31. Nuevamente Cordillera Escalera

(Lunahuaná,12 de enero de 2006) Vuelvo al tema de Cordillera Escalera porque sobre el particular todavía hay mucho que decir. Lo primero: el asunto, aunque ligado íntimamente a la conservación de la biodiversidad y los recursos hídricos, está también vinculado al turismo y al desarrollo social que venimos preconizando ¿Cómo es eso? Fácil, el agua va a ser el motor de muchas de las economías locales en Tarapoto o en Nueva Delhi. La humanidad del futuro (la de aquicito nomás) se las tendrá que ver negras con la escasez del líquido elemento que ya en la actualidad produce dolores de cabeza mil. ¡Qué paradoja!, los que pensaban que otras iban a ser las inquietudes del mañana (el petróleo, la explosión demográfica, la distribución alimentaria, el comunismo, las pandemias de todo tipo, etc.) han tenido que cambiar de rollo ante una situación que aunque derivada del absurdo industrialismo tiene responsables contemporáneos a montón.

Sin embargo y para no caer en apocalismos verbales que a nada bueno conducen, las evidencias del desastre han empezado a cambiar agendas políticas y necedades universales. Hoy, en la amazonía peruana, los proyectos hídricos, por  llamarlos de alguna manera, se reproducen a montones introduciendo en la discusión ambiental un término nuevo y revolucionario: el de las cuencas. En términos coloquiales, las cuencas son las generadoras principales del agua que bebemos en las ciudades, ellas no solamente nos proveen de importantísimos servicios ambientales (uno de ellos, el agua; otro, la provisión necesaria de oxígeno o la fijación, a través de los bosques que genera, del carbono) sino que también determinan la existencia de la fabulosa biodiversidad que nos puede convertir en potencia mundial de ese turismo llamado de naturaleza. No hay que olvidar que la cuenca del Amazonas es la más grande del planeta; vale decir, el Gran Río que compartimos con Brasil resulta la arteria que más agua transporta de todas las que existen en la Tierra. En otras palabras y para ponernos a tono con las exigencias del momento: no solo la Cordillera de los Andes y la corriente de Humboldt han sido responsables de la impensable cantidad de récords mundiales en diversidad biológica que poseemos. Mucho de esa riqueza depende también de la maravillosa profusión de aguas que se originan en cada una de las miles de cuenca que tenemos y debemos proteger para que no se altere el equilibrio de la vida en este territorio tantas veces espectacular. El agua empieza a llegar a cuentagotas a las ciudades y cada vez son más los bolsones de miseria que se apiñan –sin agua y sin esperanzas- al lado de las grandes urbes. Por primera vez en la historia de nuestra especie más personas viven en las ciudades que en el campo: lo que se viene (en materia de desabastecimientos) es de temer.

Proteger las cuencas proveedoras de agua (chiquitas, comparativamente hablando, como las del Rímac, Cañete y los ríos que bajan de Cordillera Escalera o inmensas  como las del Huallaga, Ucayali o Yavarí) resulta providencial. No se podría hablar de desarrollo sostenible (o de turismo sostenible) sin plantear primero la conservación de estos espacios de vida. Entonces, que quede claro, la protección y gestión de las cuencas no solo debería ser una preocupación de los usuarios directísimos de sus beneficios tangibles sino de todos. La muerte del bosque en Cordillera Escalera, como consecuencia del mal uso de los recursos de su bosque adyacente, no solamente perjudicó a las comunidades quechua-lamistas que seguían viviendo de la caza en el monte, sino que a la larga puso en tela de juicio la calidad de vida de todos los habitantes de la región: comerciantes, pobladores en general de Lamas, Tarapoto y demás localidades, inversionistas en turismo, visitantes.                              Todos se vieron perjudicados por la agonía de un bien común que nadie se había animado a proteger. Los muchos por desconocimiento, los menos por oscuros intereses particulares.

Por eso es que el DS n° 045-2005-AG que comentáramos en el último envío de esta columna resulta una muy buena noticia para todos. En Cordillera Escalera se encuentra la catarata de Aguashiyacu, ícono más representativo de las bellezas escénicas de la región y por su vientre generoso circula la carretera a Yurimaguas, puerto de entrada a la RN Pacaya-Samiria y el majestuoso departamento de Loreto. El art° 2 de la norma aprobada por el Consejo de Ministros indica taxativamente que Escalera debe contribuir al ansiado ordenamiento territorial de la zona en su conjunto y al desarrollo económico de San Martín a partir de la promoción de actividades amigables como el turismo. Todo dentro del marco técnico que debe estatuirse en el Plan de Manejo que los actores locales (léase Gobierno Regional e instituciones involucradas) deben aprobar en los próximos meses.

Si todo marcha bien, las 149, 870 hectáreas del ACR Cordillera Escalera permitirán el necesario nexo comunicante entre el Parque Nacional Cordillera Azul y el Bosque de Protección del Alto Mayo, redefiniéndose de mejor manera el concepto de corredor biológico que vienen propugnando los científicos del mundo como la mejor alternativa para darle coherencia y vitalidad a los sistemas nacionales de áreas protegidas.

Por último, la norma que festejamos no hace otra cosa que entregarle a los gobiernos regionales la administración de los recursos naturales bajo su territorio. Esta medida largamente postergada sí que es revolucionaria en un país donde todavía no  se cree en la verdadera descentralización y se duda de las capacidades locales. En un primer momento nosotros también tuvimos reparos en esta traslación de funciones: pensábamos más en los señores feudales que viven y reinan en  las regiones medrando de lo lindo con las riquezas de todos; sin embargo, por cada Pihuicho de estos, existen miles de líderes populares como Régner Arévalo, de la Banda del Shilcayo o Robinson del Castillo, de Cedisa, luchando por administrar lo suyo.

Para los que vivimos en las ciudades y creemos que cuidar el agua significa solamente estar atentos a los treinta centímetros (o a veces menos) de recorrido que tiene el flujo hídrico que sale de nuestros caños, la lucha que en su momento inició el CTAR-San Martín y que en gran parte de la larga marcha lideró la ONG Cedisa, nos demuestra que el verdadero cuidado del recurso pasa por entender la cuenca como un todo. Y comprender también que son sus propios actores (comunidades locales, agricultores, hombres y mujeres de la ciudad y el campo) quienes deben velar por su adecuada gestión. No los profetas del desánimo ni los vivos de siempre.

Desde aquí un abrazo a la distancia a mis amigos de Cordillera Escalera: William Cuesta Díaz y Félix Chuquipiondo, de Lamas; Miguel Sangama, teniente gobernador de Urcopata; Beltrán Isuisa, baquiano de Shamboyacu; Manuel Oba, Lucila García, Segundo Purificación Isuisa, Nicasio Isuisa, de los caseríos de Chambira y Vista Alegre; Régner Arévalo, presidente de la Asociación de Conservación y Protección Ecológica Cordillera Escalera; Miguel Tapuyima, quechua-lamista del barrio Muniche, en Lamas y por supuesto a July, Pachucho, Jim Linares, Eloy Pezo, Híver Paulino y César Rengifo, de Cedisa.
Buen viaje…

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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