Archivos diarios: noviembre 2, 2012

111. Hablando de periodismo en el Día del Periodista

Mi primer artículo periodístico, en realidad mi primera nota informativa –eso era realmente, la publiqué en un pasquín que se llamaba Contacto y lo editábamos unos mozalbetes imberbes del colegio donde estudié. Uno de ellos era Nano Guerra García, otro periodista aunque se niegue a aceptarlo. En el boletín de la Recoleta del lejano 1980 dice algo así: “Guillermo Reaño quiere estudiar ciencias de la comunicación, quiere ser periodista…”.

Entonces quería emular a un cronista ariqueño, pobretón y desprendido, que en los duros años de la ocupación chilena de su tierra cautiva dejó todo, familia, expectativas profesionales, comodidades, para dedicarse, junto a los hermanos Barreto, José María y Federico, a la causa de la reivindicación, al alegato en pro de los derechos conculcados. No lo conocí, pero los ecos de su audacia y sacrificio abrigaron los primeros años de mi infancia. Se llamaba Gerardo Vargas, era mi bisabuelo.

Al tiempo, un tío mío, Jorge Beingolea, que sabía de mis inclinaciones vocacionales concertó una cita entre este mocetón que quería escribir sobre literatura e historia con Luis Jaime Cisneros, por entonces director del más extraordinario intento del nuevo periodismo, el diario El Observador. Luis Jaime, lo recuerdo ya anciano y pulquérrimo, me recibió con atenciones extraordinarias y cuidados que agradezco. No voy a decir que me dio la chamba, pero el trato personal y lo austero de su oficina me convencieron de que el camino que había elegido era el correcto.

Por entonces leía con avidez a Basadre, Luis Alberto Sánchez, Riva Aguero, Porras Barrenechea, Ciro Alegría, López Albújar, Arguedas, Abraham Valdelomar, José Carlos Mariátegui. también a Guillermo Thorndike, sus libros sobre Manguera Villanueva, el año de la barbarie contra el aprismo insurreccional y su trilogía sobre la Guerra del Pacífico me conmovieron, fueron un hallazgo extraordinario. Fue mi etapa de necesaria formación peruanista.

En la universidad, con otros jóvenes iconoclastas, pergeñé, a punto de mimeógrafo y horas restadas al sueño, un segundo panfleto periodístico de nombre infausto: CEFECC Informa, una especie de Pekín Informa pero más rojo todavía. Eran tiempos duros, vivíamos, los chicos de mi facultad, envueltos entre dos fuegos, el senderismo criminal y la bufalería aprista. Por allí todavía me encuentro (virtualmente) con  el líder de Patria Roja que hizo todo lo posible por conquistar nuestros afectos. De esa gallada algunos nombres: Samuel Abad, Raúl Chanamé, Jorge Chávez, Miguel Rico, Darwin Alvarado…

Debo decir , en honor a los maestros que iluminaron esos años formativos, que tuve uno en particular, uno que me enseñó a ser veraz con el manejo de las fuentes y el apetito por el estudio: Alejandro Romualdo, el poeta. Gracias a él dejé mi fascinación por la peruanidad monda y lironda para adentrarme en el mundo de los clásicos. Nos hizo leer, de la primera página a la última, las principales obras de la literatura greco-romana. Leí como un poseso, día tras día; al trasto Marx, Lenin y Mao. En esos patios conocí a Horacio Zeballos, fúsil de palo en la mano, llamándonos a la acción.. “Del campo a la ciudad, viva la lucha armada”. Salvo Julio Ramón Ribeyro no he conocido a alguien tan delgado, tan enjuto como este histórico apóstol comunista. Debía estar dando las últimas batallas contra el cáncer. 

En esos mismos pasillos vi salir disparado a César Hildebrandt; un compañero de cuitas dejó caer una carpeta desde el cuarto piso justo cuando él pasaba rumbo a la sala donde lo esperábamos para cercarlo con preguntas de todo tipo. El Chato dio media vuelta y se fue, campante, como si nada hubiera pasado. Lamenté lo sucedido, me pareció (y me sigue pareciendo) un brote de intransigencia deleznable.

Escribíamos todo el día y nunca dejábamos de hablar de política. En Arequipa, en un congreso estudiantil, conocí a gente más brava que nosotros y casi casi nos trepamos a un barco con destino a Nicaragua. Patria o muerte, solíamos decir al acabar (y al empezar nuestras reuniones). Un día, por impulso de un amigo entrañable que partió temprano, Bore Rubio, conocí el colegio Los Reyes Rojos. Mi último artículo en el “pro-pekinés” panfleto de nuestra facultad fue sobre un joven heterodoxo que me acababan de presentar: Constantino Carvallo, uno de los grandes maestros de la pluma que he conocido en mi andar profesional y una de las personas que más ha impulsado mi afán por trotar por todas partes. Fue un amigo especial, un anarquista, un maestro de idealismo. Si no hubiera sido por la maravillosa escuela que fundó hubiera sido el líder del mejor diario o revista de estos pagos. Olfato era lo que menos le faltaba.

Fue él quien recomendó mi nombre, !apenas tenía veinte abriles!, pidiendo que me admitieran en el consejo directivo de la revista Eguren, que por entonces dirigían Jorge Eslava, Giovana Pollarollo y un consagrado más. Mi primera comisión: un par de reseñas, una sobre las Obras Completas de José María Arguedas y otra sobre El Origen de las Especies, el libro de Charles Darwin. Escribí la entrada al artículo de Sybila Arredondo, mi vieja amiga de toda la vida, a ella la visité en el penal de Chorrillos sin temer problemas posteriores o miradas de rechazo. Qué mujer tan valiente y corajuda: acero y paloma, creo que la frase feliz de esa nota la puso Constantino. Cuánto hicimos por acompañar a Inti, su último hijo, mientras permaneció, altiva como una reina, en las cárceles de Lima. Por ella conocí a otra grande, su madre, Matilde Ladrón de Guevara, una poetisa chilena que enorgullece a sus compatriotas. En Valparaíso, en la casa de Neruda, pensé mucho en ella, otra madre coraje.

Mi primer texto en un diario peruano es del 84, lo escribí para el suplemento dominical de El Diario de Marka cuando todavía no había caído totalmente en manos de Sendero Luminoso pero que, lo admito, lo termino de digerir treinta años después, coqueteaba sin desparpajos con el gonzalismo. El enlace -enlace, que feo suena la palabra- debió ser Rafael Dávila, el poeta que amó como pocos a Maritza Garrido Lecca, la bailarina del piso de arriba, para parafrasear a Nicholas Shakespeare y su errática novela sobre el terror en lo Andes y la captura del cabecilla terrorista. Con Rafael y Maritza solíamos hablar de política, de literatura, quién iba a imaginar los extremos a los que llegaría su obsesión por Guzmán. El día de la captura de Abimael, hace veinte años, Rafo tocó la puerta de mi casa pidiendo auxilio, medio país lo andaba buscando. “¿Abro?”, le pregunté a Cecilia, mi maravillosa compañera y ella me colocó en el andarivel de mis sueños y lealtades. “Es tu amigo, tienes que recibirlo”.

Durante la década de los ochenta me dediqué con pasión a los estudios históricos. Constantino quedó fascinado con los artículos de Basadre que le presté y de inmediato organizó a la tribu -Miguel Rubio, David Roca, Henry y Michel Mitrani, Fito Luján, Margarita Ramírez- y nos lanzamos a publicar “Nuestra historia”, un bonito compendio de estampas peruanistas que ensalzaban el valor a la patria ideal. Una especie de reportaje dando cuenta de la historia que debían consumir los chicos del Perú que estábamos construyendo. Lindo proyecto, lo continué de alguna manera con la publicación de mi libro “Los años difíciles” unos años después. 

En los noventa, bien avanzados, volví a mis cuitas históricas periodísticas en el diario El Sol. Allí, gracias a una invitación de David Roca, tuve a mi cargo una columna de bonito nombre y recordación personal: Tiempo de Historia. Me imagino que mis colaboraciones debieron haber sido publicadas durante cien semanas: todo un éxito. De la sección editorial pasé a la revista Mira del mismo diario con Paco Tumi, mi nuevo editor, Juan Carlos Lázaro, Patricia Melgarejo, el entonces jovencísimo escritor Santiago Roncagiolo, Carlitos Lezama y otros buenos amigos más. También Sonaly, me acabo de acordar. Prisionero en Villa, me había metido como un loco en una fascinación, el birdwatchismo, las pesquisas aviares en mi territorio más próximo: los pantanos de Chorrillos. Eso marcó mi regresó al periodismo como fundamento vital, como pasión por la vida, como pan de cada día. De allí vendrían los años en Rumbos, con Mariela Goyenechea a la cabeza y una pléyade de notables colaboradores: Heinz Plenge, Walter Wust, Walter Silvera, Alejandro Balaguer, Renzo Ucelli y muchísimas estrellas más del viajerismo peruano. Luego vendría Viajeros pero esa es otra historia. Lo último para terminar, Rosendo Maqui alguna vez me preguntó: ¿cuándo te sentiste por primera vez un periodista? Mi respuesta fue absoluta: “Cubriendo un reportaje para Rumbos, en el cañón del Colca, una turista alemana daba vueltas por mi cabaña en el lodge de Chivay esperando llamar mi atención. Salí, bricherísimo, pañuelo en el cuello y sonrisas de galán. La dama tenía un ejemplar de la revista en la mano y señalando mi nombre me pidió, por señas, un autógrafo”. Fui feliz, hasta ahorita.

110. Parque Nacional Alto Purús: Extraños en el Paraíso

La noticia parecía una broma de mal gusto, de esas que se hacen para embaucar a los incautos un  Día de los Inocentes. Sin embargo era cierta, el proyecto de ley del congresista por Ucayali Carlos Tubino que declara de necesidad pública la conectividad terrestre entre las ciudades de Puerto Esperanza, en la provincia de Purús, Región Ucayali, e Iñapari, en Tahuamanu, Madre de Dios, acababa de recibir el visto bueno de la Comisión de Transportes y Comunicaciones del Congreso de la República quedando expedito para su puesta en debate durante la legislatura que se acaba de inaugurar.

En las oficinas públicas de Puerto Esperanza, la capital de la lejana provincia ucayalina, más de uno de sus funcionarios podía darse por satisfecho: se estaba cumpliendo un movimiento más, tal vez el de mayor importancia, del orquestado plan que tiene por objeto desmontar uno de las más elaboradas iniciativas conservacionistas que los peruanos hemos impulsado en el afán de salvar de la muerte a una de las regiones más biodiversas del Perú y tal vez de todo el planeta. Nos estamos refiriendo a los territorios que comprenden el Parque Nacional Alto Purús y la Reserva  Comunal Purús, las dos áreas naturales protegidas que se crearon en el año 2004 por vox populi y exigencia de la realidad. Una historia triste, de apresuramientos y verdades propias del siglo que acabamos de dejar atrás.

Una tierra rica en riquezas de todo tipo

El Parque Nacional Alto Purús es una joya de la naturaleza (y del Sistema Nacional de Áreas Protegidas por el Estado) de más de dos millones de hectáreas cuyos récords mundiales en biodiversidad asombran hasta a los más escépticos. Su riqueza  natural es desproporcionada: posee el récord mundial en diversidad de mamíferos con 86 especies y la más alta concentración de aves del planeta, con 516 especies. Es el hogar de criaturas amenazadas como el águila arpía (Harpia harpyja),  el lobo de río gigante (Pteronura brasiliensis) o el guacamayo verde cabeza celeste (Primolius couloni). Es también uno de los lugares de la Amazonía con mayor concentración de caoba y refugio, entre tantas otras fantasías, de un impresionante número de especies de mariposas. En cuanto a pueblos indígenas y culturas locales  se refiere, las provincias de Purús y  de Tahuamanú, en Madre de Dios, las dos unidades políticas donde se estableció el Parque, son refugio y territorio ancestral de un mosaico étnico valiosísimo que en lo fundamental está conformado por dos grandes familias lingüísticas, la Pano y Arawak, que en orden de mayor a menor población está representada a su vez por comunidades cashinahuas, sharanahuas, culinas, mastanahuas, asháninkas, arahuacas y piros. Todas, dependientes del bosque; todas, celosas guardianes de sus costumbres, ritos, danzas, música y vestimenta.

Por si fuera poco y como consecuencia de la estrategia de protección que empezó a gestarse en el año 2000 cuando el Estado peruano declaró Zona Reservada a un bolsón de más de cinco millones de hectáreas, el Parque Nacional Alto Purús y la Reserva Comunal Purús están rodeados por reservas creadas a favor de los pueblos indígenas en aislamiento voluntario mashco piro, murunahua y curanjeño. La presencia de estos grupos humanos trashumantes está avalada por las evidencias que constantemente se van encontrando precisamente por donde está previsto el trazo de la carretera que los interesados en el proyecto del congresista Tubino quieren construir. Este maravilloso engranaje compuesto por las áreas protegidas, territorios indígenas, concesiones forestales, conforman  el Complejo Purús, uno de los más importantes corredores de conservación de la Amazonía.

Este universo prístino y maravilloso se ha mantenido así por la inexistencia de carreteras. Debe ser cierto, los bosques de la provincia de Purús, también sus ríos y cochas, lo acabamos de repasar, albergan poblaciones saludables de especies de flora y fauna que en otros sectores de la Amazonía peruana hace tiempo que se encuentran en franco declive. Esto los saben muy bien los funcionarios del SERNANP, la comunidad científica internacional, las organizaciones técnicas nacionales y del extranjero, una de ellas la WWF, también una opinión pública preocupada de verdad por la preservación de nuestras riquezas naturales y culturales.

Una carretera para llegar al paraíso

Este Edén tan particular tendría las horas contadas de aprobarse la integración vial que propugna un sector de la población asentada en la  ciudad de Puerto Esperanza, un bolsón de cemento y oficinas públicas en medio del bosque. Este grupo beligerante, y sumamente influyente, ha decidido rebelarse en contra de las leyes de la República, al iniciar, haciendo caso omiso a las normas de protección ambiental vigentes,  la construcción de una trocha de casi quince kilómetros sobre tierras que el Estado entregó en concesión a terceros (en este caso a la asociación de pobladores MABOSINFROM).  Alentados por la intransigencia de algunos líderes locales y  el apoyo de influyentes personalidades en Lima, aducen un supuesto (y a veces real) abandono estatal para proponer a  voz en cuello y de manera hostil la conexión, vial o ferroviaria, con Iñapari, una localidad al borde de la carretera Interoceánica.

Para este grupo citadino, un 20 por ciento de la población de Purús (apenas mil pobladores de la capital provincial) el sistema regional de áreas protegidas que con tanto esfuerzo se logró construir en  los últimos años obstaculiza en grado sumo sus “legítimas” pretensiones de interconexión vial. En otras palabras, la conservación no sirve y los que defienden el modelo ambiental son enemigos del progreso o simplemente individuos al servicio de intereses foráneos, transnacionales. En la prensa local y regional, en la radio parroquial, los insultos hacia instituciones serias, de reconocida trayectoria han sido tremendos.  Olvidan los que proponen la carretera a toda costa que construir una vía de este tipo en un área protegida del rango que tienen tanto el Parque Nacional Alto Purús como la Reserva Comunal Purús resulta inconstitucional. No toman en cuenta que el papel del Estado en casos como éste es precisamente el de velar por la protección irrestricta de los bienes comunes, espacios de vida donde habitan seres humanos que mayoritariamente quieren seguir viviendo en armonía con el bosque y sus demás sistemas de vida.

Para salir del embrollo

Las fronteras verdes, vale decir los segmentos interestatales definidos por la común propiedad de áreas naturales reguladas por marcos de protección adecuados, comenta el científico John Terborgh, una autoridad mundial en el estudio de ecosistemas tropicales, deben empezar a  remplazar a las fronteras vivas, un viejo concepto del siglo XX que se esconde tras la norma que pretende aprobar el congresista Tubino. Para ello hay que dar más pasos adelantes de los que se han dado y proponer para Puerto Esperanza una apropiada conexión aérea, un puente aéreo eficiente y bajo control independiente. Como lo ha manifestado el jefe del Parque Nacional Alto Purús, el biólogo Arsenio Calle,  y lo refrendan los comunicados firmados por las más altas autoridades de las federaciones indígenas de Ucayali  (ORAU) y Madre de Dios (FENAMAD),  las poblaciones nativas no ven con buenos ojos la pretensión carretera. Para ellos es claro que detrás de la intransigencia de quienes exigen la interconexión vial se esconden oscuros intereses ligados a la explotación descontrolada del cedro y la caoba, otra de las tantas riquezas de la provincia del Purús.

¿Quién ganará esta batalla en el corazón del paraíso? Es evidente que la razón está del lado de la población indígena y de quienes los acompañan en su justa lucha por salvar el bosque. Por ello es que se necesita que la opinión pública local, regional y nacional esté mejor informada y respalde el Plan de Acción para la Provincia de Purús, un documento aprobado en el 2008 que sienta las bases para el desarrollo sostenible y concertado de esta importante región de la patria, frontera entre dos países y a su vez,  entre dos momentos históricos: el actual, definido por el apuro por la extracción de los recursos naturales y el del futuro, caracterizado por el respeto a la naturaleza y a sus hombres. En el Purús, la población indígena ha entendido que el porvenir se construye a partir del respeto de los ecosistemas y las tradiciones ancestrales. Ese es el camino para la verdadera integración de los peruanos.