Archivos Mensuales: julio 2010

87. “Bienvenido a Panamá, ¿qué se le ofrece?”

(Ciudad de Panamá, Panamá) Mi casa (ocasional) en Panamá está rodeada de mangos, palmas y cedrelas, también de jardines bien cuidados y aromas de aguas mansas que el viento suele traer desde el canal. Hoy me he levantado temprano para caminar por la avenida Diógenes de la Rosa y tratar de llegar, a pie, al Parque Natural Metropolitano, un bosque de 233 hectáreas que rodea Ciudad de Panamá y la salva de ser parte de esa triste relación de capitales latinoamericanas cercadas por el smog y los abusos de una modernidad atroz que cada vez menos se atreven a  defender. En este país que goza el mundial de Sudáfrica  como pocos, las calles se organizan para respetar el verde y las pistas son tímidos cinturones de asfalto diseñados para trasladar de un sopetón al ciudadano que trata de llegar a tiempo a su destino.

Ciudad de edificios de setenta pisos donde es posible encontrar un zamaño titubeante junto al coche o a una víbora que ha perdido el rumbo y se apura en retornar a la selva, en Panamá capital viven un poco más de un millón de personas (la población del país apenas sobrepasa los tres millones de habitantes), que han aprendido a convivir al lado de un canal transoceánico que se empezó a construir en el siglo XIX e inició sus operaciones en 1914, un mar repleto de islas de encanto y cinco áreas protegidas que la tonifican y la convierten en única. Para quienes vivimos en Lima o pasamos gran parte del tiempo en alguna de las grandes ciudades del país-orbe que habitamos, Ciudad de Panamá es un remanso de paz o la mejor prueba de que es posible construir una ciudad amigable, una postal citadina de un mundo mejor, menos bárbaro y caótico, si se pone empeño y mucha imaginación.

Cuatro zonas conocí durante mi breve estadía en la ciudad de Mano de Piedra Durán, el invencible boxeador nacido en el humilde barrio de Chorrillo: la Zona del Canal, otrora enclave gringo y hoy extraordinario suburbio de la nueva Panamá;  el barrio del Casco Viejo (al lado precisamente del Chorrrillo, achorado rincón de una ciudad poblada de negros, blancos y mestizajes mil); el Centro Financiero Internacional, down town moderno, repleto de rascacielos y proyectos inmobiliarios del primer mundo y el área de Panamá Vieja, la ciudad fundada por Pedrarias Dávila, donde vivieron en su momento Francisco Pizarro, Diego de Almagro y el cura Luque, villa saqueada y luego destruida a fuego limpio por el pirata Morgan y sus secuaces , en 1671.

La ciudad que un día revertió a los panameños
Gabriel, el chofer que me recogió en el Aeropuerto Internacional de Tocumen para llevarme a mi casa en el  barrio de Albrook, una de las zonas más inn de la nueva Panamá, me comentó que no hace mucho vivían en esta ciudad ciento cincuenta mil norteamericanos, entre soldados, oficiales, ingenieros, contratistas, funcionarios adscritos al Canal que durante más de ochenta años fue de propiedad de los Estados Unidos y que entonces los panameños se arremolinaban, para malvivir, en el Casco Viejo, los alrededores de la primera ciudad y los extramuros poblados de peligros.

La zona del canal no era otra cosa que la ciudad de los ricos, de los marcados con el sello de la buena suerte, extranjeros en su mayoría siempre apoyados por una aristocracia nativa acomodaticia y sumamente servil. Ese tiempo, fotografía del colonialismo, felizmente ya pasó y en la Panamá de hoy, todas las propiedades que regentaba el gobierno de los Estados Unidos han revertido a los panameños que manejan SU canal cada vez más eficientemente y han transformado los barrios de la ex metrópoli en zonas muy bien planificadas de una ciudad que respira autenticidad: en Ciudad del Saber; en los alrededores del aeropuerto Marco Gelabert;  en el Causeway, la inmensa rampa de cemento que une las tres islas de Ciudad de Panamá (Naos, Pericos y Flamenco) con la península;  en el distinguido barrio de Cerro Ancón; en las residencias en las cercanías del bonito edificio de la Autoridad del Canal de Panamá, donde vive Alejandro Balaguer, mi anfitrión en esta ciudad centroamericana, el orden es la consigna y la vida citadina se desenvuelve con normalidad. Solo el rumor bronco de los diablos rojos, los viejos autobuses del servicio público interrumpe la tranquilidad de una ciudad planeada para el relajo y los días de mucho sol y abundante lluvia.

En  Causeway y en el Parque Metropolitano
El Causeway de Amador es la rampa carretera que une el continente panameño con las tres islas que se agrupan a la entrada del canal. Su construcción fue posible gracias a los millones de toneladas de desmonte que produjo hacer el paso interoceánico y la visión de sus ejecutores que tuvieron la ocurrencia de utilizar tanto material para crear un área de escape y recreación. Con Alejandro y Carolina, su esposa panameña, recorrimos este singular free way poblado de restaurantes, marinas, miradores, zonas de pesca, tiendas comerciales y demás infraestructuras para el relax que suele poblarse de multitudes los domingos y los días de vacaciones. Sus veredas (o malecones) son ideales para el footing, los paseos al aire libre (a pie o en bicicleta) y el ocio ciudadano. Lo máximo.

Los panameños están construyendo en el ingreso a su Causeway, las instalaciones de un surreal Museo de la Biodiversidad que algunos consideran innecesario. A mi me pareció interesante, sobre todo si va a servir para recordarle a la gente de este istmo alucinante que la naturaleza también se agota y que en estas tierras hay que  tener muy bien controlados a los que creen que el futuro es patrimonio de las ciudades pobladas de concreto y vidrios por todas partes.

En el centro financiero de la ciudad de los rascacielos
Como en el Centro Internacional Financiero de Panamá, un archipiélago de edificios interminables que se estrellan contra el cielo para testimoniar el poder económico de una capital financiera de primer orden. En esta zona de la pujante Ciudad de Panamá se asientan 74 bancos de más de treinta y cinco países con activos que suman más de treinta mil millones de dólares. Una megaciudad al interior de una ciudad ordenada y bullanguera como pocas. En sus edificios inteligentes viven yuppies, ricachones de de todos los países del planeta y una legión cada vez más numerosa de jubilados gringos que están remplazando el lujo y la comodidad de Miami por el boato y el olor a trópico de un down town que se levanta sobre un regio malecón poblado de historias de piratas , filibusteros y hombres llegados del país de Jauja, el mítico virreinato del Perú.

Me gustó y mucho Ciudad de Panamá, la puerta de ingreso a un territorio ideal para el turismo de naturaleza, para el histórico y el vivencial. Un país entre el Pacífico y el Atlántico desconocido para los peruanos, que solo saben de sus ofertas de duty free y pasaditas al vuelo. Un país moderno y lleno de tradiciones, como las que encontré en su Casco Viejo, pero esa es otra historia.