Archivos Mensuales: febrero 2011

97. Una navegación por el Amazonas

(Pucallpa, para revista Altaïr) He llegado desde Lima atraído por una historia que no deja de asombrarme. En algún confín de los bosques que rodean la ciudad de Pucallpa, pujante capital del departamento de Ucayali -en Perú los nombres se repiten hasta la saciedad: Ucayali puede ser indistintamente el nombre de una calle, de un río, de un departamento- habitan indígenas que siguen huyendo, quinientos años después de la llegada de Colón, del contacto con occidente. Se trata de un grupo considerable de hombres y mujeres que se niegan a tender vínculos con la cultura del forastero que bajó de las alturas de los Andes para disputar con ellos el territorio que se extiende a lo largo de este paisaje horizontal, chato, desprovisto de grandes montañas. Los pobladores que logré entrevistar en los barrios de Pucallpa los llaman “calatos” en alusión a su andar desnudo; los antropólogos, en cambio se refieren a ellos como los indígenas en aislamiento voluntario. Peruanos y peruanas del siglo XXI que a duras penas sobreviven, armados de arcos, piedras y flechas, al lado de una ciudad de miles de moto-taxis made in China, discotecas con aroma a Miami y millonarios que le deben su suerte al negocio del narcotráfico.

La antropóloga Beatriz Huertas, especialista en  poblaciones  no contactadas de la Amazonía del Perú, advierte que su  beligerancia -todos los años se reportan enfrentamientos entre ellos y pobladores ribereños- es una respuesta organizada al tipo de vínculo que se les quiere imponer. Desde tiempos inmemoriales, pero sobre todo durante las primeras dos décadas del siglo XX, dominada la región amazónica por los buscadores del caucho o shiringa, el látex que se extrajo de la Amazonía sudamericana, el encuentro ha tenido los visos de un genocidio. En las partes altas de los ríos Aguaytía, San Jerónimo y Pisquis, todos afluentes del Ucayali, el río que recorre la ciudad de Pucallpa, viven los cacataibos en aislamiento voluntario, un pueblo nómade, de guerreros que durante siglos han combatido a shipibos, conibos, asháninkas y, por supuesto, a los mestizos y blancos que han inundado su territorio ancestral.

Pucallpa, octubre 11. El río Amazonas es el torrente de agua dulce más espectacular del planeta y fuente nutricia del ecosistema más biodiverso de cuantos subsisten todavía. Para algunos el nacimiento del Gran Río debe buscarse en los deshielos del nevado Mismi, al sur de los Andes peruanos, en el corazón del departamento de Arequipa. Para otros, el mítico Amazonas nace cuando el Huallaga, que en algún punto recibió las aguas del río Marañón, se encuentra con el Ucayali, el curso de agua que se desliza bajo el peso del Henry  II, el barco que  habrá de llevarnos hasta la ciudad de Iquitos, punto final de un largo viaje por la floresta de un país de 28 millones de habitantes y un bosque dieciocho veces  más grande que Dinamarca.

12 de octubre por la tarde. Pucallpa es una ciudad fea por donde se la mire. Su desbordado crecimiento se debe a la construcción de la carretera Marginal de la Selva, la punta de lanza de un proyecto vial ideado por el presidente Belaunde en la década de los sesenta que intentó llevar el progreso a una región infinita y que pasados los años solo sirvió para precipitar sobre la Amazonía  un éxodo humano que hasta hoy continúa.  Escribo muerto de sed y calor en la cubierta del Henry II, una ventruda embarcación de metal que habrá de alojarme durante los cuatro días que me tome llegar, si Dios y la buena fortuna quieren, a mi destino final. En el puerto de Pucallpillo, a cuatro kilómetros del centro de la ciudad,  termino de liar bártulos y abonar el precio de mi osadía: 25 euros. Por supuesto que he seguido al pie de la letra los consejos de algunos de los viajantes. He comprado una hamaca por cinco euros, papel higiénico en cantidad, latas de conservas, galletas, una linterna y una buena dotación de agua embotellada.  En los barcos de la Amazonía peruana no se sabe cuando se ha de partir, mucho menos cuando se llega al puerto final; se duerme en cubierta sobre unas hamacas que cuelgan de unos bastidores y se come mal. La precariedad es la constante.

La gente va subiendo de a pocos al barco y aunque nos han dicho que zarparemos al medio día, nadie parece tener apuro. Los pasajeros en su gran mayoría son mestizos y visten con sencillez. Una familia en pleno come un juane, un platillo local a base de arroz y pollo al lado de un perro que no deja de mover la cola, un grupo de gallinas atadas a una soga y una ternera. Pienso en los cacataibos, otrora dueños de estos paisajes y hoy atónitos testigos de la desaparición de un bosque extremadamente rico. Para los investigadores del Instituto del Bien Común (IBC), una ONG que defiende los derechos de los pueblos indígenas, es imprescindible crear dos reservas territoriales que les permita desplazarse y sobrevivir. Para el Estado es mejor negar su existencia y dividir el territorio por donde se desplazan en parcelas que serán concesionadas a empresas petrolíferas que esperan ansiosas el permiso gubernamental para empezar a operar.

Requena, 15 de octubre. La he pasado mal. El ruido sobre el Henry II ha sido un mal compañero. También la lluvia y el exceso de paradas. En cada una de ellas un tropel de vendedores nos ha ofrecido de todo: jugos naturales, loros para ser usados como mascotas, cervezas heladas, baterías de dudosa procedencia, bocadillos hechos con carnes exóticas, fritangas de olores inverosímiles, hasta preservativos. El paisaje que atisbo desde mi barco se nota severamente  intervenido por el hombre; por donde avanzamos mi mirada se detiene en los cultivos de plátano y de yuca, también en las aldeas donde se agrupan niños que saludan sin temor y se matan de risa.

La explosión demográfica y el irrespeto a los ciclos de vida en los bosques y los cursos de agua han sido el detonante de una crisis que es visible para cualquiera. Por décadas la selva fue entendida como una despensa inagotable de recursos y, lo que es peor, como un territorio sin gente, vacío. De allí los sueños de desarrollarla tendiendo carreteras, construyendo infraestructuras para una inapropiada colonización. No se ha entendido todavía que la riqueza de sus tierras poco aptas para la agricultura reside en su cobertura arbórea en pie: una sola hectárea de bosque amazónico en buen estado puede albergar más de 650 especies de árboles y arbustos de todos los tamaños. Se dice que es tal la riqueza forestal de la región que de las 20 mil especies de plantas que existen en la floresta amazónica menos del 2 % ha sido estudiada. Sin embargo, en la Amazonía peruana se talan 150 mil hectáreas de bosque cada año.

16 de octubre, por la mañana. En la  selva del Perú viven trescientos mil indígenas pertenecientes a diferentes grupos étnicos, todos integrados de alguna manera a la dinámica de los mercados locales. Solo un grupo muy reducido de ellos permanece en situación de aislamiento. Junto a los cacataibos de Ucayali, mashco piros, isconahuas, arahuacas, huaoranis y nueve pueblos más, se encuentran en ese estado de desprotección. El Henry II, pese a mis molestias, es un adelantado del “progreso”; en sus atiborrados espacios viajan comerciantes, funcionarios gubernamentales, amas de casa, policías, estudiantes, jubilados, proxenetas, el Arca de Noé en pleno.

El día ha sido magnífico. Aprovechando que nos hemos detenido más de la cuenta en Nauta me tomé la libertad de contratar los servicios de una lancha para conocer un tributario del Amazonas, el río Yarapa. En una de sus riberas un empresario intrépido ha construido un lodge que sirve como centro de investigación para estudiantes de una universidad de los Estados Unidos. El turismo de naturaleza, el ecoturismo, el avistamiento de especies de fauna silvestre, son parte de las nuevas riquezas por explotar, sosteniblemente, en la Amazonía. Eso lo sabe muy bien Antonio Brack, el ministro del Ambiente peruano que ha sido desde su juventud un ferviente defensor de las áreas naturales protegidas del Perú y que ahora promueve su uso turístico.

Lujuriosa Amazonía. En el territorio de las marcas mundiales, no olvidemos que Perú es el país con más especies de mariposas en el planeta y el segundo en aves, se ha ido construyendo un complejo tramado de parques y reservas naturales que a la fecha ocupa más del 15 %  de su superficie territorial. Una de estas unidades de conservación es la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, a algunas horas de mi ubicación actual. El río Yarapa copia perfectamente la belleza de Pacaya-Samiria, no me queda ninguna duda. En pocos minutos pude observar a un oso perezoso nadando sin apuros sobre las aguas mansas del río, a una compacta reunión de delfines rosados juguetear a su antojo y a un enjambre de guacamayos sobrevolar la selva. Con un poco de paciencia y ojo avizor la naturaleza amazónica se deja acariciar por el viajero atento…y ese es un magnífico  negocio por explotar para sus poblaciones.

¿Qué ha sido de los grandes mamíferos que poblaron estas selvas a punto del colapso? ¿qué de sus aves de mil colores y formas? ¿perviven en sus bosques las criaturas que detallaron los ojos del explorador del siglo XIX? Si bien es cierto que navego por una Amazonía disminuida, en cualquier punto próximo a mi ruta todavía es posible encontrar otorongos (Pantera onca), el mítico jaguar de la selva y sachavacas (Tapirus terrestres), el tapir más grande de la jungla sudamericana. En los lagos de agua dulce o cochas del Pacaya-Samiria se reproducen por centenas los paiches (Arapaima gigas)), el pez-gigante de las aguas continentales cuya carne podría satisfacer la demanda de proteínas de las poblaciones amazónicas; las tortugas charapas (Podocnemis expansa) y los lobos de río (Pteronura brasiliensis). Anacondas (Eunedes murinus), caimanes negros (Melanosuchus niger), guacamayos escarlatas (Ara macao), monos cotos (Alouatta seniculus) y aulladores (Lagothrix lagotricha), constituyen parte de un vergel natural que a pesar de la caza ilegal y la tala del bosque sobrevive en  estas latitudes.

Iquitos, último día. Los testimonios sobre los cacataibo de las proximidades de Pucallpa que ha recogido el IBC, refieren verdades atroces: durante la época del caucho, las mujeres cacataibo que sobrevivían a los ataques de los shiringueros –uno de ellos, el tristemente célebre Fermín Fitzcarrald recorrió la región en 1883- eran comercializadas como animales  en Iquitos, la ciudad que se levantó sobre la sangre de miles de indios y que recorro con calma después de mi ingreso por el puerto de Belén.

¿Qué es lo que sobrevive de los cacataibos en este bosque de incalculable valor económico? Muy poco o nada, seguramente. Durante los últimos cincuenta años todas las calamidades se han ido sucediendo en esta región bañada por los ríos Huallaga, Ucayali y Amazonas.  A los excesos del caucho, tendríamos que sumarle los abusivos negocios de las pieles, las maderas finas, los hidrocarburos, la minería informal. Pero sin duda, la peor de las  plagas bíblicas que azota la Amazonía peruana en la actualidad es la de los cultivos de coca que abastecen el narcotráfico. Los estudios de Roger Rumrrill, un investigador amazónico hablan por sí solos: el fracaso de la colonización en la región y el absurdo afán carretero coincidieron con el aumento del consumo de cocaína en el mundo convirtiendo a Perú en el primer productor de coca, la planta sagrada de los Incas, del planeta,

Los valles que conforman los ríos mencionados han sido deforestados, sus fuentes de agua contaminadas con las sustancias químicas introducidas para la elaboración de la droga y sus poblaciones pauperizadas y víctimas del terror ejercido por lo que queda de Sendero Luminoso, la guerrilla armada que financia sus operaciones con el dinero proveniente del ilícito negocio. Según cifras de Rumrrill  desde los años ochenta, los más duros del boom de la coca, la economía peruana se ha venido narcotizando cada vez más debido a los cientos de millones de euros que ingresan cada año al fisco producto del “blanqueo” o legalización encubierta del dinero mal habido. En el gran manto verde sudamericano los barones del negocio más vil del planeta se afanan en destruir el futuro.

Iquitos, cinco días después. En el bar Fitzcarrald, mirando el río Itaya, en el malecón Tarapacá, punto de reunión para jovencitas que se desplazan con faldas muy ceñidas y varones que hablan por teléfono celular, me pregunto si la lucha de los cacataibos por mantener su autonomía es un extravío más de los tantos que ha parido América Latina o es la avanzada de un movimiento de liberación que nos tendrá pronto a todos nosotros como milicianos en busca de la salvación del planeta.

Bibliografía recomendada

Varese, Stefano
La sal de los cerros
Resistencia y utopía en la Amazonía Peruana
Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2006

El libro más importante publicado en Perú sobre los pueblos indígenas originarios y su trágica incorporación a la cultura occidental.

Solano, Pedro
La esperanza es verde
Área Naturales Protegidas en el Perú

2005

Interesante y muy actualizado trabajo sobre las potencialidades que ofrece a Perú y al mundo un manejo adecuado de sus Áreas Naturales Protegidas, un instrumento jurídico que podría salvar al ecosistema del colapso en el que se encuentra.

Para una adecuada comprensión de la Amazonía peruana, visitar:
http://www.iiap.org.pe/

Para conocer el Perú y su extensa Amazonía, navegar en:
http://www.soloparaviajeros.pe


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96. Santa Marta para backpackers

(Santa Marta, Colombia) No lo digo yo, lo dice Bernardo Gutiérrez, el viajero español que acaba de publicar en el sello Altaïr Calle Amazonas, un libro sobre la Amazonía brasileña: el turismo de masas aburre, destruye y degrada, es un enemigo de los destinos y del ser humano. Más claro, ni el agua. Bueno, pues, desde mi experiencia personal nada más cercano a formar parte de esa tribu urbana tan afecta a eso que llamamos (eufemísticamente) turismo masivo, que pasar unos días en alguno de los tantos  hoteles all inclusive que se han construido a lo largo de las islas del Caribe y también en el continente. 

Sé que lo que afirmo resulta harto polémico y puede  molestar a muchos de los lectores de este blog que sueñan con pasar, brazalete en mano, unos inolvidable días de sol, arena y playa en algún rincón de República Dominicana (al ladito de Haití) o en la costa atlántica de Panamá o Colombia, Total, turistear tomando una copa de ron helado en una playa de color turquesa después de haberse apuntado en la lista de los que van a hacer surfing, kayaking, windsurfing, snorkeling, luego de haber bailado los ritmos de moda, jugado tennis, voleiball y ping pong, no le hace mal a nadie y constituye uno de los placeres más promocionados y chick de los que se pueda imaginar. “¿Dónde pasaste año nuevo, brother?”, “En las Bahamas, hermanito, lo máximo, una juerga de campeonato?”. “¿Y esos dreads, hijita”?, “Me los hizo una negrita linda en una playa cerca de Santo Domingo, tía…”. “Maestro, qué tal bronceado…”. “Puerto Vallarta, socio”.

Prefiero otro turismo; en todo caso y siendo respetuoso de las opciones, mi elección es más sencilla, menos aparatosa, nada hiperactiva. Como Paul Bowles o David Byrne, lo mío está en otros caminos…aunque alguna vez haya sido víctima de uno de los tantos all inclusive que se reproducen como marabuntas por los cinco (o seis) continentes. Al igual que Martí después de haber conocido Estados Unidos, puedo decir que he recorrido las fauces del monstruo. Y el monstruo que habité se llamaba Decameron Galeón Santa Marta, en Colombia.

Si le vendieron gato por liebre, que fue el caso mío y el de mis dos hijos, o se hartó de las palmeras de plástico y el olor a perfume de su vecina de al lado a quien también tuvo que soportar cuando decidió probar el trago verde azulado que se servía en el bar de la piscina del resort colombiano, le propongo estas dos escapadas al verdadero caribe de la tierra de la cumbia. Recuerde que en Santa Marta nació el Pibe Valderrama y que en sus sierras más abruptas perviven  varios pueblos indígenas que siguen en franca rebeldía contra la abusiva presencia de la guerrilla y los excesos de los gobiernos de turno.

Primera escapada: Taganga

Salimos del Galeón y pudimos treparnos como felinos a una cómoda buseta que nos llevó, primero, a El Rodadero, el balneario que ofrece todos los servicios a los que desean salir lejos y luego a Taganga, una playa repleta de sabor caribe y ahora sí mar turquesa. Recuerde que el Decameron del cual está fugando recibe las aguas turbias que se forman en los manglares vecinos y también las últimas correntadas color chocolate de los ríos que mueren en esta parte del Atlántico sudamericano, por tanto la claridad de su océano tiene que ver más con el foto shop que con otra cosa.

Taganga es una linda playa al borde de un bosque seco similar en formas y presencias que el del norte peruano. En Colombia la variedad local del algarrobo se llama trupillo y es un árbol igual de generoso que el nuestro, vainas y sombras  incluidas. El mar es de un turquesa que subleva y la playita que la naturaleza ha creado es verdaderamente extraordinaria, como en las postales de los sueños. Un pueblo rústico de pescadores caribeños salpimienta la historia que les voy contando con el decorado más oportuno que se pueda imaginar. Sus botes, largos y marineros, se aglomeran en la orilla misma dándole mayor sabor a lo que usted está observando. Chiquilines avispados juegan fútbol en la arena o le ofrecen los servicios que seguramente sus padres ofrecen para llenar la olla: paseos en bote, guiados por los contornos, snorkels y mascarillas para bucear por el arrecife próximo, un buen plato de pescado fresco o artesanía nativa.

Javier, mi hijo y compañero de cuitas y yo, elegimos la navegación por la ensenada y las cercanías de otra foto para recordar: Playa Grande, un refugio al que  solo se puede llegar en bote (o a pie) desde Taganga y donde el bosque impone sus condiciones. Desde nuestra posición en el océano nos apuramos  a celebrar la presencia de otros niños dándole duro a la pelota.

De regreso a Taganga Javier, viajero que sí sabe de rutas de verdad, me soltó unas palabras de antología: “Papá, nos hubiéramos quedado por aquí, la estaríamos pasando mejor”. Adiós Decameron para él… y para mí también.

Segunda escapada: Parque Nacional Tayrona

Paul Bowles dice, utilizando la voz del protagonista principal de El cielo protector, el manifiesto viajero por excelencia que escribió en 1949, una frase que podría servir de epitafio para todos aquellos que alguna vez soñaron con descubrir el mundo latente, estático, de los teimpos mejores :  “Tienes razón, tienes razón –dijo sonriendo. Todo se vuelve gris y se volverá más gris todavía. Pero algunos lugares resistirán la enfermedad más tiempo del que supones”. No se refería, por cierto, a las playas que baña el Decameron Galeón en la costa del caribe colombiano. Eso nos quedó claro desde el primer momento al tropezarnos con una familia peruana (papá, mamá, tres hijos y abuela)  que iba tomando (a mil) todos los servicios del resort de moda en Santa Marta: Mr. Hiperacción y su banda, lo bautizamos de inmediato. ¡Gozaban y gozaban como locos, qué suerte la suya!. Ya lo dije: existen en el planeta turismo mil opciones para ser felices. La de los all inclusive, una de ellas.

Producida nuestra primera fuga a las playas de Taganga, había que planear un segundo escape. Con Javier convenimos en seguir nuestros instintos viajeros y le preguntamos al primer taxista que encontramos en la carretera por un lugar diferente al que acabábamos de abandonar. Moisés se llamaba el muchacho que después de mirarnos un rato, sentenció: “Lo que ustedes están buscando, lo pueden encontrar en Tayrona, yendo por la Troncal del Caribe, barato nomás”. Dicho y hecho, hacía allí nos embarcamos. La felicidad tiene el nombre de los caminos por hacer, entre los bosques y el mar, lejos de la monotonía de la modernidad que todo lo opaca, lo vuelve masivo.

El Parque Nacional Tayrona, es necesario mencionarlo, es un área natural protegida, si la comparamos con otras de Colombia, relativamente pequeña, de unas quince mil hectáreas de superficie, tres mil de ellas en el mar. Se trata de una cordillera lateral que se desprende de la Sierra Nevada de Santa Marta para formar un dédalo de playas exquisitas…y pobladas, todavía, de caseríos tradicionales y poblaciones indígenas.  El parque y sus playas tan promocionadas por la literatura de viajes se encuentran a treinta y cuatro km de Santa Marta, la ciudad portuaria donde pasó sus últimos días el Libertador Simón Bolívar.

Moisés nos condujo por una troncal que evita el ingreso a la ciudad de Santa Marta, recuerde que nosotros la habíamos recorrido el día anterior y que toma la dirección nor este, como quien intenta dirigirse a la Guajira venezolana. Se trata de un descampado idéntico al del norte peruano, repleto de cactáceas y árboles propios del bosque seco. Las montañas en el sector que vamos conociendo a medida que nuestro coche avanza se notan claramente más empinadas y tupidas. Nos vamos acercando, después de haber tomado un sendero muy bien señalizado, a las playas del parque nacional.

En un retén típicamente parque nacional pagamos el ingreso: siete mil pesos colombianos, diez soles aproximadamente. “¿Cuánto cuesta el ingreso, m’hijo?”, tuve que improvisar como paisa para evitar el pago como extranjero (30 mil pesos por persona). Nos salió bien el chiste y seguimos rumbo al Caribe. El camino contornea una montaña que según nuestro guía suele estar poblada de venados, pumas, ardillas, paujiles, monos tití, sajinos, osos hormigueros y toda la fauna del bosque seco que uno pueda imaginarse.

El mar, quieto y turquesa, aparece de pronto al dar un  giro sobre el camino. Desde un mirador natural divisamos la primera de todas las playas de nuestro periplo: Playa Siete Olas, una playa que podría ser tomada por asalto por los miles de surfers que hacen sus pininos en la Costa Verde.  Apunto en mi libreta: esta debe ser la bahía el mar más encrespado que he visto en el caribe colombiano. Al otro lado de la bahía se divisa un campamento o estación de descanso, hacia allí nos dirigimos.

En unos cuantos minutos llegamos a Neguanje, una playa bañada por un mar calmo donde se han improvisado unos cuantos quioscos de necesidad vital para el sediento y un muelle artesanal desde donde salen todos los botes en dirección a Playa del Cristal, la joya de la corona del Parque Nacional Tayrona.  Nos subimos a uno de ellos para seguir improvisando camino…

Cinco minutos después arribamos a Playa Cristal (o playa del Muerto), una ensenada pequeña de aguas turquesas a los pies de un bosque umbrío, feraz, imponente.  Completan el decorado natural una decena de restaurante con techos amalocados que sirven de pertinente refugio al visitante. Estaderos, buen nombre, así se llaman en Colombia estos chiringuitos para estar un rato, descansando, mirando a la distancia. Por indicación del buen Moisés tomamos posesión del estadero Doña Juana donde fuimos muy bien atendidos. Hicimos nuestro pedido antes de tomar por asalto las aguas azul turquí (así le dicen al turquesa en estas soledades) y caminar por esta postal del Caribe que todos llevamos en el imaginario.

Toda esta costa está protegida por un arrecife coralino que la convierte en ideal para el buceo. De hecho los siempre ubicuos y desesperantes “llenadores” (el nombre lo conozco desde que abundan en el Cusco ganando clientes para los restaurantes que representan) ofrecen a discreción mascaretas y snorkels. No es lo nuestro, Javicho, le dije a mi hijo antes de meternos al agua  a retozar como Dios manda. A golpe de una volvimos a Doña Juana para probar la culinaria marina de esta zona. Almorzamos una muy bien presentada mojarra (casi una tilapia versión Moyabamba) y una reducida –felizmente- porción de arroz de coco. Aprobado.

Volvimos al Decameron extasiados por la dicha. Antes de tomar el camino a nuestro all inclusive nos tomamos la libertad de ingresar de nuevo a Santa Marta, para recorrer los barrios por donde se movió el Pibe Valderrama y, cómo no, volver a pararnos frente al monumento que lo inmortaliza. No nos importó conocer el Barrio Jardín, el residencial vecindario de los que gozaron de la “bonanza marimbera” (de marimba, Canabis), que enriqueció a todos los que la sembraron y comercializaron a fines de los setenta e inicios de la década siguiente. Tampoco recorrer los espacios exteriores de una residencia republicana donde pasó una temporada Simón Bolívar, el padre de la Patria Grande latinoamericana. Para nosotros, fugitivos del Decameron Galeón, el Pibe es el Pibe. No hay otro.

PD: en el resort de marras nos esperaba Guillermo, el mayor de mis dos hijos, que había preferido quedarse en el Decameron para reponerse de una herida muy profunda en el pie derecho, accidente producido en Máncora, norte del Perú, donde había ido a surfear, su deporte preferido. Otro viajero de polendas. 

TARIFA INGRESO:
Extranjero $ 20.000 (US$ 7.69)
Nacional $ 6.400 (US$ 2.46)
Niños (entre 5 y 12 años), Estudiantes con carnet, adultos mayoresde 60 años $ 3.200 (US$ 1.23)

ALOJAMIENTO
ECOHAB o Habitaciones Ecológicas, para 2 y para 4 personas en la zona de cañaveral.
Ecohab 2 personas $ 76.700 (US$ 29.50)
Ecohab 4 personas $ 112.900 (US$ 43.42)
AREA DE CAMPING, se debe llevar carpa, colchonetas, sleeping bag, lámpara, alimentos e implementos para cocinar, en caso de que no deseen cocinar pueden usar el restaurante de la zona de alojamiento.
Espacio de carpa $ 5.300 (US$ 2.00)
Costo por persona en carpa $ 5.300 (US$ 2.00)
RESTAURANTE
Existen tres restaurantes, 2 en las zonas de cañaveral y uno en la zona de arrecifes
Desayuno Almuerzo y cena (en promedio) $ 20.000 (US$ 7.69)
MAYOR INFORMACIÓN:

http://www.parquesnacionales.gov.co/areas/lasareas/
tayrona/tayrintro.htm