98. Trekking Santa Cruz, imperdible

(Caraz) El viaje empezó de manera desbocada. Qué el padre de tu novia te confunda con el papá del galán que ha pasado a recoger a su hija es un problema de naturaleza profunda. Como para poner reversa y volver a casa a replantear relaciones. Sin embargo, la ruta estaba diseñada y solo me quedaba enfrentar los embates de la realidad y poner proa en dirección correcta. Eso fue, finalmente, lo que hice: acomodé de la mejor forma el equipaje de la linda chica que había ido a recoger, respiré hondo, comenté las mismas trivialidades que suelo comentar antes de tomar la carretera y sin más preámbulos pisé el acelerador de mi camioneta Hyundai en el afán de llegar lo más rápido posible a Huaraz, puerta de entrada al Parque Nacional Huascarán. El objetivo esta vez era la quebrada Santa Cruz, escenario de uno de los senderos para caminantes más extraordinarios del planeta. El mítico trek al Santa Cruz.

 

No voy a decir mucho de los preparativos de esta expedición. Solo mencionaré que llegamos sin contratiempos a Cashapampa, pequeño punto en el mapa del Callejón de Huaylas que iba a servir de partidor para la caminata que cuatro viajeros entusiastas, un guía joven y un arriero trejo estábamos a punto de empezar aquella mañana de julio. Cashapampa se ubica a 35 km de Caraz, es un villorrio como tantos de los andes peruanos cercado por las cementeras, los eucaliptos y las casas de adobe con puertas pequeñas por donde asoman niños que suelen hacerle un guiño al turista. Por este paraje insólito transitan diariamente decenas de viajeros llegados de todo el mundo para cumplir el sueño del Santa Cruz.

 

Primer día: dura jornada, extraordinarios paisajes. Lo he mencionado: pocos lugares en el mundo tienen el atractivo salvaje de esta quebrada que se interna en la Cordillera Blanca para acercarnos, en pocas horas, al pie de doce nevados de espléndida realeza. Desde el Alpamayo hasta el Huascarán, pasando por una lista de gigantes de conocido prestigio: el Artesonraju, el Taulliraju, el Paria, el Pisco, el Chacraraju, el Chopicalqui, el Huandoy y mejor parar de contar. Un potpurrí de cimas impecables, inabarcables e impresionantes, rodeadas de una vegetación tersa al mismo tiempo que violenta, repleta de bosques compuestos por árboles nativos en muy buen estado y lagunas de azules inexplicables. Razón tienen los que realizan este peregrinaje inusual cuando afirman que la belleza de la Cordillera Blanca compite en superlativos con la de los Himalayas. Lo increíble es que los viajeros a la cordillera nepalí deben esperar meses para ingresar al parque pagando cifras estrambóticas mientras que los que se aventuran a conocer este rincón privilegiado del Parque Nacional Huascarán solo deben abonar 65 soles por el ingreso, un poco más de veinte dólares.

El trek al Santa Cruz se debe hacer en cuatro días como mínimo, aunque hay agencias en Huaraz que ofertan una caminata de seis que incluye la laguna 69, fantástica por donde se le mire y un tramo más en la quebrada de Llanganuco. Nosotros, peruanos aprovechando los días feriados de fiestas patrias, hicimos el trayecto en tres. A todo ritmo pero sin dejar de fascinarnos por tanto espectáculo de la naturaleza.

 

Nuestra primera jornada fue muy dura, debo advertirlo. Partimos de Cashapampa sobre las ocho de la mañana y llegamos a nuestro campamento de pernocte, en Taullipampa, a las seis de la tarde: diez horas de intensa marcha, 22 km de aguante. Este tramo al lado siempre de un río de aguas limpísimas se suele hacer en dos días, pero, ya lo dije, había que apurar el paso. La jornada inicial fue de una hermosura sobrecogedora. La ruta se inicia con un ascenso desafiante que invita a la rendición. Los que logran superar este primer obstáculo, encontrarán que la quebrada del Santa Cruz susurra una verdad que parece difuminarse ante la cercanía de las moles de hielo que van apareciendo en el transcurso del día: nos encontramos en el trópico sudamericano. Las bromelias, las epífitas, las mariposas, los moscardones no dejan de advertir que estamos vagando en las cercanías del ecuador geográfico.

A las doce de la mañana llegamos a Llamapotrero (o Llamacorral para algunos), sobre los 3800 msnm, el primer campamento de la ruta de cuatro o más días. Almorzamos ligero viendo al nevado Santa Cruz y a poco de reiniciar la marcha nos topamos con la laguna Ichicocha, de un esmeralda parecido al de los estanques del río Cañete, en Huancaya y después con la majestuosa laguna Jatuncocha, donde el camino recorre durante mucho tiempo uno de sus flancos. De cuando en cuando aparecen las queuñas (Polylepis spp.), el árbol más conspicuo de la Cordillera Blanca, también las huallatas (Chloephaga melanoptera), blanquísimas y elusivas, se esmeran en llamar la atención del caminante.

 

Al final de la jornada, cansados pero felices, alcanzamos el mirador del Alpamayo, el campamento de obligada estación. Desde este punto es alucinante la vista de la quebrada Santa Cruz con las dos lagunas que dejamos atrás y la sucesión de nevados que decoran la escena. Nosotros tuvimos la suerte, superada la fatiga y gozando de la luz tímida que proponía nuestra fogata, de ver el ataque a la cumbre de un grupo de montañistas que intentaba coronar la cima del Alpamayo. La cereza en la torta para todo iluso que se encuentra vagando por estas soledades.

Segunda jornada: entre queuñas y nubes blanquísimas. Nos despertó la bulla proveniente de un campamento al lado del nuestro. Curioso, se trataba de un coro de voces aceleradas y tonos muy agudos de una chiquillada que compartía con nosotros el campamento de Taullipampa, a 4250 msnm. Chicos y chicas campesinos de Yanama, callejón de los Conchucos, varias leguas más allá, disfrutando con desenfado la aventura de estar fuera de casa bebiendo la misma belleza que habíamos encontrado nosotros . Alfonso, mi compañero de marcha y yo, maestros de oficio al fin y al cabo, nos dedicamos a especular sobre sus afanes y futuro. Algo de eso anoté en mi libreta de campo: “cómo no soñar, viéndolos, en una patria así, con niños y niñas sin complejos; sin tener que dejar la infancia para mudarse a las ciudades y sobrevivir de cualquier modo”.

 

Con la imagen de esa tropa inocente y desenvuelta, pletórica de felicidad, reiniciamos la caminata a las ocho de la mañana. Dos horas de ascenso por un camino escarpado y llegamos a Punta Unión, un abra frente al nevado Tayllaraju desde donde se inicia el descenso hacia una nueva quebrada, la de Huaripampa. El hielo a solo un paso, las lagunas del día anterior mostrando su brillo, el azul de un cielo infinito, la puna con sus aromas característicos, el viento soplando desde la distancia, los rumores del agua cayendo desde las montañas… Es necesario estar en Punta Unión para tomar la verdadera fotografía interior de un paisaje al que solamente se puede llegar invirtiendo en esfuerzo.

 

El resto de la jornada fue transcurriendo en un frenético descenso interrumpido hacia el mediodía por la aparición del nevado Paria, gigantesco y muy parecido al Alpamayo y luego por el ingreso a un bosque de queuñas interminable y lleno de detalles. Se lo comenté a Alfonso y hasta la fecha no me arrepiento de lo dicho: éste debe ser uno de los paisajes más bellos que conozco.

 

Caminé y caminé extasiado por la dicha al lado de Miguel, el caballo de Reinaldo Figueroa, nuestro arriero, que por cierto se había adelantado para esperarnos en el campamento siguiente, casi al otro lado de la quebrada Huaripampa. Llegamos a nuestro objetivo del día sobre las tres de la tarde, siete horas después de haber iniciado la marcha. Recuerdo que esa tarde no hablamos mucho, estábamos cansados y repletos de emociones, cocinamos lo que teníamos organizado, bebimos unas copas de vino para completar la dicha y a las siete ya estábamos en nuestras carpas esperando el día siguiente. Giomar, nuestro guía y líder de la expedición, no cabía en su pellejo; éramos los primeros connacionales que guiaba y la pasábamos de la mejor manera…

Tercer día: más nevados y la quebrada Llanganuco. A las cinco de la mañana, de noche, levantamos campamento y empezamos el trote. Nuestro objetivo era Vaquería, una repartición vial donde debíamos esperar la llegada de la movilidad pública que habría de transportarnos hacia la tercera y última quebrada de nuestro trek, la de Llanganuco, al pie del coloso Huascarán. La primera parte de la caminata la hicimos de noche, alumbrados por la luz de nuestras linternas frontales y a buen ritmo. La mañana nos encontró en Huanipata, una aldea, la primera de todo el recorrido, típicamente rural; habíamos dejado atrás el paisaje natural para empezar a caminar por una geografía definida por la presencia humana. El contraste debió habernos causado alguna fisura interior pues nos habíamos transformado en un equipo de caminantes poseídos por llegar a la meta.

 

Claro que conseguimos llegar a tiempo a Vaquería y por supuesto que gozamos de los últimos arrestos del tercer día, en mi caso sobre el techo de una combi que logró coronar en tiempo record el portachuelo de Llanganuco (4767 msnm) para lanzarse a todo galope por el zigzag carretero. No me arrepiento de aquella decisión. Pero fue un riesgo innecesario. Apretando los dientes y en el dorso de un animal trepidante –las combis en nuestro país suelen ser caballos desbocados- terminé la ruta del Santa Cruz admirando a cuentagotas los contornos del Huandoy, los bosques de queuña de esta parte del Parque Nacional, sus lagunas de todos los tamaños y el imponente Huascarán.

 

Al caer la tarde nos encontramos en Yungay. Lo había dicho al principio de esta narración, el viaje había empezado de manera desbocada, pero sin duda llegaba a su fin de forma épica. En el camino, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, Carla, Rocío y Alfonso iban conversando sobre cosas nimias, sin aparente importancia, mientras yo amontonaba pensamientos; qué curioso tenía el sentimiento de haber caminado a un ritmo frenético, inusual, como quien trata de evitar que lo confundan con el padre de los buenos compañeros de este viaje inolvidable.

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Publicado el marzo 3, 2011 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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