Vivir en el paraíso. Angélica y las islas Galápagos

(Isla Isabela, archipiélago de las Galápagos, Ecuador) Angélica se llamaba la muchacha. Yo andaba solo, ella buscaba compañía,  de eso estoy seguro. No era un día cualquiera en Puerto Villamil, isla Isabela, la más volcánica y bella de las ínsulas que conforman el archipiélago más famoso del planeta, el de las Galápagos; no, ese día se coronaba a Miss Isabela y los juegos de artificios salpicaban de vida la noche. Conversamos un  poco, con reticencias. Ella era de Guayaquil y estaba en la isla por trabajo. Cocinar en un hotel –aunque este sea delicado y amigable como La Casa de Marita- proporcionaba mayores ingresos que en el continente. Yo estaba de paso. Le pregunté por el malecón sobre el río Guayas y le dije, con convencimiento y como queriendo romper el hielo que provocaba mi aspecto de turista, que su ciudad me había parecido acogedora y democrática. “Entonces no la conoces, me dijo, todo lo que sucede dentro del malecón no es Guayaquil. O, en todo caso, yo no vivo en esa ciudad”.

Lo entendí perfectamente. Los mundos en mi ciudad –y en la suya- siempre están divididos. Cuando uno viaja ocupa por momentos un segmento o el otro. Mi estancia en Isabela, al menos para ella, habitante de algún arrabal de los alrededores del puerto, tenía que ser como la de cualquier visitante. Lo tomé con calma y volví a lo mío, que no era otra cosa que tratar de captar en apenas tres días la belleza de un trópico bañado por las mismas aguas de Humboldt que saturan de humedad las costas de mi entorno. En Galápagos –en Puerto Ayora, Tortuga Bay y Puerto Villamil, también en Baltra- todo ha sido cincelado por la furia de Vulcano. Las playas yacen cubiertas de una arena imperceptible que trastoca los sentidos, en estas latitudes la actividad volcánica no se ha detenido y sigue transformando el paisaje. Y si el viajero tiene todavía alguna duda de ello, allí están el volcán Sierra Negra y su maravilloso circuito diseñado por el viento y la lava para hablarnos de la intensa vida interior de este planeta que habitamos con tanto descuido. Es cierto, el archipiélago de las Galápagos es un papel arrugado que apenas ha logrado sobrevivir al incendio universal.

Galápagos no es solamente ese archipiélago preñado de vida, de insólitas criaturas que defienden con su presencia las tesis más astutas sobre la evolución de las especies y las adaptaciones. El archipiélago ecuatoriano es un mosaico de razas y de gentes. Quince mil colonos viven en sus islas, diez mil de ellos en Puerto Ayora, allí donde iniciamos nuestra aventura galapagueña. Galápagos, a pesar de guardar retazos de lo que alguna vez fue en ciertos rincones de la ruta del turismo masivo, es, sobre todo, una comunidad que vive de la misma actividad que pervirtió los días de Aguas Calientes, Cusco o Jacó, en Costa Rica. Todos hablan de lo mismo, todos viven de los dólares del turismo y sus actividades colaterales. Un colono de Puerto Villamil o Puerto Ayora puede obtener ingresos mayores a los setenta mil dólares anuales si se dedica con empeño a la pesca ilegal o a la captura, también prohibida, del pepino de mar, un equinodermo como los erizos de gran demanda en los mercados asiáticos y que va desapareciendo lentamente debido a su recolección desmedida. En Isabela, Minino, el guía que nos llevó a conocer los volcanes más espectaculares de la isla, puede apostar en las carreras de caballo por el aniversario del cantón doscientos dólares y perderlos como si nada: total, en alguno de los bolsillos de su jean deben esconderse los billetes que le permitirán afrontar los gastos  de la borrachera que se avecina.

***

Angélica lo sabe. Al fin y al cabo ella es una mulata pobre que trabaja todo el día para guardar algo de dinero y pensar en una nueva vida en Guayaquil. En estas islas de iguanas que nadan en el mar, cactus que crecen sobre la lava y tortugas centenarias, las distancias sociales existen y no son broma. Como en cualquier parte. Por eso en la mañana de mi segundo día en el hotel de Marita Velarde, la peruana que ha construido su reino sobre la mitad del mundo, le pregunto a Angélica si es feliz en Isabela. Ella sonríe, me sirve el desayuno y evade una respuesta. Yo insisto, ella vuelve a sonreír. La tarde la dedico a visitar uno de los manglares de la isla en compañía de Atilio Pisatti, abogado napolitano que vuelve cada año a las islas para regar el jardín de la casa que algún día habrá de alojarlo para siempre. Para Atilio pocos lugares como Isabela han logrado mantenerse al margen de las perturbaciones y el caos estos tiempos; sin embargo, los vientos del progreso –por lo general de la mano de las obras majestuosas de alcaldes de turno- empiezan a soplar, irremediablemente,  en contra del camino al paraíso. Entonces, el bueno de Atilio, arpón en mano y una sonrisa inmensa, desproporcionada, me dice al oído que está en tratos con un amigo ambientalista para adquirir un lote en Floriana, otra de las islas de fantasía del archipiélago donde ha decidido esperar el fin del mundo.

***

De regreso por un mar intensamente esmeralda pienso en las contradicciones que nos muestra a cada rato la vida. Atilio preocupado como yo por la salud del planeta, Angélica interesada en acabar pronto el trabajo del día para contar las monedas ahorradas. En el comedor del tercer piso de La Casa de Marita, los linderos que domina muy bien, le pregunto si va a ir a la fiesta de la noche. Me observa con rigor y me dice que sí, que hoy es su día libre y que las fiestas en el polideportivo siempre son un éxito. “Harta novedad”, acota. Tiene razón, todo el pueblo se ha reunido alrededor de la cancha de juegos de Puerto Villamil. Tengo la impresión de que esta geografía es la que he disfrutado en Sullana, en Quilca, en Lamas: la música es la misma, la bulla similar, idénticos los tonos de la epidermis de los concurrentes. Es el Perú, no me queda ninguna duda. Las melodías que explotan en los parlantes al son de Medardo y sus Players invitan al baile y a la cerveza. No me animo, Angélica baila, tímida y altiva, con un colono que trata de seguirle el paso. Atilio, Marita y Oswalado Molestina, un guayaquileño muy gentil que conocí en la embarcación que nos trajo de Puerto Ayora y que también sueña con vivir para siempre en las Galápagos, destacan entre la multitud. Ellos son parte de un eslabón pequeño en la sociedad de la isla, son los blancos de una comunidad eminentemente mestiza. No sé qué lugar ocupar, no soy parte de este mundo fuera del mío, apenas soy un viajero torpe que atisba desde la distancia el movimiento de una ciudad parecida a las que conozco y recorro en mi país.

Pero debo partir, la fibra de Cucaracha, el patrón de la lancha que me ha de trasladar de retorno sale a las cinco de la mañana y no hay nada que hacer. Me acerco donde Angélica con más dudas que certezas. La abrazo con delicadeza y me despido, trato de ser gentil, de no perturbar su inocencia y su distancia; ocupo a pesar de mis deseos más íntimos el lugar que debo ocupar en este juego de transacciones y silencios inútiles. Soy un visitante despistado que no ha entendido las convenciones, que no ha sabido ocupar su sitio. Su estúpido papel en el escenario social que tan bien conoce. Salgo del polideportivo de Puerto Villamil atravesado por una profunda tristeza.

Camino a casa, mientras veo los esteros de Guayaquil desde el cielo azul de una ciudad animosa, pienso en Angélica y compruebo que aún en el paraíso los ángeles tienen una sonrisa triste.

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Publicado el septiembre 8, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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