70. Mundo Moche, primeras conclusiones del seminario TSI, publicado el 12 de julio de 2008

Lo he comentado en las páginas de Solo para Viajeros, el informativo que desde hace ochos semanas venimos animando por internet y que ha sido, debo admitirlo, el causante del temporal quiebre en la regularidad de mis colaboraciones para Boleto de Ida. El turismo que estamos construyendo en nuestro país con tanto esfuerzo (y a veces con tantos encontronazos) debe sostenerse, en lo fundamental, sobre dos pilares básicos: innovación y competitividad.

Sin esos dos atributos poco es lo que podrán avanzar los “emprendimientos” que se están gestando tanto en la ciudad como en el campo. Innovación para concebir productos que impacten en una demanda turística por lo general distraída en circuitos más desarrollados y competitividad para poder triunfar en un mercado cainita y definido por el peso específico de las grandes mayoristas.

Innovación y competitividad, además, en un escenario donde el enfoque de sostenibilidad prime y defina al mismo tiempo una gestión determinada por la eficiencia y los números en azul. Como lo he venido diciendo desde el 2004 en el Diplomado de Innovación y Gestión del Turismo de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, el turismo es ante todo una actividad económica. Una actividad económica, eso sí, vinculada como ninguna con aspectos de la vida en sociedad de las comunidades donde se desarrollan sus operaciones y por ende, entroncada como pocas actividades humanas con el desarrollo social y el cuidado del ambiente.

Con esa claridad conceptual es que dimos inicio, el 25 de junio último, al “Seminario Internacional Turismo y Desarrollo: la experiencia peruana como alivio a la pobreza extrema”, evento que convocó a once estudiantes del segundo año de Turismo Saint Ignasi, el instituto de formación turística de la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Con ellos visitamos el Cusco, lo hemos comentado en Solo para Viajeros y de allí partimos a recorrer parte del Circuito Turístico del Norte.

Atardecer en Tingana

Instalados en el CTN no podíamos dejar de visitar la experiencia ecoturística del Aguajal-Renacal Tingana. Tingana es un refugio de vida natural y turismo rural comunitario, lo he comentado en otros artículos, sensacional: un alojamiento vivencial en uno de los bordes del último refugio de vida silvestre del Alto Mayo. Allí los muchachos de TSI fueron atendidos por Juan y Emerson Isuiza, viejos amigos de la ruta.

Gracias al apoyo de la GTZ, Cáritas y el PEAM, en Tingana se ha ido elaborando una propuesta de ecoturismo de polendas. No nos cansaremos de recomendarla. Vimos monos ardilla trepados en gigantescos renacos, comimos de la selva su sabor, conversamos escuchando al mismo tiempo los sonidos de los insectos y pájaros nocturnos, navegamos por el río Avisado sin prisa, fuimos felices entre tanta sencillez y naturalidad.

¿Debilidades? Aunque parezca mentira, y aquí vamos a ser totalmente sinceros con los amigos de Tingana y los grupos que lo apoyan: no hemos visto muchos avances en la construcción del producto desde nuestra última visita a la zona en el 2006. No puede ser que los salvavidas no alcancen para atender a un grupo de menos de quince personas o que la visita sea, en lo esencial, idéntica, sin cambios, estática. ¿Cuál es la causa de esta modorra? No lo sabemos a ciencia cierta, pero en la reunión de cierre del seminario, los estudiantes estuvieron de acuerdo en lo siguiente: cuando la mesa está servida, los comensales no se apuran en mejorar el servicio. Recordemos, innovación y competitividad.

Mundo Moche

Estoy de acuerdo con lo que afirman Fernando y Enrique Angulo sobre la importancia aviar del Santuario Histórico de Pómac. Sin embargo, deberíamos ir mucho más allá. En los bosques secos de Lambayeque, donde se ubica el Santuario Histórico en mención, surgieron civilizaciones -entre el 200 DC y la conquista incaica de estos territorios- fabulosas, que, si les encontramos el valor histórico-cultural debido, podrían servirnos para autonomizar el norte de los demás circuitos turísticos, sobre todo del sur, tan preñado por la impronta inca.

Lo he visto durante nuestra visita, en el contexto del seminario que venimos comentando, a los sitios arqueológicos de Sipán, Sicán y Túcume, en la región Lambayeque. La potencia (en bruto) que tienen estas civilizaciones norteñas es notable y salta a la vista del visitante que se anima a recorrer sus testimonios. Lamentablemente, los guías y las guías turísticas se disputan la primacía de una cultura sobre las demás: “qué Sipan fue la máximo, que Sicán fue primero, qué Túcume es LA cultura, etc”. Un verdadero pandemonio.

Si nos atrevemos a juntar creativamente estos patrimonios culturales en uno SOLO, el norte podría empezar a soñar en convertirse en lo que todos queremos: un circuito bien constituido y sólido. Un producto turístico unificado por su pasado cultural, evidentemente resignificado. Lo vamos a decir de la siguiente manera: en los bosques de Lambayeque y La Libertad prosperaron -cada uno en su tiempo- los Moche, los Sipán o Lambayeque, los Túcume y los Chimú, posteriormente. Es más, habría que añadir en este cuadro a otras culturas e influencias culturales (Vicus, Wari, etc.) valiosísimas.

Para el profano, un turista interno o uno que llegó de afuera, tantos nombres representan una dificultad. Una barrera interpretativa. Lo repetimos: para el profano, para cualquiera de nosotros de paso por el norte peruano. Por eso es que proponemos, de cara a una estrategia de turismo sensata, definir de mejor manera tamaño edificio cultural encontrando para ello una “marca” más clara y que bajo ese paraguas se agrupen los desarrollos culturales-históricos que hemos definido (incluido el Chachapoya).

Sabemos que lo que decimos resulta una herejía académica…y lo es, pero en estas páginas hablamos de turismo y el turismo es una construcción, una creación interesada. Una apropiación que se impone en los imaginarios colectivos. Así nació el Inti Raymi, el Inca Trail, la bandera del Tahuantinsuyo, el Valle Sagrado de los Incas y tantas otras ficciones tan beneficiosas en la construcción de lo que hemos convenido en llamar ORGULLO PERÚ.

Si eso se diera tendríamos en el sur a los Incas y en el norte al ¿mundo moche, a la cultura Sipán, a la civilización Sicán? El nombre importa, sí, pero lo realmente trascendente es apropiarnos de una marca que nos convierta en un país que guarda en sus entrañas dos grandes ejes civilizatorios, el que se forjó en el norte peruano y el que prosperó en el sur. Como en Mesoamérica, por un lado los Mayas, por otros los Aztecas. En creativa convivencia, creando beneficios actuales a los descendientes de tamañas culturas… ¿Qué les parece?

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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