Diatriba contra el racismo

(Chavín, callejón de Conchucos, Áncash) La persona menos racista que he conocido en mi vida ha sido Cecilia, la madre de mis hijos. En una sociedad cutre, cargada de exclusiones y miraditas de soslayo hacia quienes conforman la inmensa “minoría social”, cholos, indios, mestizos de cualquier procedencia, negros y chinos, su mirada hacia los “otros” siempre fue de amistosa complacencia. Mientras nuestros entornos más próximos exudaban racismo, sí, racismo, esa es la palabra, ella se supo ubicar siempre en una posición de absoluta y ejemplar indiferencia. Su mundo ideal estuvo poblado de iguales, qué extraordinaria ideología la suya, cuánta añoranza recordar su magisterio igualitario.

El vóley, me imagino, los campeonatos en las ligas más insólitas de su niñez en el club Bancoper y una empleada negra de manos amorosas y vocación por engreírla siempre, debieron ser los alicientes primeros para entender que era mejor vivir entre pares que enfrentarse a la soledad de las marginaciones.

Menciono lo anterior para ingresar a un tema que en el Perú la mayoría evade pero que es, lo digo sin ningún temor a equivocarme, el problema madre, matriz, de nuestro espíritu como nación. Dicho de otra manera, en la solución de este drama intenso, antiguo por no decir milenario, extendido entre ingas y mandingas, entre blancos y no tan blancos, por las ciudades y en el campo, debería estar puesta el alma y la reflexión de los peruanos, sobre todo de aquellos que han entendido que la construcción de una sociedad mejor empieza por la destrucción (de raíz) de las taras colectivas que tantas metástasis han generado y generan en el cuerpo social.

El comentario racista del columnista despedido (sic) de Expreso resulta elocuente y vergonzoso. La afectación de Toledo, el ex presidente de la República, que inmediatamente se manifestó en legítima carta pública, toca solo de relancina el problema de fondo y lo convierte, sin querer queriendo, en efímero material político. Poner en bandeja de plata la cabeza del director de un periódico aparentemente vinculado a sus enemigos políticos, en este caso la DBA que no le perdona todavía la Marcha de los Cuatro Suyos y su antifujimorismo visceral, no acaba, ni por asomo, con tamaña evidencia de desprecio racial hacia los pobladores que viven y proceden de la sierra, el espacio geográfico que llena de orgullo a los peruanos de toda condición cuando se trata de los Caminos del Inca y Machu Picchu. Así no es la nuez, no es un asunto de grandes titulares y de inmediato pasamos a otro cosa mariposa…

Hay que aprovechar la oportunidad, el dislate (¿dislate?) de Expreso, para tocar asunto de verdadera seguridad nacional de otra manera, in extenso, en todas las ocasiones y espacios de discusión, duela a quien le duela. No podemos salirnos por la tangente y situar los problemas que nos atañen como colectivo, ahora pongo como ejemplo el tema de Gringasho, como si solo de soluciones extremas se tratase; no es oportuno ni sabio elegir el camino que propone el presidente Humala cuando llama miserable al delincuente juvenil, presiona para que lo encierren en la peor de las mazmorras del sistema penal y frunce el ceño. Eso de muerto el perro, acabada la rabia en estos casos no funciona.

No me tranquilizan las explicaciones del diario de marras, tampoco el despido del periodista inhábil, menos el rostro de contrición de quienes hicieron mea culpa. En el tema del racismo hay que ser radicales y poner todas las cartas sobre la mesa. Tiré las mías semanas atrás a través de un post en el face de Viajeros cuando manifesté a los que nos siguen por las redes sociales que no me terminaba de gustar la propuesta de la Chola Chabuca, la Paisana Jacinta y el Negro Mama y algunos lectores me respondieron diciendo que ese no era un tema de viajes, de viajeros. Insistí con un video del futbolista del Milan Prince Boateng reaccionando como se debe ante los insultos racistas del equipo rival y con una entrevista a la defensora de la dignidad negra Mónica Carrillo y algunos buenos amigos empezaron a opinar con libertad y el absoluto convencimiento de que era necesario hablar del asunto.

En fin, empecinémonos en construir una patria que no se parezca en nada a esa Sudáfrica (antes de Mandela) solapa en la que solemos vivir y que tanto daño nos hace. La verdadera inclusión social pasa por solucionar este conflicto atávico que nos tiene tan diezmados, no necesariamente por mayores desembolsos para Plan 65, Juntos o los demás programas sociales tan en boga.

Buen viaje…

 

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Publicado el enero 21, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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