La cuarta espada de Lurgio Gavilán. A propósito de “Memorias de un soldado desconocido”

(San Marcos, callejón de Conchucos, Ancash) En febrero de 1983, a pocas semanas de la masacre de los periodistas en Uchuraccay, Lurgio Gavilán Sánchez, un niño iquichano de apenas doce años, se alista, por propia voluntad, en una columna guerrillera. Sendero Luminoso en ese momento representaba para muchos niños y jóvenes campesinos de las alturas de Huanta una esperanza de cambio, una posibilidad de derrotar la pobreza y las tantas injusticias que los maestros y mayores relataban en las aulas y en las asambleas comunales. En poco tiempo, ya era un combatiente, portaba un fusil y recorría bohíos y punas buscando alimentos y predicando la revolución.

Hasta allí el relato heroico de Lurgio se parece mucho al de Omar Cabezas, el universitario nicaragüense que en 1968 se alista en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y que después de ganar la guerra, la guerra patria, escribe “La montaña no es más que una inmensa estepa verde”, el libro testimonial con el que obtuvo en 1982 el prestigioso Premio Casa de las Américas y que en su momento leí con fruición y mucho convencimiento. Lurgio, el niño soldado, el púber de las alturas de Ayacucho que se mueve como pez en el agua en un territorio que conoce al dedillo, se irá convirtiendo en prisionero de una pesadilla. La guerra no es ese campo de batalla quimérico de los relatos oídos a la distancia. La vida guerrillera tenía más de hambrunas gigantescas, privaciones de todo tipo y muertes absurdas: a Martha, una muchachita de sonrisa contagiante, Sendero Luminoso la ejecuta por robarse una lata de atún y a Fabiola, otra combatiente en falta, la ahorcan y al volver por donde habían dejado su cuerpo encuentran “a los perros peleándose por su carne putrefacta”.

La Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), en su informe del 2003, afirma que “de cada cuatro víctimas (de la violencia iniciada en 1980), tres fueron campesinos o campesinas, cuya lengua materna era el quechua”. El relato de Gavilán lo confirma. El informe –hay que seguir leyéndolo- también denuncia la exagerada violencia de esas dos décadas vividas en este país que ahora es capaz de engendrar Andahuaylazos, Baguazos y Congas: Carlos, ese era el nombre guerrillero de Lurgio en 1985, mando militar de apenas trece años, analfabeto y quechuahablante, es hecho prisionero en combate y reclutado, de milagro, como informante. De la noche a la mañana, el sicario adolescente se convierte en soldado del cuartel militar Los Cabitos N. 51, de Huanta, el principal centro clandestino de encierro, tortura, desaparición y ejecución extrajudicial de los primeros años de la guerra interna, infierno donde quizás fueron asesinadas mil personas y donde el Instituto de Medicina Legal (IML) halló cuatro hornos crematorios con restos de huesos humanos.

Gavilán, contradictoriamente, encuentra en los patios y barracas del cuartel-mazmorra la escuela de vida donde termina de hacerse hombre. Allí, protegido por Shogún, qué alias, el teniente que le salva la vida, estudia primaria y secundaria, recibe una nueva catequesis y participa en combate contra las columnas senderistas que empiezan a ser aniquiladas por los yanaumas, las mesnadas campesinas que le han restado apoyo y ahora los persiguen por los páramos y descampados. En su relato, Lurgio da cuenta de los abusos contra los detenidos, campesinos en su mayoría; de las desapariciones de las muchachas senderistas cautivas y prostituidas, antes de ser aniquiladas, por soldados y oficiales; también de los hornos que servían para desaparecer tanta sevicia y barbarie. Todo en un tono de exquisita naturalidad, sin mucho arrepentimiento, como quien cuenta una historia más entre tantas. El soldado campesino ahora militaba en el campo de la legalidad y la patria en armas contra el enemigo atroz…La montaña no era una inmensa estepa verde.

Sé que el testimonio de Lurgio Gavilán Sánchez, al final del relato fraile franciscano en la selva central del Perú, otro territorio teñido de sangre, una geografía exultante donde se produjo un genocidio brutal contra asháninkas, yáneshas y nomatsiguengas, también denunciado por la CVR, ha sido recibido con asombro por la comunidad académica tanto del Perú como del extranjero, que ha encontrado en el testimonio del ahora antropólogo y candidato a Doctor por la Universidad Iberoamericana, en México –la cuarta piel de Lurgio- una radiografía exacta de lo que fue la vida para un grueso de la población ayacuchana durante los primeros años de la explosión senderista. A mí, en cambio, me ha llenado de contradicciones y me ha producido una desazón inmensa. No he podido encontrarme con esa autobiografía excepcional de la que habla Carlos Iván Degregori en el prólogo del libro; tampoco con el hombre que después de haber experimentado el horror por tantos años regresa “sin sombra de amargura, limpio de corazón” como afirma Vargas Llosa en su crítica a Memorias de un soldado desconocido. El relato de Gavilán (senderista-militar-franciscano-antropólogo) solo ha logrado que me detenga a observar los trazos de una sociedad, la nuestra, completamente enferma, esquizoide, sicótica, capaz de crear hombres que pueden mutar de piel como quien cambia de prenda de vestir. Y de verdad que me he llenado de terror.

Existe redención, claro que lo sé, y que los hombres tienen derecho a volver sobre sus pasos y restañar los daños cometidos. Entiendo la tragedia del niño campesino trasmutado en soldado de dos ejércitos tenebrosos. Lo que para mi es difícil de comprender, es la absoluta complacencia con la que nuestra intelligentsia fagocita las llamadas de atención que le manda la realidad. A Lurgio lo salvó su discreta inocencia y la suerte, se encontró en el camino con un matarife que le salva la vida y una monja que le habla de Cristo; de esa manera pudo salir del inframundo para instalarse en una “casa de acogida” que le permite sanar. ¿Quién está haciendo lo propio con los miles de víctimas del horror de la guerra interna? Un informe del Instituto Nacional de Enfermedades Mentales refiere que el 50,6 % de la población ayacuchana registra o ha registrado algún tipo de trastorno siquiátrico y que el 44 % de estos casos se debe a la muerte o desaparición de un familiar durante los años de la violencia vivida. Y en todo Ayacucho no existe un médico siquiatra a tiempo completo.

Me niego a convertir este testimonio de la guerra en manual de buena antropología o en una simple pieza literaria que conmueve por su evidente sinceridad y limpieza moral. Para mí Memorias de un soldado desconocido es un alegato contra un país injusto, poblado de ciegos atizadores de incendios por venir.

Memorias de un soldado desconocido
Autobiografía y antropología de la violencia
Lurgio Gavilán Sánchez
Instituto de Estudios Peruanos, IEP, 2012
178 p.

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Publicado el febrero 10, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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