88. Destellos del Mar Atlántico: Portobelo, casi cinco siglos después…

(Ciudad de Panamá, Panamá) Debieron ser rudos esos hombres que levantaron una ciudad en el Atlántico de Panamá para pocos años después abandonarla a su suerte y lanzarse al sueño de cruzar a pie (cubiertos de yelmo y espada) la jungla exuberante del istmo panameño. Debieron ser arrojados y estar acostumbrados a sufrir las peores calamidades sin decir mucho, pues en tiempo record volvieron a levantar una nueva villa, esta vez sobre las orillas del océano que había descubierto Balboa, en 1513. Cómo iban a saber que un día muy lejano a esta primera fundación, la nueva ciudad sería arrasada por las huestes de Henry Morgan, el pirata que también quemó la otra urbe, la de sus ancestros, la del Atlántico, la misma que piso después de haber recorrido los ochentaipico kilómetros que separan un mar del otro. En Panamá y en casi todo Centroamérica, las distancias parecen haber salido del mundo de Lilliput.


 

Pero Abel, el chofer que me ha traído desde Ciudad de Panamá tiene otras dudas. ¿Cómo hizo Morgan para quemar Portobelo, en el Atlántico y después hacer lo mismo con Panamá, en el Pacífico, si el canal fue construido apenas hace más de un siglo? Es que no usó el canal, querido Abel, eran otros tiempos, de audacias y viajes alucinantes, Morgan debió navegar siempre en dirección al sur, cruzar los mares por el otro canal, marino se entiende, que lleva el nombre del capitán que lo penetró por primera vez: Estrecho de Magallanes, le digo mientras levanto la basura que todo el mundo lanza contra el suelo cinco veces centenario de la Aduana Real de Portobelo, el punto de llegada del oro del Perú antes de ser trasladado a las arcas fiscales de la corona española y hoy puerto de pescadores pobres que apenas pueden sostener  sus casas que solo describen penalidades y olvidos.

 

Contradicciones de nuestra América, reflexiono. Estas mismas piedras, mohosas y destartaladas, soportaron el peso de los indios que llevaban sobre sus hombros millares de toneladas de oro y plata obtenidos en las minas de Pasco, Huancavelica y Potosí, en el lejano Virreinato de Nueva Castilla o el Perú. Hoy solo son mudos testigos de una tremenda omisión: en Portobelo los pobres son la mayoría, los indígenas hace tiempo desaparecieron por obra del trabajo portuario o los mestizajes y los negros, antillanos o descendientes de los esclavos que España trajo de África, son la población dominante. Hasta el cristo que los fieles de la Iglesia de San Felipe adoran es negro, como Martín el santo de este lado del Pacífico. Y también  lo celebran en octubre.
 

En la actualidad San Felipe de Portobelo no tiene la magnificencia de Cartagena de Indias o La Habana Vieja, sí sus blasones. Fundada en 1597 por un oscuro conquistador español, fue por muchos años sede de una de las ferias comerciales más fastuosas del Nuevo Mundo, por sus veredas y calles debieron pasar príncipes y virreyes, reos de vuelta a Europa y buscadores de  fortuna. Colón, en su cuarto viaje americano, la atisbó desde la proa de la Santa María y alabó sus condiciones de puerto natural y postal de ensueño. Entre los siglos XVI y XVIII, Portobelo fue uno de los puertos más importantes de exportación de plata de Nueva Granada, y uno de los puertos de salida de la Flota de Indias, leo en Wikipedia. El oro, procedente sobre todo del Perú, era trasportado en mulas a través del Camino de Cruces, en Panamá, continuando por el río Chagres mediante pequeñas embarcaciones, hasta llegar a Portobelo, en donde era embarcado hacia España.
 
Alejandro Balaguer, mi anfitrión durante los días de mi estancia en el istmo centroamericano, no dejó de observar los profundos vínculos históricos que existen entre los dos países, relaciones por cierto tan antiguas como la conquista del Perú, cuando los hombres de Pizarro lograron arrebatarle a los indios del señorío de Comagre las primeras noticias de un reino pletórico en oro en dirección al extremo sur. De Panamá, la primera, la entonces llamada Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, zarparon las naos que Pizarro y Almagro, su malogrado socio, trajeron a nuestras tierras. Y a Panamá llegaron, como hemos visto, las tentadoras riquezas del Perú, el país de Jauja, consumada la derrota del Tahuantinsuyo y fundado el nuevo virreinato.
 

En el 2013 nos tocará celebrar el quinto centenario del descubrimiento del Mar del Sur, antesala de la conquista del Perú. Provoca ponerse a trabajar en el cometido de volver a unir, desde la historia y el turismo, esta noble actividad cultural que tanto nos apasiona,  dos destinos inalterados, una vía de navegación, mejorada por un canal de fantasíam  que seguirá uniendo los dos océanos que bañan las costas de nuestro continente. En Portobelo, mientras conversaba con Abel de Morgan, Parker, Drake, Vernon y otros marinos, empecé a perfilar los primeros esbozos de lo que podría ser una bonita iniciativa. La voy a trabajar con Balaguer y con los que quieran seguir “inventando” nuevas rutas para el turismo del mañana.

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Publicado el agosto 28, 2010 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Interesantísimo artículo y muy bien escrito. Muchas gracias.

    Estaré atento a esas nuevas rutas de turismo cultural por la zona.

    Saludos.

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