107. En el país de los Incas: la utopía andina y los nuevos indigenistas

El debate sobre el paraíso incaico, que al final se convirtió (y no por decisión mía) en un lío de comadres,  me llevó al encuentro, después de varios años, con la siempre vigente obra de Alberto Flores Galindo, el recordado teórico, historiador de profesión, que alumbró las mejores horas de mi formación juvenil. Tito Flores Galindo, como lo llamaban sus amigos, fue un iluminado que atisbó como nadie el proceso de formación de nuestra nacionalidad. Y lo hizo  desde su doble condición de mariateguista declarado y terco desbaratador de mitos (sobre todo históricos). Murió joven, en 1990, dejando trunca una obra que tuvo su punto de inflexión en su extraordinario libro Buscando un Inca, identidad y utopía en los Andes, trabajo con el que obtuvo, en 1986, el prestigioso Premio Casa de las Américas.

En ese texto fundamental, Flores Galindo se ocupa del analizar con el rigor científico que lo caracterizó lo que entonces se convino en llamar la “utopía andina”,  esa entelequia que los peruanos hemos venido elaborando inconscientemente desde el siglo XVI que nos ha hecho idealizar el tiempo de los reyes Incas, convirtiendo el período de dominación quechua en una Arcadia feliz al que algunos piensan volver. Para Flores Galindo la idealización del pasado Inca debe entenderse como un mecanismo de defensa que nos sirvió para enfrentarnos al trauma de la invasión española y todo lo que supuso para nuestro devenir como colectivo. ¿Cuándo empezó esa construcción del paraíso incásico? Flores Galindo es claro al afirmar que la utopía andina, el retorno a las huacas, a los ancestros, no ha sido patrimonio exclusivo de los habitantes de los andes; por el contrario, desde tiempos lejanos los peruanos de todas las clases sociales hemos hecho causa común con dicha mistificación: durante el cierre colonial (recordemos a los mercuriales de Baquíjano y Carrillo e Hipólito Unánue) hasta nuestros días (volvamos a mirar el ideario de Acción Popular, el partido que llevó dos veces a la presidencia al arquitecto Belaunde o a la chakana misma de Alejandro Toledo), la vuelta al país de los Incas ha sido una reiteración, una obligada presencia en el debate sobre el futuro.

Durante los años ochenta los críticos de la nueva historia le endilgaron a los maestros del SUTEP la responsabilidad de esta idealización. Para ellos fueron esos profesores imbuidos de velasquismo (y sus textos) los causantes de esta pequeña revolución cultural. Flores Galindo,  apelando a la etnohistoria y a la razón antropológica, comprueba que la utopía andina se fue gestando en siglos de convivencia entre “incas” (andinos) y “españoles” (occidentales) y que sus fuentes y fundamentos podían encontrarse en hechos y personajes visibles, palpables, totalmente objetivos, algunos contemporáneos a la conquista misma, otros ocurridos tiempo después: el mito de Inkarri, el movimiento milenarista Taqui Onkoy, el cataclismo andino o Pachacuti, la resistencia incásica de Vilcabamba y la obra del mestizo Garcilaso de la Vega. Todos sucesos que detonaron un sentimiento de retorno, de vuelta a las raíces…en indios, mestizos, sojuzgados de todo color. Ese hilo conductor, que puede enriquecerse con otros acontecimientos: la pintura colonial, la búsqueda del Dorado, la propia rebelión de Túpac Amaru, es el que nos lleva a entender la utopía andina, el nuevo Santo Grial  de los que siguen viendo el futuro desde una concepción de la historia estática, pasatista.

No estoy en contra de esas elucubraciones, de esa necesidad por desandar lo andado. Sucede simplemente que cuando algunos de los nuevos seguidores del sueño incásico se pronuncian al respecto, apelan a un sentimiento racista que no me hace gracia. Eso de dividir a los peruanos en peruanos de ADN (me imagino que indios o mestizos con rasgos andinos) y peruanos de DNI (todos los demás, incluidos posiblemente usted y yo) responde a un razonamiento peligroso, fascista. Las divisiones de sangre o procedencia étnica, han alimentado (y siguen alimentando) los peores desvaríos de nuestra especie. Baste sino revisar de nuevo lo sucedido en Ruanda entre tutsis y hutus. ¿Conocerán los epígonos de lo racial como distintivo aquella carnicería inter étnica?

Cito a Tito Flores Galindo: “La idea de un hombre andino inalterable en el tiempo y con una totalidad armónica de rasgos comunes expresa, entonces, la historia imaginada o deseada, pero no la realidad de un mundo demasiado fragmentado”. Para mí eso  del país de los Incas es solo un buen eslogan para imponer una marca en el planeta turismo. Punto. El país con el que sueño está poblado de ciudadanos respetuosos de su pasado histórico. Un país, de verdad, de todas las sangres y de todas las culturas.

Buen viaje…

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Publicado el enero 17, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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