113. Atiquipa, amor a primera vista…

En la puerta del cuarto que habitaban los hermanos mayores de los mellizos Rubio había un cartelito que decía: el que sabe, sabe, el que no, es jefe. Terminaba la década del setenta y nosotros, mozalbetes a punto de dejar la escuela, solíamos pasar las tardes es esos pagos planeando campamentos y si es que no se podía, cualquier incursión urbana que tuviera como destino la búsqueda de sapos en los estanques del campo de golf cercano o una vulgar cacería de plantas en los jardines de la vecindad. Me han dicho que por ese barrio, el de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, vivió Gastón Acurio. Mientras él, con la complicidad de los suyos, elaboraba recetas y alborotaba cacerolas; nosotros, imberbes y levantiscos, crecíamos arropando nuestros espíritus con la preparación de viajes a tierras inhóspitas o geografías todavía no descubiertas.

Habíamos crecido leyendo a Salgari, yendo a ver los partidos de fútbol del Federico Blume, en Barranco y escuchando las andanzas de Pino, uno de los mayores del clan Rubio que por entonces ya le había dado media vuelta a Sudamérica y estudiaba ingeniería forestal en la Universidad Agraria.

Fue el propio Pino el que debió poner sobre el escritorio del “gabinete” que habíamos levantado en los extramuros de la casa de sus padres, a un par de cuadras de la tiendecita de los Wong, el nuevo derrotero a seguir: teníamos que descubrir las lomas de Atiquipa, bien al sur de nuestras fronteras iniciales. Casi en el fin del mundo. Debo decir que el Gabinete de los hermanos Rubio fue uno de los laboratorios de idealismo más espectaculares que parió esa Lima cercada por el gobierno militar y su ideología ramplona. En el gabinete de la Dos de Mayo, barricada de iconoclastas, dimos batallas ejemplares contra el hastío y la vida triste que otros empezaban a diseñar por nosotros. En ese pequeño vestíbulo, Bore, Chino, Laines, Monero, Avaro y muchos más, compartimos ilusiones con un grupo de ilusos cinco o seis años mayores: Tosineta, Miguel, el propio Fernando. Cada quien era el jefe de un destino singular que habíamos decidido planear sin dejar un milímetro siquiera para lo imposible. Éramos desenfadados, revoltosos, irreverentes; no sabíamos de dubitaciones ni de fracasos.

Atiquipa, amor a primera vista

En esos años iniciales de la década de los ochenta, nadie hablaba de calentamiento global ni de estudios de impacto ambiental en esta ciudad de tipas y garúas matutinas. Sí, en cambio, de revueltas en los andes y desbordes populares. Pino (o Fernando Rubio, como quieran llamarlo) fue ungido por unanimidad capitán general de la hueste y en pocas semanas tuvimos todo listo para salir en busca de esa tierra prometida. Nunca había visto un plano del IGN, mucho menos podía definir el concepto de loma costera, un ecosistema que solo un adelantado como él podía explicarnos. En la garita de Pucusana nos aupamos a un camión cualquiera y después de infinitas horas llegamos a las proximidades del kilómetro 600 de la Panamericana Sur para sumergirnos en una geografía inusual, esplendorosa, de la cual no hemos regresado todavía y dudo que alguna vez podamos hacerlo. En ese viaje, o de repente en el segundo, no lo puedo precisar, fuimos conociendo a Julio Sulca, Lino Segura, Bernardino Alva y oímos hablar de los Cárcamo, una estirpe de dueños de la tierra y mandones por antonomasia que imponían condiciones en un paraje perdido entre la camanchaca y los olivos más regios que se podía concebir; también de un señor Palomino que pescaba corvinas en una playa de nombre sumamente expresivo: Jihuay, Jagüey o algo por el estilo.

Me imagino que Laines (a) Jaime Rubio, uno de los pasajeros de esa primera incursión victoriosa, fue el más interesado en esa playita de olas milagrosas y pescas increíbles, los demás solo pensábamos en guardar recursos físicos para las largas caminatas por los vallecitos de Parcanajón y Llactapara que nos esperaban antes de coronar la cumbre del cerro Cahuamarca, morada de los gentiles que alguna vez poblaron estas quebradas sembradas por una andenería que se podía apreciar intacta en medio de un paisaje francamente lunar, definido por la presencia insólita de piedras gigantescas y terrazas, pequeñas y complejas, habitadas por desafiantes olivos, fresnos, taros y eucaliptos. Lo menciono porque fue Laines, quien años después, en sociedad con el Indio y de regreso de su periplo europeo, de donde volvió con una tesis sobre las lomas costeras de Atiquipa bajo el brazo: “Les lomas de Atiquipa dans la cote sud du Perou. Paris, 1995”, quien clavara pica en Jihuay, en nombre de todos nosotros, con la intención de desarrollar un proyecto agroforestal que acabo de visitar, ahíto de nostalgias y tantos buenos recuerdos, capaz de integrar parte de los sueños de una generación, la nuestra, bendecida por el idealismo y las ganas de tocar el cielo con las manos

(El Indio, es Carlos Guillén, molinero y por entonces un miembro más de esa misma tribu de urbanitas que después de haberse formado en el Gabinete de la avenida Dos de Mayo empezaba a generar alianzas con otros soñadores)

Datos para conocer el paraíso.

Ese viaje iniciático, el que hicimos a comienzos de los ochenta, fue el preludio de una invasión, pequeña seguramente, pero reiterada, que fue descubriendo en pocos años el sabor de una región inesperada de la costa arequipeña; me refiero a un bolsón entre Tanaka y Chala, una “ecozona” claramente distinguible donde las lomas definieron desde tiempos remotísimos la vida de sus pobladores. Las lomas constituyen uno de los escenarios más utilizados por los hombres y mujeres del Perú ancestral; desde tiempos remotos la franja costera toda fue una inmensa estepa verde por acción de la nubosidad que los vientos del Pacífico empujan sobre las estribaciones y pendientes andinas de la región también llamada Chala. Estas tímidas nubes al chocar contra los cerros -durante los meses de mayo a octubre- humedecen la tierra generando ciclos biológicos impactantes.

En Atiquipa y alrededores, lo he comprobado en cada uno de mis retornos, la presencia de restos arqueológicos testimonian una intensa ocupación humana beneficiada, obviamente, por la inusual despensa de agua. Desde Puerto Inca, en Quebrada de la Vaca (o Huaca, al decir del investigador Hermann Trimborn, explorador en la zona desde 1967) hasta bien al sur de Silaca, la andenería es el común denominador de una región que en épocas pretéritas debió albergar a mucho más población que la que encontramos en la actualidad en los pueblos del distrito de Atiquipa. Las terrazas de cultivo que llegan hasta el mar, las chullpas, los caminos, los aposentos de gran dimensión, los corrales (que albergaron una nutrida población de llamas, a juzgar por los restos de excremento de camélidos que se ha hallado en estos sitios) se desparraman, eso anoté en uno de mis cuadernos de campo del año 1983, por todos lados. Son las evidencias de una sociedad, citando a Jared Diamond, sumamente organizada que colapsó en algún momento de su desarrollo dejándonos solo las huellas, en la aridez del desierto y las playas de arena y piedras, de su antiguo esplendor.

Trimborn comenta en su trabajo pionero sobre la zona que las condensaciones de las neblinas, la presencia de agua a poca distancia de la superficie y la abundancia de peces y mariscos en las playas y cercanías, debido principalmente al influjo de la corriente de Humboldt, hicieron posible el asentamiento de grupos humanos (y animales) que le dieron vida –orden y concierto- a este oasis en medio de la nada. ¿Cuánta gente vivió en este paraíso?, ¿Se trató de una población que utilizó el espacio durante todo el año o sus integrantes solo se instalaba estacionalmente para sacar provecho de los cultivos agrícolas y marinos, uno de ellos el magnífico cochayuyo? Incógnitas que algún día, espero, esperamos, se irán disipando.

El fundo de Laines en Jihuay, una vuelta al pasado

La semana pasada volví a Jihuay, esta vez con un grupo de amigos distinto, más formal y circunspecto, menos loco pero igual de entusiasta. Con Jani, Eliana, Jackie, Pepe y Carlos Reaño, ingresamos al territorio de Atiquipa para conocer un poco más del ecosistema lomero y tomarnos un descanso viendo el mar y escuchando el susurro de sus olas dormitando sobre una playa inmensa, de arena fina y paisaje sobrecogedor. Las dos casas que Laines ha construido en la margen derecha de la quebrada de Jihuay son espléndidas, están muy bien acondicionados y aptas para revivir visitantes…para nada se oponen o interrumpen el paisaje (ese fue mi temor en el 98, cuando visité el proyecto); por el contrario, le dan a la playa y al oasis, una contemporaneidad y un toque de civilización (civilizada) muy positiva: recordemos que Jihuay, Silaca y Cahuamarca, Moca y Puerto Inca, son solo los vestigios inertes, materiales, que nos legaron unos pueblos de gentiles que supieron aprovechar el territorio para continuar la especie.

Para eso construyeron adoratorios, surcaron la tierra, penetraron en el mar anchuroso y bravío que tenían al frente, se enfrentaron a los temblores y a los demás fenómenos adversos de la naturaleza, desafiaron la muerte y perduraron.

Fueron desenfadados, revoltosos, irreverentes (ante la naturaleza y sus Dioses); en su credo, estoy seguro, no hubo espacio para la dubitación ni los fracasos. En eso he pensado todos estos días, mientras hablaba en el recuerdo con mi querido amigo Bore –Ernesto Rubio- que ya no está y con quien más de una vez navegué por los contornos de la prodigiosa Atiquipa, la tierra prometida que asimos en un momento clave de nuestra primera juventud y no hemos dejado de contemplar.

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Publicado el noviembre 10, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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