6. Renzo Uccelli, in memorian

 Los que frisamos los cuarenta, o mejor dicho, los que hace algún tiempo dejamos atrás los treinta años, hemos sentido -¿acaso exagero Alvaro Rocha?, ¿me equivoco Luchín Castañeda?-, un golpe mayúsculo al confirmar el miércoles pasado la horrible noticia de la muerte en combate del más noble y más bueno de nuestros amigos de generación. Y no exagero. Con Renzo se va, triste es reconocerlo, lo mejor de los sueños que motivaron el despertar de aquella hornada de jóvenes idealistas que al despuntar los ochenta aprendió a embriagarse con el aroma a tierra apisonada que brota de los caminos y el sonido de los pájaros que pueblan los horizontes.

 

Fuimos una generación que se formó entre el olor a petróleo y café de cualquier parada camionera y la fe inquebrantable en un país mejor para todos. Éramos, lo ha dicho mejor que nadie Caníbal en una nota que reproducimos en esta edición, unos desadaptados. No queríamos hundir la cerviz en el monocorde compás que los mayores, léase profesores de colegio, curas sin mayor pretensión que educarnos a la fuerza, padres temerosos de la debacle nacional, nos tarareaban desde tan lejos. No quisimos militar en la causa de las satisfacciones fáciles, lo nuestro fue más bien el sin sentido de gozar privaciones sabiendo que en casa nos esperaba el lonche y los cariños de todos.

 

Escogimos la penumbra que muchas veces decora el ruido de la montaña y los caminos inconclusos. No supimos tolerar los acomodos y reacomodos económicos que nuestras familias conseguían mientras el país se caía a pedazos. Preferimos el hambre de la puna, las incomodidades de la ruta, las ansiedades de los controles carreteros y los caminos zigzaguenates al pie del acantilado real -y también metafórico- antes que la cómoda ubicación en la carrera tan peruana de las subeibaja sociales. Nos dejamos el pelo largo y aprendimos a platicar con otros dioses.

 

No nos gustó la prédica izquierdista -aunque algunos militamos en política- que había germinado en los setenta, ni supimos de pesimismos y frustraciones extraordinarios. Nos dio miedo el toque de queda pero también la posibilidad de no poder seguir estirando el brazo para que algún oportuno camión nos sacará por fin de la garita de Pucusana para emprender el viaje preparado con tanta antelación desde el bullicio de los recreos colegiales o durante las alucionaciones también de moda.

 

Ese fue nuestro sino vital. Viajar, gritarle al viento nuestros temores -que eran tantos-, sentir las caricias que avientan las olas, vivir de la mano con el peligro. Nadar en el mar de las ilusiones que habíamos aprendido a construir, navegar viento en popa, siempre en dirección de la epopeya y el grito absurdo. No habíamos nacido para ser animales de las veredas.

 

Pero el tiempo fue pasando y nos fue hablando de vez en cuando de su maldita obsesión por destruir nuestros apetitos juveniles. Entonces nos volvimos temerarios a pesar de tener que aceptar que no éramos inmortales y que la marca de los dioses salvajes que muchos de nosotros llevábamos en la frente no servía de salvoconducto para evadir la muerte y el absurdo. Así se fue Bore, así se perdieron en la ruta tantos de los nuestros.

 

Y ahora te tocó partir, Renzo, y te confieso hermano que tu partida no nos va a ser fácil de aceptar y que resulta inconteniblemente trágica. Desproporcionadamente trágica. Emblemáticamente trágica. Te llevas a la montaña mucho de lo que fuimos como generación y los que hemos quedado al borde del camino no sabemos qué vamos hacer para recuperar los sueños perdidos. Te vamos a extrañar. Ya no más tu mirada dulce, ya no más tus renovados proyectos. Tampoco tus deseos de volver al Himalaya o tu indomable tranquilidad para hablar de lo tuyo y de lo de todos. Ya no más la ilusión que transmitían tus ojos de creyente. Sólo nos queda esperar que el tiempo nos enseñe a comprender a esos dioses equivocados que te arrancaron de nosotros para para querer demostrar que nos habían derrotado. Ojalá que tu espíritu guerrero nos acompañe en las próximas batallas. Adiós, hermanito.

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. simplemente hermoso, y muy digno de renzo a quien conoci muy ligeramente y a quien aprecie como uno de los mas grandes.

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