La vida exagerada de Ignatius Reilly

(Chavín, callejón de Conchucos, Áncash)  “Al  desmoronarse el sistema medieval se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto” apunta  Ignatius Reilly en uno de los muchos cuadernos Gran Jefe que va tirando por el piso del cuarto que habita en la calle Constantinopla, Nueva Orleans. Ignatius, obeso, diletante, Niño Goyito, vive con su madre, una viuda que lo mima con insistencia y que resulta  la única persona en este mundo hostil que está convencida de la certeza de sus devaneos de medievalista y escritor en ejercicio de un estudio comparado que habrá de mostrar a la gente ilustrada el desastroso rumbo que ha seguido la historia en estos últimos cuatro siglos.

Ignatius lleva sobre su inmensa testa una gorra de cazador que cubre sus dos grandes orejas pobladas de pelos sin cortar, pantalones de tweed, camisa de franela y una bufanda que lo cuida de las bravuconadas del aire y del tiempo. Se acerca a los treinta años y sus credenciales académicas delatan al estudiante sempiterno y revoltoso que solo ha sido capaz de cultivar una amistad única, la de la excéntrica Myrna Minkoff, extrovertida y testaruda, amiga de las revueltas políticas y los cenáculos contestatarios, la excepción a su misoginia exagerada. La vida de Ignatius, hasta el día del incidente frente a los almacenes D.H. Holmes, había marchado sin prisas mayores, sin alteraciones mayúsculas, entre el Barrio Francés y el opaco suburbio que  apenas lo resiste: esa mañana atroz la rueda de la Fortuna, la Rota Fortunate, tan bien descrita por Boecio, otro apologista de una época ejemplar, la Edad Media, empezó a girar en su contra y todo se volvió fútil, evanescente, peligroso.

Ignatius J. Reilly el personaje principal de La conjura de los necios, la novela que inmortalizó a John Kennedy Toole, de Luisiana, Nueva Orleans, muerto por mano propia en 1969 y ganador del premio Pulitzer, en 1981, es uno de los antihéroes más desopilantes, quevedianos, exagerados de la novela norteamericana de los últimos cuarenta años. Y la obra, un insólito  manuscrito que vagó por varias editoriales sin llamar la atención, una de las grandes novelas del siglo XX.

La he leído por segunda vez y no he dejado de gozar del relato de este masturbador compulsivo, hereje adiposo, erudito falaz, filósofo de  Edipo inconmensurable, cultor de ideologías trasmutadas y siempre en ristre, consumidor de pastas y de todo lo demás. Un verdadero héroe de un mundo, el nuestro, que perdió su brújula para poblarse de seres sin sentido ni vocación heroica; vale decir, un Cid Campeador en una sociedad infestada de antihéroes: el policía Mancuso, sometido al escarnio de sus superiores que lo envían a la calle tras delincuentes que nunca podrá atrapar; la siniestra Lana Lee, aviesa propietaria del bar Noche de la Alegría, el bulín atendido por Darlene, la danzarina exótica y Jones, el portero negro que solo busca camorra; la señora Trixie y los otros empleados de Levy Pants, la fábrica de pantalones donde Ignatius ejerce su primer trabajo y que utilizará como campo de batalla  para su fracasada revolución contra una época sin teología y geometría qué defender. Una cohorte de personajes delirantes –Santa Battaglia, Gus Levy, el señor González- en el límite de la condición humana, ilógicos pero absolutamente creíbles, tan creíbles como la fantástica historia del libro de John Kennedy Toole y el premio post mortem que obtuvo gracias a la tenacidad de su madre, Thelma Toole, la abnegada mujer que visitó una y mil veces a cuanto editor pudo para que leyeran el mamotreto que su hijo había escrito durante sus días de recluta en Puerto Rico, 1962.

El mito urbano refiere que Walker Percy, sureño como Toole y editor de fuste, decidió leer por compasión el libro que una señora desconocida ofrecía con insistencia. Percy, en el segundo párrafo de la novela, empezó a  interesarse en la descripción de ese personaje excéntrico, perverso, que en las páginas siguientes le habría de convencer por su absoluto dominio de escena que estaba leyendo la trama de una gran novela americana. Reilly es hoy en día un personaje de culto, con estatua incluida en  el Bloque 800 de Canal Street, Nueva Orleans, justamente frente a los almacenes D.H. Holmes, el punto de inicio de una  historia  extraordinariamente fascinante. Para muchos de los que leímos la novela de John Kennedy Toole, resulta un moderno Quijote, con la anatomía de Sancho, enfrentado a unos molinos de viento, poderosos e inquietantes, luego de haber perdido la sesera leyendo a Boecio y  a todos los grandes cultores de un tiempo sin Freud, los autobuses Greyhound, la televisión basura, los rusos, el sexo desbordado, los proletarios, el sodomismo, la necedad…”una espada vengadora del buen gusto y la decencia”.

La conjura de los necios
John Kennedy Toole
Editorial Anagrama, 1992

 

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Publicado el enero 16, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Genial e irrepetible obra… cada vez más contemporánea… en estos tiempos de frikis

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