Archivos Mensuales: julio 2013

Un adiós para Carlos González, Cacique de Kanchiscucha

(Chavín, callejón de Conchucos, Áncash) Pensé que eras inmortal, Cacique, llegué a creer que ibas a vivir para siempre, como el Niño Tomasito, como los cedros que plantaste en Lago Lindo, como los Cuchiniños de Lamas, como los tunches que pueblan la floresta que hiciste tuya, como los cabezones que levantaste –terco, empecinado- en el cerro Miracochas. Tuve la certeza de que en tus pagos de Chachapoyas, Tarapoto, Lago Lindo y Yurimaguas vivirías invicto, eternamente, desafiando tempestades, inconmovible, incontrastable, indómito, inconmensurable, seguro de tu señorío, de tu garbo, de tu caballerosidad. Pensé que ibas a ver a Martín, tu nieto, dirigir tu reino con la misma fortaleza, con el mismo vigor, con el mismo desenfado.

Pensé que ibas a pasarte la vida viendo a los chayahuitas surcar las aguas mansas del rio Paranapura.

Estaba equivocado, la rueda de la fortuna se detuvo esta tarde en tu cielo para llevarte lejos, hacia el infinito, lejos del Sauce, del pongo de Cainarachi, de la sonrisa cómplice de Lidia, tu compañera de toda la vida, del amor de Rodrigo y Carlos Martín, tus hijos, del cariño inmenso de los que tuvimos la dicha de acompañarte durante tu maravilloso recorrido por la tierra.

Mis hijos, Guillermo y Javier, me llamaron, cada uno por su cuenta, para contarme que habías partido, que te habías convertido en un pajarillo de colores intensos que estaba alcanzando en su último vuelo alturas imposibles; también Carlos, mi hermano y algunos de mis amigos, que fueron amigos tuyos. A todos les temblaba el alma, estaban desolados, sabían de lo mucho que habíamos sido cómplices. “Amor con amor se paga”, solías decirnos. Amor con amor se paga, fue nuestra moneda de cambio en este mundo poblado de egoísmo y transacciones fútiles.

Vamos a extrañarte, Cacique. Kanchiscucha sin ti, será solo un meandro, un punto en el mapa, una ilusión poblada por siete lagunas y un corazón inmenso, desproporcionado. El tuyo.

Buen viaje, shayandero…no alcanzan las lágrimas para esta despedida

Morir siendo tan pobres

(Chacpar, quebrada del Wacheqza, Cordillera Blanca, Ancash) Manuel Cruz, Mañu, mira a la distancia como deseando no estar aquí en este momento. Lo he buscado para abrazarlo fuerte, para darle ánimos, hoy día le toca enterrar a la Isha, su compañera de casi cuarenta años. Parece mentira hace solo unas horas la Isha se paseaba en este mismo patio, sazonando los cuyes con que ambos solían recibir a los que llegábamos de lejos, ordenando la vida en esta casona triste donde se velan sus restos. Se ha ido y no hay nada qué hacer, se ha ido de una manera absurda, cruel, terrible, insoportable. Una combi de esas tantas que desafían los caminos se ha llevado en su alocada caída hacia los abismos a dieciséis campesinos pobres de la sierra más injusta de la Cordillera Blanca, en Ancash.

Doce comuneros de Chacpar, la comunidad de Mañu, descansan para siempre en esas cajas de color extraño que han llegado, apuraditas, desde Huaraz y se  amontonan en la plaza principal de este pueblo que luce más triste que nunca. Dos campesinos de Lanchán y dos más de Chichucancha son velados por los suyos en idéntica desolada situación. La quebrada de Wacheqza, la del apu Huantzán, la de los chavinos de hace tres mil años, la de los chavinos constructores de ingenios,  es una serpiente herida, un amaru silente abochornado por la pena. La desgracia sigue golpeando aún esta jornada que comenzó a  las cuatro y treinta y cinco de la tarde del viernes pasado y no parece querer irse.

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Manuel Cruz, veterano de batallas que  solo él sabe cómo se ganan, parece un hombre vencido, avejentado. Lejanas las horas de su apasionado magisterio, de su liderazgo inconmovible. A nadie se le podría ocurrir que ese hombre que ha perdido la mirada es el mismo que de la mano de la Isha levantó barricadas de justicia para recibir en nombre de la Reforma Agraria las tierras que ahora ocupan los que acaban de perder a la esposa atenta y a los hijos que no debieron haberse ido nunca.

Las diez mujeres y los dos niños, el Jofferson uno de ellos, los muertos de Chacpar, subieron en Chavín a la combi que debía llevarlos por cinco soles de regreso a casa. Era día de cobrar el bono de doscientos soles (78 dólares) que cada una de sus familias recibe de Juntos, un programa del gobierno nacional para atender las necesidades de los hogares más pobres del Perú. Apuraditos subían por el camino, el vehículo zigzagueaba mientras superaba la cuesta, rumrumrum, nada presagiaba la fatalidad. Unos paseantes los saludaron,  les hicieron adioses con las manos, me dicen que una mujer que iba adelante, junto al chofer, les respondió contentísima, debía ser la Isha, ella retornaba de San Marcos, esa tarde, con su nietecita en su regazo,  volvía de hacer compras. Y zas, la fatalidad, la combi que se lanza por los aires, nadie sabe por qué, y mientras va chocando contra las peñas los cuerpos y las vidas de los comuneros de Chacpar, Lanchán y Chichucancha se van perdiendo para siempre.

Pobre Isha, se ha ido.

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Chacpar, chacpa, en quechua del callejón de Conchucos, “caída de agua”, fue una hacienda de la familia Ramírez administrada durante muchos años por don Pedro Rodríguez, un hombre listo que ejerció el poder en esta quebrada de absoluta belleza y bosques de todas las especies colindante con el Parque Nacional Huascarán, Reserva de Biosfera de la Humanidad. En 1970 la Reforma Agraria impulsada por el gobierno militar de general Juan Velasco Alvarado unió este caserío con el de Lanchán para formar la comunidad campesina de Huancapampa.

Chacpar es un villorrio campesino habitado por sesenta familias, todas dedicadas a una agricultura que languidece y a cuidar hatos de animales que no pueden ocultar las huellas del hambre. Las contradicciones se amontonan en estos municipios que reciben del Estado ingentes cantidades de recursos por su condición de territorios mineros. El municipio de Chavín es el tercero más rico en rentas del departamento, el primero es San Marcos, el distrito vecino; sin embargo, el 40 % de sus niños sufren desnutrición crónica y el 30 % de sus mujeres jamás aprenderán a leer y a escribir. Es más, de los 166 distritos de Ancash que reciben apoyo del Programa Nacional de Apoyo Directo a los más Pobres, Juntos,  San Marcos y Chavín ocupan el cuarto y quinto puesto en número de hogares beneficiados.

Uno de ellos, el de Lucinda Quinto León, otra de las víctimas de Chacapr, una mujer de ojos tristes que fue empujada al fondo de un abismo de 600 metros por los errores de cálculo de un chofer novato –no hay otra explicación- que logró sobrevivir lanzándose de la camioneta rural que manejaba.

Lucinda, fatalidad tras fatalidad, había perdido su casa un par de días antes después de que un voraz incendio la devorara en pocos minutos. Deja tres niños, de 3, de 4 y de 9 años, en la orfandad.

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Jofferson tenía nueve años y era el niño más listo de toda la clase. Su maestra, Ketty Silva, limeña, lo recuerda juguetón y cariñoso, “mi niño era dulce y bueno”, lo repite mientras vemos cómo un grupo de familiares de los doce fallecidos de Chacpar van cavando la tierra del camposanto, allí depositarán, el lunes entrante, tercer día de duelo,  los doce ataúdes que el Sistema Integral de Salud (SIS), otro programa social del Estado, donó para paliar la emergencia y evitar la furia campesina: la combi RE-6238 conducida por Néstor Ramírez Salas, no tenía SOAT, el seguro  obligatorio de accidentes de tránsito, que el propietario del vehículo recién lo adquirió cuatro horas después de sucedido el accidente.

Ketty fue nombrada directora de la escuela de Chacpar hace cuatro años; cuando llegó se encontró con un panorama desafiante, las madres de la localidad no sabían la fecha exacta del nacimiento de sus hijos, tampoco conocían el ritual urbano de celebrar sus onomásticos, mucho menos de abrazos, caricias y besos. Parecían fundidas en un hielo afectivo de siglos, no tocaban a sus hijos, se mostraban distantes y celosas de los arrumacos y de las otras muestras del amor materno. “Tuve que hablar y hablar con ellas, en eso me ayudó mucho la Isha (Isabel Trujillo Hernández, la esposa de Mañu Cruz), ella era la mayor de todas las mujeres de este caserío, le hacían caso, la escuchaban, poco a poco fueron dejando atrás el miedo a expresarse con el corazón”.

En la escuela las profesoras impusieron un nuevo juego, lúdico y bienvenido por todos, el del abrazo del oso. “Nos abrazábamos fuerte, nos saludábamos así, afectivamente, fuerte, sigue su relato tratando de no quebrarse, mi niño quería ser ingeniero, un día me dijo que iba a estudiar mucho para sacar a su pueblo adelante, ¿Podré, maestra, no?, me preguntó, claro que sí, le dije tú eres un campeón…”. Por eso, por ser el campeón de las habilidades y las competencias académicas, los profesores de la escuela hablaron con sus padres y los convencieron para que lo matriculasen en el colegio público de Chavín.

El viernes por la tarde, Jofferson León Gantú, la esperanza de un pueblo con pocas esperanzas, el ingenierito en ciernes, el niño que engatusaba con sus mohines y hablar cantarín  a todos los que lo conocieron, subió como los otros diecinueve pasajeros (¿o tal vez 25?) al vehículo que se lanzaría al abismo. Volvía a casa después de haber asistido a  clases.

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El padre de Isha, un anciano que chaccha coca con el pensamiento en otros tiempos ha venido desde su pueblo, en San Marcos, para despedir a su hija. Es el único de los familiares de las víctimas que no es de estos pagos, todos los demás, he repasado con atención la lista de fallecidos y de heridos, llevan los mismos apellidos, son los Quinto, Medina, Rosales, Gantu, León, Pineda, Chávez, Ramírez, Caurino, Damián del valle del Wacheqza, por donde se desplaza el río mitológico de los antiguos chavinos. Permanece en un rincón, callado y triste, lejos de las fanfarrias de ocasión. Para los campesinos de Conchucos la muerte debe ser entendida como un tránsito al hogar de los ancestros. Al tercer día de sucedido el deceso se lleva a cabo el entierro. Antes, los dos días primeros, se llora al que ha de partir y se le despide con  velas encendidas, comida en abundancia y mucho alcohol. En el cuarto se llena de cenizas la habitación del que en vida fue,  a la espera de que regrese a atisbar y despedirse por última vez del mundo de los vivos, el de los suyos. En el quinto día, el del putzqay, se lava la ropa del finado a fin de que pueda partir.

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La enfermera de Chacpar, la serumista Rocío Calderón, de Trujillo, se ha dado el trabajo de visitar una a una las casas de los afectados por la muerte para tener claro las necesidades inmediatas. Como es de presumir está preocupada por los niños. Conversamos cerca a la plaza principal del pueblo. Ha llegado la ayuda del Gobierno Regional, víveres, velas y botellas de alcohol, se apilan en doce bultos de buena pinta; también los aportes de los ciudadanos y comerciantes de Chavín y San Marcos que una radio local logró reunir en tiempo récord. Alberto Cruz, el hermano de Mañu, me dice que dentro de un rato llegará la ayuda del alcalde del distrito y del programa Juntos. Entre tantas penas -su sobrina nieta se encuentra grave en el hospital de Huaraz- siente un poco de alivio.

La vida, seguramente, continuará su marcha inexorable después del miércoles de putzqay en Chacpar, Lanchán y Chichucancha, nuevas desgracias llenarán las primeras planas de los periódicos y medios de comunicación de la capital y del mundo entero. ¿Quién se va a ocupar de los niños sin madre de estas villas campesinas, de las familias golpeadas por la crisis, sin duda mucho más vulnerables a la pobreza y a la muerte ahora que han partido las madres, las pobres madres, de esta historia de todos los días? ¿Quién le va a hacer el debido seguimiento a la denuncia de los viudos que afirman que los 200 soles del programa Juntos que sus esposas recibieron se esfumaron en medio de la confusión y los gritos del accidente en la carretera a Chacpar? ¿Quién es el responsable de la negligente situación de la posta médica de Chavín donde fueron a parar los pocos sobrevivientes del accidente del viernes pasado y que solo tenía dos camillas maltrechas y un médico incapaz de enfrentar de manera apropiada la emergencia?

Preguntas sin respuesta, historias inconclusas. Vuelvo sobre mis pasos, debo regresar a Lima. El Huantzán, el apu de los chavinos de todos los tiempos, el pico nevado más hermoso de esta geografía llena de posibilidades, sigue allí, impertérrito, desafiante, burlón.