El lector de Julio Verne, la literatura como espacio para la resiliencia

(Pantanos de Villa, Chorrillos, Lima) 1947. Provincia de Jaén, España. Un niño de nueve años, Nino, hijo de un Guardia Civil y de una sufrida mujer del pueblo, sobrevive en Fuensanta de Martos, una aldea de campesinos al pie de las montañas donde se aloja la guerrilla de Tomás Villén Roldán, Cencerro, a los  tiempos duros del Trienio del Terror (1947-1949), la etapa más violenta  de la represión franquista contra los remanentes de la inextinguible insurgencia republicana.

En esa frontera entre el monte y el llano, en ese territorio ganado por el miedo y las delaciones, la guerra no ha terminado y sus víctimas se apilan en los camposantos o habitan en silencio las casas y cortijos repletos de ausencias. A Antonino Pérez, Nino, le ha tocado crecer en el cuartel donde su padre ejerce una profesión, un destino, aleve; un oficio mal visto por los familiares de los que han muerto con una bala en la espalda o decidieron marcharse a las alturas para proseguir la rebeldía contra un Estado abusivo y matarife.  Él y sus hermanas sufren, a su manera, una prisión menos visible pero igual de insensata,  son las inocentes víctimas de un conflicto que empezó muchos años antes que nacieran y no tiene cuando acabar. Son parte, sin quererlo, de uno de los dos bandos de una guerra interminable.

Esos son los insumos básicos de una historia, real y novelada, real y conmovedora, que la estupenda Almudena Grandes, Madrid, 1960, retrata en El lector de Julio Verne, una novela sobre héroes (pobres) y tumbas en una España escindida, enfrentada, ensangrentada, que es, a su modo un alegato a favor de la esperanza y de la literatura como imaginario donde puede forjarse la resiliencia y se construyen mejores hombres y mujeres. Dice el sicoanalista Boris Cyrulnik, sobreviviente de la barbarie nazi, que las víctimas de las guerras o catástrofes de cualquier tipo no quedan necesariamente encadenadas a los traumas por el resto de sus vidas, no, por lo general suelen valerse de un poderoso antídoto para dejar atrás las pesadillas y el dolor: la resiliencia, una actitud vital, una “brisa de oxígeno” que nos permite reparar los daños sufridos, cualquiera que estos sean. La resiliencia, agrega, no brota de la soledad, del enismismamiento;  la confianza y la solidaridad de los demás, ya sean amigos o tutores, resultan condiciones para que cualquier ser humano pueda recuperar la confianza en sí mismo y volver a sonreír.

Nino encuentra en Pepe el Portugués, anacoreta casual y filósofo al paso, el tutor de resiliencia que le permite soportar el papel que juega su padre en esa escenografía de muertes y terror. Luego, conforme va creciendo y entendiendo la tragedia que se  ha posado sobre esa España presa de las ideologías y en perpetuo enfrentamiento, se refugiará en la lectura de los clásicos juveniles que una mujer de otro bando, una roja,  atesora en esa esquina del mundo donde no existe futuro ni piedad y cada noche parece la última. Al refugiarse en los libros de Verne y en las obras de los demás soñadores de la luna, el niño, apenas un  canijo, se hace fuerte y decide forjarse un camino propio. Como John Silver el Largo o Miguel Strogoff se enfrenta a su destino para ganar la libertad y derrotar al espanto.

Almudena Grandes le rinde de esta manera un homenaje a los autores que, de seguro, la acompañaron en sus años de lecturas apresuradas en la España del Caudillo vencedor, en la España de los silencios largos y la vida a plazos de los vencidos. En la España de las Joyas Literarias de editorial Bruguera. La Grandes ha confesado su fascinación por el relato de la Guerra Civil española. Yo, en cambio, lector de solo dos de los títulos de su ahora extensa bibliografía –Te llamaré Viernes y El lector de Julio Verne­- puedo dar fe de su amor por los clásicos, por todo Verne, por todo Stevenson y también del influjo que han tenido en su caso, que es el caso de Nino, las lecturas formadoras de Cervantes, Defoe, Dostoievski, Ortega y Gasset, Benito  Pérez Galdós, Darwin, Stendhal, Lope de Vega, Tolstoi y los demás  constructores de esa España invertebrada que sobrevivió a la guerra civil y pudo restañar tantas heridas.

Los lectores de El País eligieron a El lector de Julio Verne libro del año, como si con esa elección, y en esa lectura, quisieran encontrar la pausa para digerir esta crisis que le ha tocado vivir a esa otra España que sobrevivió a la Guerra Civil y supo alejarse de sus fauces. Hacen bien, la historia de Nino, el lector de Los hijos del capitán Grant, La isla misteriosa y Veinte mil leguas de viaje submarino; la de su padre  – “un hombre serio y taciturno” que se hizo Guardia Civil para escapar de la barbarie-; la de las Rubias, las seis mujeres que velan o esperan a esposos y hermanos muertos o en el monte; la del sargento Miguel Sanchís, despiadado con los republicanos y al mismo tiempo colaborador de los que siguen a Cencerro, el Robin Hood que se desplaza  en las montañas como Pedro por su casa, resultan aleccionadoras y sumamente vívidas. Como para hurgar en ellas y estar mejor preparados y poder enfrentar a los nubarrones.

El lector de Julio Verne
Almudena Grandes
Tusquets editores, 2012

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Publicado el febrero 3, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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