla de la Reserva Nacional de Paracas, la Reserva Nacional San Fernando, la Zona Reservada de Laguna de Huacachina y la Zona Arqueológica de las Pampas de Nazca. En esos parajes que están invadiendo los curiosos de toda laya –con sus vehículos 4 x 4- y los aficionados a la adrenalina y los fierros, se encuentran, no hay que ser muy zahorí, productos y escenografías naturales que enriquecen la valiosa propuesta de turismo, tanto interno como receptivo, que esforzadamente hemos venido activando.

Y allí encuentro la primera contradicción: el rally elegido por las autoridades del más alto nivel del turismo del Perú –Mincetur y Prom Perú- como buque insignia de la promoción turística nacional hacia los mercados más importantes del exterior, se ha convertido, lo venimos mencionando los aguafiestas, en el principal elemento demostrativo del desdén, también nacional, que nos caracteriza cuando de cuidar lo que es de todos se trata. Hablo de un patrimonio inmenso –he escuchado a Klaus Hönninger decir que la pampa de Ocucaje es uno de los cementerios del mioceno más grande del planeta- por donde van a pasar 500 bólidos, igual número de vehículos de apoyo, periodistas e informantes llegados de todo el mundo en movilidad propia, personal de seguridad, fanáticos de todos los estratos sociales y sapos como cancha. Miles de personas pisoteando desiertos, pampas, dunas, playas, escenarios naturales que guardan riquezas insoslayables, pequeños tesoros que podrían servir a los ministerios directamente implicados, Ambiente, Cultura y Comercio Exterior y Turismo, para consolidar de verdad una propuesta cultural/ambiental/turística seria, duradera en el tiempo, respetuosa de los contextos geográficos que se extienden por el litoral de Ica (y, por supuesto, a lo largo de la costa por donde rugirán los motores de la fiesta del automovilismo mundial).

¿Por qué tanta lata?, dirán los defensores del viva-el-Perú a cualquier precio, ¿qué es esto de bajarle la llanta a suceso histórico y de tanta relevancia para el Perú como el Dakar 2013?, me imagino los comentarios de muchos de los que leen mis notas de campo. Y uno, nuevamente, se convierte, qué piña, en el malo de la película, en el matatono de siempre.

Lo ha dicho el más bravo de todos los aguafiestas, el mencionado Klaus Hönninger, por estos días enemigo público de los que se sintieron más peruanos que nunca con el Village Dakar y el ruido motorizado de las naves pasando por la avenida Defensores del Morro, la que atraviesa de lado a lado el Refugio de Vida Pantanos de Villa: la gente que se mete en el desierto a ver el espectáculo, una vez que los competidores hicieron lo suyo, se sube a sus motos, cauatrimotos y camionetas y se computan Chaleco López, Ignacio Flores, Petterhansel o el príncipe saudí Al Attiyah. Es decir, se lanzan a la conquista de un nuevo Dakar, más achorado, anormado, salvaje, imprevisto, tristísimo. Y en esa competencia de informalidad pura, ¿qué duna, montoncito de fósiles, restos cultural y/o natural podría salvarse de la destrucción?. ¿Qué plan de contingencia podría detener a la conocida afición peruana en pleno éxtasis por la fiesta de nuevol Dakar, ese acontecimiento de inclusión social (a nivel planetario) que estoy seguro creen que nos diferencia de Senegal, Mauritania y los demás países de la carrera de antaño?

El problema no es el Dakar. Ya los aguafiestas, que cada vez somos más dicho sea de paso, pudimos lograr que el Ministerio del Ambiente, también el de Cultura, remplacen en protagonismo e iniciativas de cuidado al IPD y a los voceros del somos-lo-máximo-nuestro-desierto-de-Ica-es-mejor-que-el-del-Sahara. El problema de fondo y ese sí es un problema mayor es la masificación del off road y su conversión, gracias a la fiesta del Dakar, en un deporte nacional, como la tabla después de Sofi, con capacidad de convocar, por poner solo un ejemplo, a los 210 mil nuevos propietarios de los vehículos que este año van a incrementar nuestro aterrorizador parque automotor. Guau, ningún rincón del país de los Incas, Nebraska incluido, se salvaría de la destrucción en serie, masiva, cosmopolita.

En serio, el año pasado un padre la patria propuso que el Dakar subiera a las alturas del Cusco y para acercar a Machu Picchu, nuestra maravilla de talla mundial, a tan fastuosa fiesta de la modernidad y los millones de turistas por venir…

¿Se dieron cuenta del problemón que se nos viene? No sé, a mí no me busquen después para llorar, juntitos y llenos de pena, sobre la leche derramada, prefiero escuchar, en lugar de tanto ruido motorizado, a La Mente: “Britney Spears no vengas al Perú, que acá ya hay demasiada gringa burra como tú, mejor anda a comprar al Linton Boulevard…”

Buen viaje, suerte en el intento Nacho…

PD: ¿Por qué defiendo los Caminos del Inca y estigmatizo al Dakar? Fácil, los Ferreyros, Orlandinis, Fuchs y Rommel Acevedos, van a mil por hora por caminos señalizados, levantando polvo y creando pasivos ambientales, sí, pero infinitamente menos complejos que los que producen cientos de vehículos todo terreno moviéndose por zonas históricamente, es el caso de San Fernando, atravesadas por tropillas de guanaco… o simples zorros costeños.