91. Turismo rural, bases para una propuesta

Debo estar a unos cinco o diez minutos de subir al ómnibus que me debe llevar al camping Villa Natalia, en el distrito huarochirano de Callahuanca, en los Andes limeños. Un bonito y descansado paraje de las alturas de Santa Eulalia donde el viajero (o el vacacionista, para usar la terminología de moda) puede encontrar los elementos más característicos de la típica postal de la sierra peruana: un río torrentoso, bosques de eucaliptos y abundancia de molles, nubes que forman copos blanquísimos que destacan en el celeste de un cielo que en la noche se atosiga de estrellas. Rumor de campo por todos lados. Un lindo lugar para realizar una de las actividades más notables que estamos volviendo a practicar los peruanos de casi toda condición social: la conquista del campo, el uso de la ruralidad, esa maravillosa antagonista del urbanismo combi que nos saca la mugre en las ciudades que ha parido la dizque modernidad, para buscar la felicidad.
 

¿Qué nombre le ponemos a ese ejercicio viajeril? ¿Agroturismo, turismo rural, ecoturismo, turismo de naturaleza? Acostumbrados como estamos a las definiciones, seguramente nos podríamos pasar el día removiendo conceptos. A mi, apurado por partir, no me interesa escoger alguno;  mejor dicho, no tengo el deseo, querido lector, de atiborrarlo con ideas más o menos lógicas. Solo me animaré a decir que algunos teóricos engloban estas actividades turísticas bajo la atrevida nomenclatura de turismo rural. Un cajón de sastre para ingresar en el mismo a una serie de modos de frecuentar el turismo fuera de las ciudades que tiene que ver con otra de las buenas novedades de la hora actual, el turismo interno.
 
El turismo rural nació en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial y se ha consolidado de manera notable en los últimos años en países como España, Francia, Alemania e Italia debido al nacimiento de un nuevo ciudadano del mundo: ese que huye del consumismo voraz y que se ha declarado enemigo jurado de la polución, el calentamiento global y el fin del mundo. Un viajero, ya lo irá descubriendo, culto y muy respetuoso de un espacio, el rural, que conoció alguna vez y que ahora no tiene tan cerca. Ese viajero alternativo al turista convencional, el que solo ama las playas del Caribe o algún otro paraíso del siglo XX (¿oyó Ud. hablar de las cuatro eses: sex, sea, sun, sand?), tiene otras motivaciones. Y quiere propuestas más sensatas, más respetuosas de los ecosistemas y los ritmos naturales de la Tierra.
 
Consume productos orgánicos, maneja de mejor manera los desperdicios que produce, es un amante de las artesanías y los productos locales, tiene un afán loco por conocer las tradiciones y modo de vivir de sus anfitriones. No le gusta lo masivo,  tampoco el facilismo del “one dólar” o las postales turísticas pobladas de rostros angelicales y piedras de otros tiempos. Por el contrario, quiere transitar senderos que lo internen en realidades, naturales y culturales, novedosas. Gusta del fisgoneo aviar y le encantan los relatos que suelen contar los guías locales. Las orquídeas o el avistamiento de ballenas jorobadas o lobos de río, podrían convencerlos de volver a visitar ese lugar que el turista de antes habría marcado con un check y punto final.
 
En suma, es un viajero que calza perfectamente con lo que los peruanos tenemos por ofrecer en las tres grandes regiones del país en que vivimos. ¿No le parece? Resulta imprescindible apretar el gatillo, como dice desde Barcelona mi amigo Pedro Chauca y generar un debate que nos haga más concientes de la necesidad de poblar nuestra ruralidad de emprendimientos que capacidad de hacer clic con esa demanda un tanto insatisfecha a nivel local (interior) y foránea (receptiva). 
 

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Publicado el agosto 28, 2010 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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