34. Moyobamba, otro paraíso

(Moyobamba,23 de febrero de 2006) En las localidades del Alto Mayo (y también en las del río Cumbaza o en el resto de la región San Martín) cuando cae la tarde y el viento fresco desplaza por un momento al agobiante calor, hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, se juntan para improvisar una canchita de voley y dedicarse un buen rato –con ganas, muchas ganas- a los mates y la risa franca. Empieza para todos el éxtasis social, la broma infinita que caracteriza al poblador de la Amazonía, la algarabía de una sociedad alejada más que la nuestra de los vicios de esta modernidad que nos ha llenado de aparatos eléctricos y otros adefesios.

Viajar por la muy bien conservada carretera Tarapoto-Moyobamba, un sábado o domingo a las cinco de la tarde, es volver al pasado: grupos que se afanan por anotar el punto necesario para ganar o la informal reunión de amigos (o simpáticas parejas) que conversan sentados al borde de la pista, pies o piernas bien adentro de la cuneta, como quien espera la noche para rendirle culto a otros dioses. Es el reino de la inocencia y la vitalidad.
Curioso. En estos parajes de la selva próxima al Huallaga, no hace mucho la violencia sentó reales y paroxismos. Nadie ha olvidado la tragedia vivida entonces ni las secuelas de aquellas décadas de espanto. Ni Humberto Cachique, de Solo; ni Deyber Benzaquén, de San Antonio del Mayo; ni Héctor Sajami Chupingahua, de San Miguel, comuneros los tres del mismo río que he recorrido estas últimas dos semanas y que se animaron a compartir conmigo la historia de su vínculo con Cedisa, la ONG más importante de San Martín que se prepara para celebrar sus primeros 25 años de vida institucional. Todos recuerdan aquello que no deben olvidar jamás, todos siguen mirando al futuro –a pesar del violentismo y sus estragos – con esperanza y mucho humor.

Son las once de la mañana de un día cualquiera y he llegado a Moyobamba, ciento diez kilómetros de singular trópico antes –o después- de Tarapoto, la capital económica de San Martín, para tomar contacto con los principales representantes del sector turístico. En el salón principal del hotel Puerto Mirador se están dando los toques finales de un curso que organiza la filial local de AHORA, el gremio de prestadores de servicios turísticos más activo del país en los últimos años. Su presidente, Julio Arias, todavía no se recupera del todo de un tremendo accidente automovilístico, pero qué importa, toma la palabra y despide a los talleristas, en su mayoría humildes pobladores de comunidades periféricas a la capital regional, con elocuencia y agradecimiento.

A simple vista pareciera que todo ha sido un éxito. A su lado, Luis Castañeda, el director regional de turismo, mantiene la ecuanimidad y sonríe. Más allá diviso a Norith López, la vieja compañera de ruta con quien recorrí hace algún tiempo el majestuoso Amazonas y que sigue tan activa como siempre. Ella representa a Cáritas del Perú en Moyobamba y es la responsable de tamaña organización de hombres y mujeres agrupados para construir una propuesta turística responsable, que desarrolle económicamente la región e impulse su despegue. Norith es un dínamo que todo lo puede y todo lo consigue.

Su discurso es breve y saluda una a una a todas las comunidades que participaron del curso. Se le nota feliz, juntos han pasado las últimas cuarentaiocho horas discutiendo sobre cómo dar solución al problema de los residuos sólidos y demás fuentes de contaminación y deterioro ambiental. Lino Saavedra, de la GTZ alemana, la escucha y también parece sonreír. Me imagino que debe pensar que se están dando las condiciones naturales que posibilitarán el despegue del turismo en Moyobamba, la bella ciudad a orillas del Mayo y por tiempo relegada a un segundo plano por el ímpetu de Tarapoto, la ciudad vecina y casi siempre rival. Pero de eso no se habla en el Puerto Mirador; al contrario, todos parecen decididos a entender el turismo como una actividad regional, unificadora de intereses compartidos. Fuente de integración y reivindicación de los sanmartinenses. Qué bueno…

En la tarde visité en compañía de Norith y Bruno Vásquez, de la agencia Tingana Magic, el albergue Rumipata y el orquideario Waqanki, una verdadera joya científica en uno de los paraísos más valiosos del planeta en lo que a orquídeas se refiere. La de José Alvarado, el joven estudiante de ecología que impulsa el proyecto, es una historia maravillosa, hecha de pundonor y amor por la tierra que lo vio nacer. Pero relatarla será materia de otras notas en estos inagotables cuadernos de campo. Por ahora solo me queda agradecer a mis amigos de Moyobamba por tanto cariño y seguir confiando en que su lucha por un turismo más responsable y duradero se consolide. Se lo merecen, el suyo es uno de los paisajes naturales más deslumbrantes que he conocido en tantos años de trabajo por el interior del Perú. La cuenca del Mayo es ubérrima y aparentemente inagotable. Es cierto que las huellas de tantos años de estúpida ocupación humana se notan al paso en forma de cicatrices atroces en sus laderas; pero es verdad también que sus atardeceres siguen siendo inverosímiles: azules, tan azules como los que uno encuentra en el Parque Nacional Cordillera Azul y lo convencen de la existencia del Edén.He prometido volver dentro de algunas semanas a Moyobamba para visitar Tingana y bañarme en las aguas termales de San Mateo. Pero también para detenerme un rato a la vera del camino y espectar uno de esos electrizantes partiditos de voley que convocan a tanta gente buena y confiada. Sí, señor…
Buen viaje…

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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