Archivos Mensuales: noviembre 2009

78. Noticias desde la frontera norte

(Las Pocitas, Máncora, Piura) Empiezan a rugir los motores en Máncora, Vichayito, Órganos y Cabo Blanco. La temporada de verano está a un tris de empezar y pese a las admoniciones sobre Niños y lluvias fuertes para inicios del 2010, encontramos a la gente del extremo norte más  animosa que nunca.  El fin de semana que pasó nos tomamos unos días de relax en Las Pocitas, el célebre balneario-resort de Máncora que suele recibirnos cada tanto y nos sirve de inspiración y sosiego.

Algún día vamos a ocuparnos detenidamente del crecimiento turístico en el extremo norte de Piura, una región que venimos recorriendo desde hace mucho. Lo digo, entre otras cosas, porque en mis clases de la Ruiz de Montoya cuando menciono a Máncora y sus localidades anexas como buenos ejemplos de desarrollos turísticos, mis alumnos se alborotan y no lo pueden creer. Para ellos, como para el común de los mortales, Máncora es solo una ilusión, un campamento ocasional en medio de la nada. No le tienen fe; para todos Máncora acaso solo sea una versión menos alborotada de los balnearios limeños de Asia.

Por si acaso me estoy refiriendo a desarrollo turístico, no a desarrollo turístico sostenible. De eso, obviamente, no estoy hablando cuando menciono el boom turístico que se viene dando en el extremo norte de Piura desde fines de los ochenta, cuando la caleta de pescadores se convirtió en paradero surfer y nació Las Pocitas. Hoy, según lo que me acaba de contar el hijo de Harry Schuller, de hotel Punta Ballenas, en la zona debe haber más de trescientos cincuenta hoteles y alojamientos. Y en la zona también, en el 2010, comenzará a levantarse un Decameron y con ello se iniciará el tiempo de los all inclusive. Mismo Caribe.

No podemos, sea cual sea la intención, negar el despegue de un “distrito” turístico que dejó de ser emergente para convertirse en un territorio turístico con todas sus características consustanciales. El producto Máncora vive y en el extremo norte los excesos de su crecimiento no planificado se dejan ver por doquier. Lo acabo de conversar con Santiago Solari en su casa de Vichayito: en este extremo la ley de la selva pervive como en Guacamayo, Huayetúe y Delta Uno, los campamentos de minería informal que destruyen la selva de Madre de Dios. Por supuesto que exagero, Piura no es Madre de Dios. Pero en estos desiertos al borde del mar, donde se alza un bosque único y sumamente frágil, las historias de fechorías y atentados ambientales están a la orden del día.

Dos perlas, nada más. La plaga de moscas que ha empezado a golpear Máncora no tiene que ver con la inminencia de un Niño. Sucede que, a vista y paciencia de la autoridad municipal, los informales de la industria de pota secan su producción sobre la tierra baldía de un bosque que está allí para dar servicios ambientales de calidad a la gente y no servir de fábrica para quemar especies hidrobiológicas. Tampoco es coherente que una asociación de campesinos que nunca cultivó nada, se oponga a la concesión que se está pidiendo para crear un área de conservación privada que salvaguarde más de mil hectáreas de bosque primario y de la mejor calidad. Todo en aras del vil negocio: tener en propiedad unas tierras que de venderse a precio de turismo podría darle a sus propietarios más renta de la que ya obtuvieron rematando otros lotes.

¿Quién vigila los despropósitos y daños contra el futuro que perpetúan por igual ricos y pobres? En el extremo norte (Máncora por ponerle un nombre a este territorio entre Cabo Blanco y Punta Sal) ninguna institución u organización de la sociedad  civil, tampoco de la universidad peruano, ha llegado para imponer cordura. En estos parajes el que puede puede; aquí reina el capitalismo salvaje, las leyes del mercado omnipotente. Todo se desarrolla pensando en la rentabilidad inmediata y los negocios al borde de la carretera o al lado del mar aparecen y desaparecen dejando su estrepitosa huella  ambiental cuando no a una cohorte de nuevos ricos que empiezan a buscar “tierra fértil” para seguir ampliando sus inversiones.

En estos confines turísticos no existe el control social adecuado que ponga coto a tanta sinvergüencería. Y los bienes comunes se despilfarran, también las posibilidades de crecer ordenadamente. Hay que poner el ojo en este territorio exuberante donde han surgido asentamientos poblacionales tan importantes como Máncora o Los Órganos, ciudades pobladas de jóvenes con expectativas y deseos de mirar de otra manera el porvenir. O Máncora reconvierte su modelo de desarrollo o el polvorín social devorará su interesante vocación turística.  Es cuestión de tiempo, nada más.

Buen viaje…

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