Archivos Mensuales: agosto 2010

92. Casa Hacienda Shismay: un sueño en la sierra de Huanuco

(San Sebastián de Shismay, distrito de Amarilis, Huánuco) Debieron ser recios, y obstinados, los inmigrantes tiroleses que en 1857 se detuvieron en la quebrada de Shismay para descansar un tiempo mientras se empecinaban en renovar esperanzas antes de tomar por asalto las tierras del Pozuzo, en la lejanísima provincia huanuqueña de Pachitea. No me quedan dudas, eran recios, obstinados y  se enamoraron perdidamente  de unos paisajes, los de estos valles de Shismay, Acara y Malcolga, sobre la ciudad de Huánuco, tan parecidos a los suyos, los que contra su voluntad acababan de dejar para siempre en la Europa empobrecida de mediados del XIX.

Eso explica que a tan pocas jornadas de arribo a la floresta que el gobierno del Perú les había asignado para instalarse decidieran hacer un alto de muchos meses en una hacienda huanuqueña para vivir del rumor de las aguas que iban viniendo desde las lagunas de Mancapozo y Parquincho, del viento que definía en esas soledades sonidos de todas las cadencias, de la armonía de los árboles nativos que crecían en una región de clima bendito y de tantas oportunidades para quien hubiera preferido quedarse para siempre.
 
Eso pienso mientras me tomo un descanso en el voladizo principal de la Casa Hacienda Shismay, debajo  de las arquerías de su inconfundible fachada, dominando desde mi posición privilegiada todo el valle, profundo y variado, que se extiende en lontananza. Viajero de estos días, me siento un personaje de otros tiempos, acaso un enfebrecido miembro de la avanzada alemana en busca del Pozuzo o tal vez un peón esforzado de esta misma hacienda que alguna vez fue de Mariano Ignacio Prado, presidente del Perú y padre de dos héroes americanos. Increíble, el turismo rural, el rural omunitario, el turismo en haciendas que se van consolidando en nuestro país y nos permiten descubrir una historia que conocimos a cuentagotas o que simplemente llegó a nuestros oídos a través de los relatos poco convincentes de nuestros maestros de escuela.

 

Y mientras reflexiono y tomo apuntes, escucho la voz de Antonia, la afectuosa comunera que nos atiende este fin de semana largo, que me invita a pasar al comedor principal para probar sus potajes campesinos. Ella y Andrés -su esposo- son los nuevos responsables del proyecto turístico que la Asociación de Productores Ecológicos de San Sebastián de Shismay viene impulsando con ahínco desde el 2005, cuando una generosa donación de los Rolando, la familia propietaria de estas tierras antes de la Reforma Agraria, hizo posible la remodelación de la Casa Hacienda y la transformación del edificio en un hotel pequeño pero muy acogedor y bien puesto.
 
La Casa Hacienda Shismay se encuentra a  diecisiete kilómetros de la actual ciudad de Huánuco, la “Muy Valerosa, muy Noble y muy Leal Ciudad de León de Huánuco de los Caballeros del Perú” fundada algunos años después de la llegada de Pizarro al Tahuantinsuyo, justamente en la parte más primorosa de una quebrada típicamente quechua muy bien salpimentada de pueblos acogedores y caminitos que nos llevan a cualquier parte; digamos que se trata de un típico paisaje serrano rodeado de verdes,  de sementeras donde se cultivan productos agrícolas orgánicos –de hecho, otra de las líneas de trabajo de la asociación es la agroproducción ecológica- , cataratas y lagunas donde, si se tiene suerte y paciencia, se pueden pescar truchas.  A tiro de piedra de Huánuco, la propuesta de la Casa Hacienda Shismay nos invita a disfrutar de las nuevas tendencias que el Turismo Rural Comunitario viene proponiendo desde hace un tiempo. Las principales, la gestión comunal del negocio turístico y la obtención de ganancias que permiten a sus impulsores pararse de mejor manera para enfrentar las exigencias del futuro. En San Sebastián de Shismay, pueblito de no más de quince casas de barro y techos de tejas, el Wawa Wasi y algunos otros gastos comunes más, son solventados con el dinero que se obtiene  de la actividad turística y tanto niños como adultos van aprendiendo a conocer las ventajas del progreso sensato sin renunciar a una identidad que puede convertirse en un activo para seguir construyendo desarrollo. 

Viajero en ejercicio de sus facultades, el vivir unos días con los Sánchez y sus compañeros de trabajo en la Casa Hacienda Shismay –Oriol, Máximo, Julissa, Juan Daniel, Adelaida…) me llenó de alegría. También de tranquilidad: los caminos que vamos recorriendo desde el turismo en el afán de construir un país menos excluyente, se van poblando de caminantes (nosotros, los que hemos elegido la ilusión del turismo alternativo) cada más comprometidos con las propuestas que germinan en el interior. Y esa es la mejor noticia que puede tener cualquiera de nosotros para celebrar las Fiestas Patrias. 

 

91. Turismo rural, bases para una propuesta

Debo estar a unos cinco o diez minutos de subir al ómnibus que me debe llevar al camping Villa Natalia, en el distrito huarochirano de Callahuanca, en los Andes limeños. Un bonito y descansado paraje de las alturas de Santa Eulalia donde el viajero (o el vacacionista, para usar la terminología de moda) puede encontrar los elementos más característicos de la típica postal de la sierra peruana: un río torrentoso, bosques de eucaliptos y abundancia de molles, nubes que forman copos blanquísimos que destacan en el celeste de un cielo que en la noche se atosiga de estrellas. Rumor de campo por todos lados. Un lindo lugar para realizar una de las actividades más notables que estamos volviendo a practicar los peruanos de casi toda condición social: la conquista del campo, el uso de la ruralidad, esa maravillosa antagonista del urbanismo combi que nos saca la mugre en las ciudades que ha parido la dizque modernidad, para buscar la felicidad.
 

¿Qué nombre le ponemos a ese ejercicio viajeril? ¿Agroturismo, turismo rural, ecoturismo, turismo de naturaleza? Acostumbrados como estamos a las definiciones, seguramente nos podríamos pasar el día removiendo conceptos. A mi, apurado por partir, no me interesa escoger alguno;  mejor dicho, no tengo el deseo, querido lector, de atiborrarlo con ideas más o menos lógicas. Solo me animaré a decir que algunos teóricos engloban estas actividades turísticas bajo la atrevida nomenclatura de turismo rural. Un cajón de sastre para ingresar en el mismo a una serie de modos de frecuentar el turismo fuera de las ciudades que tiene que ver con otra de las buenas novedades de la hora actual, el turismo interno.
 
El turismo rural nació en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial y se ha consolidado de manera notable en los últimos años en países como España, Francia, Alemania e Italia debido al nacimiento de un nuevo ciudadano del mundo: ese que huye del consumismo voraz y que se ha declarado enemigo jurado de la polución, el calentamiento global y el fin del mundo. Un viajero, ya lo irá descubriendo, culto y muy respetuoso de un espacio, el rural, que conoció alguna vez y que ahora no tiene tan cerca. Ese viajero alternativo al turista convencional, el que solo ama las playas del Caribe o algún otro paraíso del siglo XX (¿oyó Ud. hablar de las cuatro eses: sex, sea, sun, sand?), tiene otras motivaciones. Y quiere propuestas más sensatas, más respetuosas de los ecosistemas y los ritmos naturales de la Tierra.
 
Consume productos orgánicos, maneja de mejor manera los desperdicios que produce, es un amante de las artesanías y los productos locales, tiene un afán loco por conocer las tradiciones y modo de vivir de sus anfitriones. No le gusta lo masivo,  tampoco el facilismo del “one dólar” o las postales turísticas pobladas de rostros angelicales y piedras de otros tiempos. Por el contrario, quiere transitar senderos que lo internen en realidades, naturales y culturales, novedosas. Gusta del fisgoneo aviar y le encantan los relatos que suelen contar los guías locales. Las orquídeas o el avistamiento de ballenas jorobadas o lobos de río, podrían convencerlos de volver a visitar ese lugar que el turista de antes habría marcado con un check y punto final.
 
En suma, es un viajero que calza perfectamente con lo que los peruanos tenemos por ofrecer en las tres grandes regiones del país en que vivimos. ¿No le parece? Resulta imprescindible apretar el gatillo, como dice desde Barcelona mi amigo Pedro Chauca y generar un debate que nos haga más concientes de la necesidad de poblar nuestra ruralidad de emprendimientos que capacidad de hacer clic con esa demanda un tanto insatisfecha a nivel local (interior) y foránea (receptiva). 
 

90. Casas alojamiento del Perú

 Las casas haciendas que sobrevivieron a la Reforma Agraria, cuarenta años después del fallido experimento velasquista, constituyen un patrimonio que debemos salvar de la destrucción definitiva para, entre otros fines, ponerlas al servicio del turismo. En particular de una modalidad de turismo, el turismo rural, que en otros países está revolucionando la cultura viajera y el gusto por la recreación de casi todas las clases sociales. No solo las Casas Haciendas, también las edificaciones –coloniales y republicanas- que se multiplican por todos lados y reúnen las condiciones adecuadas para convertirse en albergues con sentido.
 
Conozco algunas. Las más emblemáticas, para mi gusto, la de los Cillóniz, en San José y la Santa María, de mi amiga Delia Velarde, en Tarma. La primera en remodelación y en manos de una sociedad que tiene a la cadena Casa Andina como miembro de lujo; la segunda, brillando con luz propia en una tierra de tantas posibilidades para el turismo rural. Hay muchas más, en Huánuco, Pasco, Huancavelica, Abancay, Cusco, Puno…
 
A Fernando Vera le he hecho saber más de una vez mis atingencias sobre el peso que tiene el programa de Turismo Rural Comunitario en la agenda del Mincetur. Es bueno que las comunidades de nuestro país se dediquen al turismo. Qué bueno que los comuneros de Shismay, en Huánuco, encuentren en el turismo una actividad económica con capacidad de engordar sus bolsillos. Pero no hay que olvidarse del turismo rural, a secas; de esa modalidad de viaje que puede realizarse tomando como base, para el alojamiento familiar, el sinnúmero de casonas y casas haciendas que se caen de pena en casi todas las provincias del Perú. Recuerdo una, en Andagua, valle de los Volcanes, antigua y de piedra, tan llena de rumores y posibilidades. Hay que potenciarlas asociándonos a sus propietarios, algunas veces comuneros, otras simples pobladores que no saben mucho de nuestra industria. Propongo que se cree en el Mincetur un programa de Turismo Rural enérgico y comprometido. Sigamos conversando sobre esta posibilidad.
 

89. Un minuto de silencio por Mario de Coll

Ha muerto Mario de Col, un hombre íntegro, un hombre bueno, un amante de la amazonía y su gente, un defensor del bosque y sus criaturas. Un italiano febrilmente enamorado de estas tierras que durante los años que duró su permanencia en nuestro país creyó en sus posibilidades y se enroló en las más titánicas tareas, una de ellas, la más recordada en nuestro sector, el proyecto Rumbo al Dorado, en la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, iniciativa que Green Life, la institución conservacionista que dirigió, llevó a cabo en asociación con Pro Naturaleza y las comunidades de Yarina, Manco Cápac y Veinte de Enero.
 

Mario fue un miliciano del desarrollo sostenible, en los últimos años impulsó la creación del Ecoparque Munichis, una experiencia singular de manejo de los recursos naturales en la cuenca del río Paranapura, en las proximidades de Yurimaguas. Su magisterio ha sido inmenso y su contribución al entendimiento de la problemática amazónica nadie discute.
 
Hace unos días, en el contexto de la feria Exhibe de Mincetur, en Barranco, me encontré con Toña Alván, su compañera y traté de enviarle mis saludos, mi renovado afecto. Supongo que mis consideraciones  no le llegaron a tiempo, el destino hizo lo suyo y Mario partió a la eternidad sin mayores aspavientos, calmado, y desde el mismo escenario donde fructificaron sus sueños,  en la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, el ecosistema que él amó como nadie. Buen amigo, inquieto constructor de quimeras, lo recordaremos siempre y trataremos de ser fieles a su ideario. Descansa en paz, compañero.
 
UN PAR DE CARTAS QUE COMPARTO CON USTEDES      
 
16 de agosto de 2010
Señor Reaño, director de Viajeros, fui amigo personal de Mario de Col, me dolió mucho su partida, soy periodista, trabajé con él en la ciudad de Yurimaguas, en Loreto; recuerdo haber caminado junto a él y visitado el atractivo centro poblado Munichis y disfrutar del ambiente ecológico de un restaurante que construyó en convenio con la municipalidad provincial de Alto Amazonas. Era un buen tipo, un extranjero que amaba mucho el Perú y su naturaleza. Ahora vivo en Tarapoto, él me hablaba siempre de la revista Viajeros y me dijo, que algún día conversaría con usted para poder escribir algo de la belleza de San Martín, sus lugares atractivos y todo lo que tiene para el deleite de los miles de sus lectores. muchas gracias, quedo de usted, muy atentamente.
 
Antonio Rojas Ramírez
rojasramirez5@hotmail.com
 
Mario de Col fue un hombre amable que creía en sus ideales. El de Munichis, en la cuenca del Paranapura, Alto Amazonas, fue uno de los últimos proyectos de los que le escuché hablar: con cuanta ilusión me refirió los avances que venían alcanzando los jóvenes y mujeres del Centro Poblado Menor de Munichis, en el distrito de Yurimaguas, asociados a un programa que Green Life, su institución, venía implementando y que tenía como objetivo principalísimo la generación de econegocios capaces de contribuir a mitigar la deforestación, generar empleos dignos e incentivar un tipo de turismo recreativo, local, interior, en el que creemos desde hace tanto tiempo. Un hombre amable al que le gustaba armar sociedades. No pude visitar Munichis, digamos que fue una invitación que quedó trunca, en el aire; una invitación que algún día, como homenaje al amigo que nos ha tomado la delantera, vamos a cumplir. Mario amó intensamente los bosques de San Martín y Loreto, a ellos les dedicó sus andanzas de tantos años y también sus desvelos. Es tarea nuestra, ahora, perseguir esos mismos ideales, intentar convertir la amazonía en ese ecosistema capaz de generar bienestar para sus pobladores sin socavar el futuro…Vamos comunicarnos pronto, estimado lector, hay que seguir la ruta trazada por nuestro común amigo.
 
6 de agosto de 2010
Hola Wili, te escribo para agradecerte el artículo que escribiste sobre mi papá, describiste lo que el hizo que fue tan importante y significativo para tanta gente. Estamos muy agradecidos por todas las lindas palabras. Estamos en contacto.
Saludos,
Paloma y Toña

Paloma de Col
pdecol@gmail.com
 
Estimada Paloma: Tu padre fue un hombre apasionado y magnífico; tuve la suerte de compartir ilusiones y de escucharlo horas de horas, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, donde solía invitarlo para que les hable a los alumnos del Diplomado de Turismo Sostenible sobre desarrollo y futuro. De desarrollo y futuro bien concebido, de progreso en una de las regiones más fascinantes y convulsas del planeta, la amazonía peruana. Su deceso nos deja a todos huérfanos de ideas, un poco más solos que antes, perdidos entre tantos problemas por resolver. Sin embargo, habrá siempre un momento para recordarlo –fumador empedernido- lleno de planes, terco en sus empeños, lúcido y soñador. Aventurero loco y cazador de fantasías. Un verdadero profeta de los nuevos tiempos. Saludos para ti y mucha fuerza, un beso enorme para Toña y toda mi solidaridad. Qué Mario los acompañe, siempre.

88. Destellos del Mar Atlántico: Portobelo, casi cinco siglos después…

(Ciudad de Panamá, Panamá) Debieron ser rudos esos hombres que levantaron una ciudad en el Atlántico de Panamá para pocos años después abandonarla a su suerte y lanzarse al sueño de cruzar a pie (cubiertos de yelmo y espada) la jungla exuberante del istmo panameño. Debieron ser arrojados y estar acostumbrados a sufrir las peores calamidades sin decir mucho, pues en tiempo record volvieron a levantar una nueva villa, esta vez sobre las orillas del océano que había descubierto Balboa, en 1513. Cómo iban a saber que un día muy lejano a esta primera fundación, la nueva ciudad sería arrasada por las huestes de Henry Morgan, el pirata que también quemó la otra urbe, la de sus ancestros, la del Atlántico, la misma que piso después de haber recorrido los ochentaipico kilómetros que separan un mar del otro. En Panamá y en casi todo Centroamérica, las distancias parecen haber salido del mundo de Lilliput.


 

Pero Abel, el chofer que me ha traído desde Ciudad de Panamá tiene otras dudas. ¿Cómo hizo Morgan para quemar Portobelo, en el Atlántico y después hacer lo mismo con Panamá, en el Pacífico, si el canal fue construido apenas hace más de un siglo? Es que no usó el canal, querido Abel, eran otros tiempos, de audacias y viajes alucinantes, Morgan debió navegar siempre en dirección al sur, cruzar los mares por el otro canal, marino se entiende, que lleva el nombre del capitán que lo penetró por primera vez: Estrecho de Magallanes, le digo mientras levanto la basura que todo el mundo lanza contra el suelo cinco veces centenario de la Aduana Real de Portobelo, el punto de llegada del oro del Perú antes de ser trasladado a las arcas fiscales de la corona española y hoy puerto de pescadores pobres que apenas pueden sostener  sus casas que solo describen penalidades y olvidos.

 

Contradicciones de nuestra América, reflexiono. Estas mismas piedras, mohosas y destartaladas, soportaron el peso de los indios que llevaban sobre sus hombros millares de toneladas de oro y plata obtenidos en las minas de Pasco, Huancavelica y Potosí, en el lejano Virreinato de Nueva Castilla o el Perú. Hoy solo son mudos testigos de una tremenda omisión: en Portobelo los pobres son la mayoría, los indígenas hace tiempo desaparecieron por obra del trabajo portuario o los mestizajes y los negros, antillanos o descendientes de los esclavos que España trajo de África, son la población dominante. Hasta el cristo que los fieles de la Iglesia de San Felipe adoran es negro, como Martín el santo de este lado del Pacífico. Y también  lo celebran en octubre.
 

En la actualidad San Felipe de Portobelo no tiene la magnificencia de Cartagena de Indias o La Habana Vieja, sí sus blasones. Fundada en 1597 por un oscuro conquistador español, fue por muchos años sede de una de las ferias comerciales más fastuosas del Nuevo Mundo, por sus veredas y calles debieron pasar príncipes y virreyes, reos de vuelta a Europa y buscadores de  fortuna. Colón, en su cuarto viaje americano, la atisbó desde la proa de la Santa María y alabó sus condiciones de puerto natural y postal de ensueño. Entre los siglos XVI y XVIII, Portobelo fue uno de los puertos más importantes de exportación de plata de Nueva Granada, y uno de los puertos de salida de la Flota de Indias, leo en Wikipedia. El oro, procedente sobre todo del Perú, era trasportado en mulas a través del Camino de Cruces, en Panamá, continuando por el río Chagres mediante pequeñas embarcaciones, hasta llegar a Portobelo, en donde era embarcado hacia España.
 
Alejandro Balaguer, mi anfitrión durante los días de mi estancia en el istmo centroamericano, no dejó de observar los profundos vínculos históricos que existen entre los dos países, relaciones por cierto tan antiguas como la conquista del Perú, cuando los hombres de Pizarro lograron arrebatarle a los indios del señorío de Comagre las primeras noticias de un reino pletórico en oro en dirección al extremo sur. De Panamá, la primera, la entonces llamada Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, zarparon las naos que Pizarro y Almagro, su malogrado socio, trajeron a nuestras tierras. Y a Panamá llegaron, como hemos visto, las tentadoras riquezas del Perú, el país de Jauja, consumada la derrota del Tahuantinsuyo y fundado el nuevo virreinato.
 

En el 2013 nos tocará celebrar el quinto centenario del descubrimiento del Mar del Sur, antesala de la conquista del Perú. Provoca ponerse a trabajar en el cometido de volver a unir, desde la historia y el turismo, esta noble actividad cultural que tanto nos apasiona,  dos destinos inalterados, una vía de navegación, mejorada por un canal de fantasíam  que seguirá uniendo los dos océanos que bañan las costas de nuestro continente. En Portobelo, mientras conversaba con Abel de Morgan, Parker, Drake, Vernon y otros marinos, empecé a perfilar los primeros esbozos de lo que podría ser una bonita iniciativa. La voy a trabajar con Balaguer y con los que quieran seguir “inventando” nuevas rutas para el turismo del mañana.