En el país de los ciegos. Sobre el nuevo Gringasho

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) Estoy desconcertado. Ayer hablábamos de los peligros que tiene el esconder la basura debajo de la alfombra creyendo que esa es la mejor manera de acabar con los problemas, con los contratiempos de coyuntura. Lo comenté con ustedes a propósito del imprudente manejo, a mi juicio, de los sucesos de Ausangate, el incidente poco mediatizado que tuvo como protagonistas a tres turistas gringos y a una turba campesina en Pallca, un bucólico pueblo de pastores y agricultores por el que he pasado alguna vez con María Antonia Pàmies, catalana e hincha acérrima de la provincia cusqueña de Quispicanchi. O para decirlo sin tantos eufemismos: de la artera golpiza  que sufrieron unos viajeros estadounidenses en una comunidad campesina de la  sierra sur peruana.

Hoy la noticia es otra. El asesino del vicepresidente de la región Amazonas –un médico carismático que decidió quedarse en Bagua al terminar sus prácticas profesionales- ha sido atrapado y tiene apenas 16 años de edad. La prensa ya empezó a encumbrarlo en su afán de vender tapas y ganar rating, lo llaman el nuevo Gringasho  y seguramente mañana, qué mañana, dentro de un ratito, escarbarán en su biografía con el afán de encontrar algún rastro que les permita seguir dándole trigo a los incautos. Que somos todos nosotros, obviamente, veintinueve millones de autómatas que perdimos la originalidad y la autonomía de tal manera que solo somos, qué trágico decirlo, complacientes consumidores de basura.

Sí, basura. Durante varias semanas la irresponsabilidad de los medios y “formadores de opinión” ha sido de tal nivel, lo digo pensando en la intensa campaña de mistificación (y exacerbación de pasiones) a la que nos sometieron día tras día, que, a riesgo de quedar como un exagerado, los incluiría en el banquillo de los acusados en el proceso que determine responsabilidades en el crimen del Dr. Augusto Wong López, un padre de familia cincuentón que murió por acción de un sicario de dieciséis años que por dos mil soles y un montón de fotos en los medios pronto será figura pública, nuevo objetivo de las iras del presidente Humala  (“se debe mostrar la cara de este miserable, le debe caer todo el peso de la ley y que vaya a un penal de máxima seguridad, por mi a Challapalca”, fue lo que dijo sobre Gringasho) y modelo para miles de adolescentes  hijos del desborde popular que hoy lo tienen por ídolo. Djangos,  sin cadenas o algo por el estilo.

Lo paradójico del caso es que en un tema, el de los turistas de Wyoming golpeados por la furia de los campesinos de Ocongate, inmediatamente nos ponemos de acuerdo (medios y opinión pública) para bajar el tono de la repulsa, convencidos todos de que al mirar para otro lado estamos defendiendo los sacrosantos paradigmas del nuevo país que estamos construyendo: la marca Perú, en primer lugar y el arribo de turistas a Machu Picchu, luego, el objetivo nacional de los que han convertido al santuario promocionado por Bingham en la quintaesencia de nuestra identidad. Allí sí, acólita del stablishment,  la prensa en su conjunto baja el tono y silba conocidas melodías distractivas. En cambio en el tema del sicariato juvenil, asunto que en el fondo tiene que ver con el desmoronamiento de la educación pública, la crisis de la familia peruana, correas de trasmisión de la cultura y los valores que como colectividad hemos elegido, el coro de áulicos de la violencia aumenta en grado sumo y empieza, ipso facto, la conocida compra-venta de miasma y terrorismo mediático.

Como les dije, estoy desconcertado. Ayer en la noche se lo comentaba a Fabián Ramos y al grupo de maestros de Los Reyes Rojos con quien coincidimos en una fraterna reunión. En un país tan complejo como el nuestro, donde la familia, la escuela y las demás instituciones antaño formadoras de la moral compartida, están en ruinas, destruidas,  no es trivial el papel que le toca jugar a los medios de comunicación. En otras palabras, estos no deberían dejar de lado la responsabilidad social –manido concepto- que tienen para  con sus públicos objetivos (iba a decir cautivos); ergo, y nuevamente a riesgo de quedar en infinita minoría, es necesario una revisión ciudadana de los contenidos que pululan en los medios masivos y en la programación televisiva y no para censurarlos como en la época del gobierno militar, sino para reflexionar sobre el papel que pueden estar jugando en la formación de nuestros niños, campañas como la del “sicario juvenil más joven del mundo” o la serie sobre el narco Pablo Escobar que, mutatis mutandi, debo decirlo, fue tan nefasto para la sociedad colombiana como lo vienen siendo los patrones de los cárteles mexicanos,   capaces entre otras perlas de dar la orden para que se ejecuten a  los músicos de una orquesta cumbiambera por quítame estas pajas.

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo y empezamos una campaña por el NO contra este statu quo tan absurdo? El de la violencia como mercancía, digo. Y convocamos a nuestra inteligentzia, pienso en Salomón Lerner Febres, León Trahtemberg, Saúl Peña, Coqui Bruce, para que se pongan al frente, ideológicamente,  y nos lanzamos a las calles, de la mano de todos esos artistas y hombres públicos que ahora aparecen en los carteles políticos que inundan nuestra ciudad, celestes en su mayoría, dando opinión sobre la revocatoria, para poner coto a tanta ceguera colectiva. El de la revocatoria municipal resulta un tema de importancia relativa si es que lo comparamos con éste del que he hablado toda la mañana de hoy domingo, veintiún años después del asesinato, aleve, de otra víctima de la sinrazón, María Elena Moyano. A ella también la mató el espiral de sangre y brutalidad que acompañó a esos años duros en los que quizás crecieron los padres de los autores de este drama que les cuento, los padres de los gringashos que matan por matar y los gringashos que aplauden sus hazañas. Muchos de cuello y corbata, muchos detrás de un reproductor de contenidos comunicacionales.

Tenemos que dejar de vivir en el país de los ciegos…

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Publicado el febrero 17, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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