La bailarina del piso de abajo

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) En el verano del 87 viví con Cecilia en una casita del parque Grau, en San Bartolo, sobre la playa sur, la de mis mataperradas de niño. Todavía no habían nacido mis hijos, la irresponsabilidad y el jolgorio eran parte del pan nuestro de cada día. Ese año nuevo lo recibimos con Rafael Dávila-Franco y Maritza Garrido-Lecca, compañeros de trabajo en Los Reyes Rojos y buenos amigos. La pasamos bien, conversando de todo y soñando, estoy seguro, con mejores tiempos. Éramos jóvenes y totalmente irreverentes, nos animaba el deseo de empezar de cero.

El tiempo pasó, dejé de verlos, de frecuentarlos. De los dos solo me mantenía al tanto de las correrías políticas de Rafo, un poeta sensible, un permanente azuzador de incendios, militante acérrimo de Kloaka, la banda de extraviados que comandaba Roger Santiváñez. Luego me enteraría que su romance había terminado abruptamente y que el bueno de Dávila, recoletano como yo y autor de un poemario que suelo releer de vez en cuando, Animal de las veredas, andaba dando botes, despechado y al borde del colapso. Más filosenderista que nunca…qué generación la nuestra, vivíamos en medio del fuego de unos y otros.

En setiembre del 92, ya en casa Guillermo y Javier, mis hijos y Fujimori en pleno uso (y abuso) de su propuesta de facto, Abimael Guzmán, el terrorífico líder de Sendero Luminoso, fue capturado, manso como una paloma, en una casa de una mesocrática urbanización de Surquillo. Los que considerábamos improbable la captura del Presidente Gonzalo, en ese momento a la cabeza de un movimiento victorioso que había puesto en jaque al gobierno –Tarata, dixit-, no lo podíamos creer. Menos todavía que fuera Maritza la anfitriona del caudillo del PCP-SL.

A partir de su presentación a la prensa al día siguiente, furiosa, exaltadísima, desbocada, la historia de la bailarina que ocultaba al líder senderista en el segundo piso de su academia de baile ha sido harto manoseada. Como se sabe, Maritza fue condenada a cadena perpetua en un juicio sumario que tiempo después fue revisado y ahora cumple los últimos años de una pena que habrá de terminar el 2017, veinticinco años después de haber perdido la inocencia.

Espero volver a verla, no me queda ninguna duda. La última vez que nos vimos, una tarde cualquiera, en el patio de la cárcel de mujeres de Chorrillos nos saludamos como dos viejos compañeros. Rememoramos los días de nuestra vieja relación y me preguntó, con afecto, por los míos. Como me lo comentó el padre Hubert Lanssiers a la salida del penal, la vida no se extingue detrás de los barrotes de una cárcel de máxima seguridad. Tampoco la amistad, ni las complicidades.

Saludos desde esta esquina, Maritza, te he recordado esta tarde fría de invierno y he pensado mucho en ti. Que los días pasen de prisa y que puedas encontrar a tu padre en casa, cuando te toque volver a esta ciudad triste que suele ser cruel con todos los disidentes.

Y ojalá que podamos volver a caminar por el malecón de San Bartolo, nostálgicos y llenos de ilusión…

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Publicado el agosto 17, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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