20. Un par de preguntas sobre el Plan Maestro de Machu Picchu (I)

(Paracas) En el Perú no se dialoga, se discute. No se reflexiona, se invalida, a priori, las posiciones contrarias a las nuestras. ¿Cuál será la causa de ese espíritu de  guerra civil permanente, de lucha de contrarios, de bronca cotidiana?. No lo sé. Hugo Neira, el pensador contemporáneo, decía, a propósito de un libro de Alfredo Barnechea, que la obra de nuestros intelectuales no se analizaba en su verdadera dimensión, no, simplemente se ninguneaba su contribución, se le hacía envejecer rápidamente para ponerla, de un sopetón, en los anaqueles de las cosas sin tiempo. Se les convertía en refrito, en papel para envolver pescado.

Lo anterior se relaciona con otro de los defectos que tenemos como colectivo. No revisamos las propuestas del otro, las dejamos en el tintero para que padezcan de inopia y mueran antes de crear estropicios. De hecho eso es lo que ha ocurrido con la propuesta que Manuel Dammert lanzó, en el verano pasado, a propósito del Plan Maestro del Santuario Histórico Machu Picchu y que no dudamos en colgar en las páginas virtuales de Viajeros Online. Allí, Dammert, a la sazón consultor del INC-Cusco, planteaba la necesidad de resignificar el carácter de la Ciudad Inca y sus espacios históricos como punto de partida para la recuperación de un patrimonio que debería servirle a la nacionalidad (vaya categoría sociológica) en el azaroso camino de replantear derroteros y acampar, por fin, en los ansiados territorios de la identidad nacional. Vieja intención de un pensamiento setentero que cierta izquierda consideró indispensable para forjar el nuevo Perú.

¿Qué pasó con la propuesta de Dammert?. Nada, nadie la analizó con propiedad, los actores privados de la escena turística en Machu Picchu no se dieron por aludidos, el establishment político tampoco, la prensa especializada menos y, pasados los meses, las ideas del asesor se convirtieron en letra sagrada para los burócratas encargados de la planificación del santuario. En ideario del recientemente aprobado Plan de Manejo Integral de Machu Picchu. No dudamos de las buenas intenciones de los que han elaborado el documento final que deberá regir los destinos de nuestro más  significativo destino turístico; sin embargo, debemos insistir en algunas cuestiones que consideramos claves para encausar el debate. Porque, finalmente, el Plan Maestro –cualquiera que sean los autores- debería responder a una confrontación de ideas, de deseos de alcanzar consensos. Como diría Tito Flores Galindo, discrepar es otra manera de aproximarnos.

Pregunta número 1 a los burócratas del INC-Inrena
¿Machu Picchu debe ser entendido solamente como el “espacio sagrado de la civilización andina, nexo entre lo altoandino y amazónico” o también debe anexársele otra definición, duela a quien le duela: la de ser el  principal destino turístico que tenemos los peruanos y, por tanto, principal recaudador de ingresos para el Estado en materia de turismo?. Vayamos por partes: nadie discute que  Machu Picchu pueda representar el ícono de la nacionalidad. Pero seamos claros, de la nacionalidad criolla, esa que asumió  como suya el Tawantinsuyo e hizo también suyo un proceso histórico que tuvo al Cusco como centro de un país multidiverso y multicomplejo. Contra esa visión andinista y validada por Lima y sus académicos, se ha levantado desde hace mucho tiempo una visión revisionista que pretende darle peso a la infinitud de otros procesos –en otros espacios y tiempos históricos- que tuvieron como protagonistas a pueblos tan diferentes como waris, moches, taramas, chachapoyas, ashánincas, machiguengas y tantos  más.

En cristiano, el Perú que estamos construyendo a patadas, desde sus bases y desde sus proyectos exitosos, no es necesariamente “el país de los Inkas” que enarbolan como verdad irrefutable los ejecutores de políticas enquistados en el aparato del Estado. Es mucho más que esa nomenclatura válida solamente para el márketing más enpingorotado. La marca Perú no se agota en el Valle Sagrado de los Incas porque si así fuera estaríamos condenando para siempre a las otras expresiones culturales (del pasado y del presente) que conforman nuestra herencia como país.

¿Por qué todo este alegato aparentemente anticusqueño?.  Porque el documento que acaban de aprobar los técnicos del INC –con la complacencia de los encargados del Inrena- no solamente ha contrariado a los empresarios dedicados al turismo de aventura del Cusco, acusados de haber pervertido el sitio histórico, convirtiéndolo en una suerte de Disneylandia chicha, sino que molesta también a quienes exigimos una actitud autocrítica de parte de quienes han manejado el Santuario y son parte medular del problema. Es un lugar común para lo que recorremos el país que tanto el INC como el Inrena (al margen de las capacidades individuales de muchos de sus miembros) son los responsables del mal manejo del concepto cultural que venimos sufriendo: no hay lugar del territorio nacional donde sus cuadros no hayan recibido la repulsa ciudadana. El INC es culpable del abandono secular de nuestro patrimonio histórico y el Inrena no hace nada para evitar algunas pandemias que tienen nombre propio: tráfico de especies silvestres, destrucción de los bosques y el drama forestal, etc .

Sin embargo, al momento de revisar la problemática de Machu Picchu bien gracias, ni una línea autocrítica; solo el deseo de exacerbar los ánimos gracias a un ánimo setentero de refundar todo. Machu Picchu no es Machu Picchu, ahora es Machupicchu. Tampoco el principal destino turístico y joya de la corona para el sector sino solamente el “lugar sagrado, espacio de simbiosis natural-cultural y elemento de identidad”(Sic). En materia de culpables, nada de bulla con respecto al manejo economicista que se ha venido haciendo del boleto de ingreso al Santuario, que sube tanto –o más- que las cuestionadas tarifas del tren a Aguas Calientes. Para los autores del Plan Maestro los culpables de todo parecen ser Hiram Bingham (que saqueó a su antojo el Santuario durante sus piratescas incursiones en el siglo pasado); la universidad de Yale, que no ha devuelto las piezas arqueológicas que el Estado aristocrático le prestó hace varias décadas; el hotel Machu Picchu Ruinas, que a pesar de pagar puntualmente un arrendamiento al Gobierno Regional pervierte con su lujo inadecuado el Santuario; Perú Rail, que cobra lo que quiere a los visitantes y maltrata a los pobladores locales; los empresarios del turismo de aventura, que quieren un Camino Inca abierto a la destrucción. Un manifiesto político antes que un documento que analice las debilidades en la gestión del Santuario para dar el salto cualitativo que permita su desarrollo sostenible y sea fuente de riqueza para las poblaciones locales, regionales y nacionales. Nada más.

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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