Archivos Mensuales: febrero 2013

El azar y la vida que se va. Sobre Diario de invierno de Paul Auster

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Envejecer. Tarea difícil, poder hacerlo sin perder la compostura, o la dignidad, pareciera privilegio de entendidos, de sabios. De ese tránsito trata Diario de invierno, el último trabajo del promocionado Paul Auster, el escritor de Nueva York que en esta novela autobiográfica se convierte en  el lúcido cronista de su propia vida, de su biografía y también de la de los suyos.

Por las páginas de este inventario personal narrado con infinito detalle, Auster nos invita a conocer a su padre muerto sobre el lomo de una mujer que no era su madre; a ésta huyendo de la soledad para refugiarse en matrimonios inconclusos y desesperados; nos relata los años  de su infancia en Nueva Jersey y el recuerdo de todos los domicilios que le tocó poblar -veintiuno desde su nacimiento en 1947. También las vicisitudes de ese joven impetuoso que alguna vez fue, los años de su formación europea y  también los que invirtió en construir su propia familia, compuesta, suerte la suya, por una mujer que no dejó  de amarlo nunca y una hija que creció mientras su cuerpo se convertía en el insulso territorio de una lucha tensa entre sístoles y diástoles.

Diario de invierno es el relato  de una vida poblada de recuerdos, todos  intactos; de una vida cercada por las añoranzas, las pérdidas, las ausencias, también el pánico y, sobre todo, los golpes del azar. El personaje central de este testimonio, de este arreglo de cuentas, parafraseando al gran Juan Bullita, es sin duda  el propio Paul Auster, “un hombre silencioso aislado del mundo, sentado día tras día al escritorio sin otro propósito que el de explorar el interior de su cabeza”. Un hombre a punto de ingresar a la edad provecta, un hombre a pocos meses de cumplir 64 años que durante todo ese tiempo no ha sido del todo dueño de sus pasos.

He vivido dos meses con mi madre de 85 años, una mujer hasta hace poco imbatible que ha empezado a perder, apresuradamente, la lucidez, el control del mundo que siempre la rodeó. La he visto cada mañana, durante varias semanas, luchar sin pausa contra esa niebla interior que la comienza a cercar impidiéndole ver el mundo en la dimensión con que lo ven los otros. Su invierno me ha conmovido y ha hecho que por primera vez atisbe con atención los contornos de esa temporada por venir que me va anunciando su tiempo, sus claroscuros, su inminencia  y he sentido miedo.

“Probablemente no exista mayor logro humano que merecer amor al final. Manchando el lecho de muerte con babas y orines. Todos vamos a pasar por ahí, te dices  a ti mismo, y la cuestión es hasta qué punto puede seguir siendo humana una persona mientras se encuentra en un estado de impotencia y degradación. No puedes pronosticar lo que ocurrirá cuando llegue el día en que te metas en la cama por última vez, pero si no desapareces súbitamente como tu padre y tu madre, quieres morir inspirando amor. Si puedes”, dice Auster para proponer otro acercamiento al mismo trance por el que habremos de pasar.

Por eso es que la lectura del relato de Auster, estos últimos días, ha significado para mi un paliativo. Una luz. El auscultarse, el observarse desde la epidermis para encontrar los cimientos para edificar la vejez -el invierno en el relato del neoyorquino- pareciera una buena terapia, una receta contra la desazón del cuerpo que va perdiendo lozanía para convertirse en una caricatura de lo que alguna vez fue.

Auster, recordándose mientras se prepara para ese viaje sin retorno se da maña para entender a ese niño que alguna vez escuchó una  voz en el teléfono que le hablaba con cariño, con excesivo cariño a una madre que pronto habría de abandonar al esposo. Recordándose comprende los motivos del amor que siente por esa mujer que desde hace treinta años lo acompaña en silencio y le impide desbordarse. Viéndose, a contraluz, se reconcilia con el padre adusto, víctima de una infancia dura en un barrio de judíos recién llegados a América.  Y con la madre, que a la larga fue una mujer fervorosa y entregada a él desde su primera infancia, tanto que, lo dice desde una segunda persona muy bien elaborada, “que todo lo que ahora haya de bueno en ti, todas las virtudes que ahora puedas tener, vienen de aquella época, de antes de que puedas recordar quien eras”.

El fin de la vida es amargo, dice Joubert, un autor que cita Auster.  Dice algo más y lo copio: “Hay que morir inspirando amor (si se puede)”. Me ha gustado mucho Diario de invierno, un entonado canto a la vida que todavía nos queda por vivir, un testimonio personal  elaborado desde el absoluto respeto por las circunstancias fortuitas, por la rueda de la fortuna, esa que con tanto desparpajo aderezó el pensamiento  de Ignatius Reilly, el personaje literario de John Kennedy Toole.  Un poema novelado sobre el arte de perdonar, de completar el armado del puzle personal antes de que la negra noche  nos alcance, complote contra nosotros y permita que nos caiga encima el dardo de la desdicha, de  lleno y en pleno invierno.

Diario de invierno
Paul Auster
Anagrama, 2012
243 pp

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En el país de los ciegos. Sobre el nuevo Gringasho

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Estoy desconcertado. Ayer hablábamos de los peligros que tiene el esconder la basura debajo de la alfombra creyendo que esa es la mejor manera de acabar con los problemas, con los contratiempos de coyuntura. Lo comenté con ustedes a propósito del imprudente manejo, a mi juicio, de los sucesos de Ausangate, el incidente poco mediatizado que tuvo como protagonistas a tres turistas gringos y a una turba campesina en Pallca, un bucólico pueblo de pastores y agricultores por el que he pasado alguna vez con María Antonia Pàmies, catalana e hincha acérrima de la provincia cusqueña de Quispicanchi. O para decirlo sin tantos eufemismos: de la artera golpiza  que sufrieron unos viajeros estadounidenses en una comunidad campesina de la  sierra sur peruana.

Hoy la noticia es otra. El asesino del vicepresidente de la región Amazonas –un médico carismático que decidió quedarse en Bagua al terminar sus prácticas profesionales- ha sido atrapado y tiene apenas 16 años de edad. La prensa ya empezó a encumbrarlo en su afán de vender tapas y ganar rating, lo llaman el nuevo Gringasho  y seguramente mañana, qué mañana, dentro de un ratito, escarbarán en su biografía con el afán de encontrar algún rastro que les permita seguir dándole trigo a los incautos. Que somos todos nosotros, obviamente, veintinueve millones de autómatas que perdimos la originalidad y la autonomía de tal manera que solo somos, qué trágico decirlo, complacientes consumidores de basura.

Sí, basura. Durante varias semanas la irresponsabilidad de los medios y “formadores de opinión” ha sido de tal nivel, lo digo pensando en la intensa campaña de mistificación (y exacerbación de pasiones) a la que nos sometieron día tras día, que, a riesgo de quedar como un exagerado, los incluiría en el banquillo de los acusados en el proceso que determine responsabilidades en el crimen del Dr. Augusto Wong López, un padre de familia cincuentón que murió por acción de un sicario de dieciséis años que por dos mil soles y un montón de fotos en los medios pronto será figura pública, nuevo objetivo de las iras del presidente Humala  (“se debe mostrar la cara de este miserable, le debe caer todo el peso de la ley y que vaya a un penal de máxima seguridad, por mi a Challapalca”, fue lo que dijo sobre Gringasho) y modelo para miles de adolescentes  hijos del desborde popular que hoy lo tienen por ídolo. Djangos,  sin cadenas o algo por el estilo.

Lo paradójico del caso es que en un tema, el de los turistas de Wyoming golpeados por la furia de los campesinos de Ocongate, inmediatamente nos ponemos de acuerdo (medios y opinión pública) para bajar el tono de la repulsa, convencidos todos de que al mirar para otro lado estamos defendiendo los sacrosantos paradigmas del nuevo país que estamos construyendo: la marca Perú, en primer lugar y el arribo de turistas a Machu Picchu, luego, el objetivo nacional de los que han convertido al santuario promocionado por Bingham en la quintaesencia de nuestra identidad. Allí sí, acólita del stablishment,  la prensa en su conjunto baja el tono y silba conocidas melodías distractivas. En cambio en el tema del sicariato juvenil, asunto que en el fondo tiene que ver con el desmoronamiento de la educación pública, la crisis de la familia peruana, correas de trasmisión de la cultura y los valores que como colectividad hemos elegido, el coro de áulicos de la violencia aumenta en grado sumo y empieza, ipso facto, la conocida compra-venta de miasma y terrorismo mediático.

Como les dije, estoy desconcertado. Ayer en la noche se lo comentaba a Fabián Ramos y al grupo de maestros de Los Reyes Rojos con quien coincidimos en una fraterna reunión. En un país tan complejo como el nuestro, donde la familia, la escuela y las demás instituciones antaño formadoras de la moral compartida, están en ruinas, destruidas,  no es trivial el papel que le toca jugar a los medios de comunicación. En otras palabras, estos no deberían dejar de lado la responsabilidad social –manido concepto- que tienen para  con sus públicos objetivos (iba a decir cautivos); ergo, y nuevamente a riesgo de quedar en infinita minoría, es necesario una revisión ciudadana de los contenidos que pululan en los medios masivos y en la programación televisiva y no para censurarlos como en la época del gobierno militar, sino para reflexionar sobre el papel que pueden estar jugando en la formación de nuestros niños, campañas como la del “sicario juvenil más joven del mundo” o la serie sobre el narco Pablo Escobar que, mutatis mutandi, debo decirlo, fue tan nefasto para la sociedad colombiana como lo vienen siendo los patrones de los cárteles mexicanos,   capaces entre otras perlas de dar la orden para que se ejecuten a  los músicos de una orquesta cumbiambera por quítame estas pajas.

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo y empezamos una campaña por el NO contra este statu quo tan absurdo? El de la violencia como mercancía, digo. Y convocamos a nuestra inteligentzia, pienso en Salomón Lerner Febres, León Trahtemberg, Saúl Peña, Coqui Bruce, para que se pongan al frente, ideológicamente,  y nos lanzamos a las calles, de la mano de todos esos artistas y hombres públicos que ahora aparecen en los carteles políticos que inundan nuestra ciudad, celestes en su mayoría, dando opinión sobre la revocatoria, para poner coto a tanta ceguera colectiva. El de la revocatoria municipal resulta un tema de importancia relativa si es que lo comparamos con éste del que he hablado toda la mañana de hoy domingo, veintiún años después del asesinato, aleve, de otra víctima de la sinrazón, María Elena Moyano. A ella también la mató el espiral de sangre y brutalidad que acompañó a esos años duros en los que quizás crecieron los padres de los autores de este drama que les cuento, los padres de los gringashos que matan por matar y los gringashos que aplauden sus hazañas. Muchos de cuello y corbata, muchos detrás de un reproductor de contenidos comunicacionales.

Tenemos que dejar de vivir en el país de los ciegos…

Turismo y desventura. Terror en el Ausangate.

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Sé que es mejor, en asuntos de percepciones y sobre todo de percepciones turísticas, no armar bolas ante una eventualidad –natural, social, la que sea- que esté en capacidad de poner en jaque el negocio y a la postre espantar a los visitantes. Esto es válido tanto para el turismo receptivo como para el interno. Y a esa invariante nos acomodamos todos, debo decirlo, cuando se propagó la noticia de la golpiza, brutal y desproporcionada, de la que fueron objeto tres turistas estadounidenses en las inmediaciones de Pallca, en la promocionada ruta del Ausangate, justo cuando estaba por llegar a su fin el 2012 y se encendían los motores del Dakar del que hemos hablado tanto.

En las cuentas de Twitter y de Facebook que manejamos me pronuncié sobre el particular, ustedes son testigos, pero en honor a la verdad no hubo mucho eco. Dos meses después, advertencia gringa sobre posibles atentados contra sus ciudadanos en Machu Picchu y el Cusco de por medio -para Rosa María Palacios una represalia clarísima del gobierno de Obama ante el mutis del de Humala- es necesario reflexionar sobre el particular. Una cosa es mantener el perfil bajo y otra, muy diferente, hacernos los de la vista gorda y no enfrentar el problema, sí es que existe alguno, como se debe.

Dicho lo anterior, sería bueno que tanto la PNP como el Mincetur hagan públicas las conclusiones de las investigaciones que se hicieron. No solo para que se sancione a los responsables, sino también para que, oficialmente, el gobierno peruano dé las explicaciones del caso y pasemos a otro tema. La mejor manera de afrontar una crisis es hacerlo frontalmente, sin rabo de paja. Eso debo ser del agrado del público que ha puesto de moda la marca Perú.
Así informó Caretas, el medio peruano que con más desenfado trató el tema:

http://www.caretas.com.pe/Main.asp?T=3082&idE=1085&idS=242

¿Secuestros en Machu Picchu?

(Huaraz, Cordillera Blanca, Áncash). Qué opinas de la supuesta advertencia del gobierno de los Estados Unidos a sus ciudadanos sobre una posible amenaza de secuestro a sus ciudadanos en Machu Picchu, me pregunta el periodista de Publimetro que me llama por teléfono. Son las ocho de la noche del jueves 14. Debo responder al vuelo y no tengo mucho tiempo para reflexionar. Qué miedo.

Me parece exageración, le contesto como puedo, una interpretación de lo que ocurre en nuestro país un poco trasnochada. Quién puede creer que los secuestradores van a escoger esa “locación” para cometer un delito de tamaña magnitud (empiezo a dudar). ¿Cómo trasladarían de Machu Picchu a los secuestrados?, ¿Por tren, por la carretera de Santa Teresa, por el Camino Inca? . ¿O tal vez, respondo, los introducirían subrepticiamente al monte como hicieron los remanente de Sendero Luminoso con los trabajadores de Camisea meses atrás? (dudas, más dudas).

Horrible, no había pensado en esto último. Pero es cierto, todo turista, cualquier turista, por dónde sea que se mueva, siempre es un blanco vulnerable. Hace una semana, en Acapulco, México, delincuentes comunes violaron a seis españolas y cinco días atrás una piedra que se desprendió de un cerro dejó sin vida a un turista alemán en el mirador de Taray, en el Valle Sagrado de los Incas, allí donde todos nos detenemos para empezar a apreciar el paisaje espléndido del Urubamba.

He colgado el teléfono y reflexiono con calma en mis respuestas al periodista de Publimetro. Ojalá que mis opiniones al vuelo no salgan mañana publicadas como creo que las dije…

Recuerdo un par de comentarios más: “Esta advertencia del gobierno de los Estados Unidos, si es que se corrobora, tiene que ver, me parece, con el secuestro al paso y la golpiza en Ausangate contra tres turistas de ese país a poco de acabar el año 2012 y que aquí en el Perú se manejó con un hermetismo propio de un problema de Estado”.

¿Y qué opinas de las preocupaciones que existen con respecto a las lluvias en la sierra del Perú?, dispara, no se adónde, Gutiérrez de Publimetro. No dudo, ahora sí respondo con absoluta seguridad: “Hay que tener cuidado con los elementos del clima, es cierto; en esta temporada de lluvias hay que caminar con más atención y nunca en solitario. Pero, cuidado, es necesario ir creando en la conciencia de los peruanos una idea nueva: la sierra, en tiempo de lluvias, es una maravilla, un encanto para los sentidos, lo máximo. Vengo de recorrer el callejón de Conchucos y la Cordillera Blanca, en plena época de carnavales y de yunzas, y lo que he grabado en mi memoria es sensacional: sementeras de un verde intenso, ríos torrentosos, el espectáculo de la vida renovándose en cada rinconcito. La sierra, lo saben los cusqueños que la vienen promocionando, es intensamente bella en tiempo de lluvias y hay que subir para conocerla en esa faceta”.

En fin. Viernes, 8 de la mañana, corro al semáforo de siempre para ver cómo quedaron mis declaraciones a Publimetro. Uff, pasé piola…aquí se las paso.

“Las recomendaciones de la embajada estadounidense de no viajar a Machu Picchu por peligro de secuestro me parece un arrebato sin el mínimo sentido. ¿Qué podría hacer un secuestrador en Machu Picchu?, ¿Cómo saca al secuestrado de ahí de manera rápida? La única posibilidad es que lo saque por tren, no hay otra salida, a menos que haga el camino a pie por Santa Teresa. Por las características de los delitos de este tipo, es del todo improbable que pueda darse un secuestro en Machu Picchu.

Otra cosa son las condiciones climatológicas de esta temporada. La lluvia y la neblina sí pueden representar cierto peligro. Por eso es que recomiendo hacer el recorrido en grupo. La mayoría de accidentes se dan cuando uno está solo. Hay que respetar los horarios de recorrido establecidos y andar con cuidado.

Siempre hay un peligro cuando se viaja, pero no están las cosas como para alarmar a la población por los peligros de Machu Picchu. ¿Secuestros ahí? Es absurdo”.

Buen viaje…

La cuarta espada de Lurgio Gavilán. A propósito de “Memorias de un soldado desconocido”

(San Marcos, callejón de Conchucos, Ancash) En febrero de 1983, a pocas semanas de la masacre de los periodistas en Uchuraccay, Lurgio Gavilán Sánchez, un niño iquichano de apenas doce años, se alista, por propia voluntad, en una columna guerrillera. Sendero Luminoso en ese momento representaba para muchos niños y jóvenes campesinos de las alturas de Huanta una esperanza de cambio, una posibilidad de derrotar la pobreza y las tantas injusticias que los maestros y mayores relataban en las aulas y en las asambleas comunales. En poco tiempo, ya era un combatiente, portaba un fusil y recorría bohíos y punas buscando alimentos y predicando la revolución.

Hasta allí el relato heroico de Lurgio se parece mucho al de Omar Cabezas, el universitario nicaragüense que en 1968 se alista en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y que después de ganar la guerra, la guerra patria, escribe “La montaña no es más que una inmensa estepa verde”, el libro testimonial con el que obtuvo en 1982 el prestigioso Premio Casa de las Américas y que en su momento leí con fruición y mucho convencimiento. Lurgio, el niño soldado, el púber de las alturas de Ayacucho que se mueve como pez en el agua en un territorio que conoce al dedillo, se irá convirtiendo en prisionero de una pesadilla. La guerra no es ese campo de batalla quimérico de los relatos oídos a la distancia. La vida guerrillera tenía más de hambrunas gigantescas, privaciones de todo tipo y muertes absurdas: a Martha, una muchachita de sonrisa contagiante, Sendero Luminoso la ejecuta por robarse una lata de atún y a Fabiola, otra combatiente en falta, la ahorcan y al volver por donde habían dejado su cuerpo encuentran “a los perros peleándose por su carne putrefacta”.

La Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), en su informe del 2003, afirma que “de cada cuatro víctimas (de la violencia iniciada en 1980), tres fueron campesinos o campesinas, cuya lengua materna era el quechua”. El relato de Gavilán lo confirma. El informe –hay que seguir leyéndolo- también denuncia la exagerada violencia de esas dos décadas vividas en este país que ahora es capaz de engendrar Andahuaylazos, Baguazos y Congas: Carlos, ese era el nombre guerrillero de Lurgio en 1985, mando militar de apenas trece años, analfabeto y quechuahablante, es hecho prisionero en combate y reclutado, de milagro, como informante. De la noche a la mañana, el sicario adolescente se convierte en soldado del cuartel militar Los Cabitos N. 51, de Huanta, el principal centro clandestino de encierro, tortura, desaparición y ejecución extrajudicial de los primeros años de la guerra interna, infierno donde quizás fueron asesinadas mil personas y donde el Instituto de Medicina Legal (IML) halló cuatro hornos crematorios con restos de huesos humanos.

Gavilán, contradictoriamente, encuentra en los patios y barracas del cuartel-mazmorra la escuela de vida donde termina de hacerse hombre. Allí, protegido por Shogún, qué alias, el teniente que le salva la vida, estudia primaria y secundaria, recibe una nueva catequesis y participa en combate contra las columnas senderistas que empiezan a ser aniquiladas por los yanaumas, las mesnadas campesinas que le han restado apoyo y ahora los persiguen por los páramos y descampados. En su relato, Lurgio da cuenta de los abusos contra los detenidos, campesinos en su mayoría; de las desapariciones de las muchachas senderistas cautivas y prostituidas, antes de ser aniquiladas, por soldados y oficiales; también de los hornos que servían para desaparecer tanta sevicia y barbarie. Todo en un tono de exquisita naturalidad, sin mucho arrepentimiento, como quien cuenta una historia más entre tantas. El soldado campesino ahora militaba en el campo de la legalidad y la patria en armas contra el enemigo atroz…La montaña no era una inmensa estepa verde.

Sé que el testimonio de Lurgio Gavilán Sánchez, al final del relato fraile franciscano en la selva central del Perú, otro territorio teñido de sangre, una geografía exultante donde se produjo un genocidio brutal contra asháninkas, yáneshas y nomatsiguengas, también denunciado por la CVR, ha sido recibido con asombro por la comunidad académica tanto del Perú como del extranjero, que ha encontrado en el testimonio del ahora antropólogo y candidato a Doctor por la Universidad Iberoamericana, en México –la cuarta piel de Lurgio- una radiografía exacta de lo que fue la vida para un grueso de la población ayacuchana durante los primeros años de la explosión senderista. A mí, en cambio, me ha llenado de contradicciones y me ha producido una desazón inmensa. No he podido encontrarme con esa autobiografía excepcional de la que habla Carlos Iván Degregori en el prólogo del libro; tampoco con el hombre que después de haber experimentado el horror por tantos años regresa “sin sombra de amargura, limpio de corazón” como afirma Vargas Llosa en su crítica a Memorias de un soldado desconocido. El relato de Gavilán (senderista-militar-franciscano-antropólogo) solo ha logrado que me detenga a observar los trazos de una sociedad, la nuestra, completamente enferma, esquizoide, sicótica, capaz de crear hombres que pueden mutar de piel como quien cambia de prenda de vestir. Y de verdad que me he llenado de terror.

Existe redención, claro que lo sé, y que los hombres tienen derecho a volver sobre sus pasos y restañar los daños cometidos. Entiendo la tragedia del niño campesino trasmutado en soldado de dos ejércitos tenebrosos. Lo que para mi es difícil de comprender, es la absoluta complacencia con la que nuestra intelligentsia fagocita las llamadas de atención que le manda la realidad. A Lurgio lo salvó su discreta inocencia y la suerte, se encontró en el camino con un matarife que le salva la vida y una monja que le habla de Cristo; de esa manera pudo salir del inframundo para instalarse en una “casa de acogida” que le permite sanar. ¿Quién está haciendo lo propio con los miles de víctimas del horror de la guerra interna? Un informe del Instituto Nacional de Enfermedades Mentales refiere que el 50,6 % de la población ayacuchana registra o ha registrado algún tipo de trastorno siquiátrico y que el 44 % de estos casos se debe a la muerte o desaparición de un familiar durante los años de la violencia vivida. Y en todo Ayacucho no existe un médico siquiatra a tiempo completo.

Me niego a convertir este testimonio de la guerra en manual de buena antropología o en una simple pieza literaria que conmueve por su evidente sinceridad y limpieza moral. Para mí Memorias de un soldado desconocido es un alegato contra un país injusto, poblado de ciegos atizadores de incendios por venir.

Memorias de un soldado desconocido
Autobiografía y antropología de la violencia
Lurgio Gavilán Sánchez
Instituto de Estudios Peruanos, IEP, 2012
178 p.

El lector de Julio Verne, la literatura como espacio para la resiliencia

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) 1947. Provincia de Jaén, España. Un niño de nueve años, Nino, hijo de un Guardia Civil y de una sufrida mujer del pueblo, sobrevive en Fuensanta de Martos, una aldea de campesinos al pie de las montañas donde se aloja la guerrilla de Tomás Villén Roldán, Cencerro, a los  tiempos duros del Trienio del Terror (1947-1949), la etapa más violenta  de la represión franquista contra los remanentes de la inextinguible insurgencia republicana.

En esa frontera entre el monte y el llano, en ese territorio ganado por el miedo y las delaciones, la guerra no ha terminado y sus víctimas se apilan en los camposantos o habitan en silencio las casas y cortijos repletos de ausencias. A Antonino Pérez, Nino, le ha tocado crecer en el cuartel donde su padre ejerce una profesión, un destino, aleve; un oficio mal visto por los familiares de los que han muerto con una bala en la espalda o decidieron marcharse a las alturas para proseguir la rebeldía contra un Estado abusivo y matarife.  Él y sus hermanas sufren, a su manera, una prisión menos visible pero igual de insensata,  son las inocentes víctimas de un conflicto que empezó muchos años antes que nacieran y no tiene cuando acabar. Son parte, sin quererlo, de uno de los dos bandos de una guerra interminable.

Esos son los insumos básicos de una historia, real y novelada, real y conmovedora, que la estupenda Almudena Grandes, Madrid, 1960, retrata en El lector de Julio Verne, una novela sobre héroes (pobres) y tumbas en una España escindida, enfrentada, ensangrentada, que es, a su modo un alegato a favor de la esperanza y de la literatura como imaginario donde puede forjarse la resiliencia y se construyen mejores hombres y mujeres. Dice el sicoanalista Boris Cyrulnik, sobreviviente de la barbarie nazi, que las víctimas de las guerras o catástrofes de cualquier tipo no quedan necesariamente encadenadas a los traumas por el resto de sus vidas, no, por lo general suelen valerse de un poderoso antídoto para dejar atrás las pesadillas y el dolor: la resiliencia, una actitud vital, una “brisa de oxígeno” que nos permite reparar los daños sufridos, cualquiera que estos sean. La resiliencia, agrega, no brota de la soledad, del enismismamiento;  la confianza y la solidaridad de los demás, ya sean amigos o tutores, resultan condiciones para que cualquier ser humano pueda recuperar la confianza en sí mismo y volver a sonreír.

Nino encuentra en Pepe el Portugués, anacoreta casual y filósofo al paso, el tutor de resiliencia que le permite soportar el papel que juega su padre en esa escenografía de muertes y terror. Luego, conforme va creciendo y entendiendo la tragedia que se  ha posado sobre esa España presa de las ideologías y en perpetuo enfrentamiento, se refugiará en la lectura de los clásicos juveniles que una mujer de otro bando, una roja,  atesora en esa esquina del mundo donde no existe futuro ni piedad y cada noche parece la última. Al refugiarse en los libros de Verne y en las obras de los demás soñadores de la luna, el niño, apenas un  canijo, se hace fuerte y decide forjarse un camino propio. Como John Silver el Largo o Miguel Strogoff se enfrenta a su destino para ganar la libertad y derrotar al espanto.

Almudena Grandes le rinde de esta manera un homenaje a los autores que, de seguro, la acompañaron en sus años de lecturas apresuradas en la España del Caudillo vencedor, en la España de los silencios largos y la vida a plazos de los vencidos. En la España de las Joyas Literarias de editorial Bruguera. La Grandes ha confesado su fascinación por el relato de la Guerra Civil española. Yo, en cambio, lector de solo dos de los títulos de su ahora extensa bibliografía –Te llamaré Viernes y El lector de Julio Verne­- puedo dar fe de su amor por los clásicos, por todo Verne, por todo Stevenson y también del influjo que han tenido en su caso, que es el caso de Nino, las lecturas formadoras de Cervantes, Defoe, Dostoievski, Ortega y Gasset, Benito  Pérez Galdós, Darwin, Stendhal, Lope de Vega, Tolstoi y los demás  constructores de esa España invertebrada que sobrevivió a la guerra civil y pudo restañar tantas heridas.

Los lectores de El País eligieron a El lector de Julio Verne libro del año, como si con esa elección, y en esa lectura, quisieran encontrar la pausa para digerir esta crisis que le ha tocado vivir a esa otra España que sobrevivió a la Guerra Civil y supo alejarse de sus fauces. Hacen bien, la historia de Nino, el lector de Los hijos del capitán Grant, La isla misteriosa y Veinte mil leguas de viaje submarino; la de su padre  – “un hombre serio y taciturno” que se hizo Guardia Civil para escapar de la barbarie-; la de las Rubias, las seis mujeres que velan o esperan a esposos y hermanos muertos o en el monte; la del sargento Miguel Sanchís, despiadado con los republicanos y al mismo tiempo colaborador de los que siguen a Cencerro, el Robin Hood que se desplaza  en las montañas como Pedro por su casa, resultan aleccionadoras y sumamente vívidas. Como para hurgar en ellas y estar mejor preparados y poder enfrentar a los nubarrones.

El lector de Julio Verne
Almudena Grandes
Tusquets editores, 2012