108. Después de Dakar, ¿qué?

Quedé como un enemigo del vacilón, de la fiesta del Perú moderno que todos están festejando. Como un verdadero aguafiestas. Y todo por ser consecuente con una preocupación que me obsesiona: privilegiar el futuro antes que cualquier otra cosa, ser hincha del país que queremos heredar a los que vienen. Me encantan los rallyes, el Dakar lo he venido siguiendo desde que se realizaba en África, mucho antes de su arribo a Sudamérica, mucho antes de que se convirtiera en una moda, en un artículo más para la voracidad del Homo consumus. En esta versión del 2012, además, iba a participar un sobrino mío, Ignacio Flores, el hijo de Patricia Seminario y del Negro Flores, camaradas desde hace tantos años. Con él tengo que reunirme para que me cuente sus impresiones. Y no precisamente las de la competencia en sí; sino aquellas que le van a dar asidero (o no) a lo que he estado diciendo en estos días de unanimidad automovilística y marca Perú.

Sostengo una verdad que es un lugar común para los que observamos la naturaleza. En todos los espacios físicos por donde nos movemos, se mueve también la vida. Y no necesariamente la humana, la nuestra; no, me refiero a la compleja diversidad biótica que se explaya en cada uno de los tantos y tantos ecosistemas del espléndido territorio que poblamos. Los desiertos, las dunas, las pampas del litoral, las playas por donde pasaron automovilistas, equipos de apoyo y todos los sapos que la versión peruana del Dakar convocó, representan espacios pletóricos de vida que, si somos consecuentes con el rollo de la sostenibilidad y todo lo que el concepto significa, debemos cuidar, preservar, tratar con cariño. La impresión que me queda después del rally de marras es que esas consideraciones caviaronas no se tomaron en cuenta. Se privilegió el fiestón, la posibilidad de estar en las marquesinas de la aldea global. no el manejo adecuado de eso que nuestros capitanes de barco empiezan a mencionar en sus conversaciones en el club de playa o en la oficina: la biodiversidad (que por cierto no solo se encuentra en la fastuosa Amazonía, sino en todos los rincones del Perú, en los balnearios de Asia, en Pisco, en San Fernando, en Nazca, en Arequipa, en Moquegua, en Tacna, a lo largo de todo el recorrido del raid).

Hubiera sido ideal que las autoridades concernidas en este tema hubiesen puesto esas cartas sobre la mesa antes de hablar de exposición de marca y de otras consideraciones de branding. Hubiéramos tenido, todos, una clase nacional de respeto por nuestro patrimonio. En otras palabras, nos hubiera encantado que los encargados de negociar –en primera línea- con los organizadores de la afamada (y cuestionada) carrera hubiesen sido los responsables de los ministerios del Ambiente y de Cultura y no precisamente Francisco Boza, el eficiente presidente del Instituto Peruano del Deporte (IPD) y los funcionarios del Mincetur, que desde hace varios días todo lo ven indicadores del crecimiento del turismo. ¿O acaso no estamos celebrando el Año de la Integración Nacional y el Reconocimiento de nuestra Diversidad?

Entonces se hacía necesario, pienso, una precisión de inicio que no hemos visto que se haya dado. Y que conste que el Dakar ha pasado por las zonas de amortiguamiento de la Reserva Nacional de Paracas y la Reserva Nacional de San Fernando, las dos joyas de nuestro aún débil sistema de protección marino-costero.

En fin, yo también celebro el entusiasmo ciudadano por la carrera más famosa del planeta. Espero, eso sí, que se inicie, en todas las instancias, sobre todo en la académica, el debate sobre los impactos sobre el ambiente de un evento como el que estamos comentando, sobre todo ahora que empezamos como colectivo a ilusionarnos con la versión del próximo año. Nuestra inserción en la modernidad está trayendo como consecuencia el descubrimiento de un territorio en mucho y hasta hace relativamente poco tiempo, virginal y salvaje. Prístino, inhollado. Ya no quedan en nuestro país lugares a la buena de dios, protegidos por su aislamiento de la glotonería humana. El Ordenamiento Territorial del que habla el ministro del Ambiente debe considerar espacios intangibles para que en ellos se renueve la vida silvestre que queremos proteger del exceso poblacional y de las actividades que lo masifican todo. En otras palabras, ya que hablamos de costa del Perú, playas y espacios litorales despejados de Homo sapiens para que en ellas, aligeradas de tanto escándalo humano, continúen sucediéndose con normalidad los ciclos de la naturaleza.

El libro de Ricardo Espinosa, el Caminante, de 1995, nos enseñó, a varias generaciones de viajeros, a respetar un sinfín de playas Sin Fin, pletóricas en comunidades bióticas, sin rastros de seres humanos. Rob Williams y Juvenal Silva, de la Sociedad Zoológica de Francfort, me comentaron hace unos días que los cóndores de la costa de Lambayeque ya no están bajado a tierra, como antaño, porque sienten sobre sus alas la amenaza de perros de raza y vehículos 4 x 4, los nuevos amos y señores del litoral peruano. Si ese uso va a estimular eventos como el Dakar o los Caminos del Inca, es decir la masificación de los espacios de todos, me declaro públicamente un aguafiestas.
Buen viaje…

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Publicado el enero 23, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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