Lágrimas por el Congo…

(Huaraz, Cordillera Blanca, Áncash) Cuando leí la denuncia de Klaus Werner sobre la guerra que en el Congo venían patrocinando las multinacionales ligadas a la industria de la tecnología móvil no lo podía creer, lo que contaba el fundador de las revistas Kontexte y Energiewende parecía un relato de ciencia-ficción o algo peor, no la realidad. La crónica del autor de “El libro negro de las marcas” acusaba sin reparos a Bayern, el gigante de las aspirinas, de estar detrás de “la Primera Guerra Mundial africana”, un conflicto por el tántalo, un elemento metálico imprescindible en el negocio de las tecnologías, causal de una guerra siniestra que ya por entonces había provocado la muerte de más de dos millones y medio de seres humanos en el Congo, el vecino más cercano de Ruanda, la nación que sufrió en los años ochenta el genocidio más brutal después del provocado por Hitler.

Lágrimas por el Congo

El texto que les comento lo leí en el 2007, es más, muchos de los datos recogidos por Werner para justificar su alegato contra las transnacionales eran del 2000 o del 2001: “Esta tierra está siendo asolada desde agosto de 1998 por una guerra que es casi desconocida  en Europa y que no parece quitarle el sueño a nadie. África está muy lejos, y los africanos tienen la costumbre de morir antes de tiempo”, copio. Increíble, el drama de Congo, la guerra por el coltan, la combinación de columbita y tantalita que los congoleños más pobres arrancan con las manos de la endurecida piel del continente, se ha extendido y ha duplicado en víctimas fatales las estadísticas. Y todo esto a vista y paciencia de los que atiborramos las tiendas para exigirle a nuestra compañía favorita un mejor servicio de telefonía o lo último en tecnologías de la información.

Hace unos días volví a posar  mi atención en el mapa africano, oh, magnífico burgués, para entender el éxito de la carne del diminuto cuy andino introducida no sé cómo en las mesas del norte congolés (http://soloparaviajeros.pe/nota8-elcongo2.html) y me encontré, cara a cara, con el drama interminable de su gente, de sus hombres y mujeres, la mayoría niños, atrapados entre los pliegues de la otra cara de nuestra modernidad y buen vivir. Horrible. Sigo espantado. Les paso este texto del notable escritor Alberto Vásquez-Figueroa, de repente, nuestras voces sirven para llamar la atención sobre una tragedia que debemos detener. Y también esta cita: “Por absurdo que parezca, el Congo es uno de los países más ricos de la Tierra. Allí se puede encontrar oro, plata, diamantes, petróleo, cobre, cobalto, estaño y otras preciadas riquezas del subsuelo. El principal frente bélico se extiende –no por casualidad- a lo largo de las grandes minas” (K. Werner)

http://www.mundo-geo.es/gente-y-cultura/congo-el-negocio-maldito-del-coltan

Otro sí:
Encontré este texto del 2008, lo escribí a propósito de la muerte de siete gorilas en el Parque Nacional Virunga y solo habla de las mafias del carbón, no del colpan. Tampoco del genocidio en ciernes, si no de la mortandad en una especie emblemática y tan cara al conservacionismo mundial.

Hoy la lucha es otra, es nuestra especie la que vive un drama:

La última edición de la prestigiosa revista Nacional Geographic trae un artículo sobre la muerte hace un año de los siete gorilas del Parque Nacional Virunga, en la República Democrática del Congo, que nos conmovió por las similitudes con el drama Pómac . Como es sabido, las fotos que el reportero gráfico Brent Stirton tomó de Senkwekwe, el gorila de lomo plateado muerto a tiros por un puñado de desalmados, dieron la vuelta al mundo denunciando la atroz persecución que vienen sufriendo los gorilas africanos en el Congo y Ruanda, principalmente.

Pues bien, un año después de iniciadas las investigaciones sobre el alevoso crimen, organismos de la sociedad civil llegaron a una sola conclusión: detrás de la muerte de los siete espaldas plateadas se encuentran las mafias del carbón que se aprestan a tomar por asalto lo que queda de lo que alguna vez fue un parque nacional de más de ochocientas mil hectáreas.

En Virunga vive la mitad de la población de gorilas de la tierra. Trescientos y pico de los 720 ejemplares que siguen (a duras penas) en pie. Paradójicamente, en el Parque Nacional de Virunga, joya de la corona del sistema de parques africanos, viven (y mueren) veinticinco mil soldados de diversas nacionalidades y facciones: congoleses, ruandeses (tutsis del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo y hutus de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda) y cascos azules de las fuerzas de paz de la ONU. En las proximidades del parque se aglutinan 800 mil desplazados, los más pobres entre los pobres del Africa negra.

En Virunga el negocio es el carbón. Y el carbón vive su época dorada a pesar de las prohibiciones y leyes que protegen al parque. En esta esquina del mundo una familia satisface sus necesidades de energía utilizando 70 kilos de carbón y si consideramos que son cien mil las familias que sobreviven en el parque, podemos colegir que se extraen de estos bosques casi cuatro mil sacos diarios de carbón. Y eso que no estamos agregando en esta estimación los miles de sacos más que dedicados a atender las necesidades del resto del país. Mark Jenkins, autor del artículo que comentamos, considera que en el año 2006, mientras el turismo de gorilas inyectaba en la economía ruandesa 300 mil dólares, el carbón de Virunga fue capaz de producir treinta millones de dólares.

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Publicado el marzo 11, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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