Sembrar agua para sembrar futuro

Chavín de Huántar, mes de la Mamita Callmi, corredor de Conchucos  

Soy asiduo lector de la revista Agronoticias, rara avis del periodismo escrito del Perú, una publicación dedicada íntegramente a la promoción del agro nacional que acaba de llegar a su número 400 sin mayores aspavientos. Su director, Reynaldo Trinidad Ardiles, es un hijo del campo a quien aprecio, un comunicador social autodidacto que desde hace 35 años destaca como una de las voces más calificadas para hablar de productividad agraria.

Precisamente estuve leyendo este fin de semana una entrevista suya publicada en la última edición de Agronoticias al Ing° César Dávila Véliz, un propietario del caserío de Masajcancha, Jauja que ha convertido su erial en un fundo lleno de vida, donde se cosecha agua en cantidades suficientes para que el gris del invierno serrano no se empoce sobre sus sementeras y bosquecillos de árboles nativos.

Si bien es cierto que en los Andes el agua, sobre todo la que proviene de las lluvias, es más abundante que en la costa; el líquido elemento –vaya eufemismo- escasea, es apenas una ilusión en muchas de las quebradas de la sierra peruana y más en temporadas de estío como la que venimos afrontando. Para los que tenemos la suerte de viajar por esta geografía de contrastes, hacia el final de las precipitaciones de estación -abril, mayo- el verde refulgente tan característico de los paisajes serranos empieza a perder su cromatismo para transformarse en amarillo, la tonalidad que decorará todos sus pliegues hasta el retorno de las lluvias, quizás en octubre.

César Dávila, estudioso del comportamiento de los ciclos del agua en la sierra de Junín y admirador confeso de las técnicas hídricas que nos legaron nuestros ancestros, se propuso sembrar agua en las veinte hectáreas que adquirió a precio de remate. Para ello construyó en La Cosecha del Futuro, su fundo en la comunidad campesina donde nació, zanjas, terrazas y andenes que le sirvieron para cosechar agua a borbotones y en tiempo récord. Hoy sus tierras no solamente han adquirido un precio inusitado en el mercado local, también le están sirviendo como gabinete al aire libre para graduar adeptos a una causa que parecía perdida.

Felizmente Dávila no es el último Quijote de esta batalla contra la sed que empobrece al campo nuestro quitándole rentabilidad. He conocido a varios. Uno de ellos, Hilderico Bocángel, cooperativista y mandamás del predio Ecoperlacha, en Lamas, región San Martín, moderno Melquiades que sobre la dura piel de un pastizal sembró aguajes, una palmera amazónica rica en propiedades curativas y una endiablada capacidad para concentrar agua. El aguajal de Hilderico le ha permitido en poco tiempo tener reservas hídricas suficientes para desarrollar en apenas tres hectáreas de superficie una propuesta de agricultura diversificada (café, cacao, cítricos, etc.) que ha empezado a generar esperanzas de tiempos (agrícolas) mejores en un rincón del país donde paradójicamente el agua llega a cuentagotas.

También en San Andrés de Tupicocha,  sierra de Lima, me he encontrado con esos quijotes en busca de molinos de viento. En el 2009 asistí a la cosecha del agua en Tupicocha (ver http://www.soloparaviajeros.pe/edicion20/viajeros.htm), allí sobre los 3500 mnnm campesinos de varias comunidades se reúnen cada año para llenar sus amunas, reservorios prehispánicos donde guardan el agua de las lluvias de estación para que aporten vida en las temporadas secas, de estrés hídrico. “Cuando amunan en la parte alta, lo apunté por allí, tienen más agua en la parte baja. Amunar es sembrar el agua y cosecharla meses después, en época de estío, cuando las lluvias se han ido y la tierra tiene sed de vida”.

Pienso mucho en este tema y en la poca productividad de la sierra nuestra, un territorio al decir de Pepe Climper, el campeón nacional de la agroexportación, ideal para la agricultura y la producción de riqueza. Tenemos que demostrar que el agua de las lluvias, si es que se utiliza el sentido común y el trabajo tesonero, se puede “guardar” para soñar con dos cosechas al año y seguridad hídrica para todos. Hombres y criaturas del campo incluido.

El reto de los peruanos que venimos trabajando con ahínco para que nuestra economía crezca más de 4,6 % al año es  encontrar recetas que nos permitan cuidar el ambiente y proveer a los pobladores de este país antiguo y pertinaz las herramientas necesarias para construir un mejor futuro. Sobre todo en las regiones donde  vive el 23, 9 % de pobres y pobres extremos. Vale decir en el ámbito rural. Allí donde la papa cuesta noventa céntimos el kilo y solo se produce una vez al año. Y el agua de las lluvias se pierde a vista y paciencia de todos.

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Publicado el julio 21, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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