Buen retorno, Jonathan, buen retorno…

San Bartolo, sur de Lima, playa Sur

Juan Carlos Ortecho, que de box sabe mucho, acaba de comentar en La Mula que el triunfo del peruano Jonathan Maicelo ante el armenio Art Hovhannysian, el viernes pasado en el Little Creek Casino de Washington, debe verse como un punto de inflexión en una carrera pugilística que empezó con promesas de llegar lejos y que en un momento se fue ensombreciendo por acción y omisión, entre otras cosas, de ese “ínfimo medio nacional -farandulero se entiende- y sus miserias cotidianas”.

Tiene razón. La tentación de la carne (televisiva) casi termina con la carrera del muchacho bueno de los Barracones, el barrio bravo en el corazón mismo del Callao del que todos hablan y pocos conocen. Jonathan estuvo a punto de caer por KO sobre la lona de esos mismos sets televisivos donde reinan Andy V, Jean Paul Santa María y una legión de buscadores de fortuna y reconocimiento mediático.

El boxeador quimboso y desafiante, el púgil que arriesgaba todo en cada finta, en cada movimiento de cintura, se había convertido en los meses previos a su histórica caída en Los Angeles frente al ruso Rustam Nugaev en un habitué frecuente de todos los programas de la telebasura made in Chollywood.

Allí tuvo un reinado efímero, rutilante; durante varias semanas fue el responsable de algunos triunfos memorables en la lucha por el rating de esos mismos programas que dejaron de invitarlo cuando  besó la lona en abril del 2013 y pasó a ser motivo de  burlas y escarmientos masivos. “Ya fue Maicelo, está acabado”, comentaron las giselas y los betortiz antes de olvidarlo para siempre.

Pero Jonathan ha vuelto y a lo grande a pesar de la dureza del combate tan lejos de casa…

A Maicelo lo he visto fajarse desde sus inicios en el cuadrilátero que sus primeros seguidores improvisaron en el patio del colegio Los Reyes Rojos; allí Martín Carvallo, su más decidido promotor, su hincha número uno, patrocinó sus combates aurorales, creyó en él y lo acompañó en su rapidísimo ascenso en los rankings donde tenía que figurar.

En los momentos de esporádico descanso, Jonathan, gracias a la fe que Martín tenía en sus puños y también en su pundonor, se inició como profesor de box en el “ring” que improvisamos para él y sus pupilos en el sótano del colegio barranquino. En ese “rincón del box” aprendió los rudimentos de este deporte de machos mi sobrino Gonzalo Pizarro, buen fajador; también mi hijo Guillermo y muchos más. Jonathan Maicelo los acompañó, a ellos y a otros, golpe a golpe, por la senda de un deporte sin muchos blasones por estas vecindades de la misma ciudad que habitamos.

Eran otros tiempos, recién asomaba Kina y Chiquito Rosell  todavía compartía patio en Los Reyes Rojos con Jonathan y algunos otros. Entonces empezó la queja, la molestia de algunos, la incomodidad, “que por qué que se hace box en el colegio”, “qué sentido tiene estimular un deporte tan peligroso”, “por qué no mejor otra cosa” y todo el arsenal de incomprensiones que se puede imaginar.

Había que tomar decisiones y se tomaron las mejores, las veladas boxísticas siguieron produciéndose, Gigi Deza continuó su corta carrera de Elejalder Godos local y Maicelo pasó a convertirse en el engreído de cierta prensa interesada en crear mitos y mitologías. Desde los años dorados de Marcelo Quiñónez (o Fernando Rocco o Romerito, sí el que tumbó a Boom Boom Mancini) no habíamos tenido una promesa como la que representaba este joven sensación que había escalado tanto gracias a su indudable carisma y espíritu retador.

En mayo del 2009, azorado por los comentarios de algunos escribí una carta a la comunidad de Los Reyes Rojos apoyando al chalaco. No quiero dármela de pitoniso ni repetir “el yo lo descubrí”; por allí no va la cosa, solo quiero rememorar con algunas de las personas con las que me quejé entonces de esa actitud despreciativa –tan limeña-  contra quien solo tenía como armas puños y toda la rabia del mundo para enfrentarse a las exclusiones y derrotar esos olvidos sociales que existen y a montones. Esto fue lo que dije entonces en nombre de los profesores del cole y de tantos amigos más:

“Creemos en Jonathan Maicelo, nuestro profesor de box. Creemos en su lucha constante para derrotar la pobreza a puño limpio y tremendo esfuerzo. Creemos en su confianza y deseos de llegar lejos. Y porque creemos en él, nos hemos animado a acompañarlo un poco en el camino que ha elegido en el difícil mundo del boxeo profesional. Jonathan quiere ser campeón mundial en su categoría y estamos seguros que lo va a conseguir. Desde hace tres años nos acompaña, y al igual que Wally Sánchez o Carlitos Elías, el suyo es un ejemplo cotidiano de empeño y constancia. De lucha”.

“Maicelo avanza rápido y pronto se convertirá en un ídolo nacional del deporte peruano. Para nosotros ya es todo un campeón. Como Kina Malpartida o Sofía Mulánovich”.

“Es por ello que le hemos prestado nuestra casa para que pueda fajarse con uno de los tantos rivales que tendrá que sortear para aspirar al título mundial. Maicelo se enfrentará a un duro púgil mexicano este jueves 28 de mayo a las ocho de la noche. Si ustedes se animan a venir, les aseguramos una velada inolvidable. “El Depredador” anda invicto y ha prometido seguir en racha. Las entradas cuestan 30 soles, pero Maicelo nos ha conseguido un pequeño lote a 20 soles. Sería lindo contar con su presencia, como les dije, Maicelo es un reirrojino más luchando por salir adelante. Es un bravo”.

Un bravo, sí, un bravo.

Bienvenido de nuevo a casa, Jonathan, al barrio de siempre,  a esta esquina de la patria donde  la perseverancia, el trabajo constante, las ganas de no ceder, de ganarlo todo, son moneda corriente, de todos los días. La otra, la de los flashes y el aplauso momentáneo no sirve de mucho, agota y es tan perversa -y traidora- como los diez segundos que dura la cuenta final, esa que es bueno conocer antes de tentar la gloria.

Y tú ya la conoces…

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Publicado el julio 14, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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