Archivos Mensuales: enero 2012

109. ¿MOVADEF es el problema? Apuntes sobre los tiempos modernos y la sociedad del entretenimiento

Lo acaba de mencionar un último estudio de la universidad de Washington: el desafío intelectual que debemos afrontar padres y educadores es el de recuperar la atención de nuestros niños y adolescentes y hacerlo justamente en un momento donde la hiperestimulación que reciben de los mass media y el internet es de tal dimensión que es posible que muchos de ellos hayan sucumbido ya al nuevo síndrome de los tiempos modernos, el “transtorno de hiperactividad y déficit de atención provocado”. Es tan ilimitado el caudal de información que reciben a través de estas redes que se vuelve imposible guardar espacio en la memoria para almacenar material tan abundante.

Hoy se habla de los sujetos multitarea, esos individuos que habitualmente abren el correo, hablan por teléfono, escuchan música, juegan Wii, tuitean o contestan el Facebook atentos a recibir  cualquier otro estímulo del mundo exterior. ¿Los conoce?, ¿alguno de ellos se aloja al lado de su dormitorio? Los multitarea son ejército y como concluyen algunos estudios preliminares terminan siendo menos productivos, menos seguros en la utilización de su bagaje cultural o académico que sus congéneres que aún no sucumbieron a la cultura del entretenimiento. Constantino Carvallo, el lúcido pensador contemporáneo, afirmó en Diario Educar, que “la inteligencia es hija del matrimonio de la atención y la memoria”. Paradójico, ambas cualidades yacen condenadas a muerte en las escuelas que queremos reformar.

He venido pensando en esto, ahora que el activismo del Movadef nos ha explotado en la cara como el peor coche bomba de los ochenta, repitiendo las palabras de una muy lúcida analista. Sobre el cómo afrontar la desmemorización de nuestros adolescentes en asunto tan sensible como Sendero Luminoso y su vesania terrorista, se ha venido generando en los últimos días un consenso peligroso, que ubica la solución de esta suerte de amnesia colectiva (y juvenil) en el currículo oficial, los textos escolares y en el malhadado curso de Educación Cívica.

Los jóvenes de todos los estratos socioeconómicos de nuestro país, vengo de constatarlo en la provincia cusqueña de Canas, tienen la misma aversión por los contenidos irrelevantes que los de Nueva York, Santiago de Chile o Vladivostok; son modernos,  activos y cosmopolitas: desechan la información  que no conviene guardar y en su remplazo colocan la que sí tiene peso específico y sonoridad; esa que va a generar los trending topic del día. En esa marea informativa se encuentran, se dan la mano, personajes más atractivos que Abimael Guzmán o el mismísimo rector Lerner; en el compartimento gigantesco de la sociedad del entretenimiento los nombres que se acogen tienen otra consistencia. Ciro, Giuliana Llamoja, a veces Magaly y Carlos Cacho, los sucesos del Costa Concordia o el último capítulo de Al fondo hay sitio, cuentan más a la hora de pulsar el botón de la papelera de reciclaje personal .

¿En qué intersticio de la memoria se aloja la información que generó la Comisión de la Verdad o los textos de análisis que se produjeron luego de la derrota militar y moral del senderismo? La atención lo es todo, decía Constantino: la atención y la calidad (y  valoración) del emisor, habría que añadir. Nuestra sociedad ha decidido prescindir de los espacios donde antaño se transmitía la cultura que la generación que se iba le dejaba en legado a la nueva. Y en su lugar, se han aupado la telebasura, el periodismo chicha, el culto al morbo y a los nuevos héroes (Misterio, el loco David, Gringasho).  La escuela, sobre todo la escuela pública, la calle generosa y creadora de ciudadanía y la familia, el útero social del cual nos hablaron tanto nuestros mayores, han dejado de ser el aula abierta donde se forja la moral y el sentimiento de pertenencia a una idea colectiva.

Combatir al Movadef o a cualquier otro fanatismo, no es tarea exclusiva del Ministerio de Educación o de la ministra en cartera. La lucha contra el olvido, el de Sendero y su propuesta absolutamente reaccionaria, el combate a lo irracional en todas sus manifestaciones, comienza en casa y es  pan de todos los días. La cruzada nacional que debemos estimular no es otra que la de generar más minutos de diálogo con nuestros vecinos de dormitorio. Y no para referirles necesariamente el drama de Lucanamarca y Tarata, no, la derrota de los remanentes de Sendero y sus nuevos prosélitos, se dará cuando nuestros niños y nuestros adolescentes estén atentos a nuestra presencia y desde esa frontera puedan guardar en la memoria los insumos necesarios para entender el mundo (real) que habitan.

Buen viaje…

108. Después de Dakar, ¿qué?

Quedé como un enemigo del vacilón, de la fiesta del Perú moderno que todos están festejando. Como un verdadero aguafiestas. Y todo por ser consecuente con una preocupación que me obsesiona: privilegiar el futuro antes que cualquier otra cosa, ser hincha del país que queremos heredar a los que vienen. Me encantan los rallyes, el Dakar lo he venido siguiendo desde que se realizaba en África, mucho antes de su arribo a Sudamérica, mucho antes de que se convirtiera en una moda, en un artículo más para la voracidad del Homo consumus. En esta versión del 2012, además, iba a participar un sobrino mío, Ignacio Flores, el hijo de Patricia Seminario y del Negro Flores, camaradas desde hace tantos años. Con él tengo que reunirme para que me cuente sus impresiones. Y no precisamente las de la competencia en sí; sino aquellas que le van a dar asidero (o no) a lo que he estado diciendo en estos días de unanimidad automovilística y marca Perú.

Sostengo una verdad que es un lugar común para los que observamos la naturaleza. En todos los espacios físicos por donde nos movemos, se mueve también la vida. Y no necesariamente la humana, la nuestra; no, me refiero a la compleja diversidad biótica que se explaya en cada uno de los tantos y tantos ecosistemas del espléndido territorio que poblamos. Los desiertos, las dunas, las pampas del litoral, las playas por donde pasaron automovilistas, equipos de apoyo y todos los sapos que la versión peruana del Dakar convocó, representan espacios pletóricos de vida que, si somos consecuentes con el rollo de la sostenibilidad y todo lo que el concepto significa, debemos cuidar, preservar, tratar con cariño. La impresión que me queda después del rally de marras es que esas consideraciones caviaronas no se tomaron en cuenta. Se privilegió el fiestón, la posibilidad de estar en las marquesinas de la aldea global. no el manejo adecuado de eso que nuestros capitanes de barco empiezan a mencionar en sus conversaciones en el club de playa o en la oficina: la biodiversidad (que por cierto no solo se encuentra en la fastuosa Amazonía, sino en todos los rincones del Perú, en los balnearios de Asia, en Pisco, en San Fernando, en Nazca, en Arequipa, en Moquegua, en Tacna, a lo largo de todo el recorrido del raid).

Hubiera sido ideal que las autoridades concernidas en este tema hubiesen puesto esas cartas sobre la mesa antes de hablar de exposición de marca y de otras consideraciones de branding. Hubiéramos tenido, todos, una clase nacional de respeto por nuestro patrimonio. En otras palabras, nos hubiera encantado que los encargados de negociar –en primera línea- con los organizadores de la afamada (y cuestionada) carrera hubiesen sido los responsables de los ministerios del Ambiente y de Cultura y no precisamente Francisco Boza, el eficiente presidente del Instituto Peruano del Deporte (IPD) y los funcionarios del Mincetur, que desde hace varios días todo lo ven indicadores del crecimiento del turismo. ¿O acaso no estamos celebrando el Año de la Integración Nacional y el Reconocimiento de nuestra Diversidad?

Entonces se hacía necesario, pienso, una precisión de inicio que no hemos visto que se haya dado. Y que conste que el Dakar ha pasado por las zonas de amortiguamiento de la Reserva Nacional de Paracas y la Reserva Nacional de San Fernando, las dos joyas de nuestro aún débil sistema de protección marino-costero.

En fin, yo también celebro el entusiasmo ciudadano por la carrera más famosa del planeta. Espero, eso sí, que se inicie, en todas las instancias, sobre todo en la académica, el debate sobre los impactos sobre el ambiente de un evento como el que estamos comentando, sobre todo ahora que empezamos como colectivo a ilusionarnos con la versión del próximo año. Nuestra inserción en la modernidad está trayendo como consecuencia el descubrimiento de un territorio en mucho y hasta hace relativamente poco tiempo, virginal y salvaje. Prístino, inhollado. Ya no quedan en nuestro país lugares a la buena de dios, protegidos por su aislamiento de la glotonería humana. El Ordenamiento Territorial del que habla el ministro del Ambiente debe considerar espacios intangibles para que en ellos se renueve la vida silvestre que queremos proteger del exceso poblacional y de las actividades que lo masifican todo. En otras palabras, ya que hablamos de costa del Perú, playas y espacios litorales despejados de Homo sapiens para que en ellas, aligeradas de tanto escándalo humano, continúen sucediéndose con normalidad los ciclos de la naturaleza.

El libro de Ricardo Espinosa, el Caminante, de 1995, nos enseñó, a varias generaciones de viajeros, a respetar un sinfín de playas Sin Fin, pletóricas en comunidades bióticas, sin rastros de seres humanos. Rob Williams y Juvenal Silva, de la Sociedad Zoológica de Francfort, me comentaron hace unos días que los cóndores de la costa de Lambayeque ya no están bajado a tierra, como antaño, porque sienten sobre sus alas la amenaza de perros de raza y vehículos 4 x 4, los nuevos amos y señores del litoral peruano. Si ese uso va a estimular eventos como el Dakar o los Caminos del Inca, es decir la masificación de los espacios de todos, me declaro públicamente un aguafiestas.
Buen viaje…

107. En el país de los Incas: la utopía andina y los nuevos indigenistas

El debate sobre el paraíso incaico, que al final se convirtió (y no por decisión mía) en un lío de comadres,  me llevó al encuentro, después de varios años, con la siempre vigente obra de Alberto Flores Galindo, el recordado teórico, historiador de profesión, que alumbró las mejores horas de mi formación juvenil. Tito Flores Galindo, como lo llamaban sus amigos, fue un iluminado que atisbó como nadie el proceso de formación de nuestra nacionalidad. Y lo hizo  desde su doble condición de mariateguista declarado y terco desbaratador de mitos (sobre todo históricos). Murió joven, en 1990, dejando trunca una obra que tuvo su punto de inflexión en su extraordinario libro Buscando un Inca, identidad y utopía en los Andes, trabajo con el que obtuvo, en 1986, el prestigioso Premio Casa de las Américas.

En ese texto fundamental, Flores Galindo se ocupa del analizar con el rigor científico que lo caracterizó lo que entonces se convino en llamar la “utopía andina”,  esa entelequia que los peruanos hemos venido elaborando inconscientemente desde el siglo XVI que nos ha hecho idealizar el tiempo de los reyes Incas, convirtiendo el período de dominación quechua en una Arcadia feliz al que algunos piensan volver. Para Flores Galindo la idealización del pasado Inca debe entenderse como un mecanismo de defensa que nos sirvió para enfrentarnos al trauma de la invasión española y todo lo que supuso para nuestro devenir como colectivo. ¿Cuándo empezó esa construcción del paraíso incásico? Flores Galindo es claro al afirmar que la utopía andina, el retorno a las huacas, a los ancestros, no ha sido patrimonio exclusivo de los habitantes de los andes; por el contrario, desde tiempos lejanos los peruanos de todas las clases sociales hemos hecho causa común con dicha mistificación: durante el cierre colonial (recordemos a los mercuriales de Baquíjano y Carrillo e Hipólito Unánue) hasta nuestros días (volvamos a mirar el ideario de Acción Popular, el partido que llevó dos veces a la presidencia al arquitecto Belaunde o a la chakana misma de Alejandro Toledo), la vuelta al país de los Incas ha sido una reiteración, una obligada presencia en el debate sobre el futuro.

Durante los años ochenta los críticos de la nueva historia le endilgaron a los maestros del SUTEP la responsabilidad de esta idealización. Para ellos fueron esos profesores imbuidos de velasquismo (y sus textos) los causantes de esta pequeña revolución cultural. Flores Galindo,  apelando a la etnohistoria y a la razón antropológica, comprueba que la utopía andina se fue gestando en siglos de convivencia entre “incas” (andinos) y “españoles” (occidentales) y que sus fuentes y fundamentos podían encontrarse en hechos y personajes visibles, palpables, totalmente objetivos, algunos contemporáneos a la conquista misma, otros ocurridos tiempo después: el mito de Inkarri, el movimiento milenarista Taqui Onkoy, el cataclismo andino o Pachacuti, la resistencia incásica de Vilcabamba y la obra del mestizo Garcilaso de la Vega. Todos sucesos que detonaron un sentimiento de retorno, de vuelta a las raíces…en indios, mestizos, sojuzgados de todo color. Ese hilo conductor, que puede enriquecerse con otros acontecimientos: la pintura colonial, la búsqueda del Dorado, la propia rebelión de Túpac Amaru, es el que nos lleva a entender la utopía andina, el nuevo Santo Grial  de los que siguen viendo el futuro desde una concepción de la historia estática, pasatista.

No estoy en contra de esas elucubraciones, de esa necesidad por desandar lo andado. Sucede simplemente que cuando algunos de los nuevos seguidores del sueño incásico se pronuncian al respecto, apelan a un sentimiento racista que no me hace gracia. Eso de dividir a los peruanos en peruanos de ADN (me imagino que indios o mestizos con rasgos andinos) y peruanos de DNI (todos los demás, incluidos posiblemente usted y yo) responde a un razonamiento peligroso, fascista. Las divisiones de sangre o procedencia étnica, han alimentado (y siguen alimentando) los peores desvaríos de nuestra especie. Baste sino revisar de nuevo lo sucedido en Ruanda entre tutsis y hutus. ¿Conocerán los epígonos de lo racial como distintivo aquella carnicería inter étnica?

Cito a Tito Flores Galindo: “La idea de un hombre andino inalterable en el tiempo y con una totalidad armónica de rasgos comunes expresa, entonces, la historia imaginada o deseada, pero no la realidad de un mundo demasiado fragmentado”. Para mí eso  del país de los Incas es solo un buen eslogan para imponer una marca en el planeta turismo. Punto. El país con el que sueño está poblado de ciudadanos respetuosos de su pasado histórico. Un país, de verdad, de todas las sangres y de todas las culturas.

Buen viaje…