El azar y la vida que se va. Sobre Diario de invierno de Paul Auster

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Envejecer. Tarea difícil, poder hacerlo sin perder la compostura, o la dignidad, pareciera privilegio de entendidos, de sabios. De ese tránsito trata Diario de invierno, el último trabajo del promocionado Paul Auster, el escritor de Nueva York que en esta novela autobiográfica se convierte en  el lúcido cronista de su propia vida, de su biografía y también de la de los suyos.

Por las páginas de este inventario personal narrado con infinito detalle, Auster nos invita a conocer a su padre muerto sobre el lomo de una mujer que no era su madre; a ésta huyendo de la soledad para refugiarse en matrimonios inconclusos y desesperados; nos relata los años  de su infancia en Nueva Jersey y el recuerdo de todos los domicilios que le tocó poblar -veintiuno desde su nacimiento en 1947. También las vicisitudes de ese joven impetuoso que alguna vez fue, los años de su formación europea y  también los que invirtió en construir su propia familia, compuesta, suerte la suya, por una mujer que no dejó  de amarlo nunca y una hija que creció mientras su cuerpo se convertía en el insulso territorio de una lucha tensa entre sístoles y diástoles.

Diario de invierno es el relato  de una vida poblada de recuerdos, todos  intactos; de una vida cercada por las añoranzas, las pérdidas, las ausencias, también el pánico y, sobre todo, los golpes del azar. El personaje central de este testimonio, de este arreglo de cuentas, parafraseando al gran Juan Bullita, es sin duda  el propio Paul Auster, “un hombre silencioso aislado del mundo, sentado día tras día al escritorio sin otro propósito que el de explorar el interior de su cabeza”. Un hombre a punto de ingresar a la edad provecta, un hombre a pocos meses de cumplir 64 años que durante todo ese tiempo no ha sido del todo dueño de sus pasos.

He vivido dos meses con mi madre de 85 años, una mujer hasta hace poco imbatible que ha empezado a perder, apresuradamente, la lucidez, el control del mundo que siempre la rodeó. La he visto cada mañana, durante varias semanas, luchar sin pausa contra esa niebla interior que la comienza a cercar impidiéndole ver el mundo en la dimensión con que lo ven los otros. Su invierno me ha conmovido y ha hecho que por primera vez atisbe con atención los contornos de esa temporada por venir que me va anunciando su tiempo, sus claroscuros, su inminencia  y he sentido miedo.

“Probablemente no exista mayor logro humano que merecer amor al final. Manchando el lecho de muerte con babas y orines. Todos vamos a pasar por ahí, te dices  a ti mismo, y la cuestión es hasta qué punto puede seguir siendo humana una persona mientras se encuentra en un estado de impotencia y degradación. No puedes pronosticar lo que ocurrirá cuando llegue el día en que te metas en la cama por última vez, pero si no desapareces súbitamente como tu padre y tu madre, quieres morir inspirando amor. Si puedes”, dice Auster para proponer otro acercamiento al mismo trance por el que habremos de pasar.

Por eso es que la lectura del relato de Auster, estos últimos días, ha significado para mi un paliativo. Una luz. El auscultarse, el observarse desde la epidermis para encontrar los cimientos para edificar la vejez -el invierno en el relato del neoyorquino- pareciera una buena terapia, una receta contra la desazón del cuerpo que va perdiendo lozanía para convertirse en una caricatura de lo que alguna vez fue.

Auster, recordándose mientras se prepara para ese viaje sin retorno se da maña para entender a ese niño que alguna vez escuchó una  voz en el teléfono que le hablaba con cariño, con excesivo cariño a una madre que pronto habría de abandonar al esposo. Recordándose comprende los motivos del amor que siente por esa mujer que desde hace treinta años lo acompaña en silencio y le impide desbordarse. Viéndose, a contraluz, se reconcilia con el padre adusto, víctima de una infancia dura en un barrio de judíos recién llegados a América.  Y con la madre, que a la larga fue una mujer fervorosa y entregada a él desde su primera infancia, tanto que, lo dice desde una segunda persona muy bien elaborada, “que todo lo que ahora haya de bueno en ti, todas las virtudes que ahora puedas tener, vienen de aquella época, de antes de que puedas recordar quien eras”.

El fin de la vida es amargo, dice Joubert, un autor que cita Auster.  Dice algo más y lo copio: “Hay que morir inspirando amor (si se puede)”. Me ha gustado mucho Diario de invierno, un entonado canto a la vida que todavía nos queda por vivir, un testimonio personal  elaborado desde el absoluto respeto por las circunstancias fortuitas, por la rueda de la fortuna, esa que con tanto desparpajo aderezó el pensamiento  de Ignatius Reilly, el personaje literario de John Kennedy Toole.  Un poema novelado sobre el arte de perdonar, de completar el armado del puzle personal antes de que la negra noche  nos alcance, complote contra nosotros y permita que nos caiga encima el dardo de la desdicha, de  lleno y en pleno invierno.

Diario de invierno
Paul Auster
Anagrama, 2012
243 pp

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Publicado el febrero 24, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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