118. Renzo Uccelli, diez años después

(Pantanos de Villa, Lima) Conocí a Renzo Uccelli, fue un hombre bueno, transparente, sumamente honesto. Lo invité, ahora lejano 2002, a ser parte del sueño de una revista con sello propio, ajena a los lugares comunes y vital en cada una de sus apariciones. Aceptó de inmediato y envío a nuestra recién estrenada sala de redacción un  texto sobre las Torres del Paine y unas fotos sobre el corredor Vilcabamba-Amboró, en la sierra surperuana. Nos reunimos un par de veces y le propuse hacerle una entrevista, un pequeño interviú, que publicamos en ese histórico número 1 de la revista Viajeros. Fue la última que le hicieran y también la última sesión de fotos, curiosamente con él como protagonista, en la que participó.

Llegó diciembre de ese año y en la presentación de Viajeros en el auditorio de Petro Perú, nos volvimos a encontrar. “Me voy para la selva,  tengo una comisión pendiente que debo cumplir, cuando regrese nos juntamos para planear el siguiente número”, me dijo. Lo que sigue es historia conocida, Renzo no pudo volver de esa cita con su destino. La pequeña avioneta que intentaba remontar los contrafuertes del Padre Abad, en Ucayali, se estrelló contra el macizo muriendo sus pasaajeros en el acto.

La noticia conmovió a todos. En sus apurados treintaiseis años de vida, Renzo solo había sabido ganar amigos y adhesiones. Los primeros, Pichón Málaga a la cabeza, iniciaron la búsqueda de la nave siniestrada esperanzados en encontrar al avezado mocetón que creían podía haber sobrevivido en medio de tanta selva. Vana ilusión, a los pocos días la avioneta fue encontrada en la espesura del bosque con sus cuatro ocupantes sin vida. La selva, esa geografía insultante que él, como tantos de nosotros, se afanaba en desafiar, le había jugado sucio. Le había quitado esa sonrisa tierna que solía regalarnos y definía su estado vital excepcional.

Al enterarme de la noticia corrí en busca de las fotos que Álvaro Goyenechea, hoy en Valencia, le había tomado pocos días antes de su último viaje, como si se tratara de un presagio. Allí estaba Renzo, gigantesco en su amor por sus retoños, lleno de ilusiones, descuidado propietario de una vida que debió ser larga y abundante en  sueños y metas alcanzadas

Ese tesoro, el fotográfico, que pugnaban por compartirlo los periódicos de Lima y los colegas en busca de noticias fáciles, se lo entregué, a los pocos días de despedirlo para siempre, a Alejandra, su dulce compañera y albacea de una obra fotográfica inmensa y completamente original, auténtica. Ale, lo recuerdo diez años después, solo atinó a decir, sollozando: “Parece mentira, Renzo no solía tomarse fotos y mucho menos con los chicos…”. Increíble, me lo he dicho muchas veces frente al recuerdo de una mujer, joven y enamorada del muchacho de ojos claros y andar desgarbado que había decidido partir dejándonos completamente entristecidos: tanto amor y no poder contra la muerte…

A los días escribí esto que les quiero mostrar…

Buen viaje…

Los que frisamos los cuarenta, o mejor dicho, los que hace algún tiempo dejamos atrás la treintena, hemos sentido -¿acaso exagero Álvaro Rocha?, ¿me equivoco Luchín Castañeda?-, un golpe mayúsculo al confirmar el miércoles pasado la horrible noticia de la muerte en combate del más noble y más bueno de nuestros amigos de generación. Y no exagero. Con Renzo se va, triste es reconocerlo, lo mejor de los sueños que motivaron el despertar de aquella hornada de jóvenes idealistas que al despuntar los ochenta aprendió a embriagarse con el aroma a tierra apisonada que brota de los caminos y el sonido de los pájaros que pueblan los horizontes.

Fuimos una generación que se formó entre el olor a petróleo y café de cualquier parada camionera y la fe inquebrantable en un país mejor para todos. Éramos, lo ha dicho mejor que nadie Caníbal en una nota que reproducimos en esta edición, unos desadaptados. No queríamos hundir la cerviz en el monocorde compás que los mayores, léase profesores de colegio, curas sin mayor pretensión que educarnos a la fuerza, padres temerosos de la debacle nacional, nos tarareaban desde tan lejos. No quisimos militar en la causa de las satisfacciones fáciles, lo nuestro fue más bien el sin sentido de gozar privaciones sabiendo que en casa nos esperaba el lonche y los cariños de todos.

Escogimos la penumbra que muchas veces decora el ruido de la montaña y los caminos inconclusos. No supimos tolerar los acomodos y reacomodos económicos que nuestras familias conseguían mientras el país se caía a pedazos. Preferimos el hambre de la puna, las incomodidades de la ruta, las ansiedades de los controles carreteros y los caminos zigzaguenates al pie del acantilado real -y también metafórico- antes que la cómoda ubicación en la carrera tan peruana de las subeibaja sociales. Nos dejamos el pelo largo y aprendimos a platicar con otros dioses.

No nos gustó la prédica izquierdista -aunque algunos militamos en política- que había germinado en los setenta, ni supimos de pesimismos y frustraciones extraordinarias. Nos dio miedo el toque de queda pero también la posibilidad de no poder seguir estirando el brazo para que algún oportuno camión nos sacará por fin de la garita de Pucusana para emprender el viaje preparado con tanta antelación desde el bullicio de los recreos colegiales o durante las alucionaciones también de moda.

Ese fue nuestro sino vital. Viajar, gritarle al viento nuestros temores -que eran tantos-, sentir las caricias que avientan las olas, vivir de la mano con el peligro. Nadar en el mar de las ilusiones que habíamos aprendido a construir, navegar viento en popa, siempre en dirección de la epopeya y el grito absurdo. No habíamos nacido para ser animales de las veredas.

Pero el tiempo fue pasando y nos fue hablando de vez en cuando de su maldita obsesión por destruir nuestros apetitos juveniles. Entonces nos volvimos temerarios a pesar de tener que aceptar que no éramos inmortales y que la marca de los dioses salvajes que muchos de nosotros llevábamos en la frente no servía de salvoconducto para evadir la muerte y el absurdo. Así se fue Bore, así se perdieron en la ruta tantos de los nuestros. Y ahora te tocó partir, Renzo, y te confieso hermano que tu partida no nos va a ser fácil de aceptar y que resulta inconteniblemente trágica. Desproporcionadamente trágica. Emblemáticamente trágica. Te llevas a la montaña mucho de lo que fuimos como generación y los que hemos quedado al borde del camino no sabemos qué vamos hacer para recuperar los sueños perdidos. Te vamos a extrañar. Ya no más tu mirada dulce, ya no más tus renovados proyectos. Tampoco tus deseos de volver al Himalaya o tu indomable tranquilidad para hablar de lo tuyo y de lo de todos. Ya no más la ilusión que transmitían tus ojos de creyente. Solo nos queda esperar que el tiempo nos enseñe a comprender a esos dioses equivocados que te arrancaron de nosotros para  querer demostrar que nos habían derrotado. Ojalá que tu espíritu guerrero nos acompañe en las próximas batallas. Adiós, hermanito.

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Publicado el diciembre 18, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Mi dulce amigo, ¡un ser humano increíble! ¡Qué nostalgia! y qué hermoso leer este homenaje de alguien que también conoció su esperanza, su risa, su solidaridad e integridad. Gracias.

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