114. Para entender a Siomi Lerner

“En el Perú todos hemos sido alguna vez revolucionarios”, la frase es de  Manuel  Bustamante de la Fuente, un jurisconsulto arequipeño que desde su escaño en el Congreso Constituyente (de 1931) se opuso firmemente a la ley de Emergencia que los áulicos al gobierno de Sánchez Cerro intentaban aprobar, y de hecho así lo hicieron, para frenar la beligerancia de los que seguían a Haya de la Torre, entonces joven político a quien la Derecha (Bruta y Achorada) de entonces acusaba de comunista.

MANIFIESTO A LOS APRISTAS

“Fraude, fraude, fraude”, no dejaban de gritar a voz en cuello los apristas del norte; estaban convencidos de que el Ejecutivo había metido las manos en las urnas para impedir el triunfo del partido del Pueblo.

No se escuchó al inteligente abogado que sería elegido, posteriormente, dos veces senador por Arequipa (seguramente hoy lo habrían acusado de caviar, de tonto útil, de antiperuano), sus palabras se las llevó el viento. La ley de Emergencia se aprobó al carpetazo en enero de 1932 y la represión no se hizo esperar. Veintidós parlamentarios apristas fueron deportados por subversivos y un grupo de periodistas independientes y políticos opositores como el Comandante Jiménez, viejo obrero del desorden, tal vez el último de los caudillos románticos, siguió la misma suerte.

1932 fue el año de la Barbarie, según Guillermo Thorndike, autor de una novela histórico sobre la revolución aprista de Trujillo; ese año fue  el inicio del martirologio aprista y el primer capítulo  de una historia de casi tres décadas de odios, asesinatos -como el de los jóvenes esposos Miro Quesada, uno de ellos director de El Comercio- conspiraciones, acusaciones de traición y actos de terrorismo que han quedado (felizmente) en el olvido.

Ese mismo año, infausto 1932, un militante aprista atentó contra la vida del presidente Sánchez Cerro en Miraflores (una bala le ingresó por la espalda y le salió por el primer intercostal izquierdo, según reza el parte médico) y cientos más de la base aprista de Trujillo intentaron tomar por asalto el cuartel O’Donovan produciéndose una estampida de terror que segó la vida de militares, hombres de a pie y disciplinarios del partido fundado por Haya de la Torre, desde entonces, para un grueso sector de la ciudadanía, una simple banda de asesinos, una gavilla de terroristas enemigos del Perú…para otros, un partido heroico, una hermandad de milicianos cuyo grito de guerra “Solo el aprismo salvará el Perú”, era un canto a la acción, a la revolución contra la oligarquía y las fuerzas retardatarias que pugnaban por mantener el statu quo.

No me fue muy fácil entender, en 1978, mozalbete aún, cómo era posible que ese anciano de rostro angelical y voz tenue, pero firme, a quien sus seguidores llamaban Jefe y al que millones de votantes acababan de ungir presidente de la Asamblea Constituyente, fuese el mismo sujeto condenado a muerte por una corte marcial en 1933, acusado, entre otras cosas, de ser autor intelectual del crimen contra Sánchez Cerro, el tristemente célebre militar finalmente abatido por una mano asesina (¿aprista?) cuando asistía a un desfile durante el conflicto bélico con Colombia.

No voy a decir que la misma suerte le espera a Abimael Guzmán, el líder de la banda terrorista que puso en jaque al país apenas iniciado la década de los ochenta (la misma que empezó con la candidatura a la presidencia de Armando Villanueva del Campo, bestia negra del aprismo auroral y terminó con Alan García, hijo predilecto de Víctor Raúl, fuera del poder), quien seguramente morirá tras las rejas; pero sí que resulta prudente empezar a explorar los caminos que debemos recorrer para reconstruir el deteriorado tejido nacional  y soñar con la reconciliación entre los peruanos.  ¿O lo que toca es construir una sola verdad, inamovible y ultranacionalista,  y  reprimir a todos los que intenten ponerla en tela de juicio?

La ruta que propone Salomón Lerner es ciertamente osada y puede se ingenua. Pero de allí a acusarlo de pro senderista –o caricaturizar su propuesta- me parece una exageración, una respuesta emocionalmente subida de tono de quienes se niegan a convivir con un grupo de peruanos que tienen  frente al fenómeno de la subversión senderista una visión diferente a la oficial.

¿Cómo hicimos los peruanos para entendernos después del baño de sangre de 1932,  inicio de una rebeldía que se prolongó por varios lustros más?  Sería bueno estudiar ese proceso y sacar las mejores conclusiones.

Luis Alberto Sánchez, el polígrafo aprista, dice que aquella “fue una guerra civil solapada, subrepticia, pero más sanguinaria que las anteriores” y que solo en la toma de Trujillo, fatídico 7 de julio de 1932 y días subsiguientes, murieron cinco mil personas. La que nos tocó vivir, la de la insania de Sendero Luminoso y el MRTA,  fue más trágica, en número de muertos  y de imágenes, pero  tarde o temprano tendrá que arribar  el tiempo de la verdadera memoria (con su cuota  de sanción  a los culpables de crímenes y abusos así como de reparaciones a las víctimas de los bandos en conflicto) y el posterior perdón,  no existe otra ruta.

Sé que defender lo que ha dicho Lerner desata la furia de muchos; sin embargo lo voy a hacer, sobre el particular, pienso como él: “El movimiento Movadef al igual que cualquier grupo con ideas de apoyo a los actos de terrorismo del pensamiento Gonzalo y de guerra contra la democracia no tienen cabida dentro de nuestro sistema político. Sin embargo, en el ejercicio de la libertad de pensamiento, si estos declinan de esas ideas pueden adecuarse e incorporarse al sistema democrático respetándolo y alejándose de sus posiciones de defensa al terrorismo del pensamiento Gonzalo y de destrucción de nuestro sistema democrático institucional. Esta posición es esencialmente constitucional y nadie puede dejar de reconocer el derecho de un grupo humano a rectificar su conducta e incorporarse a la democracia respetando las reglas de juego que esta establece”.

Buen viaje…

 

 

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Publicado el noviembre 12, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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