Archivos Mensuales: abril 2011

102. Vicente Santuc, un adelantado

Fue un hombre bueno, lo sé. Hace un par de años lo busqué para pedirle un favor personal que supo cumplir a cabalidad. Mi familia, desde entonces, lo tuvo como un compañero a la distancia. Un amigo a quien podíamos recurrir en cualquier momento por un consejo o una sonrisa abierta. Hoy, tres días después de su inexplicable partida, lo hemos empezado a echar de menos. Vicente Santuc, miliciano del porvenir, adelantado del futuro, nos acaba de dejar, silencioso como solía ser, sin habernos advertido lo difícil que iba a ser acomodarnos a su ausencia.

Nuestra amistad tuvo más  de afinidades mutuas que de lejanías en el tiempo. Lo conocí en  el 2005, no hace mucho, en el  campus de la universidad Antonio Ruiz de Montoya, el territorio liberado  de los lugares comunes que supo construir con la misma convicción de galeote con que solía convocar a los tuvieron la suerte de rodearlo para seguir sus cuitas de profesor  de idealismo. Fue su intuición de fervoroso creyente en el desarrollo de los pueblos del interior de nuestra patria, patria  que por cierto hizo suya desde su llegada al Perú a inicios de la década del setenta, lo que hizo que nos conociéramos. Vicente  nos reunió a Rafo León, Lydia García, Cecilia Raffo y a mí para  entusiasmarnos con el sueño de una facultad de turismo en la UARM que pudiera constituirse en afinada herramienta de combate  contra la pobreza extrema, las inequidades sociales, la falta de  hojas de ruta singulares para abatir el subdesarrollo (material  y mental) en nuestro adolorido territorio.

Nos reunimos varias veces  en su oficina de Pueblo Libre (repleta de búhos en miniatura y  libros de filosofía que solía leer y repasar con absoluta heterodoxia) para hablar de turismo y desarrollo, de futuro y de  escaleritas sólidas para tomar el cielo por asalto, de todo. Vicente fue un alma absolutamente juvenil, un adolescente tierno  con ganas de sacarle la vuelta a las convecciones y de armar revueltas. Nos contagió su fe inquebrantable en lo por venir y como quien no quiere la cosa me fue convenciendo de a pocos –gracias a su indudable carisma y modales de alquimista- para que asumiera el reto de dirigir el diplomado en Gestión e Innovación del Turismo de la Ruiz de Montoya y los demás escenarios  académicos que dicha responsabilidad suponía. Hermoso encargo y  maravillosa cercanía, largo tiempo de complicidades mutuas.

Con Vicente Santuc a la cabeza, la ilusión del turismo sostenible en la Ruiz de Montoya  creció como la espuma y en poco tiempo la universidad se convirtió en la meca del pensamiento crítico en cuanto a turismo alternativo al convencional se refiere y las sinapsis con el ambientalismo-conservacionismo-parquismo peruano prosperaron como nunca antes. Por el campus de la Ruiz aparecieron rostros  nuevos para enarbolar banderas de cambio y de movilización académica: Antonio Brack, Carlos Ponce (otra alma buena que se  fue dejándonos sin su estela de bonhomía y sensatez), Gustavo   Suárez de Freitas, Carlos Loret de Mola, Pedro Solano, el mismo Rafo y una lista insobornable de figuras prominentes del desarrollo que andamos preconizando con tantos apuros.

Fue el artífice de congresos, conferencias, seminarios, foros de trabajo que posicionaron a la universidad en terrenos que antes no había  frecuentado y lo terminaron de convencer (me imagino) para dar  el atrevido paso hacia la consolidación definitiva de la universidad jesuita. Vicente no se arredró y dirigió con sus  dotes de alarife la tarea del crecimiento institucional que muchos de nosotros alentamos pensando siempre en una universidad  plural, democrática, humanista, abierta al cambio y dedicada a  la formación de seres humanos buenos, optimistas, dinámicos. A  eso se dedicó durante los últimos años, justamente los mismos que marcaron mi alejamiento de la universidad en busca de otros caminos, de nuevas rutas para seguir creciendo. No nos vimos  mucho, lo sé; sin embargo, su amistad siguió siendo un insumo guardé con celo, que trate de atesorar con entusiasmo por su carácter vitamínico y tan puro como la mirada  de prójimo atento, caritativo y ubicuo que lo caracterizó mientras fue uno de nosotros. Te vamos extrañar mucho, maestro.

Buen viaje…

101. El carnaval de Barranco volvió…y venció

(Calle Cajamarca, Barranco) Pienso en la cantidad de gas lacrimógeno gastado a chorros, en la infinita verborrea que la prensa de siempre, las redes sociales y el Internet le dedicaron al carnaval de Barranco del año pasado, ¿lo recuerdan?. La versión 2010 del hit parade sureño acabó en rompanfilas, en una desaforada batalla campal que tuvo como protagonistas a los propios  festejantes y a la policía convocada por la mismísima autoridad municipal para reprimir una actividad popular nacida a inicios de la década que se fue, precisamente para llenar de alegría las calles de un distrito sometido por las combis, los taxis y  todo lo demás. Increíble, los que asistieron al carnaval del año pasado, autoconvocados la mayoría a través del Facebook y el boca a boca, salieron trasquilados: la reunión ciudadana terminó a punta de gritos, golpes a diestra y siniestra y amenazas de todo tipo. Con mis amigos Lolo y Didi Arteta zarandeados y a punto del shock por culpa de la arbitrariedad, sinsentido y mala leche del tristemente célebre alcalde Mezarina.
 

Lo comentamos en este espacio, la batalla de la  calle Miraflores dejó muertos (vivientes) y heridos por doquier. Felizmente los segundos se recuperaron y volvieron a tomar por asalto –el domingo 6 de marzo-  los espacios de todos para rendirle pleitesía al juego organizado, la locura callejera, la buena nota y el descontrol controlado. Sí, la versión 2011 del clásico carnaval de Barranco, bautizado este año con generosidad como el Carnaval del Barrio “El Gran Malambo”, contó con el apoyo de la policía, el serenazgo municipal, la autoridad edil y los comités barriales que existen en el caluroso distrito.  Los muertos del año pasado, los funcionarios de la gestión Mezarina, ni se aparecieron. Ganó la democracia verdadera y la ciudad, la que estamos reconstruyendo por acción popular, recuperó un espacio que se iba a perder sino se actuaba con energía y prontitud (callejera).
 
Con los Olaya en la calle Centenario. Nuestro recorrido empezó a medio día, en la calle Centenario, cerca de la casa de Quica Moncloa. Uno de sus hijos, el artista plástico Gabriel Alayza, fue el portaestandarte de la comparsa de los Cíclopes, vestidos sus animosos integrantes (y desvestidos también) de azul encendido. En la esquina de Centenario con el malecón Paul Harris la multitud saltó y fue feliz al compás de los Olaya Sound System, una de las tantas bandas de rock del distrito más bohemio de Lima. Allí nos encontramos con Mari Solari, con el fotógrafo Toño Martínez, con María Elena del Solar y el Cholo Nieto, barranquinos de pura cepa y recibimos también los primeros baldazos de agua de la espontánea manifestación carnavalera. Jessica Vargas, la recién estrenada alcaldesa lo dijo pocos minutos antes de echarse a andar la festividad: “El Carnaval de Barranco es una fiesta para los vecinos, un acto cultural, es una celebración que busca integrar a todas las familias y que invita a disfrutar la calle”.
 
De Centenario las comparsas tomaron el camino del malecón, hacia la polémica Casa Dasso, hasta hace unos días punto focal de todas las controversias en una zona de la capital que se rehúsa a crecer sin planificación y  falta de respeto hacia los espacios públicos. En ese rincón del distrito todavía se dejan ver los estropicios de la pasada administración municipal. Los celebrantes no le hicieron caso a la política y se dedicaron a lo suyo: los gritos, los bailes, el juego, las excentricidades.  El rey Momo feliz de la vida.
 
En el barrio del Proyecto Barrio. En  Sáenz Peña vimos por última vez a la alcaldesa disfrazada y llena de ánimos, monitoreando como se debe el paso de la comparsa por la avenida Grau y la calle Cajamarca, allí donde nació, gracias al tesón y barrio de Sebastián Solari, el mítico Proyecto Barrio, la iniciativa ciudadana responsable de haber revivido el carnaval de Barranco y “culpable” también de convertir la calle Catalino Miranda (ex Cajamarca) en una de las más lindas  y arborizadas del distrito. En ese punto de la navegación callejera fui convocado por Santiago Solari y  Philipe Grumberg para integrarme a las filas de los Barrio, que este año presentaron de nuevo la serpiente amazónica que había que cargar y hacer cimbrear para deleite de la concurrencia.
 
En Cajamarca con Colón, allí donde los Arteta, nos esperaban los muchachos de La Roja y sus acordes de rock and roll. Mardi Grass en Barranco. Mencía Olivera (su mamá y abuela), Natalia Arteta, Ipi Pérez del Solar, Javier Perla, fueron, sin duda, los más animosos en esta esquina del movimiento. De Cajamarca el fiestón se dirigió a toda prisa hacia la Plaza Raimondi donde la música y el jolgorio siguieron de plácemes. Los sicuris de Paloma Duarte, molinera-barranquina-Gana Perú sonaron fuerte como queriendo decir que Barranco también es huayno y explosión popular. La encontramos dos días después en Internet para preguntarle su opinión sobre la fiesta, esto fue lo que nos dijo, vale la pena conocer su pensamiento: “Los barranquinos queremos usar nuestras calles, divertirnos, celebrar, organizarnos, ser ciudadanos que se atreven a pasar el umbral de nuestras casas para compartir entre todos y todas. Nada más”. Tiene razón la joven candidata al congreso por la agrupación de Ollanta.
 

Gracias por el fuego. De Raimondi la movida se trasladó a Malambito, barrio de bravos y otrora tierra de nadie. Allí el júbilo alcanzó un paroxismo inusitado gracias al encuentro musical entre La Mente y Sabor y Control, rock urbano y salsa dura, purito Barranco y algarabía incontrolable. Mientras la banda de Ricki Wiesse convocaba a todos los creyentes, nos dimos tiempo para ir en busca de los que se habían movilizado hacia la plaza principal del distrito. Allí la fiesta tenía los rostros de todos los limeños y el desborde amenazaba en tirar por la borda todo lo ganado a fuerza de unidad distrital y diversión auténtica. Felizmente que la suerte (y previsión de los ubicuos bomberos) pusieron lo suyo: los chorros de agua de las unidades de la bomba del distrito  calmaron a los miles de convocados a través de la prensa citadina y, nuevamente, las redes sociales. Ya para entonces, ocho horas después de iniciada mi participación vecinal, se hacia tiempo de volver a casa.
 
Decidí partir, no sin antes tomar estas últimas notas del líder de Decisión Ciudadana, José Rodríguez, candidato fallido a la alcaldía distrital por el más locuaz de los movimientos de base de Barranco. Lo conocemos desde hace mucho tiempo y sabemos de su disposición por el cambio y buenas maneras. Lo que sigue es parte de una forma de entender la civilidad que compartimos de cabo a rabo:“La experiencia de haber vivido el carnaval de este año ha sido muy positiva; primero porque la organización fue más amplia; hemos sido varios los grupos convocados. Luego porque hubo un intento, mejorable por cierto, de llevar la fiesta a las zonas aisladas del distrito como Raimondi, Balta, Malambito. De hecho, la alcaldesa estuvo a la altura de las circunstancias. El apoyo de la autoridad marcó la diferencia, da gusto como vecino encontrar un municipio promotor y no cancelador y opresivo como el anterior. Las sonrisas fueron el común denominador del carnaval de este año”. Qué buena revancha, exactamente un año después, la batalla de la calle Miraflores, allí donde los activistas del Proyecto Barrio y los propios vecinos de la cuadra construyeron un Triangulito para ver pasar las horas, fue ganada por los paseantes, usted y yo, los que estamos construyendo a patadas una ciudad reconciliada con sus pobladores y pletórica de alegrías.
 
Notas relacionadas:
 
Apoteosis del carnaval de Barranco
http://www.soloparaviajeros.pe/edicion58/nota1.html

100. “Viajo para vencer a la muerte” (aunque parezca una quimera)

(Pantanos de Villa, Lima) Vaya, llegamos al post número cien…y como todo lo que podría decir al respecto, sería tan solo más de lo mismo, prefiero  celebrar el ingreso a esta mágica cifra contándoles por qué viajo. Mejor dicho, volviéndoles a referir algo que Perú 21 logro sacarme del fondo del alma hace algunos años. Gracias por seguirme.

 

He viajado por todo el Perú, durante años, en ómnibus, a pie, en burro o en bicicleta. También en peque-peque, en camión, en tren, en una lancha que se deslizaba rompiendo olas por el Amazonas, en avioneta, en helicóptero, en avión. He viajado en un escarabajo del 68, en una 4 x 4, en un bote que hacía agua, en combi, en una bolichera y hasta en un tico. Alguna vez a caballo, otra sobre una balsa de totora. He viajado con amigos, por trabajo, solo, por las puras, últimamente por vicio. Como diría Javier Reverte, “viajar es tan sólo una carrera contra la vejez y la muerte”. O para decirlo de otra manera, viajar es darle batalla inútil al inmovilismo. O a la sensación de quietud.

Y esa obsesión por el movimiento, ahora lo sé, ha sido –y seguirá siendo- el  leit motiv de mi generación, la de los ochenta. La de Kloaka, la fuga masiva y el nacimiento de sendero. La de Bore Rubio y Renzo Uccelli.

No quisimos ser, los que estamos a punto de aterrizar en los cincuenta -o los que se acercan velozmente a ese paradero- “animales de las veredas”. Esa obstinación por la garita de control de Pucusana y el olor a petróleo en las entrañas, nos hizo militar en una religión que tenía como Dios a un dios inmaduro y cachoso. Nuestra divinidad moraba en el bosque de Zárate, en algún recodo del río Lurín o en las quebradas de Parcanajón o Yactapara, a la vera  de las lomas de Atiquipa. No era citadino, tampoco sabía exigirnos otra devoción que no fuera la del descontrol y la fe ciega en la fortuna. Era un dios perceptible, a veces tenía el rostro de un chofer de camión,  a veces la de un cura alegre dándonos cobijo en alguna sacristía olvidada de cualquier rinconcito ayacuchano.

Josemari Recalde dice en uno de sus últimos poemas: “uno es desde siempre transeúnte”. Tuvo razón.

Y como quiera que a esa certeza sigo aferrado, diré solamente que viajar es el deshueve. No hay otra definición mejor.

Variaciones sobre un mismo tema

Julio del 2001. Un hombre, o sea yo, ingresa respetuoso en las fauces gigantescas del pongo de Mainique, allí donde se encabrita para derrotar a los Andes, el fabuloso río Urubamba. Sabe que en esas gargantas milenarias se encuentra el Tonkini, puerto de entrada al Mesarini, caudal misterioso que conduce a las almas al Inkiti o cielo machiguenga.  Ha viajado muchas horas tratando de llegar a Timpía, al otro lado del pongo, para visitar un albergue regentado por nativos que intentan construir una alternativa solidaria en medio del capitalismo bravo que también se ha instalado en el turismo de esas hermosas localidades del Perú más profundo. Lo acompañan sus pocas pertenencias: un par de ideas sobre el mundo, una mochila, un cuaderno de notas, los dos tomos con las  narraciones de Paul Marcoy sobre la Amazonía peruana, versión 1854.  Tres o cuatro fotografías y muchas dudas.

A su lado van un fotógrafo y un antropólogo amigo. Al comando de la nave, una embarcación delgadísima, tan delgada como una flecha lanzada al viento, se encuentran tres nativos silenciosos: Job Korinti,  Marcial Shivituerori y Miguel Chacami. Navegar por el pongo de Mainique debe ser tan espectacular como ser Ulises en medio de Escila y Caribdis, piensa. Los paredones se suceden unos a otros y las cataratas se renuevan con una intensidad que agobia. Todo es mansedumbre mientras los minutos se aletargan, se convierten en horas. Todo es verdor, fantasía, exuberancia. El  mundo parece inmóvil por un instante. Solo los paucares, con sus chillidos que resuenan en la selva como las voces venidas de otros reinos, desafían ese magisterio del silencio. Esa gran concentración de todos los dioses. Ese espacio-tiempo detenido por la dicha.

Job, el machiguenga más viejo, ha dejado de sonreír y atisba con excesivo respeto las figuras que el río parece alojar en su superficie. El Urubamba es un vientre enorme que congrega entre sus cavidades a toda el agua del universo…

Después de superar la última catarata, justamente donde el río es otra vez remanso –y no energía contenida o furia-, nos atrevemos a acoderar la nave sobre el lomo de una playa de arena completamente cubierta por una miríada de mariposas de múltiples colores. Nadie habla, solo somos seis hombres venidos de la bruma. Se rompe la calma, empezamos a charlar. Alguien saca de una canastilla un molde de queso, un paquete de galletas, un puñado de aceitunas, algo para beber. Hemos retornado de un viaje agotador.

“Diréis que me tomo demasiadas libertades, a pesar de la licencia que se debe acordar a todo viajero desde  los tiempos de Simbad el Marino, a su regreso de tierras lejanas”, ironiza un viajero de vuelta a casa después de un viaje por los agobiantes caminos del Perú. Qué preciso, viajar es también fantasear, es ser otro por un tiempo, tener el control de la felicidad y espantar a los demonios que nos quieren envolver en el manto de la desdicha y la monotonía.