La bailarina del piso de abajo (2). Sendero, el Apra y el camino de la reconciliación…

(Chavín de Huántar, callejón de Conchucos, Ancash) He tenido la suerte de haber cultivado durante mi vida amistades a prueba de todo, como la que me precio de mantener con el poeta Enrique Sánchez Hernani, compañero de credo reirrojino, periodista de fuste y dedicado patriarca de una estirpe de muchachos y muchachas a los que miro con orgullo cuando veo, de soslayo, lo mucho que hacen por llenar de luces este mundo absurdo, antojadizo. Debo confesar que guardo en un rincón privilegiado de mi biblioteca todos los poemarios que Kike nos ha ido regalando y que llevan –lo máximo- su dedicatoria, siempre cómplice, cariñosa, delicada. Valoro su amistad, me alegra mantener con él a la distancia un diálogo permanente, una misma visión de lo que nos queda por hacer. Tuve la suerte, además, de ser uno de los primeros lectores de su magnífico “Quise decir adiós”, arreglo de cuentas con ese amigo entrañable y certero que tuvimos en común: Constantino Carvallo.

2.
No doy más señas de esta relación de pares, afectuosa y de varios lustros, para no echarme a llorar por todo el amor que supo dispensar a los míos con su pluma auténtica en esos meses furiosos del 2009.

3.
Kike me escribe, siempre atento, en guardia, a propósito de mi última nota sobre Maritza Garrido Lecca, la compañera que frecuenté a finales de los ochenta y que está a punto de cumplir la condena de 25 años de prisión que la justicia de nuestro país le impuso por alojar en su casa al tristemente célebre Abimael Guzmán, el líder del PCP-SL, el partido político que tiñó de sangre al Perú durante tanto tiempo, casi todos los de mi juventud. Kike me advierte de una condescendencia demasiado peligrosa con una persona que no se ha arrepentido públicamente de su pertenencia a un partido horroroso, cuya sola recordación es para la mayoría de peruanos sinónimo de espanto. Tiene razón, debo decirlo, sus dudas y los convencimientos que expresa en las muchas notas que me mandó durante las horas de nuestra larga correspondencia digital, son también los míos; aquello que les confesé en “La bailarina del piso de abajo”, el textito de la semana pasada, trasuntaban la nostalgia de volver a tener noticias de una amiga a la que considero víctima también, como miles y miles de peruanos, de una violencia inmunda, espantosa y repetida, que todavía nos trasiega el alma colectiva y que de alguna manera debemos frenar.

4.
Hace mucho que sostengo que la de Sendero Luminoso no ha sido la única pesadilla violentista que nos ha tocado vivir como colectivo; afirmo también que hemos podido dejar atrás –en otros momentos de nuestra historia- las bestialidades que detonaron lo peor de nosotros con el objetivo de mirar hacia adelante y empezar de nuevo desde cero.

No ha sido la vorágine violentista de las décadas de los años 80 y 90 (y sus secuelas en el VRAEM y otros narcoterritorios) la única que ha sacudido la vida social de este país de prolongadas guerras civiles. Lo he comentado en un texto de hace algunos meses sobre el Movadef y también en unos tuits que pergeñé a los pocos días de la muerte de Armando Villanueva del Campo: en 1979 los peruanos ungimos como presidente de la Asamblea Constituyente a Víctor Raúl Haya de la Torre, un político que en la década del treinta había sido condenado a muerte acusado de ser autor intelectual del crimen del presidente Luis M. Sánchez Cerro, asesinado (¿ejecutado?) por Abelardo Mendoza Leiva, un obrero con probados antecedentes de aprista (al decir de Luis Alberto Sánchez, el biógrafo más notable de Haya) a la salida del hipódromo de Santa Beatriz, en abril de 1933, en pleno conflicto armado con Colombia.

Debo mencionar, para ser objetivos y honrar a la veracidad histórica, que el Mocho Sánchez Cerro, así su mote de soldado duro y obstinado, se había salvado en marzo del año anterior de una muerte segura luego de ser “abatido de un balazo en el pecho por el joven aprista José Arnaldo Melgar Márquez”. Este hecho, y otros más, fueron los detonantes de la revolución aprista de Trujillo de 1932, la del bombardeo aéreo a la mencionada ciudad y los fusilamientos (¿asesinatos extra judiciales?) de Chan Chan; fatídico punto de partida de una prolongada guerra civil que durante décadas, no exagero, dividió a los peruanos. Copio a Sánchez textualmente: “La toma de Lima por las fuerzas de la Coalición el 17 de marzo de 1895 (se refiere a la guerra civil entre pierolistas y caceristas) costó dos mil muertos; la defensa y toma de Trujillo significó alrededor de cinco mil cadáveres, la inmensa mayoría apristas asesinados bajo el disfraz de ejecuciones sumarias sin interrogatorio ni sentencia previa.”

¿Cuántos compatriotas –apristas, militares, civiles- murieron en esa larga guerra civil que tuvo al Apra como actor principalísimo?. El Apra de la clandestinidad y las catacumbas fue, para muchos peruanos, una secta de fanáticos capaz de protagonizar acciones de terror de una alevosía impensable. Tanto así que el partido del pueblo, el de Haya de la Torre, fue declarado ilegal, proscrito, durante muchos años.

No se trata de ingresar a la tenebrosa discusión de “nosotros matamos menos” (o más) y volver tras los pasos de personalidades que en su momento fueron catalogados por los servicios de seguridad nacional como vulgares terroristas…y que con el correr de los años se convirtieron en renombrados políticos al mando la Nación. Armando Villanueva, uno de ellos, en alguna entrevista llegó a admitir que en los años de la barbarie se vio precisado a disparar a matar para salvar su vida. Villanueva del Campo, para los que no han repasado nuestra historia contemporánea, fue el candidato del aprismo en la contienda electoral de 1980 y ministro de Estado durante el primer gobierno de Alan García.

¿Dónde quiero llegar?.
Digamos que al principio de esta perorata. No se trata de olvidar lo que pasó, ni mucho menos de hacer mutis y saltarnos a la garrocha los crímenes cometidos por aquellos que purgan prisión o han pasado piola, protegidos por la impunidad y el “miremos para otro lado”. Sin embargo, es tiempo también de la reflexión sensata y el análisis riguroso de lo que nos tocó vivir. Fuimos, los que pasamos por esa temporada en el infierno, por ese terror cainita, embestidos por un vendaval de increíbles proporciones; fuimos víctimas de una pesadilla cruel y tristísima. Salir de ese shock emocional tiene que obligarnos a los grandes gestos. No sé cuáles fueron los que hicieron los protagonistas de la barbarie que acabo de reseñar –apristas y militares, civiles de ambos bandos- para restañar heridas e intentar –con éxito- la reconciliación. El aprismo insurreccional del 32, 35, 48, el que se enfrentó a balazos a Odría durante el ochenio (1948-1956); los militares que se llevaron de encuentro la legalidad y el respeto a los derechos humanos, fueron capaces de virar en otra dirección, adocenarse y participar de manera diferente de la vida nacional. No sé si el país les pidió a los apristas rendirse, abdicar de sus ideas aurorales, doblar la cerviz, no lo sé, quisiera que lo comenten los historiadores, los politólogos. Nos podrían señalar un derrotero.

Soy un convencido de que al radicalismo de los que quieren que el Perú siga siendo un campo de Agramante hay que combatirlo con sensatez, espíritu ecuménico, tolerancia, mucho diálogo. Y a los que quieren revivir la violencia enquistada en nuestro cuerpo social hay que ganarlos con la verdad y sin provocaciones. Estoy proponiendo, lo sé, un ideario gaseoso, ligth, podría decir que hasta un poco cantinflesco. Sucede que solo soy un educador que ha hecho del intento de comprender al otro su bandera de lucha, su ideología de combate. O como dijo alguien por allí, tratando de minimizar mi propuesta, solo un poeta.

Saludos, hermano Kike Sánchez, espero seguir soñando contigo con un país reconciliado y en paz y que nuestro diálogo, hecho público de alguna manera, sirva para generar un debate –no importa que sea entre patas- que proponga soluciones a este drama que tanto nos aflige.

La bailarina del piso de abajo

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) En el verano del 87 viví con Cecilia en una casita del parque Grau, en San Bartolo, sobre la playa sur, la de mis mataperradas de niño. Todavía no habían nacido mis hijos, la irresponsabilidad y el jolgorio eran parte del pan nuestro de cada día. Ese año nuevo lo recibimos con Rafael Dávila-Franco y Maritza Garrido-Lecca, compañeros de trabajo en Los Reyes Rojos y buenos amigos. La pasamos bien, conversando de todo y soñando, estoy seguro, con mejores tiempos. Éramos jóvenes y totalmente irreverentes, nos animaba el deseo de empezar de cero.

El tiempo pasó, dejé de verlos, de frecuentarlos. De los dos solo me mantenía al tanto de las correrías políticas de Rafo, un poeta sensible, un permanente azuzador de incendios, militante acérrimo de Kloaka, la banda de extraviados que comandaba Roger Santiváñez. Luego me enteraría que su romance había terminado abruptamente y que el bueno de Dávila, recoletano como yo y autor de un poemario que suelo releer de vez en cuando, Animal de las veredas, andaba dando botes, despechado y al borde del colapso. Más filosenderista que nunca…qué generación la nuestra, vivíamos en medio del fuego de unos y otros.

En setiembre del 92, ya en casa Guillermo y Javier, mis hijos y Fujimori en pleno uso (y abuso) de su propuesta de facto, Abimael Guzmán, el terrorífico líder de Sendero Luminoso, fue capturado, manso como una paloma, en una casa de una mesocrática urbanización de Surquillo. Los que considerábamos improbable la captura del Presidente Gonzalo, en ese momento a la cabeza de un movimiento victorioso que había puesto en jaque al gobierno –Tarata, dixit-, no lo podíamos creer. Menos todavía que fuera Maritza la anfitriona del caudillo del PCP-SL.

A partir de su presentación a la prensa al día siguiente, furiosa, exaltadísima, desbocada, la historia de la bailarina que ocultaba al líder senderista en el segundo piso de su academia de baile ha sido harto manoseada. Como se sabe, Maritza fue condenada a cadena perpetua en un juicio sumario que tiempo después fue revisado y ahora cumple los últimos años de una pena que habrá de terminar el 2017, veinticinco años después de haber perdido la inocencia.

Espero volver a verla, no me queda ninguna duda. La última vez que nos vimos, una tarde cualquiera, en el patio de la cárcel de mujeres de Chorrillos nos saludamos como dos viejos compañeros. Rememoramos los días de nuestra vieja relación y me preguntó, con afecto, por los míos. Como me lo comentó el padre Hubert Lanssiers a la salida del penal, la vida no se extingue detrás de los barrotes de una cárcel de máxima seguridad. Tampoco la amistad, ni las complicidades.

Saludos desde esta esquina, Maritza, te he recordado esta tarde fría de invierno y he pensado mucho en ti. Que los días pasen de prisa y que puedas encontrar a tu padre en casa, cuando te toque volver a esta ciudad triste que suele ser cruel con todos los disidentes.

Y ojalá que podamos volver a caminar por el malecón de San Bartolo, nostálgicos y llenos de ilusión…

Un adiós para Carlos González, Cacique de Kanchiscucha

(Chavín, callejón de Conchucos, Áncash) Pensé que eras inmortal, Cacique, llegué a creer que ibas a vivir para siempre, como el Niño Tomasito, como los cedros que plantaste en Lago Lindo, como los Cuchiniños de Lamas, como los tunches que pueblan la floresta que hiciste tuya, como los cabezones que levantaste –terco, empecinado- en el cerro Miracochas. Tuve la certeza de que en tus pagos de Chachapoyas, Tarapoto, Lago Lindo y Yurimaguas vivirías invicto, eternamente, desafiando tempestades, inconmovible, incontrastable, indómito, inconmensurable, seguro de tu señorío, de tu garbo, de tu caballerosidad. Pensé que ibas a ver a Martín, tu nieto, dirigir tu reino con la misma fortaleza, con el mismo vigor, con el mismo desenfado.

Pensé que ibas a pasarte la vida viendo a los chayahuitas surcar las aguas mansas del rio Paranapura.

Estaba equivocado, la rueda de la fortuna se detuvo esta tarde en tu cielo para llevarte lejos, hacia el infinito, lejos del Sauce, del pongo de Cainarachi, de la sonrisa cómplice de Lidia, tu compañera de toda la vida, del amor de Rodrigo y Carlos Martín, tus hijos, del cariño inmenso de los que tuvimos la dicha de acompañarte durante tu maravilloso recorrido por la tierra.

Mis hijos, Guillermo y Javier, me llamaron, cada uno por su cuenta, para contarme que habías partido, que te habías convertido en un pajarillo de colores intensos que estaba alcanzando en su último vuelo alturas imposibles; también Carlos, mi hermano y algunos de mis amigos, que fueron amigos tuyos. A todos les temblaba el alma, estaban desolados, sabían de lo mucho que habíamos sido cómplices. “Amor con amor se paga”, solías decirnos. Amor con amor se paga, fue nuestra moneda de cambio en este mundo poblado de egoísmo y transacciones fútiles.

Vamos a extrañarte, Cacique. Kanchiscucha sin ti, será solo un meandro, un punto en el mapa, una ilusión poblada por siete lagunas y un corazón inmenso, desproporcionado. El tuyo.

Buen viaje, shayandero…no alcanzan las lágrimas para esta despedida

Morir siendo tan pobres

(Chacpar, quebrada del Wacheqza, Cordillera Blanca, Ancash) Manuel Cruz, Mañu, mira a la distancia como deseando no estar aquí en este momento. Lo he buscado para abrazarlo fuerte, para darle ánimos, hoy día le toca enterrar a la Isha, su compañera de casi cuarenta años. Parece mentira hace solo unas horas la Isha se paseaba en este mismo patio, sazonando los cuyes con que ambos solían recibir a los que llegábamos de lejos, ordenando la vida en esta casona triste donde se velan sus restos. Se ha ido y no hay nada qué hacer, se ha ido de una manera absurda, cruel, terrible, insoportable. Una combi de esas tantas que desafían los caminos se ha llevado en su alocada caída hacia los abismos a dieciséis campesinos pobres de la sierra más injusta de la Cordillera Blanca, en Ancash.

Doce comuneros de Chacpar, la comunidad de Mañu, descansan para siempre en esas cajas de color extraño que han llegado, apuraditas, desde Huaraz y se  amontonan en la plaza principal de este pueblo que luce más triste que nunca. Dos campesinos de Lanchán y dos más de Chichucancha son velados por los suyos en idéntica desolada situación. La quebrada de Wacheqza, la del apu Huantzán, la de los chavinos de hace tres mil años, la de los chavinos constructores de ingenios,  es una serpiente herida, un amaru silente abochornado por la pena. La desgracia sigue golpeando aún esta jornada que comenzó a  las cuatro y treinta y cinco de la tarde del viernes pasado y no parece querer irse.

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Manuel Cruz, veterano de batallas que  solo él sabe cómo se ganan, parece un hombre vencido, avejentado. Lejanas las horas de su apasionado magisterio, de su liderazgo inconmovible. A nadie se le podría ocurrir que ese hombre que ha perdido la mirada es el mismo que de la mano de la Isha levantó barricadas de justicia para recibir en nombre de la Reforma Agraria las tierras que ahora ocupan los que acaban de perder a la esposa atenta y a los hijos que no debieron haberse ido nunca.

Las diez mujeres y los dos niños, el Jofferson uno de ellos, los muertos de Chacpar, subieron en Chavín a la combi que debía llevarlos por cinco soles de regreso a casa. Era día de cobrar el bono de doscientos soles (78 dólares) que cada una de sus familias recibe de Juntos, un programa del gobierno nacional para atender las necesidades de los hogares más pobres del Perú. Apuraditos subían por el camino, el vehículo zigzagueaba mientras superaba la cuesta, rumrumrum, nada presagiaba la fatalidad. Unos paseantes los saludaron,  les hicieron adioses con las manos, me dicen que una mujer que iba adelante, junto al chofer, les respondió contentísima, debía ser la Isha, ella retornaba de San Marcos, esa tarde, con su nietecita en su regazo,  volvía de hacer compras. Y zas, la fatalidad, la combi que se lanza por los aires, nadie sabe por qué, y mientras va chocando contra las peñas los cuerpos y las vidas de los comuneros de Chacpar, Lanchán y Chichucancha se van perdiendo para siempre.

Pobre Isha, se ha ido.

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Chacpar, chacpa, en quechua del callejón de Conchucos, “caída de agua”, fue una hacienda de la familia Ramírez administrada durante muchos años por don Pedro Rodríguez, un hombre listo que ejerció el poder en esta quebrada de absoluta belleza y bosques de todas las especies colindante con el Parque Nacional Huascarán, Reserva de Biosfera de la Humanidad. En 1970 la Reforma Agraria impulsada por el gobierno militar de general Juan Velasco Alvarado unió este caserío con el de Lanchán para formar la comunidad campesina de Huancapampa.

Chacpar es un villorrio campesino habitado por sesenta familias, todas dedicadas a una agricultura que languidece y a cuidar hatos de animales que no pueden ocultar las huellas del hambre. Las contradicciones se amontonan en estos municipios que reciben del Estado ingentes cantidades de recursos por su condición de territorios mineros. El municipio de Chavín es el tercero más rico en rentas del departamento, el primero es San Marcos, el distrito vecino; sin embargo, el 40 % de sus niños sufren desnutrición crónica y el 30 % de sus mujeres jamás aprenderán a leer y a escribir. Es más, de los 166 distritos de Ancash que reciben apoyo del Programa Nacional de Apoyo Directo a los más Pobres, Juntos,  San Marcos y Chavín ocupan el cuarto y quinto puesto en número de hogares beneficiados.

Uno de ellos, el de Lucinda Quinto León, otra de las víctimas de Chacapr, una mujer de ojos tristes que fue empujada al fondo de un abismo de 600 metros por los errores de cálculo de un chofer novato –no hay otra explicación- que logró sobrevivir lanzándose de la camioneta rural que manejaba.

Lucinda, fatalidad tras fatalidad, había perdido su casa un par de días antes después de que un voraz incendio la devorara en pocos minutos. Deja tres niños, de 3, de 4 y de 9 años, en la orfandad.

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Jofferson tenía nueve años y era el niño más listo de toda la clase. Su maestra, Ketty Silva, limeña, lo recuerda juguetón y cariñoso, “mi niño era dulce y bueno”, lo repite mientras vemos cómo un grupo de familiares de los doce fallecidos de Chacpar van cavando la tierra del camposanto, allí depositarán, el lunes entrante, tercer día de duelo,  los doce ataúdes que el Sistema Integral de Salud (SIS), otro programa social del Estado, donó para paliar la emergencia y evitar la furia campesina: la combi RE-6238 conducida por Néstor Ramírez Salas, no tenía SOAT, el seguro  obligatorio de accidentes de tránsito, que el propietario del vehículo recién lo adquirió cuatro horas después de sucedido el accidente.

Ketty fue nombrada directora de la escuela de Chacpar hace cuatro años; cuando llegó se encontró con un panorama desafiante, las madres de la localidad no sabían la fecha exacta del nacimiento de sus hijos, tampoco conocían el ritual urbano de celebrar sus onomásticos, mucho menos de abrazos, caricias y besos. Parecían fundidas en un hielo afectivo de siglos, no tocaban a sus hijos, se mostraban distantes y celosas de los arrumacos y de las otras muestras del amor materno. “Tuve que hablar y hablar con ellas, en eso me ayudó mucho la Isha (Isabel Trujillo Hernández, la esposa de Mañu Cruz), ella era la mayor de todas las mujeres de este caserío, le hacían caso, la escuchaban, poco a poco fueron dejando atrás el miedo a expresarse con el corazón”.

En la escuela las profesoras impusieron un nuevo juego, lúdico y bienvenido por todos, el del abrazo del oso. “Nos abrazábamos fuerte, nos saludábamos así, afectivamente, fuerte, sigue su relato tratando de no quebrarse, mi niño quería ser ingeniero, un día me dijo que iba a estudiar mucho para sacar a su pueblo adelante, ¿Podré, maestra, no?, me preguntó, claro que sí, le dije tú eres un campeón…”. Por eso, por ser el campeón de las habilidades y las competencias académicas, los profesores de la escuela hablaron con sus padres y los convencieron para que lo matriculasen en el colegio público de Chavín.

El viernes por la tarde, Jofferson León Gantú, la esperanza de un pueblo con pocas esperanzas, el ingenierito en ciernes, el niño que engatusaba con sus mohines y hablar cantarín  a todos los que lo conocieron, subió como los otros diecinueve pasajeros (¿o tal vez 25?) al vehículo que se lanzaría al abismo. Volvía a casa después de haber asistido a  clases.

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El padre de Isha, un anciano que chaccha coca con el pensamiento en otros tiempos ha venido desde su pueblo, en San Marcos, para despedir a su hija. Es el único de los familiares de las víctimas que no es de estos pagos, todos los demás, he repasado con atención la lista de fallecidos y de heridos, llevan los mismos apellidos, son los Quinto, Medina, Rosales, Gantu, León, Pineda, Chávez, Ramírez, Caurino, Damián del valle del Wacheqza, por donde se desplaza el río mitológico de los antiguos chavinos. Permanece en un rincón, callado y triste, lejos de las fanfarrias de ocasión. Para los campesinos de Conchucos la muerte debe ser entendida como un tránsito al hogar de los ancestros. Al tercer día de sucedido el deceso se lleva a cabo el entierro. Antes, los dos días primeros, se llora al que ha de partir y se le despide con  velas encendidas, comida en abundancia y mucho alcohol. En el cuarto se llena de cenizas la habitación del que en vida fue,  a la espera de que regrese a atisbar y despedirse por última vez del mundo de los vivos, el de los suyos. En el quinto día, el del putzqay, se lava la ropa del finado a fin de que pueda partir.

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La enfermera de Chacpar, la serumista Rocío Calderón, de Trujillo, se ha dado el trabajo de visitar una a una las casas de los afectados por la muerte para tener claro las necesidades inmediatas. Como es de presumir está preocupada por los niños. Conversamos cerca a la plaza principal del pueblo. Ha llegado la ayuda del Gobierno Regional, víveres, velas y botellas de alcohol, se apilan en doce bultos de buena pinta; también los aportes de los ciudadanos y comerciantes de Chavín y San Marcos que una radio local logró reunir en tiempo récord. Alberto Cruz, el hermano de Mañu, me dice que dentro de un rato llegará la ayuda del alcalde del distrito y del programa Juntos. Entre tantas penas -su sobrina nieta se encuentra grave en el hospital de Huaraz- siente un poco de alivio.

La vida, seguramente, continuará su marcha inexorable después del miércoles de putzqay en Chacpar, Lanchán y Chichucancha, nuevas desgracias llenarán las primeras planas de los periódicos y medios de comunicación de la capital y del mundo entero. ¿Quién se va a ocupar de los niños sin madre de estas villas campesinas, de las familias golpeadas por la crisis, sin duda mucho más vulnerables a la pobreza y a la muerte ahora que han partido las madres, las pobres madres, de esta historia de todos los días? ¿Quién le va a hacer el debido seguimiento a la denuncia de los viudos que afirman que los 200 soles del programa Juntos que sus esposas recibieron se esfumaron en medio de la confusión y los gritos del accidente en la carretera a Chacpar? ¿Quién es el responsable de la negligente situación de la posta médica de Chavín donde fueron a parar los pocos sobrevivientes del accidente del viernes pasado y que solo tenía dos camillas maltrechas y un médico incapaz de enfrentar de manera apropiada la emergencia?

Preguntas sin respuesta, historias inconclusas. Vuelvo sobre mis pasos, debo regresar a Lima. El Huantzán, el apu de los chavinos de todos los tiempos, el pico nevado más hermoso de esta geografía llena de posibilidades, sigue allí, impertérrito, desafiante, burlón.

Día del Campesino, ¿existen motivos para celebrar?

(Huaraz, Cordillera Blanca, Ancash) En la zona por donde me muevo hace un año, los campesinos abandonan sus tierras para buscar trabajo en los poblados, atraídos por los salarios municipales que el canon y otros dineros del Estado vienen generando. También por el bajo precio que tienen sus productos en los mercados locales. La papa se compra a precio de regalo, igual el tarwi, las habas, los ollucos…
La situación es grave, en San Marcos, provincia de Huari, Ancash, mis amigos vaticinan un año atroz: la epoca de siembra, pasadas las lluvias de estación, ha coincidido con el reinicio del Plan Piloto, un programa municipal que le da trabajo a todo el mundo a cambio de clientelismos de cualquier tipo y un jornal el doble, el triple, más alto que el que se paga en el campo. Conclusión: campesinos y campesinas que dejan de serlo, palas y escobas en ristre, barren y tapan huecos en calles colmadas de trabajadores ediles.
En la sierra norte de Lima, camino a la cordillera de Raura, he visto cientos de hectáreas de la mejor tierra cultivable en obligado descanso, o sea, abandonadas a su suerte; sus propietarios prefieren dejarlas como están para marcharse a Oyón a buscar chamba en los comercios, la minería o el municipio.
Lo mismo sucede en Cajamarca, en la agraciada sierra sur de Lima, en los ubérrimos valles de los Andes centrales. Es urgente tomar en cuenta  esta situación y buscar soluciones. El mercado mondo y lirondo no va a ser capaz de subsanar una anomalía que golpea severamente a las poblaciones campesinas que hoy deberían estar de plácemes (y no lo están), urgen ideas creativas.
Buen viaje…

Hablando de los cacataibos

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Hablar de los pueblos en aislamiento voluntario en nuestro país resulta peligroso. Y no porque exista una prohibición expresa para hacerlo, sino porque la presencia de estos peruanos invisibles en territorios repletos de recursos naturales por extraer molesta a algunos, subvierte intereses de los que vienen apostando por una geografía solo dispuesta a la voracidad de las industrias extractivas y los megaproyectos siglo XXI. Genera escozor y rabia. Sin embargo, su presencia es un hecho insoslayable, una contradicción más de las tantas que existen en este país inconmensurable y lleno de extravíos.

El texto de Beatriz Huertas sobre los pueblos indígenas en aislamiento del 2002 constituye una de las piezas más lúcidas que conozco sobre tamaño problema sin resolver. Allí la antropóloga comenta que son catorce los pueblos indígenas que siguen huyendo del contacto con occidente y se repliegan en lo más recóndito de las selvas de Madre de Dios, Ucayali, Cusco y Loreto. Recuerdi que hace un par de años, como lo comentó con rigor la Sociedad Zoológica de Frankfurt, un grupo de ellos, mashco-piros presionados por la tala ilegal que destruye sus territorios, atacó a un joven de la localidad de Monte Salvado en el interior de la Reserva Territorial que el Estado les ha asignado. El caso, felizmente, no sirvió aquella vez para cacerías de brujas y nuevas correrías.

El libro de Huertas, editado por IWGIA; el magisterio de Alberto Chirif; la lectura de los relatos de Paul Marcoy, el francés que recorrió la amazonía del sur en 1846; las conversaciones con Lelis Rivera, de CEDIA, durante un viaje a través del Mainique y la terca lucha de la gente del Instituto del Bien Común (IBC) -Richard Smith, Margarita Benavides, en su tiempo Renzo Piana y Valeria Biffi, Carlos Soria y María Rosa Montes- han ido alimentando mi interés y preocupación por estos hombres y mujeres que resisten, armados de lanzas y piedras, la invasión que les sigue llegando desde los Andes y amenaza con evaporarlos. ¿Por qué se afanan en vivir, desnudos y sin ninguna posibilidad de imponerse, en esos bosques que otros ambicionan?, ¿Qué es lo que los incita a diáspora tan triste y silente? Para la Dra. Huertas su aislamiento no debe entenderse como una situación de no contacto con respecto al resto de la sociedad, sino como una actitud de supervivencia. Se rehúsan al contacto porque históricamente éste ha sido desfavorable para sus congéneres. La respuesta cae por su propio peso: siguen huyendo para no morir.

No voy a explayarme en tema tan controversial y lleno de detalles antropológicos, biológicos y éticos. Valga esta introducción para presentar el maravilloso libro que el IBC acaba de poner en circulación sobre los cacataibos en aislamiento voluntario de las nacientes del río Aguaytia, al sur de la Cordillera Azul, a un paso de la congestionada Pucallpa y la tristemente célebre Marginal de la Selva. Se trata de la edición del trabajo de Abner Montalvo, un antropólogo que visitó la región a inicios de la década del cincuenta y que después de todos estos años se animó a publicar esta historia alucinante sobre los ancestros de los cacataibos del 2010, un relato vivido sobre los que se asimilaron a la nación peruana y los que aún continúan indómitos.

El libro, Los Kakatai, etnia amazónica del Perú, resulta en ese sentido una especie de piedra de la Rosetta para quienes se han dedicado por años al estudio de este pueblo indígena. Un hallazgo casual, una suerte de pergamino perdido en los confines del pasado. Abner Montalvo era un estudiante de la facultad de Etnología de la Universidad de San Marcos cuando se subió a un camión, el primero de los muchos vehículos que tuvo que tomar, para llegar al río San Alejandro, uno de los afluentes del Aguaytia. Ocho días le tomó culminar la odisea que comenzó en Lima aquel verano de 1952. Dos años vivió entre los kakatai del río Nöka-San Alejandro, sesenta años le ha tomado regresar para contar su historia.

A los profesionales del IBC, que no conocían el trabajo de Montalvo, la noticia del manuscrito del estudioso les debió haber sonado a música celestial. Me imagino los rostros de Dick Smith y de Margarita Benavides después de la primera lectura de este vademécum sobre los kakatai y los kamanös o camanos, los calatos a los que hacen referencia los pobladores de las comunidades nativas próximas a sus territorios cuando hablan de los indígenas no contactados que suelen ingresar a sus chacras o atisban en el bosque. Montalvo permaneció con los kakatais, adultos y ancianos en su mayoría, entre los años 1952 y 1953, gracias a los buenos oficios de un curaca local que lo presentó como “representante del presidente del Perú”. La información que recogió de los mayores de la comunidad hacía referencia al modo de vida kakatai durante las primeras décadas del siglo pasado, una época de guerras interétnicas y correrías alentadas por los caucheros.Con excepción del curaca, todos los kakatai que conoció se apellidaban Bonzano, en honor a un cauchero de origen italiano que los había sometido pacíficamente poco tiempo atrás. Montalvo se contactó con los kakatai cuando estos vestían como occidentales y solo se desplazaban sin ropa cuando se internaban en el bosque. Los más jóvenes ya hablaban castellano y algunos se habían licenciado en el ejército.

Recomiendo el libro de Montalvo, en realidad un atlas etnográfico sobre el pueblo kakatai. Diré algo más: dos son los conceptos básicos, siguiendo el relato del joven estudiante de etnología sanmarquino, para entender la cosmología kakatai: ñushí y nö. El ñushí es el espíritu de los seres animados e inanimados. Todos los elementos del bosque, los ríos, la tierra, los cielos tienen un ñushí que les da vida. La palabra nö kakatai, en cambio, designa a los enemigos y puede aplicarse a los ñushís de los seres que habitan el cosmos (animados o inanimados). También se aplica la palabra nö, usada como sufijo, a los otros, a los que no pertenecen a la comunidad kakatai. Pueden ser ajenos al mundo kakatai como los shipibos (chamas), asháninkas (campas) o mestizos (mozos) o, también puede aplicarse el término a kakatais con los que no hay cercanías o con los que simplemente existen distanciamientos.

He gozado con el libro de Abner Montalvo y estoy seguro que sus páginas serán de mucha utilidad para los estudiosos que siguen tercos en la defensa de los pueblos en aislamiento voluntario, de estos hermanos que decidieron evitar el contacto para salvarse de lo peor de nosotros. Y felicito a mis amigos del IBC, especialmente a Margarita Benavides, editora del recientemente publicado Atlas de las Comunidades Nativas y Áreas Naturales Protegidas del Nordeste de la Amazonía Peruana, otra maravillosa contribución de su institución al estudio y valoración del Perú.

Los Kakatai
Etnia amazónica del Perú
Instituto del Bien Común, 2010
210 pp

San Marcos, el distrito con más rentas de la sierra peruana

(San Marcos, callejón de Conchucos, Áncash) Estuve en San Marcos horas antes de la vacancia del alcalde de San Marcos Máximo Blas, quien acababa de recuperar la alcaldía que había sido tomada por asalto diez días atrás por las huestes del defenestrado alcalde Ugarte. En conclusión, tres alcaldes en poco menos de dos semanas; indudablemente, en esas condiciones es imposible gobernar un distrito que pese a todo lo que se dice en la prensa nacional, sufre las consecuencias de un modelo de desarrollo que privilegia el asistencialismo y la burocracia municipal sobre las actividades productivas. De eso habíamos hablado en el restaurant Junagán, en San Marcos, Vito Reeves, gerente edil, Carlos Alva, economista de paso por la región y yo; Vito nos comentó que en el 2012 el municipio local había destinado 70 millones de soles para pagar las planillas de los  nueve mil pobladores que laboran en el Plan Piloto, al que todos llaman, sin inmutarse,  Plan H, o sea Plan Hueveo.

Reeves me parece un funcionario probo y muy capaz, qué pena que deba dejar el cargo, la propuesta que había logrado consensuar entre los munícipes era idéntica a la que en el proyecto de turismo que dirijo en Conchucos venimos preconizando: promover las actividades productivas que puedan articularse a mercados económicos locales y foráneos. Todo ello desde el consenso y el compromiso de todos de dejar de gastar lo que se tiene –qué en materia de rentas municipales como hemos visto, es muchísimo- en clientelismo, para optar por la revolución productiva.

Lágrimas por el Congo…

(Huaraz, Cordillera Blanca, Áncash) Cuando leí la denuncia de Klaus Werner sobre la guerra que en el Congo venían patrocinando las multinacionales ligadas a la industria de la tecnología móvil no lo podía creer, lo que contaba el fundador de las revistas Kontexte y Energiewende parecía un relato de ciencia-ficción o algo peor, no la realidad. La crónica del autor de “El libro negro de las marcas” acusaba sin reparos a Bayern, el gigante de las aspirinas, de estar detrás de “la Primera Guerra Mundial africana”, un conflicto por el tántalo, un elemento metálico imprescindible en el negocio de las tecnologías, causal de una guerra siniestra que ya por entonces había provocado la muerte de más de dos millones y medio de seres humanos en el Congo, el vecino más cercano de Ruanda, la nación que sufrió en los años ochenta el genocidio más brutal después del provocado por Hitler.

Lágrimas por el Congo

El texto que les comento lo leí en el 2007, es más, muchos de los datos recogidos por Werner para justificar su alegato contra las transnacionales eran del 2000 o del 2001: “Esta tierra está siendo asolada desde agosto de 1998 por una guerra que es casi desconocida  en Europa y que no parece quitarle el sueño a nadie. África está muy lejos, y los africanos tienen la costumbre de morir antes de tiempo”, copio. Increíble, el drama de Congo, la guerra por el coltan, la combinación de columbita y tantalita que los congoleños más pobres arrancan con las manos de la endurecida piel del continente, se ha extendido y ha duplicado en víctimas fatales las estadísticas. Y todo esto a vista y paciencia de los que atiborramos las tiendas para exigirle a nuestra compañía favorita un mejor servicio de telefonía o lo último en tecnologías de la información.

Hace unos días volví a posar  mi atención en el mapa africano, oh, magnífico burgués, para entender el éxito de la carne del diminuto cuy andino introducida no sé cómo en las mesas del norte congolés (http://soloparaviajeros.pe/nota8-elcongo2.html) y me encontré, cara a cara, con el drama interminable de su gente, de sus hombres y mujeres, la mayoría niños, atrapados entre los pliegues de la otra cara de nuestra modernidad y buen vivir. Horrible. Sigo espantado. Les paso este texto del notable escritor Alberto Vásquez-Figueroa, de repente, nuestras voces sirven para llamar la atención sobre una tragedia que debemos detener. Y también esta cita: “Por absurdo que parezca, el Congo es uno de los países más ricos de la Tierra. Allí se puede encontrar oro, plata, diamantes, petróleo, cobre, cobalto, estaño y otras preciadas riquezas del subsuelo. El principal frente bélico se extiende –no por casualidad- a lo largo de las grandes minas” (K. Werner)

http://www.mundo-geo.es/gente-y-cultura/congo-el-negocio-maldito-del-coltan

Otro sí:
Encontré este texto del 2008, lo escribí a propósito de la muerte de siete gorilas en el Parque Nacional Virunga y solo habla de las mafias del carbón, no del colpan. Tampoco del genocidio en ciernes, si no de la mortandad en una especie emblemática y tan cara al conservacionismo mundial.

Hoy la lucha es otra, es nuestra especie la que vive un drama:

La última edición de la prestigiosa revista Nacional Geographic trae un artículo sobre la muerte hace un año de los siete gorilas del Parque Nacional Virunga, en la República Democrática del Congo, que nos conmovió por las similitudes con el drama Pómac . Como es sabido, las fotos que el reportero gráfico Brent Stirton tomó de Senkwekwe, el gorila de lomo plateado muerto a tiros por un puñado de desalmados, dieron la vuelta al mundo denunciando la atroz persecución que vienen sufriendo los gorilas africanos en el Congo y Ruanda, principalmente.

Pues bien, un año después de iniciadas las investigaciones sobre el alevoso crimen, organismos de la sociedad civil llegaron a una sola conclusión: detrás de la muerte de los siete espaldas plateadas se encuentran las mafias del carbón que se aprestan a tomar por asalto lo que queda de lo que alguna vez fue un parque nacional de más de ochocientas mil hectáreas.

En Virunga vive la mitad de la población de gorilas de la tierra. Trescientos y pico de los 720 ejemplares que siguen (a duras penas) en pie. Paradójicamente, en el Parque Nacional de Virunga, joya de la corona del sistema de parques africanos, viven (y mueren) veinticinco mil soldados de diversas nacionalidades y facciones: congoleses, ruandeses (tutsis del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo y hutus de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda) y cascos azules de las fuerzas de paz de la ONU. En las proximidades del parque se aglutinan 800 mil desplazados, los más pobres entre los pobres del Africa negra.

En Virunga el negocio es el carbón. Y el carbón vive su época dorada a pesar de las prohibiciones y leyes que protegen al parque. En esta esquina del mundo una familia satisface sus necesidades de energía utilizando 70 kilos de carbón y si consideramos que son cien mil las familias que sobreviven en el parque, podemos colegir que se extraen de estos bosques casi cuatro mil sacos diarios de carbón. Y eso que no estamos agregando en esta estimación los miles de sacos más que dedicados a atender las necesidades del resto del país. Mark Jenkins, autor del artículo que comentamos, considera que en el año 2006, mientras el turismo de gorilas inyectaba en la economía ruandesa 300 mil dólares, el carbón de Virunga fue capaz de producir treinta millones de dólares.

El azar y la vida que se va. Sobre Diario de invierno de Paul Auster

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Envejecer. Tarea difícil, poder hacerlo sin perder la compostura, o la dignidad, pareciera privilegio de entendidos, de sabios. De ese tránsito trata Diario de invierno, el último trabajo del promocionado Paul Auster, el escritor de Nueva York que en esta novela autobiográfica se convierte en  el lúcido cronista de su propia vida, de su biografía y también de la de los suyos.

Por las páginas de este inventario personal narrado con infinito detalle, Auster nos invita a conocer a su padre muerto sobre el lomo de una mujer que no era su madre; a ésta huyendo de la soledad para refugiarse en matrimonios inconclusos y desesperados; nos relata los años  de su infancia en Nueva Jersey y el recuerdo de todos los domicilios que le tocó poblar -veintiuno desde su nacimiento en 1947. También las vicisitudes de ese joven impetuoso que alguna vez fue, los años de su formación europea y  también los que invirtió en construir su propia familia, compuesta, suerte la suya, por una mujer que no dejó  de amarlo nunca y una hija que creció mientras su cuerpo se convertía en el insulso territorio de una lucha tensa entre sístoles y diástoles.

Diario de invierno es el relato  de una vida poblada de recuerdos, todos  intactos; de una vida cercada por las añoranzas, las pérdidas, las ausencias, también el pánico y, sobre todo, los golpes del azar. El personaje central de este testimonio, de este arreglo de cuentas, parafraseando al gran Juan Bullita, es sin duda  el propio Paul Auster, “un hombre silencioso aislado del mundo, sentado día tras día al escritorio sin otro propósito que el de explorar el interior de su cabeza”. Un hombre a punto de ingresar a la edad provecta, un hombre a pocos meses de cumplir 64 años que durante todo ese tiempo no ha sido del todo dueño de sus pasos.

He vivido dos meses con mi madre de 85 años, una mujer hasta hace poco imbatible que ha empezado a perder, apresuradamente, la lucidez, el control del mundo que siempre la rodeó. La he visto cada mañana, durante varias semanas, luchar sin pausa contra esa niebla interior que la comienza a cercar impidiéndole ver el mundo en la dimensión con que lo ven los otros. Su invierno me ha conmovido y ha hecho que por primera vez atisbe con atención los contornos de esa temporada por venir que me va anunciando su tiempo, sus claroscuros, su inminencia  y he sentido miedo.

“Probablemente no exista mayor logro humano que merecer amor al final. Manchando el lecho de muerte con babas y orines. Todos vamos a pasar por ahí, te dices  a ti mismo, y la cuestión es hasta qué punto puede seguir siendo humana una persona mientras se encuentra en un estado de impotencia y degradación. No puedes pronosticar lo que ocurrirá cuando llegue el día en que te metas en la cama por última vez, pero si no desapareces súbitamente como tu padre y tu madre, quieres morir inspirando amor. Si puedes”, dice Auster para proponer otro acercamiento al mismo trance por el que habremos de pasar.

Por eso es que la lectura del relato de Auster, estos últimos días, ha significado para mi un paliativo. Una luz. El auscultarse, el observarse desde la epidermis para encontrar los cimientos para edificar la vejez -el invierno en el relato del neoyorquino- pareciera una buena terapia, una receta contra la desazón del cuerpo que va perdiendo lozanía para convertirse en una caricatura de lo que alguna vez fue.

Auster, recordándose mientras se prepara para ese viaje sin retorno se da maña para entender a ese niño que alguna vez escuchó una  voz en el teléfono que le hablaba con cariño, con excesivo cariño a una madre que pronto habría de abandonar al esposo. Recordándose comprende los motivos del amor que siente por esa mujer que desde hace treinta años lo acompaña en silencio y le impide desbordarse. Viéndose, a contraluz, se reconcilia con el padre adusto, víctima de una infancia dura en un barrio de judíos recién llegados a América.  Y con la madre, que a la larga fue una mujer fervorosa y entregada a él desde su primera infancia, tanto que, lo dice desde una segunda persona muy bien elaborada, “que todo lo que ahora haya de bueno en ti, todas las virtudes que ahora puedas tener, vienen de aquella época, de antes de que puedas recordar quien eras”.

El fin de la vida es amargo, dice Joubert, un autor que cita Auster.  Dice algo más y lo copio: “Hay que morir inspirando amor (si se puede)”. Me ha gustado mucho Diario de invierno, un entonado canto a la vida que todavía nos queda por vivir, un testimonio personal  elaborado desde el absoluto respeto por las circunstancias fortuitas, por la rueda de la fortuna, esa que con tanto desparpajo aderezó el pensamiento  de Ignatius Reilly, el personaje literario de John Kennedy Toole.  Un poema novelado sobre el arte de perdonar, de completar el armado del puzle personal antes de que la negra noche  nos alcance, complote contra nosotros y permita que nos caiga encima el dardo de la desdicha, de  lleno y en pleno invierno.

Diario de invierno
Paul Auster
Anagrama, 2012
243 pp

En el país de los ciegos. Sobre el nuevo Gringasho

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Estoy desconcertado. Ayer hablábamos de los peligros que tiene el esconder la basura debajo de la alfombra creyendo que esa es la mejor manera de acabar con los problemas, con los contratiempos de coyuntura. Lo comenté con ustedes a propósito del imprudente manejo, a mi juicio, de los sucesos de Ausangate, el incidente poco mediatizado que tuvo como protagonistas a tres turistas gringos y a una turba campesina en Pallca, un bucólico pueblo de pastores y agricultores por el que he pasado alguna vez con María Antonia Pàmies, catalana e hincha acérrima de la provincia cusqueña de Quispicanchi. O para decirlo sin tantos eufemismos: de la artera golpiza  que sufrieron unos viajeros estadounidenses en una comunidad campesina de la  sierra sur peruana.

Hoy la noticia es otra. El asesino del vicepresidente de la región Amazonas –un médico carismático que decidió quedarse en Bagua al terminar sus prácticas profesionales- ha sido atrapado y tiene apenas 16 años de edad. La prensa ya empezó a encumbrarlo en su afán de vender tapas y ganar rating, lo llaman el nuevo Gringasho  y seguramente mañana, qué mañana, dentro de un ratito, escarbarán en su biografía con el afán de encontrar algún rastro que les permita seguir dándole trigo a los incautos. Que somos todos nosotros, obviamente, veintinueve millones de autómatas que perdimos la originalidad y la autonomía de tal manera que solo somos, qué trágico decirlo, complacientes consumidores de basura.

Sí, basura. Durante varias semanas la irresponsabilidad de los medios y “formadores de opinión” ha sido de tal nivel, lo digo pensando en la intensa campaña de mistificación (y exacerbación de pasiones) a la que nos sometieron día tras día, que, a riesgo de quedar como un exagerado, los incluiría en el banquillo de los acusados en el proceso que determine responsabilidades en el crimen del Dr. Augusto Wong López, un padre de familia cincuentón que murió por acción de un sicario de dieciséis años que por dos mil soles y un montón de fotos en los medios pronto será figura pública, nuevo objetivo de las iras del presidente Humala  (“se debe mostrar la cara de este miserable, le debe caer todo el peso de la ley y que vaya a un penal de máxima seguridad, por mi a Challapalca”, fue lo que dijo sobre Gringasho) y modelo para miles de adolescentes  hijos del desborde popular que hoy lo tienen por ídolo. Djangos,  sin cadenas o algo por el estilo.

Lo paradójico del caso es que en un tema, el de los turistas de Wyoming golpeados por la furia de los campesinos de Ocongate, inmediatamente nos ponemos de acuerdo (medios y opinión pública) para bajar el tono de la repulsa, convencidos todos de que al mirar para otro lado estamos defendiendo los sacrosantos paradigmas del nuevo país que estamos construyendo: la marca Perú, en primer lugar y el arribo de turistas a Machu Picchu, luego, el objetivo nacional de los que han convertido al santuario promocionado por Bingham en la quintaesencia de nuestra identidad. Allí sí, acólita del stablishment,  la prensa en su conjunto baja el tono y silba conocidas melodías distractivas. En cambio en el tema del sicariato juvenil, asunto que en el fondo tiene que ver con el desmoronamiento de la educación pública, la crisis de la familia peruana, correas de trasmisión de la cultura y los valores que como colectividad hemos elegido, el coro de áulicos de la violencia aumenta en grado sumo y empieza, ipso facto, la conocida compra-venta de miasma y terrorismo mediático.

Como les dije, estoy desconcertado. Ayer en la noche se lo comentaba a Fabián Ramos y al grupo de maestros de Los Reyes Rojos con quien coincidimos en una fraterna reunión. En un país tan complejo como el nuestro, donde la familia, la escuela y las demás instituciones antaño formadoras de la moral compartida, están en ruinas, destruidas,  no es trivial el papel que le toca jugar a los medios de comunicación. En otras palabras, estos no deberían dejar de lado la responsabilidad social –manido concepto- que tienen para  con sus públicos objetivos (iba a decir cautivos); ergo, y nuevamente a riesgo de quedar en infinita minoría, es necesario una revisión ciudadana de los contenidos que pululan en los medios masivos y en la programación televisiva y no para censurarlos como en la época del gobierno militar, sino para reflexionar sobre el papel que pueden estar jugando en la formación de nuestros niños, campañas como la del “sicario juvenil más joven del mundo” o la serie sobre el narco Pablo Escobar que, mutatis mutandi, debo decirlo, fue tan nefasto para la sociedad colombiana como lo vienen siendo los patrones de los cárteles mexicanos,   capaces entre otras perlas de dar la orden para que se ejecuten a  los músicos de una orquesta cumbiambera por quítame estas pajas.

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo y empezamos una campaña por el NO contra este statu quo tan absurdo? El de la violencia como mercancía, digo. Y convocamos a nuestra inteligentzia, pienso en Salomón Lerner Febres, León Trahtemberg, Saúl Peña, Coqui Bruce, para que se pongan al frente, ideológicamente,  y nos lanzamos a las calles, de la mano de todos esos artistas y hombres públicos que ahora aparecen en los carteles políticos que inundan nuestra ciudad, celestes en su mayoría, dando opinión sobre la revocatoria, para poner coto a tanta ceguera colectiva. El de la revocatoria municipal resulta un tema de importancia relativa si es que lo comparamos con éste del que he hablado toda la mañana de hoy domingo, veintiún años después del asesinato, aleve, de otra víctima de la sinrazón, María Elena Moyano. A ella también la mató el espiral de sangre y brutalidad que acompañó a esos años duros en los que quizás crecieron los padres de los autores de este drama que les cuento, los padres de los gringashos que matan por matar y los gringashos que aplauden sus hazañas. Muchos de cuello y corbata, muchos detrás de un reproductor de contenidos comunicacionales.

Tenemos que dejar de vivir en el país de los ciegos…