Archivos Mensuales: julio 2014

Qué viva esta otra patria

Chavín de Huántar, corredor de Conchucos, Fiestas Patrias 

No he sido muy afecto a desfiles escolares y celebraciones patrias en plazas públicas y paradas militares. Entre los pilares de mi formación personal no se encuentran el nacionalismo estrecho (que exagera el valor de lo propio) ni el culto al belicismo trasnochado que entiende al otro, ese que vive tras las fronteras impuestas por los gobiernos de turno, como el hermanastro dispuesto a quedarse con lo nuestro.

Si de celebrar fiestas cívicas se trata, prefiero la efervescencia de los bailes y arrebatos callejeros que convocan las fiestas patronales de los pueblos del interior del Perú. En dichos actos jubilares se ensalzan valores que unen a la gente, que las congregan, que sirven para hacerlas parte de un mismo colectivo, miembros de una patria que existe en la memoria de todos los reunidos para el festejo y la celebración. El discurso de los desfiles patrios en cambio suele detenerse en la hueca repetición de triunfos militares que se dieron en guerras fratricidas, en la mención de derrotas que se siguen lamentando, en el reiterado listado de odios inverosímiles.

Pese a mis personales reticencias asistí esta mañana al desfile ciudadano por fiestas patrias que convocó el municipio de Chavín y pude encontrarme con detalles que antes no había percibido como consecuencia de mi criticismo exagerado y mis fobias antimilitaristas. Les paso estos primeros hallazgos, estas primeras intuiciones de paseante distraído por la hermosa y bien cuidada plaza de Chavín.

Los peruanitos y peruanitas que desfilaron con gallardía y una seriedad que no había visto jamás en los jóvenes de estos lares, también sus porfiados maestros y sus padres, festejaban con desenfado y de manera muy propia un ritual distinto al que suelen reunir los cultores de los desfiles cívico-militares que exudan esos verticalismos y discursos exaltados que acabo de criticar. Ellos, los que marcharon con seguridad y premura –cientos, acaso más de mil participantes-, lo hicieron felices de ser parte de una manifestación popular cuyo objetivo no era otro que el del encuentro ciudadano y la exhibición de las destrezas aprehendidas. Y las habían de todo tipo: desde el uso magistral de los instrumentos musicales hasta el de la adecuada dramatización de las características de los habitantes de la costa, sierra y selva.

En Chavín de Huántar el rollo patriótico ocupó una franja menor, secundaria, casi imperceptible. En Chavín de Huántar lo importante fue el estar en compañía de todos los que forman el cuerpo ciudadano: colegios, clubes de madres, centros poblados, caseríos, comunidades campesinas, instituciones representativas. Estar con todos y festejar con todos. Una celebración de la fiesta nacional henchida de un localismo conmovedor.

¿Es posible soñar con una patria chiquita cuyos habitantes vibran con su historia local porque están orgullosos de su herencia cultural y no sienten el deseo apremiante de sumergirse en esa entelequia llamada país? Lanzo al aire esta ilusión, esta certeza antigua, la convicción forjada en tantos años de viajes por el Perú de que el verdadero desarrollo lo vamos a encontrar cuando construyamos entre todos los que vivimos a lo largo y ancho del territorio patrio un “querer existencial” común, producto del diálogo permanente, obsesivo entre todos y los beneficios de una buena educación. Esa promesa de la vida peruana que soñó en su momento el amauta Jorge Basadre.

Por eso hay que darle duro al tema educativo. Los miles de maestros que pueblan los colegios públicos y privados de la República y que valoramos tan poco, constituyen una reserva humana (me hubiera gustado decir ciudadana) importantísima para iniciar la revolución tantas veces postergada que habrá de conducirnos como colectivo al gran cambio. He visto en las calles de Chavín a un grupo de ellos, con sus trajes de ocasión y voz de mando, enhiestos, dirigiendo con soltura a sus muchachos, hombres y mujeres que van a poblar la geografía de este país antiguo y lleno de futuro. Si alguien –un Gastón Acurio cualquiera que desde el gobierno del Estado o desde la propia sociedad civil- los liderara con convicción la patria con la que soñamos estaría a la vuelta de la esquina, bien cerquita.

Anuncios

Sembrar agua para sembrar futuro

Chavín de Huántar, mes de la Mamita Callmi, corredor de Conchucos  

Soy asiduo lector de la revista Agronoticias, rara avis del periodismo escrito del Perú, una publicación dedicada íntegramente a la promoción del agro nacional que acaba de llegar a su número 400 sin mayores aspavientos. Su director, Reynaldo Trinidad Ardiles, es un hijo del campo a quien aprecio, un comunicador social autodidacto que desde hace 35 años destaca como una de las voces más calificadas para hablar de productividad agraria.

Precisamente estuve leyendo este fin de semana una entrevista suya publicada en la última edición de Agronoticias al Ing° César Dávila Véliz, un propietario del caserío de Masajcancha, Jauja que ha convertido su erial en un fundo lleno de vida, donde se cosecha agua en cantidades suficientes para que el gris del invierno serrano no se empoce sobre sus sementeras y bosquecillos de árboles nativos.

Si bien es cierto que en los Andes el agua, sobre todo la que proviene de las lluvias, es más abundante que en la costa; el líquido elemento –vaya eufemismo- escasea, es apenas una ilusión en muchas de las quebradas de la sierra peruana y más en temporadas de estío como la que venimos afrontando. Para los que tenemos la suerte de viajar por esta geografía de contrastes, hacia el final de las precipitaciones de estación -abril, mayo- el verde refulgente tan característico de los paisajes serranos empieza a perder su cromatismo para transformarse en amarillo, la tonalidad que decorará todos sus pliegues hasta el retorno de las lluvias, quizás en octubre.

César Dávila, estudioso del comportamiento de los ciclos del agua en la sierra de Junín y admirador confeso de las técnicas hídricas que nos legaron nuestros ancestros, se propuso sembrar agua en las veinte hectáreas que adquirió a precio de remate. Para ello construyó en La Cosecha del Futuro, su fundo en la comunidad campesina donde nació, zanjas, terrazas y andenes que le sirvieron para cosechar agua a borbotones y en tiempo récord. Hoy sus tierras no solamente han adquirido un precio inusitado en el mercado local, también le están sirviendo como gabinete al aire libre para graduar adeptos a una causa que parecía perdida.

Felizmente Dávila no es el último Quijote de esta batalla contra la sed que empobrece al campo nuestro quitándole rentabilidad. He conocido a varios. Uno de ellos, Hilderico Bocángel, cooperativista y mandamás del predio Ecoperlacha, en Lamas, región San Martín, moderno Melquiades que sobre la dura piel de un pastizal sembró aguajes, una palmera amazónica rica en propiedades curativas y una endiablada capacidad para concentrar agua. El aguajal de Hilderico le ha permitido en poco tiempo tener reservas hídricas suficientes para desarrollar en apenas tres hectáreas de superficie una propuesta de agricultura diversificada (café, cacao, cítricos, etc.) que ha empezado a generar esperanzas de tiempos (agrícolas) mejores en un rincón del país donde paradójicamente el agua llega a cuentagotas.

También en San Andrés de Tupicocha,  sierra de Lima, me he encontrado con esos quijotes en busca de molinos de viento. En el 2009 asistí a la cosecha del agua en Tupicocha (ver http://www.soloparaviajeros.pe/edicion20/viajeros.htm), allí sobre los 3500 mnnm campesinos de varias comunidades se reúnen cada año para llenar sus amunas, reservorios prehispánicos donde guardan el agua de las lluvias de estación para que aporten vida en las temporadas secas, de estrés hídrico. “Cuando amunan en la parte alta, lo apunté por allí, tienen más agua en la parte baja. Amunar es sembrar el agua y cosecharla meses después, en época de estío, cuando las lluvias se han ido y la tierra tiene sed de vida”.

Pienso mucho en este tema y en la poca productividad de la sierra nuestra, un territorio al decir de Pepe Climper, el campeón nacional de la agroexportación, ideal para la agricultura y la producción de riqueza. Tenemos que demostrar que el agua de las lluvias, si es que se utiliza el sentido común y el trabajo tesonero, se puede “guardar” para soñar con dos cosechas al año y seguridad hídrica para todos. Hombres y criaturas del campo incluido.

El reto de los peruanos que venimos trabajando con ahínco para que nuestra economía crezca más de 4,6 % al año es  encontrar recetas que nos permitan cuidar el ambiente y proveer a los pobladores de este país antiguo y pertinaz las herramientas necesarias para construir un mejor futuro. Sobre todo en las regiones donde  vive el 23, 9 % de pobres y pobres extremos. Vale decir en el ámbito rural. Allí donde la papa cuesta noventa céntimos el kilo y solo se produce una vez al año. Y el agua de las lluvias se pierde a vista y paciencia de todos.

Buen retorno, Jonathan, buen retorno…

San Bartolo, sur de Lima, playa Sur

Juan Carlos Ortecho, que de box sabe mucho, acaba de comentar en La Mula que el triunfo del peruano Jonathan Maicelo ante el armenio Art Hovhannysian, el viernes pasado en el Little Creek Casino de Washington, debe verse como un punto de inflexión en una carrera pugilística que empezó con promesas de llegar lejos y que en un momento se fue ensombreciendo por acción y omisión, entre otras cosas, de ese “ínfimo medio nacional -farandulero se entiende- y sus miserias cotidianas”.

Tiene razón. La tentación de la carne (televisiva) casi termina con la carrera del muchacho bueno de los Barracones, el barrio bravo en el corazón mismo del Callao del que todos hablan y pocos conocen. Jonathan estuvo a punto de caer por KO sobre la lona de esos mismos sets televisivos donde reinan Andy V, Jean Paul Santa María y una legión de buscadores de fortuna y reconocimiento mediático.

El boxeador quimboso y desafiante, el púgil que arriesgaba todo en cada finta, en cada movimiento de cintura, se había convertido en los meses previos a su histórica caída en Los Angeles frente al ruso Rustam Nugaev en un habitué frecuente de todos los programas de la telebasura made in Chollywood.

Allí tuvo un reinado efímero, rutilante; durante varias semanas fue el responsable de algunos triunfos memorables en la lucha por el rating de esos mismos programas que dejaron de invitarlo cuando  besó la lona en abril del 2013 y pasó a ser motivo de  burlas y escarmientos masivos. “Ya fue Maicelo, está acabado”, comentaron las giselas y los betortiz antes de olvidarlo para siempre.

Pero Jonathan ha vuelto y a lo grande a pesar de la dureza del combate tan lejos de casa…

A Maicelo lo he visto fajarse desde sus inicios en el cuadrilátero que sus primeros seguidores improvisaron en el patio del colegio Los Reyes Rojos; allí Martín Carvallo, su más decidido promotor, su hincha número uno, patrocinó sus combates aurorales, creyó en él y lo acompañó en su rapidísimo ascenso en los rankings donde tenía que figurar.

En los momentos de esporádico descanso, Jonathan, gracias a la fe que Martín tenía en sus puños y también en su pundonor, se inició como profesor de box en el “ring” que improvisamos para él y sus pupilos en el sótano del colegio barranquino. En ese “rincón del box” aprendió los rudimentos de este deporte de machos mi sobrino Gonzalo Pizarro, buen fajador; también mi hijo Guillermo y muchos más. Jonathan Maicelo los acompañó, a ellos y a otros, golpe a golpe, por la senda de un deporte sin muchos blasones por estas vecindades de la misma ciudad que habitamos.

Eran otros tiempos, recién asomaba Kina y Chiquito Rosell  todavía compartía patio en Los Reyes Rojos con Jonathan y algunos otros. Entonces empezó la queja, la molestia de algunos, la incomodidad, “que por qué que se hace box en el colegio”, “qué sentido tiene estimular un deporte tan peligroso”, “por qué no mejor otra cosa” y todo el arsenal de incomprensiones que se puede imaginar.

Había que tomar decisiones y se tomaron las mejores, las veladas boxísticas siguieron produciéndose, Gigi Deza continuó su corta carrera de Elejalder Godos local y Maicelo pasó a convertirse en el engreído de cierta prensa interesada en crear mitos y mitologías. Desde los años dorados de Marcelo Quiñónez (o Fernando Rocco o Romerito, sí el que tumbó a Boom Boom Mancini) no habíamos tenido una promesa como la que representaba este joven sensación que había escalado tanto gracias a su indudable carisma y espíritu retador.

En mayo del 2009, azorado por los comentarios de algunos escribí una carta a la comunidad de Los Reyes Rojos apoyando al chalaco. No quiero dármela de pitoniso ni repetir “el yo lo descubrí”; por allí no va la cosa, solo quiero rememorar con algunas de las personas con las que me quejé entonces de esa actitud despreciativa –tan limeña-  contra quien solo tenía como armas puños y toda la rabia del mundo para enfrentarse a las exclusiones y derrotar esos olvidos sociales que existen y a montones. Esto fue lo que dije entonces en nombre de los profesores del cole y de tantos amigos más:

“Creemos en Jonathan Maicelo, nuestro profesor de box. Creemos en su lucha constante para derrotar la pobreza a puño limpio y tremendo esfuerzo. Creemos en su confianza y deseos de llegar lejos. Y porque creemos en él, nos hemos animado a acompañarlo un poco en el camino que ha elegido en el difícil mundo del boxeo profesional. Jonathan quiere ser campeón mundial en su categoría y estamos seguros que lo va a conseguir. Desde hace tres años nos acompaña, y al igual que Wally Sánchez o Carlitos Elías, el suyo es un ejemplo cotidiano de empeño y constancia. De lucha”.

“Maicelo avanza rápido y pronto se convertirá en un ídolo nacional del deporte peruano. Para nosotros ya es todo un campeón. Como Kina Malpartida o Sofía Mulánovich”.

“Es por ello que le hemos prestado nuestra casa para que pueda fajarse con uno de los tantos rivales que tendrá que sortear para aspirar al título mundial. Maicelo se enfrentará a un duro púgil mexicano este jueves 28 de mayo a las ocho de la noche. Si ustedes se animan a venir, les aseguramos una velada inolvidable. “El Depredador” anda invicto y ha prometido seguir en racha. Las entradas cuestan 30 soles, pero Maicelo nos ha conseguido un pequeño lote a 20 soles. Sería lindo contar con su presencia, como les dije, Maicelo es un reirrojino más luchando por salir adelante. Es un bravo”.

Un bravo, sí, un bravo.

Bienvenido de nuevo a casa, Jonathan, al barrio de siempre,  a esta esquina de la patria donde  la perseverancia, el trabajo constante, las ganas de no ceder, de ganarlo todo, son moneda corriente, de todos los días. La otra, la de los flashes y el aplauso momentáneo no sirve de mucho, agota y es tan perversa -y traidora- como los diez segundos que dura la cuenta final, esa que es bueno conocer antes de tentar la gloria.

Y tú ya la conoces…

Hijos de otros dioses

Puerto Esperanza, Purús, región Ucayali, borde territorial del Parque Nacional Alto Purús

Hace unos días, en Puerto Esperanza, estuve a punto de conocer a José Carlos Meirelles, el mítico defensor de los indígenas amazónicos, lamentablemente mi avioneta aterrizó en la capital de la provincia de Purús poco después de su partida, así que me tuve que quedar con los crespos hechos. No importa, ya habrá tiempo de conocer al antropólogo que junto a Sidney Possuelo le dio vida a la FUNAI, la Fundación Nacional del Indio del Brasil, la institución que en su momento supo ponerse al frente de la lucha por los derechos y la vida de los indígenas no contactados que todavía habitan en el gigante sudamericano.

Quien sí lo vio y tuvo la suerte de compartir con él gratísimos momentos fue Max Villacorta, el biólogo responsable de la WWF en Puerto Esperanza para quien “los indígenas en aislamiento no reconocen las fronteras que han impuesto los gobiernos y se trasladan de un país a otro en busca de los recursos del bosque o simplemente para escapar de las presiones que madereros y otros invasores imponen sobre sus territorios”. Max vive desde hace buen tiempo en esta alejada localidad de Ucayali y desde su llegada a Puerto Esperanza trabaja en un programa que su institución ejecuta en el Parque Nacional Alto Purús; por eso es que conoce como pocos la situación de las poblaciones que habitan dentro del Parque Nacional y en la Reserva Comunal Purús, un área de 200 mil Km2 de extensión creada en el 2004 por el gobierno peruano para proteger a los pueblos en aislamiento que se desplazan por el interior de la floresta de una de las regiones más biodiversas y ricas en recursos naturales del planeta que estamos destruyendo.

“No pude contener las lágrimas cuando Meirelles me mostró las imágenes de un campamento de indígenas en aislamiento y pude ver por primera vez sus rostros, sus cultivos, sus herramientas, sus armas con las que resisten la ocupación de sus espacios de vida”, me lo refirió Max en su oficina mientras tomábamos desayuno con Rulo Santivañez y Gonzalo Lugon, de Camino Films, el equipo con el que nos hemos asociado para producir reportajes viajeros. “Meirelles ha convivido con ellos, no está bromeando”, agregó como queriendo cerrar de un solo plumazo una discusión que se ha hecho fuerte en Lima y que tiene como protagonistas, de un lado, a los que quieren demostrar la inexistencia de grupos humanos fuera de la civilización occidental y a los que, de otro lado, los anima el convencimiento de que en la Amazonía peruana habitan seres humanos que han decidido rechazar el contacto y siguen viviendo en la edad de piedra.

Los indígenas en aislamiento voluntario o no contactados -o calatos, como los llaman en tono despectivo los mestizos que viven en los pueblos y ciudades de la selva peruana- forman parte de una realidad social que hay que asumir sin demora. Constituyen una población minoritaria -los especialistas del SERNANP calculan que deben ser 500 o 600 los que todavía perviven en el Purús- que se encuentra amenazada por doquier, atrapados entre muchos fuegos, en franco proceso de aniquilamiento. Mereilles los defiende en Brasil y durante las horas que visitó Puerto Esperanza intentó llamar la atención de las autoridades peruanas sobre este drama sin obtener la respuesta que esperaba. Lamentablemente no somos un país que se destaque por la defensa de sus poblaciones autóctonas, eso me queda claro. Y menos cuando se trata de los derechos de un grupo de hombres y mujeres que habitan las mismas geografías que los consorcios poderosos que dominan el mundo intentan reducir a nada a cambio de sus riquezas naturales. Qué horrible.

Les dejo el video que mi amigo Max Villacorta recibió de manos del propio José Carlos Mereilles, el buen samaritano que sigue creyendo en un mundo mejor para todos sus hijos: