Archivos Mensuales: diciembre 2012

El tango de la Guardia Vieja, la última novela del gran Arturo Pérez-Reverte

(San Bartolo, Lima) Max Costa acaba de cumplir 64 años y lleva a cuestas una  vida de truhán, repleta de fantásticas imposturas. En Sorrento, frente a la bahía de Nápoles, el sempiterno embustero, el elegante amante de ocasión asiste a su  ocaso con resignación y cierta dosis de nostalgia. Ha perdido su sombra, no le queda ninguna duda, pero aún así sigue esperando un cambio de timón,  un golpe de la fortuna. Mientras llega ha logrado emplearse como chofer en la mansión de estío del Dr. Hugentobler, un eminente sicoanalista suizo que debe su patrimonio al buen funcionamiento de una clínica que no ha dejado de atender a judíos ricos que siguen huyendo del holocausto y todas sus pesadillas. Max, eterno bon vivant y bailarín mundano, conduce un Jaguar Mark X y se ocupa de los demás vehículos de su patrón.

Mecha Inzunza, Mercedes Inzunza Torrens, tiene unos cuantos años menos y mucho mundo recorrido. También uno cautivadores ojos color miel. La suya es una historia que ha transcurrido entre dos épocas, entre la Europa, España para ser más precisos, antes de Franco y el mundo que parió la post guerra, pérdida de todas la inocencias incluidas.  Ha llegado a Sorrento y se aloja en el hotel Vittoria para asistir al duelo entre Jorke Keller, su hijo y el maestro ruso Mijail Sokolov. Los dos ajedrecistas, 1966, Guerra Fría en pleno desarrollo, se enfrentan por el Premio Campanella y la expectativa mundial parece haber detenido las manecillas de todos los relojes.

No es así, el ajado chofer y la mujer de porte aristocrático y restos evidentes de una belleza que ha demorado en esfumarse tienen deudas pendientes y van a tratar de saldarlas a pesar de lo imposible de sus afanes. Han sido amantes en dos momentos claves de sus vidas, primero en el lujoso Cap Polonio, trasatlántico que en 1928 acoderó en Buenos Aires y donde Max se ganaba las pesetas (mientras planeaba desvalijar a algún incauto) entreteniendo a las aburridas señoras de primera clase que viajaban sin pareja o cuyos esposos carecían del talento del buen bailarín; luego en Niza, 1937, en medio de una trifulca de espías y conspiraciones entre republicanos y nacionales. Encuentros ambos que solo sirvieron para dejar cabos sueltos, heridas y reproches, dos biografías en paralelo y una pasión carnal desbordada.

Esos son los insumos básicos que Arturo Pérez-Reverte utiliza para tejer una maravillosa historia de amor, de amor temprano, de amor maduro,  de amor de viejos, entre dos almas al garete en un siglo que también había perdido el rumbo.  Y como contrapunto de tanto amor desbocado, traidor, repleto de zancadillas, una historia lo organiza todo y le pone a la última novela del insuperable Pérez-Reverte la música de fondo que necesitaba: la del tango, la del tango lunfardo que Armando de Troeye, el  primer esposo de Mecha Inzunza, fue a buscar al Buenos Aires de La Ferroviaria y  la Casa Margot, con el deliberado propósito de afrontar con éxito una insulsa apuesta con Maurice Ravel, el famoso músico de origen vascongado.

Confieso que la contrariada historia de Max y Mecha –y Armando de Troeye, el compositor flemático y voyeur– me dejó sin aliento; primero, por la magnífica puesta en escena –Pérez-Reverte es un artista del cinematógrafo, escenografía y tramoya incluidas-; segundo, por la perfecta armonía del relato de un amor inconcluso, material, corporal, exento de reglas y convenciones; un ménage a trois que va a contracorriente de los amores convencionales. Tercero, por la adolorida descripción de una vida, la de Max Costa, embaucador de mujeres, que llega al epílogo sin mucho que mostrar a pesar de tantas aventuras y ambiciones vividas. Cuarto, por el silente actuar de una Madame Bovary de nuestro tiempo, una mujer, Mecha, decidida a recorrer todos los intersticios de su piel y armazón interno con tal de satisfacer sus deseos más mundanos.

¿Parentescos y similitudes? Lo acabo de decir, Pérez-Reverte alcanza la estatura de Flaubert y su Mecha a veces supera, en digresión y osadía,  a la Emma de Madame Bovary. Max Costa, a lo lejos, vive su Casablanca personal,  es Rick Blaine / Bogart distanciado de los ideales que mueven el mundo real, tan solo preocupado por seguir cumpliendo una agenda personal que tiene una hoja marcada con el nombre de una mujer que jamás va a poseer completamente, finalmente solo es un mozalbete pobre de Riachuelo, en Buenos Aires, un pasajero de segunda clase. Como lo comenta en un pasaje de novela los tipos como él solo saben perder guerras.

Y el “As time goes by”, la canción que siguen escuchando los Humphrey Bogart e Ingrid Bergman que en el mundo  han sido y seguirán siendo, es el invisible “Tango de la Guardia Vieja”, una entrañable canción que cada uno de los lectores del fascinante Pérez-Reverte sabemos cómo suena, cuanta nostalgia nos trae… y como se baila. Dio en el clavo, el maestro de la composición de cuadros y closes up, su tango de la Guardia Vieja supera a casi todas sus novelas anteriores y Mecha Inzulza, a su manera, resulta tan notable como los mejores héroes y heroínas del universo revertiano.

El tango de la Guardia Vieja
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara, 2012
497 pp

Hacerse el sueco, a propósito de la novela de Jonas Jonasson

(Pantanos de Villa, Lima) Los héroes de nuestro tiempo son anti-heroicos. Baste mencionar, ya que hablamos de una novela sueca, de Lisbeth Salander, la anoréxica protagonista de la saga Millenium, la obra cumbre (y única) del genial Stieg Larsson. Y los autores de novela contemporáneos, me animo a pergeñar otra exageración, con mayor capacidad para inventar historias novedosas suelen ser, por lo general, hombres comunes que alcanzan notoriedad precisamente por escribir la novela que tenían en la sesera y que un día cualquiera se animaron a ponerla en papel y santo remedio.

Es el caso de Jonas Jonasson, un periodista y productor de televisión sueco de cincuenta años que ahora, después del suceso editorial que significó “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, vive en una isla del mar Báltico dedicado a elucubrar, mientras la pasa bien, qué nuevo lío nos endilga, qué nuevo estropicio es capaz de crear ahora que Allan Karlsson, el singular protagonista de su opera prima se acerca a cumplir los 101 años, una edad poco propicia para  provocar más desaguisados.

La novela de Jonasson que les traigo desde Madrid -la compré mientras corría a tomar el vuelo que había de regresarme a Lima- es desopilante, intrépida, digna de una literatura, la nórdica, desenfadada y a contracorriente de lo que se piensa de sus ciudadanos. Allan Karlsson, un vejete inofensivo decide saltar por la ventana de la residencia para ancianos de Malmköping donde pasa sus últimos respiros, justamente el día de su centenario, buscando, entre otras cosas, contrariar a Alice, la impertinente enfermera que lo tiene cercado y al borde del colapso. A partir de su fuga se suceden, le suceden, una serie de acontecimientos, cada uno más hilarante que el otro, que lo convertirán en protagonista de una persecución por todo Suecia, donde mafiosos, ex reclusos, fiscales y policías, periodistas, malandrines de todo tipo irán tejiendo una trama que, lo confieso, me pareció en un principio calco y copia de las tres novelas de Larsson.

Pero no, la novela de Jonasson tiene lo suyo y las referencias a las de Larsson son apenas un guiño, un saludo generoso al padre del thriller policial sueco, género que encandila a millones de lectores por todo el planeta.

La historia de “El abuelo que saltó por la ventana y se largó” está narrada en dos planos; en uno se cuenta la fuga del protagonista que se hace de una maleta con 50 millones de coronas en la primera estación de bus a la que ingresa, en el otro, se pormenorizan los hechos más resaltantes de su vida, un estrafalario festival de sucesos  que lo convirtieron en testigo excepcional de los hechos más relevantes de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, personajes importantes incluidos. En esto Allan Emmanuel Karlsson, el hombre nacido el 2 de mayo de 1905 y a toda prisa, cien años después, por las carreteras de Suecia en un camión donde se esconden amigos de cuitas y un elefante, se parece mucho a Oswald Cornelius, el tío Oswald de la novela de Roald Dahl, “el mayor fornicador de todos los tiempos” que en vida tuvo la suerte de conocer a Stranvinski, Renoir, Picasso, Freud, Joyce y a una “apreciable colección de testas coronadas”.

Karlsson, experto en explosivos y con el tiempo colaborador impensado del equipo de Oppenheimer  que descubre la bomba atómica, se va haciendo íntimo de una larguísima lista de omnipresentes prohombres del siglo que hemos dejado atrás: Stalin, Mao, Chiang Kai Shek y su esposa Song Meiling, Harry Truman, Lyndon Johnson, Nixon, el generalísimo Francisco Franco, Kim Il Sung y su heredero Kim Jong Il, por mencionar solo a los más conocidos. Mientras los va conociendo recorre el mundo, todo el mundo desde Flen, su pequeño pueblo hasta los Himalayas y Valdivostok, donde vive el gulag y logra fugarse con un hermano idiota de Eisntein.   A todos los frecuenta y los trata desde la total indiferencia y espíritu Forrest Gump. Jonasson ha tenido la sagacidad de crear un personaje que a veces se parece a Ignatius J. Relly, el personaje principal de la novela con que John Kennedy Toole ganó póstumamente el Pulitzer del ochentaiuno y a veces, lo acabamos de decir, al héroe de la película de Robert Zemeckis con Tom Hanks como protagónico.

Entrañable personaje Allan Karlsson, un ejemplar maravilloso de clochard contemporáneo, maridaje perfecto de Chapulín Colorado y Tintin del norte europeo. Una linda novela que permite que sigamos festejando el boom de la narrativa sueca.

Buen viaje…

Un rescate de huellas de dinosaurios en Asturias

(Pantanos de Villa, Lima) El Museo Jurásico de Asturias, el MUJA, es un sueño para los que estamos luchando por construir una movida paleontológica en las sierras de Ancash, entre el callejón de Conchucos y la cordillera de Huayhuash.  Hace unos días recorrí con Chema Formentí sus instalaciones en compañía de sus dos promotores, José Carlos García-Ramos y Laura Piñuela. Naturalmente quedé fascinado con las piezas que exhibe el museo –un edificio con forma de huella tridáctila que domina el mar de la Cantabria- y la apropiada información que reciben los visitantes, más de cien mil cada año.

José Carlos y Laura me contaron del evento, aventura para ser más exactos, que describen las fotos que presentamos en esta galería  dedicada a recorrer el mundo(para ver las fotos que menciono ingresar a http://www.soloparaviajeros.pe/galeria/galeria.html).

En ellas se aprecia el esfuerzo que realizan los dos científicos para recuperar las huellas de dinosaurios (icnitas) que se amontonan en la llamada Costa de los Dinosaurios, una franja del litoral asturiano de aproximadamente 60 km  que se extiende desde la ciudad de Gijón hasta Ribadesella.

A lo largo de este segmento de la costa de Asturias se pueden visitar nueve yacimientos que contienen huellas de dinosaurios del jurásico español cuya antigüedad, ciento cincuenta millones de años, se pierde en la noche de los tiempos. Las que el enorme helicóptero Chinook del ejército español logró levantar corresponden a los acantilados de Luces, en las proximidades de la localidad de Colunga. El tesón y el absoluto desinterés de mis amigos asturianos hicieron posible el milagro. Hoy las piezas recuperadas reposan en los jardines exteriores del MUJA y se convertirán, de seguro, en un atractivo más para visitar el museo con más afluencia de público de toda la región.

Desde Lima un abrazo a José Carlos y Laura esperándolos pronto por aquí.

Aves del Barrio, el primoroso libro de Natalia Solari

(Barranco, Lima) Se pasó Natalia Solari, la inteligente promotora del Proyecto Barrio, en Barranco. El libro que ha puesto en circulación sobre las aves que pueblan nuestros espacios públicos no solo va a llenar un vacío en cuanto a producción de este tipo se refiere sino que se constituye en un valioso (y necesario) canto a la ciudad que están construyendo colectivos como el suyo y gente de a pie como los que van a adquirir su singular y cálida propuesta.

Conozco a Natalia hace muchos años, a ella y a su familia. Mari, la madre, es la capitana de Las Pallas, el taller de arte popular de la calle Cajamarca, en el corazón barranquino, mi barrio; sus hermanos, Santiago y Sebastián, uno en Vichayito, otro en Barranco o Madre de Dios, impulsan proyectos de vida novedosos, combativos que suelo visitar. Sebas fue mi alumno en Los Reyes Rojos y desde inicios de los noventa infatigable obrero de la Lima del futuro; el Proyecto Barrio, sin duda, representa su criatura más conocida. Autor de dos libros sobre árboles limeños, Sebastián es un infatigable hacedor de revoluciones.

(No voy a hablar de Adriana Solari ni de los Gruenberg, Philippe, Claudio y Lorenzo, los otros miembros del clan, aunque ganas no me faltan). Bueno, Natalia hace un año y medio cogió su máquina fotográfica, cruzó la vereda de al frente de su casa y se lanzó a la aventura de reconocer, de conocer personalmente, a las aves que revoloteaban cerca a su ventana y al otro lado de la vecindad. El resultado, una antología de 24 aves presentadas de manera sencilla, vivencial, como quien habla de los hijos propios o de las mascotas que alguna vez se tuvo en la infancia. Con fotos, además, sugerentes, tomadas por el ojo atento del voyeur, del sorprendido paseante que se entretiene apreciando el mundo exterior, el mundo que vibra fuera de la oficina y la vida a mil por hora.

No estamos hablando de una guía para iniciados, en estricto sentido tampoco de un libro para niños, mucho menos de un sesudo compendio de los emplumados que se esconden en el bosque o hay que ir a buscarlos a los confines más remotos. Lo de Natalia es otra cosa: un testimonio para todas las edades sobre las aves de nuestros jardines y callecitas, una mirada personal sobre la presencia de esos seres que nos acompañan desde siempre y tienen mucho que darnos, si es que se lo permitimos. Cuenta Nati que un día, así por así, decidió poner más atención a los ruidos de la calle, a los aleteos de esas mismas criaturas que alborotaron su infancia en las fronteras de Lima y los años de su adolescencia en Barranco, cuando Cajamarca era una callecita despoblada de árboles donde se quemaba la basura en la esquina donde alguna vez funcionó el colegio San Fernando. Y nació la idea.

“La calle para mi, después de este viaje, cambió para siempre; he aprendido mucho sobre los cantos de las aves y si no logro identificar uno regreso corriendo a casa a buscar información…”. De hecho el esfuerzo de Natalia, de precisar conceptos aprendidos e identificar algunos de los individuos que fue cazando con su lente, fue aderezado por los consejos de Fernando Angulo, un birdwatcher profesional que le brindo su incondicional apoyo y que estuvo entre los concurrentes en la presentación de Aves del Barrio, hace dos semanas.

Ese día, acota con orgullo, “Sebas –mi hermano- comentó que al final, todo se encadena. Primero fueron los árboles. Con los árboles llegaron las aves y con las aves, los mamíferos…. Un círculo maravilloso que se complementa con la abundancia de plantas cuyas semillas fueron dispersadas por las aves y que a la larga le servirán de alimento. Un ciclo maravilloso”. Las aves son inspiradoras, me dice mientras me va narrando su sueño y a mí no me queda ninguna duda.

“Nos soy ornitóloga ni pretendo serlo. ¿Sabes?, me gusta la idea de hacer cosas más sencillas, tal vez mi próximo trabajo sea algo como esto, un librito sobre las flores del barrio, algo que nos ayude a los adultos a salir de tanto desconocimiento”. Se pasó Natalia, su libro aterriza en un momento clave para una ciudad que lucha por ser más amigable, que intenta salir de la barbarie y palpitar mejores emociones. Y también en los días previos a la navidad, un momento ideal para correr a comprarlo y regalárselo a los amigos, a los más chicos y a los mayores. De aves esta poblado el universo, de aves están llenos los barrios, los espacios de todos, los ecosistemas urbanos donde nos socializamos día a día. Buen viaje, alado, Natalia, que tus nuevos proyectos tengan el cimbreante vuelo del turtupilín y la altura del planeo colosal del gavilán acanelado.

Aves del Barrio
Natalia Solari Morgan
21 x 16 cm
natasolar@gmail.com
www.proyectobarrio.com

Lugares de venta: Artesanía Las Pallas, El Virrey, La Casa Verde, Librería Sur.

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119. El meteco

(Zürich) Volví a desvelarme. Otra vez, debo imaginar, los ronquidos de uno de mis compañeros de habitación en Niederdorfstrasse, la callecita donde se encuentra mi hostel para backpackers de 37 euros la noche y un cuarto típicamente mochilero donde nos acomodarnos seis viajeros venidos de cualquier parte del planeta. El hotel Biber, quinto piso de un edificio del siglo XVIII, tiene servicios higiénicos muy bien puestos, una cocinita para salir de apuros y una sala de estar que incluye WiFi y una cafetera que surte a todos de la bebida más caliente de todo Zürich, la ciudad del río Limmat y las calles más ordenadas que conozco.

En el piso de abajo de este camarote que es mi mundo vive un meteco. Un habitante de un continente distinto al mío, un hombre que acampa en la misma ciudad pero por diferentes motivos. Tal vez un alemán pobretón, rara avis venido de la ex RFA o un turco, no lo sé. Habla poco y cuando lo hace sus palabras no me dicen mucho, suenan extrañas. Cada mañana se despierta al alba y mueve sus pocas pertenencias, se asea en el lavabo que nadie usa y se apura en salir a trabajar. Es un meteco, no me queda ninguna duda: un expatriado, un paria en un país de acomodados burgueses. Un obrero en una habitación poblada por gentes de una tribu que no deja de moverse y que ha hecho del viaje una obligación, un rito, un oficio trashumante.

Ronca y ronca en medio de la noche, debe ser por el agotamiento, trato de encontrar respuestas mientras busco la posición correcta para atrapar un poco más de sueño. No puedo. El meteco eructa y se mueve como una sanguijuela. Estoy seguro que en esta oscuridad que no deja espacio para la penumbra debe haber más personas pasándola mal, con los ojos abiertos. Su traza de paisano, de proletario, se me ha quedado grabada: anoche, poco antes de irme a dormir, lo vi en la sala, sentado en un mullido sofá junto al grupo de japoneses que revisaban con atención un mapa de Europa. Solo, desgarbado, con una barba de varios días de desaliño. Una camisa raída, un pantalón de otra época. En lugar de botas, zapatos. Debió haber sido ayer día de pago, pienso, anoche intentaba hablar con cualquiera de cualquier cosa.

En la tarde, pesco otra idea, me lo crucé en las escaleras del hostel. Subía a toda prisa por mi cámara fotográfica y él hablaba a voz en cuello por teléfono con alguien que debía estar muy lejos. Trató de sonreírme, seguí de largo. No me simpatiza, son las cuatro de la mañana y desde hace varias noches es el oscuro objeto de mis desvelos. Quisiera decirle que deje de roncar, que se calle. Quisiera que la noche se lo trague y me dejé en paz. No sé cómo ni por qué magnífico designio me quedó profundamente dormido.

Dos horas después, calculo, me despierto exaltado. Alguien parlotea cerca de mí. Es el meteco. Me está diciendo algo en un idioma de otros tiempos, Babel en pleno siglo XX. Me doy cuenta que tiene mi celular en sus manos, ato ideas y entiendo que me lo quiere devolver, se ha debido caer y lo ha encontrado. Su sonrisa inmensa parece también una excusa. Le agradezco con un gesto amable, termino de despertarme.

En la tarde, ahora escribo en mi despacho de Lima, cuando me iba para siempre de mi ocasional vivienda, nos volvimos a cruzar. Ambos sonreímos como dos viejos camaradas que se separan por un tiempo. No le guardo rencor. Yo era un viajero insomne, él un meteco, un soldado de la crisis tratando de ahorrar monedas para construir su reino.

118. Renzo Uccelli, diez años después

(Pantanos de Villa, Lima) Conocí a Renzo Uccelli, fue un hombre bueno, transparente, sumamente honesto. Lo invité, ahora lejano 2002, a ser parte del sueño de una revista con sello propio, ajena a los lugares comunes y vital en cada una de sus apariciones. Aceptó de inmediato y envío a nuestra recién estrenada sala de redacción un  texto sobre las Torres del Paine y unas fotos sobre el corredor Vilcabamba-Amboró, en la sierra surperuana. Nos reunimos un par de veces y le propuse hacerle una entrevista, un pequeño interviú, que publicamos en ese histórico número 1 de la revista Viajeros. Fue la última que le hicieran y también la última sesión de fotos, curiosamente con él como protagonista, en la que participó.

Llegó diciembre de ese año y en la presentación de Viajeros en el auditorio de Petro Perú, nos volvimos a encontrar. “Me voy para la selva,  tengo una comisión pendiente que debo cumplir, cuando regrese nos juntamos para planear el siguiente número”, me dijo. Lo que sigue es historia conocida, Renzo no pudo volver de esa cita con su destino. La pequeña avioneta que intentaba remontar los contrafuertes del Padre Abad, en Ucayali, se estrelló contra el macizo muriendo sus pasaajeros en el acto.

La noticia conmovió a todos. En sus apurados treintaiseis años de vida, Renzo solo había sabido ganar amigos y adhesiones. Los primeros, Pichón Málaga a la cabeza, iniciaron la búsqueda de la nave siniestrada esperanzados en encontrar al avezado mocetón que creían podía haber sobrevivido en medio de tanta selva. Vana ilusión, a los pocos días la avioneta fue encontrada en la espesura del bosque con sus cuatro ocupantes sin vida. La selva, esa geografía insultante que él, como tantos de nosotros, se afanaba en desafiar, le había jugado sucio. Le había quitado esa sonrisa tierna que solía regalarnos y definía su estado vital excepcional.

Al enterarme de la noticia corrí en busca de las fotos que Álvaro Goyenechea, hoy en Valencia, le había tomado pocos días antes de su último viaje, como si se tratara de un presagio. Allí estaba Renzo, gigantesco en su amor por sus retoños, lleno de ilusiones, descuidado propietario de una vida que debió ser larga y abundante en  sueños y metas alcanzadas

Ese tesoro, el fotográfico, que pugnaban por compartirlo los periódicos de Lima y los colegas en busca de noticias fáciles, se lo entregué, a los pocos días de despedirlo para siempre, a Alejandra, su dulce compañera y albacea de una obra fotográfica inmensa y completamente original, auténtica. Ale, lo recuerdo diez años después, solo atinó a decir, sollozando: “Parece mentira, Renzo no solía tomarse fotos y mucho menos con los chicos…”. Increíble, me lo he dicho muchas veces frente al recuerdo de una mujer, joven y enamorada del muchacho de ojos claros y andar desgarbado que había decidido partir dejándonos completamente entristecidos: tanto amor y no poder contra la muerte…

A los días escribí esto que les quiero mostrar…

Buen viaje…

Los que frisamos los cuarenta, o mejor dicho, los que hace algún tiempo dejamos atrás la treintena, hemos sentido -¿acaso exagero Álvaro Rocha?, ¿me equivoco Luchín Castañeda?-, un golpe mayúsculo al confirmar el miércoles pasado la horrible noticia de la muerte en combate del más noble y más bueno de nuestros amigos de generación. Y no exagero. Con Renzo se va, triste es reconocerlo, lo mejor de los sueños que motivaron el despertar de aquella hornada de jóvenes idealistas que al despuntar los ochenta aprendió a embriagarse con el aroma a tierra apisonada que brota de los caminos y el sonido de los pájaros que pueblan los horizontes.

Fuimos una generación que se formó entre el olor a petróleo y café de cualquier parada camionera y la fe inquebrantable en un país mejor para todos. Éramos, lo ha dicho mejor que nadie Caníbal en una nota que reproducimos en esta edición, unos desadaptados. No queríamos hundir la cerviz en el monocorde compás que los mayores, léase profesores de colegio, curas sin mayor pretensión que educarnos a la fuerza, padres temerosos de la debacle nacional, nos tarareaban desde tan lejos. No quisimos militar en la causa de las satisfacciones fáciles, lo nuestro fue más bien el sin sentido de gozar privaciones sabiendo que en casa nos esperaba el lonche y los cariños de todos.

Escogimos la penumbra que muchas veces decora el ruido de la montaña y los caminos inconclusos. No supimos tolerar los acomodos y reacomodos económicos que nuestras familias conseguían mientras el país se caía a pedazos. Preferimos el hambre de la puna, las incomodidades de la ruta, las ansiedades de los controles carreteros y los caminos zigzaguenates al pie del acantilado real -y también metafórico- antes que la cómoda ubicación en la carrera tan peruana de las subeibaja sociales. Nos dejamos el pelo largo y aprendimos a platicar con otros dioses.

No nos gustó la prédica izquierdista -aunque algunos militamos en política- que había germinado en los setenta, ni supimos de pesimismos y frustraciones extraordinarias. Nos dio miedo el toque de queda pero también la posibilidad de no poder seguir estirando el brazo para que algún oportuno camión nos sacará por fin de la garita de Pucusana para emprender el viaje preparado con tanta antelación desde el bullicio de los recreos colegiales o durante las alucionaciones también de moda.

Ese fue nuestro sino vital. Viajar, gritarle al viento nuestros temores -que eran tantos-, sentir las caricias que avientan las olas, vivir de la mano con el peligro. Nadar en el mar de las ilusiones que habíamos aprendido a construir, navegar viento en popa, siempre en dirección de la epopeya y el grito absurdo. No habíamos nacido para ser animales de las veredas.

Pero el tiempo fue pasando y nos fue hablando de vez en cuando de su maldita obsesión por destruir nuestros apetitos juveniles. Entonces nos volvimos temerarios a pesar de tener que aceptar que no éramos inmortales y que la marca de los dioses salvajes que muchos de nosotros llevábamos en la frente no servía de salvoconducto para evadir la muerte y el absurdo. Así se fue Bore, así se perdieron en la ruta tantos de los nuestros. Y ahora te tocó partir, Renzo, y te confieso hermano que tu partida no nos va a ser fácil de aceptar y que resulta inconteniblemente trágica. Desproporcionadamente trágica. Emblemáticamente trágica. Te llevas a la montaña mucho de lo que fuimos como generación y los que hemos quedado al borde del camino no sabemos qué vamos hacer para recuperar los sueños perdidos. Te vamos a extrañar. Ya no más tu mirada dulce, ya no más tus renovados proyectos. Tampoco tus deseos de volver al Himalaya o tu indomable tranquilidad para hablar de lo tuyo y de lo de todos. Ya no más la ilusión que transmitían tus ojos de creyente. Solo nos queda esperar que el tiempo nos enseñe a comprender a esos dioses equivocados que te arrancaron de nosotros para  querer demostrar que nos habían derrotado. Ojalá que tu espíritu guerrero nos acompañe en las próximas batallas. Adiós, hermanito.

117. Como un antropólogo en Marte

(Zürich) La frase no es mía, desgraciadamente. Es del doctor Oliver Sacks, pionero de la neurociencia y artífice, en la vida real, de la historia que narra Despertares (Awakenings, 1990), el lúcido film que tiene por protagónico a un soberbio Robert De Niro -y amiríadas de lágrimas en los cines de todo el mundo como música de fondo. En un libro que leí hace algunos años, Sacks disecciona la vida de Temple Gradin, una autista excepcional que revolucionó con su relato vital los estudios sobre un síndrome que cada vez se hace más visible y que en la en la vida real es hoy por hoy una de las más renombradas expertas en conducta animal y adaptaciones para los mataderos de la industria ganadera de los Estados Unidos.

Bueno, como un antropólogo en Marte me he sentido todo el día de hoy en Zürich, paseando por los extramuros de su Down Town, de visita por las riberas del Zurichsee, el lago de esta maravillosa ciudad que me ha de alojar por unos días. Como Temple Gradin en la cafetería de la universidad de Illinois donde se graduó con honores. Voy a contarles por qué…

En mi ciudad, no me quejo, el desborde es lo común, el alimento cotidiano de los que andamos a pie. Somos, los que habitamos urbes como la cuatricentenaria Lima, habitantes de los excesos, de la multitud, la ciudad y el campo en tan solo pocos kilómetros cuadrados, ganados por lo general a los valles, los descampados que sí sirven y las montañas más próximas. En nuestros pagos la aglomeración es la norma, el estado vital por excelencia. Un atasco como los que Lima me lanza cada vez que vuelvo de Conchucos en el puente de Caquetá, purito Rímac, es impensable en esta Europa de ríos que jamás se desbordan y rebozan de vida…

Es la verdad y no estoy pecando de eurocentrismo.ara nada.

Hoy por la mañana recorrí la de cabo a rabo la Niederdorfstrasse, una calle peatonal, de adoquines pequeñísimos cual piezas de un vitral, que avanza paralela al río Limmat para ir a parar en la colosal catedral protestante de Grossmünster, con sus tres torres sumamente enhiestas, una de ellas de indudable estilo gótico, y distinguibles a leguas. La tradición dice que esta iglesia fue construida en el 1100 dC sobre los escombros de un templo carolingio y fue testigo excepcional de la Reforma protestante patrocinada primero por Zwingli y luego por Bullinger, dos prohombres de este cantón de tanta historia. Una representación de Carlo Magno se deja ver en la cripta de la catedral y en todos los frisos de las columnas y paredes interiores se luce el arte románico. Zambullido entre la multitud crucé el Münsterbrunke, el puente sobre el Limmat y pude ver, extasiado, el encuentro entre éste con el lago de Zürich, torres de la catedral de Fraumünster de por medio. Una epifanía para el buen gusto y el andar cosmopolita.

Andando, andando me adentré en dos barrios al lado del monumental espejo de agua de Zürich, tan sobrio y a la vez impresionante: el General Guisan Quai y el Mythen Quai, como quien dice La Punta y Chucuito, en el mutatis mutandi con la conocida provincia chalaca…y me fui llenando de impresiones, cada cual más vivida. En esta ciudad portuaria los jardines sustituyen con elegancia a los bosques de lejanas épocas y en todos reina el buen gusto y el recato. También los caminos para los paseantes, mayoritariamente parejas jóvenes con hijos a cuestas. Otro mito que se desploma: en la vieja Europa que descubro en estos días, los matrimonios recién estrenados se repiten en cada esquina y los críos que acaban de llegar al mundo no hacen otra cosa que recibir todos los mimos que imaginarse pueda. Al lado del panel interpretativo que muestra al que llegó las especies aviares que se disputan las migas de los panes que lanzan los que caminan por estos senderillos tan vitales, me quedo con la imagen de una joven madre tratando de alimentar a los patos de picos rojos y cabezas sumamente robustas que intentan ganarle el vivo al enjambre de gaviotas.

Y qué decir de los edificios de estos barrios de la extendida clase media de Zürich. En todos se amontona la calma y el estar desapercibido. Para mí que he llegado del trópico, la tranquilidad que es más que evidente en estas calles, solo tiene parangón con esa calma chicha que de chico podía observar en Santa María o San Bartolo llegados los meses del invierno, tiempo en que los veraneantes ya hace mucho habían puesto los pies en resbalosa y reinaba solo la espera, el vacío total.

Las abetos, hayas, robles, pinos de estos parques de vieja data dejan caer sus hojas tapizando de ocre el pavimento mientras que el graznar de las aves de tierra firme van anticipando la llegada de la noche. Sigo caminando y la quietud me intranquiliza. En los barrios de Panamá al lado del Casco Viejo el tropel es la divisa, lo mismo en La Habana Vieja, con sus solares y conventillos saturados de viejos sones y mulatas que observan con sigilo. Aquí no. Aquí reina la soledad y los mutismos: el de los hombres, el que se impone en sus veredad, el de sus barrios que apenas dejan entrever tras las cortinas del segundo piso el trajinar de un ama de casa o el rostro impenitente de un adulto mayor.

Me tropiezo con una estación de policía, lo más cercano a un hospital sin enfermos a la vista. En las calles de Zürich la estadística de atropellados y accidentes de tránsito debe ser una estafa (sudamericana), un sinsentido. Cruzo la gran avenida seguro de que los automóviles van a detenerse y así sucede. ¿Dónde han ido a parar los arrebatos de la esposa que clama por el marido ausente?, ¿dónde la rabieta contenida de los adolescentes en pie de lucha?.

El día de hoy he sido, no me quepa ninguna duda, un antropólogo en Marte. Como la terca y valiente Temple Grandin tratando de entender el comportamiento de esos humanos tan poco comunes.