5. Patrimonio cultural, ¿tarea de todos? (I)

Hace unos días Rafo León en su conocida columna de El Comercio comentaba con sorna los apuros de un alcalde de una localidad del interior limeño muy decidido -interesado seguramente en ganar votos reeleccionistas- en acabar obras de remodelación en la plaza central de su jurisdicción. Hasta allí todo no pasaría de una anécdota más de las tantas a las que nos tiene acostumbrado cronista tan agudo de la variopinta escena política nacional.

Sin embargo, el conductor de Tiempo de Viajes acotaba un dato repetido para entender la trama que nos ocupa: el burgomaestre de marras había acabado por arrebatarle a su comunidad,  al construir una plaza de cemento y mucha mayólica en su  afán de ganar fácilmente el aplauso popular,el aporte cultural que cientos años de ocupación humana le habían dado a su urbanismo campesino. Y esa historia es común a muchos de nuestros espacios públicos; esa constante se puede apreciar tanto en Huaraz, como en Obrajillo; en Huasahuasi como en Iquitos; en Cerro Azul como Ondores. En todas partes…

No se trata de una crítica meramente estética o de un dardo filudo lanzado desde un cómodo escritorio citadino. La reflexión de Rafo León intenta poner en el tintero una discusión que debería haberse iniciado hace mucho tiempo dado el inusitado despertar del turismo y el crecimiento de la obra pública en municipios y, pronto, en gobiernos regionales. Discusión que debe tratar de darse a partir de una pregunta sencilla: ¿son los bienes comunes patrimonio del cuerpo edilicio de tal o cual distrito o localidad o pertenecen a aquella entelequia que denominamos sociedad civil?. Si el caso fuera, como la razón parece decirlo, de patrimonios comunes y herencias culturales compartidas, la lógica indica que es imprescindible fundar un compromiso civil que proteja esos espacios de todos de la voracidad de las autoridades locales y del gusto chicha de los sectores más identificados con ciertas visiones del progreso empecindas en destruir identidades propias para asumir un gusto limeño por demás cuestionable.

Obviamente se trata de aportar las bases para la construcción de un marco legal que proteja un patrimonio cultural poco tomado en cuenta (finalmente sólo existe jurisprudencia para salvaguarar restos hitóricos incluidos en un index por el INC) y eche a andar un engranaje que posibilite el respeto y adecuado uso de materiales y diseños de honda raigambre localista. No por una simple motivación esteticista sino porque finalmente son esos rasgos distintivos -muchas veces únicos- lo que les da a nuestros destinos turísticos el adecuado valor añadido que los diferencian de los demás itenerarios regionales. Eso hay que entenderlo de una vez porque sino estaríamos contribuyendo -por error u omisión- a la destrucción de un patrimonio cultural construido por quienes poblaron alguna vez nuestro inagotable territorio.

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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