117. Como un antropólogo en Marte

(Zürich) La frase no es mía, desgraciadamente. Es del doctor Oliver Sacks, pionero de la neurociencia y artífice, en la vida real, de la historia que narra Despertares (Awakenings, 1990), el lúcido film que tiene por protagónico a un soberbio Robert De Niro -y amiríadas de lágrimas en los cines de todo el mundo como música de fondo. En un libro que leí hace algunos años, Sacks disecciona la vida de Temple Gradin, una autista excepcional que revolucionó con su relato vital los estudios sobre un síndrome que cada vez se hace más visible y que en la en la vida real es hoy por hoy una de las más renombradas expertas en conducta animal y adaptaciones para los mataderos de la industria ganadera de los Estados Unidos.

Bueno, como un antropólogo en Marte me he sentido todo el día de hoy en Zürich, paseando por los extramuros de su Down Town, de visita por las riberas del Zurichsee, el lago de esta maravillosa ciudad que me ha de alojar por unos días. Como Temple Gradin en la cafetería de la universidad de Illinois donde se graduó con honores. Voy a contarles por qué…

En mi ciudad, no me quejo, el desborde es lo común, el alimento cotidiano de los que andamos a pie. Somos, los que habitamos urbes como la cuatricentenaria Lima, habitantes de los excesos, de la multitud, la ciudad y el campo en tan solo pocos kilómetros cuadrados, ganados por lo general a los valles, los descampados que sí sirven y las montañas más próximas. En nuestros pagos la aglomeración es la norma, el estado vital por excelencia. Un atasco como los que Lima me lanza cada vez que vuelvo de Conchucos en el puente de Caquetá, purito Rímac, es impensable en esta Europa de ríos que jamás se desbordan y rebozan de vida…

Es la verdad y no estoy pecando de eurocentrismo.ara nada.

Hoy por la mañana recorrí la de cabo a rabo la Niederdorfstrasse, una calle peatonal, de adoquines pequeñísimos cual piezas de un vitral, que avanza paralela al río Limmat para ir a parar en la colosal catedral protestante de Grossmünster, con sus tres torres sumamente enhiestas, una de ellas de indudable estilo gótico, y distinguibles a leguas. La tradición dice que esta iglesia fue construida en el 1100 dC sobre los escombros de un templo carolingio y fue testigo excepcional de la Reforma protestante patrocinada primero por Zwingli y luego por Bullinger, dos prohombres de este cantón de tanta historia. Una representación de Carlo Magno se deja ver en la cripta de la catedral y en todos los frisos de las columnas y paredes interiores se luce el arte románico. Zambullido entre la multitud crucé el Münsterbrunke, el puente sobre el Limmat y pude ver, extasiado, el encuentro entre éste con el lago de Zürich, torres de la catedral de Fraumünster de por medio. Una epifanía para el buen gusto y el andar cosmopolita.

Andando, andando me adentré en dos barrios al lado del monumental espejo de agua de Zürich, tan sobrio y a la vez impresionante: el General Guisan Quai y el Mythen Quai, como quien dice La Punta y Chucuito, en el mutatis mutandi con la conocida provincia chalaca…y me fui llenando de impresiones, cada cual más vivida. En esta ciudad portuaria los jardines sustituyen con elegancia a los bosques de lejanas épocas y en todos reina el buen gusto y el recato. También los caminos para los paseantes, mayoritariamente parejas jóvenes con hijos a cuestas. Otro mito que se desploma: en la vieja Europa que descubro en estos días, los matrimonios recién estrenados se repiten en cada esquina y los críos que acaban de llegar al mundo no hacen otra cosa que recibir todos los mimos que imaginarse pueda. Al lado del panel interpretativo que muestra al que llegó las especies aviares que se disputan las migas de los panes que lanzan los que caminan por estos senderillos tan vitales, me quedo con la imagen de una joven madre tratando de alimentar a los patos de picos rojos y cabezas sumamente robustas que intentan ganarle el vivo al enjambre de gaviotas.

Y qué decir de los edificios de estos barrios de la extendida clase media de Zürich. En todos se amontona la calma y el estar desapercibido. Para mí que he llegado del trópico, la tranquilidad que es más que evidente en estas calles, solo tiene parangón con esa calma chicha que de chico podía observar en Santa María o San Bartolo llegados los meses del invierno, tiempo en que los veraneantes ya hace mucho habían puesto los pies en resbalosa y reinaba solo la espera, el vacío total.

Las abetos, hayas, robles, pinos de estos parques de vieja data dejan caer sus hojas tapizando de ocre el pavimento mientras que el graznar de las aves de tierra firme van anticipando la llegada de la noche. Sigo caminando y la quietud me intranquiliza. En los barrios de Panamá al lado del Casco Viejo el tropel es la divisa, lo mismo en La Habana Vieja, con sus solares y conventillos saturados de viejos sones y mulatas que observan con sigilo. Aquí no. Aquí reina la soledad y los mutismos: el de los hombres, el que se impone en sus veredad, el de sus barrios que apenas dejan entrever tras las cortinas del segundo piso el trajinar de un ama de casa o el rostro impenitente de un adulto mayor.

Me tropiezo con una estación de policía, lo más cercano a un hospital sin enfermos a la vista. En las calles de Zürich la estadística de atropellados y accidentes de tránsito debe ser una estafa (sudamericana), un sinsentido. Cruzo la gran avenida seguro de que los automóviles van a detenerse y así sucede. ¿Dónde han ido a parar los arrebatos de la esposa que clama por el marido ausente?, ¿dónde la rabieta contenida de los adolescentes en pie de lucha?.

El día de hoy he sido, no me quepa ninguna duda, un antropólogo en Marte. Como la terca y valiente Temple Grandin tratando de entender el comportamiento de esos humanos tan poco comunes.

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Publicado el diciembre 2, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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