111. Hablando de periodismo en el Día del Periodista

Mi primer artículo periodístico, en realidad mi primera nota informativa –eso era realmente, la publiqué en un pasquín que se llamaba Contacto y lo editábamos unos mozalbetes imberbes del colegio donde estudié. Uno de ellos era Nano Guerra García, otro periodista aunque se niegue a aceptarlo. En el boletín de la Recoleta del lejano 1980 dice algo así: “Guillermo Reaño quiere estudiar ciencias de la comunicación, quiere ser periodista…”.

Entonces quería emular a un cronista ariqueño, pobretón y desprendido, que en los duros años de la ocupación chilena de su tierra cautiva dejó todo, familia, expectativas profesionales, comodidades, para dedicarse, junto a los hermanos Barreto, José María y Federico, a la causa de la reivindicación, al alegato en pro de los derechos conculcados. No lo conocí, pero los ecos de su audacia y sacrificio abrigaron los primeros años de mi infancia. Se llamaba Gerardo Vargas, era mi bisabuelo.

Al tiempo, un tío mío, Jorge Beingolea, que sabía de mis inclinaciones vocacionales concertó una cita entre este mocetón que quería escribir sobre literatura e historia con Luis Jaime Cisneros, por entonces director del más extraordinario intento del nuevo periodismo, el diario El Observador. Luis Jaime, lo recuerdo ya anciano y pulquérrimo, me recibió con atenciones extraordinarias y cuidados que agradezco. No voy a decir que me dio la chamba, pero el trato personal y lo austero de su oficina me convencieron de que el camino que había elegido era el correcto.

Por entonces leía con avidez a Basadre, Luis Alberto Sánchez, Riva Aguero, Porras Barrenechea, Ciro Alegría, López Albújar, Arguedas, Abraham Valdelomar, José Carlos Mariátegui. también a Guillermo Thorndike, sus libros sobre Manguera Villanueva, el año de la barbarie contra el aprismo insurreccional y su trilogía sobre la Guerra del Pacífico me conmovieron, fueron un hallazgo extraordinario. Fue mi etapa de necesaria formación peruanista.

En la universidad, con otros jóvenes iconoclastas, pergeñé, a punto de mimeógrafo y horas restadas al sueño, un segundo panfleto periodístico de nombre infausto: CEFECC Informa, una especie de Pekín Informa pero más rojo todavía. Eran tiempos duros, vivíamos, los chicos de mi facultad, envueltos entre dos fuegos, el senderismo criminal y la bufalería aprista. Por allí todavía me encuentro (virtualmente) con  el líder de Patria Roja que hizo todo lo posible por conquistar nuestros afectos. De esa gallada algunos nombres: Samuel Abad, Raúl Chanamé, Jorge Chávez, Miguel Rico, Darwin Alvarado…

Debo decir , en honor a los maestros que iluminaron esos años formativos, que tuve uno en particular, uno que me enseñó a ser veraz con el manejo de las fuentes y el apetito por el estudio: Alejandro Romualdo, el poeta. Gracias a él dejé mi fascinación por la peruanidad monda y lironda para adentrarme en el mundo de los clásicos. Nos hizo leer, de la primera página a la última, las principales obras de la literatura greco-romana. Leí como un poseso, día tras día; al trasto Marx, Lenin y Mao. En esos patios conocí a Horacio Zeballos, fúsil de palo en la mano, llamándonos a la acción.. “Del campo a la ciudad, viva la lucha armada”. Salvo Julio Ramón Ribeyro no he conocido a alguien tan delgado, tan enjuto como este histórico apóstol comunista. Debía estar dando las últimas batallas contra el cáncer. 

En esos mismos pasillos vi salir disparado a César Hildebrandt; un compañero de cuitas dejó caer una carpeta desde el cuarto piso justo cuando él pasaba rumbo a la sala donde lo esperábamos para cercarlo con preguntas de todo tipo. El Chato dio media vuelta y se fue, campante, como si nada hubiera pasado. Lamenté lo sucedido, me pareció (y me sigue pareciendo) un brote de intransigencia deleznable.

Escribíamos todo el día y nunca dejábamos de hablar de política. En Arequipa, en un congreso estudiantil, conocí a gente más brava que nosotros y casi casi nos trepamos a un barco con destino a Nicaragua. Patria o muerte, solíamos decir al acabar (y al empezar nuestras reuniones). Un día, por impulso de un amigo entrañable que partió temprano, Bore Rubio, conocí el colegio Los Reyes Rojos. Mi último artículo en el “pro-pekinés” panfleto de nuestra facultad fue sobre un joven heterodoxo que me acababan de presentar: Constantino Carvallo, uno de los grandes maestros de la pluma que he conocido en mi andar profesional y una de las personas que más ha impulsado mi afán por trotar por todas partes. Fue un amigo especial, un anarquista, un maestro de idealismo. Si no hubiera sido por la maravillosa escuela que fundó hubiera sido el líder del mejor diario o revista de estos pagos. Olfato era lo que menos le faltaba.

Fue él quien recomendó mi nombre, !apenas tenía veinte abriles!, pidiendo que me admitieran en el consejo directivo de la revista Eguren, que por entonces dirigían Jorge Eslava, Giovana Pollarollo y un consagrado más. Mi primera comisión: un par de reseñas, una sobre las Obras Completas de José María Arguedas y otra sobre El Origen de las Especies, el libro de Charles Darwin. Escribí la entrada al artículo de Sybila Arredondo, mi vieja amiga de toda la vida, a ella la visité en el penal de Chorrillos sin temer problemas posteriores o miradas de rechazo. Qué mujer tan valiente y corajuda: acero y paloma, creo que la frase feliz de esa nota la puso Constantino. Cuánto hicimos por acompañar a Inti, su último hijo, mientras permaneció, altiva como una reina, en las cárceles de Lima. Por ella conocí a otra grande, su madre, Matilde Ladrón de Guevara, una poetisa chilena que enorgullece a sus compatriotas. En Valparaíso, en la casa de Neruda, pensé mucho en ella, otra madre coraje.

Mi primer texto en un diario peruano es del 84, lo escribí para el suplemento dominical de El Diario de Marka cuando todavía no había caído totalmente en manos de Sendero Luminoso pero que, lo admito, lo termino de digerir treinta años después, coqueteaba sin desparpajos con el gonzalismo. El enlace -enlace, que feo suena la palabra- debió ser Rafael Dávila, el poeta que amó como pocos a Maritza Garrido Lecca, la bailarina del piso de arriba, para parafrasear a Nicholas Shakespeare y su errática novela sobre el terror en lo Andes y la captura del cabecilla terrorista. Con Rafael y Maritza solíamos hablar de política, de literatura, quién iba a imaginar los extremos a los que llegaría su obsesión por Guzmán. El día de la captura de Abimael, hace veinte años, Rafo tocó la puerta de mi casa pidiendo auxilio, medio país lo andaba buscando. “¿Abro?”, le pregunté a Cecilia, mi maravillosa compañera y ella me colocó en el andarivel de mis sueños y lealtades. “Es tu amigo, tienes que recibirlo”.

Durante la década de los ochenta me dediqué con pasión a los estudios históricos. Constantino quedó fascinado con los artículos de Basadre que le presté y de inmediato organizó a la tribu -Miguel Rubio, David Roca, Henry y Michel Mitrani, Fito Luján, Margarita Ramírez- y nos lanzamos a publicar “Nuestra historia”, un bonito compendio de estampas peruanistas que ensalzaban el valor a la patria ideal. Una especie de reportaje dando cuenta de la historia que debían consumir los chicos del Perú que estábamos construyendo. Lindo proyecto, lo continué de alguna manera con la publicación de mi libro “Los años difíciles” unos años después. 

En los noventa, bien avanzados, volví a mis cuitas históricas periodísticas en el diario El Sol. Allí, gracias a una invitación de David Roca, tuve a mi cargo una columna de bonito nombre y recordación personal: Tiempo de Historia. Me imagino que mis colaboraciones debieron haber sido publicadas durante cien semanas: todo un éxito. De la sección editorial pasé a la revista Mira del mismo diario con Paco Tumi, mi nuevo editor, Juan Carlos Lázaro, Patricia Melgarejo, el entonces jovencísimo escritor Santiago Roncagiolo, Carlitos Lezama y otros buenos amigos más. También Sonaly, me acabo de acordar. Prisionero en Villa, me había metido como un loco en una fascinación, el birdwatchismo, las pesquisas aviares en mi territorio más próximo: los pantanos de Chorrillos. Eso marcó mi regresó al periodismo como fundamento vital, como pasión por la vida, como pan de cada día. De allí vendrían los años en Rumbos, con Mariela Goyenechea a la cabeza y una pléyade de notables colaboradores: Heinz Plenge, Walter Wust, Walter Silvera, Alejandro Balaguer, Renzo Ucelli y muchísimas estrellas más del viajerismo peruano. Luego vendría Viajeros pero esa es otra historia. Lo último para terminar, Rosendo Maqui alguna vez me preguntó: ¿cuándo te sentiste por primera vez un periodista? Mi respuesta fue absoluta: “Cubriendo un reportaje para Rumbos, en el cañón del Colca, una turista alemana daba vueltas por mi cabaña en el lodge de Chivay esperando llamar mi atención. Salí, bricherísimo, pañuelo en el cuello y sonrisas de galán. La dama tenía un ejemplar de la revista en la mano y señalando mi nombre me pidió, por señas, un autógrafo”. Fui feliz, hasta ahorita.

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Publicado el noviembre 2, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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