100. “Viajo para vencer a la muerte” (aunque parezca una quimera)

(Pantanos de Villa, Lima) Vaya, llegamos al post número cien…y como todo lo que podría decir al respecto, sería tan solo más de lo mismo, prefiero  celebrar el ingreso a esta mágica cifra contándoles por qué viajo. Mejor dicho, volviéndoles a referir algo que Perú 21 logro sacarme del fondo del alma hace algunos años. Gracias por seguirme.

 

He viajado por todo el Perú, durante años, en ómnibus, a pie, en burro o en bicicleta. También en peque-peque, en camión, en tren, en una lancha que se deslizaba rompiendo olas por el Amazonas, en avioneta, en helicóptero, en avión. He viajado en un escarabajo del 68, en una 4 x 4, en un bote que hacía agua, en combi, en una bolichera y hasta en un tico. Alguna vez a caballo, otra sobre una balsa de totora. He viajado con amigos, por trabajo, solo, por las puras, últimamente por vicio. Como diría Javier Reverte, “viajar es tan sólo una carrera contra la vejez y la muerte”. O para decirlo de otra manera, viajar es darle batalla inútil al inmovilismo. O a la sensación de quietud.

Y esa obsesión por el movimiento, ahora lo sé, ha sido –y seguirá siendo- el  leit motiv de mi generación, la de los ochenta. La de Kloaka, la fuga masiva y el nacimiento de sendero. La de Bore Rubio y Renzo Uccelli.

No quisimos ser, los que estamos a punto de aterrizar en los cincuenta -o los que se acercan velozmente a ese paradero- “animales de las veredas”. Esa obstinación por la garita de control de Pucusana y el olor a petróleo en las entrañas, nos hizo militar en una religión que tenía como Dios a un dios inmaduro y cachoso. Nuestra divinidad moraba en el bosque de Zárate, en algún recodo del río Lurín o en las quebradas de Parcanajón o Yactapara, a la vera  de las lomas de Atiquipa. No era citadino, tampoco sabía exigirnos otra devoción que no fuera la del descontrol y la fe ciega en la fortuna. Era un dios perceptible, a veces tenía el rostro de un chofer de camión,  a veces la de un cura alegre dándonos cobijo en alguna sacristía olvidada de cualquier rinconcito ayacuchano.

Josemari Recalde dice en uno de sus últimos poemas: “uno es desde siempre transeúnte”. Tuvo razón.

Y como quiera que a esa certeza sigo aferrado, diré solamente que viajar es el deshueve. No hay otra definición mejor.

Variaciones sobre un mismo tema

Julio del 2001. Un hombre, o sea yo, ingresa respetuoso en las fauces gigantescas del pongo de Mainique, allí donde se encabrita para derrotar a los Andes, el fabuloso río Urubamba. Sabe que en esas gargantas milenarias se encuentra el Tonkini, puerto de entrada al Mesarini, caudal misterioso que conduce a las almas al Inkiti o cielo machiguenga.  Ha viajado muchas horas tratando de llegar a Timpía, al otro lado del pongo, para visitar un albergue regentado por nativos que intentan construir una alternativa solidaria en medio del capitalismo bravo que también se ha instalado en el turismo de esas hermosas localidades del Perú más profundo. Lo acompañan sus pocas pertenencias: un par de ideas sobre el mundo, una mochila, un cuaderno de notas, los dos tomos con las  narraciones de Paul Marcoy sobre la Amazonía peruana, versión 1854.  Tres o cuatro fotografías y muchas dudas.

A su lado van un fotógrafo y un antropólogo amigo. Al comando de la nave, una embarcación delgadísima, tan delgada como una flecha lanzada al viento, se encuentran tres nativos silenciosos: Job Korinti,  Marcial Shivituerori y Miguel Chacami. Navegar por el pongo de Mainique debe ser tan espectacular como ser Ulises en medio de Escila y Caribdis, piensa. Los paredones se suceden unos a otros y las cataratas se renuevan con una intensidad que agobia. Todo es mansedumbre mientras los minutos se aletargan, se convierten en horas. Todo es verdor, fantasía, exuberancia. El  mundo parece inmóvil por un instante. Solo los paucares, con sus chillidos que resuenan en la selva como las voces venidas de otros reinos, desafían ese magisterio del silencio. Esa gran concentración de todos los dioses. Ese espacio-tiempo detenido por la dicha.

Job, el machiguenga más viejo, ha dejado de sonreír y atisba con excesivo respeto las figuras que el río parece alojar en su superficie. El Urubamba es un vientre enorme que congrega entre sus cavidades a toda el agua del universo…

Después de superar la última catarata, justamente donde el río es otra vez remanso –y no energía contenida o furia-, nos atrevemos a acoderar la nave sobre el lomo de una playa de arena completamente cubierta por una miríada de mariposas de múltiples colores. Nadie habla, solo somos seis hombres venidos de la bruma. Se rompe la calma, empezamos a charlar. Alguien saca de una canastilla un molde de queso, un paquete de galletas, un puñado de aceitunas, algo para beber. Hemos retornado de un viaje agotador.

“Diréis que me tomo demasiadas libertades, a pesar de la licencia que se debe acordar a todo viajero desde  los tiempos de Simbad el Marino, a su regreso de tierras lejanas”, ironiza un viajero de vuelta a casa después de un viaje por los agobiantes caminos del Perú. Qué preciso, viajar es también fantasear, es ser otro por un tiempo, tener el control de la felicidad y espantar a los demonios que nos quieren envolver en el manto de la desdicha y la monotonía.

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Publicado el abril 1, 2011 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. HOla Guillermo, bonito post, lo había leído ya en la entrevista que te hicieron, así que aprovecho tu blog para felicitarte y para decirte que me identifico mucho con tu postura “mística” sobre el viaje. Mi ateísmo se me viene abajo cuando estoy también el carretera y de pronto cuando no sabía si el camino que me llevaba hacia Rapaz era para arriba o para abajo aparecía alguna joven con sus ovejitas y me señalaba la dirección y de paso me contaba su vida como si me conociera de años. Como ella y como muchos más que aparecieron de pronto, en el camino y que uno agradece haberles conocido. Sabes? Creo también que el viaje es la mejor manera de multiplicar a la máxima potencia las ganancias obtenidas de ese prestamo efímero y nimio que se nos ha dado por un tiempo corto: la vida. Un abrazo viajero y nos vemos en la ruta.

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