30. Minería responsable y turismo: el caso Barrick

(Huaraz) Para los que andamos en esto del turismo y el desarrollo social el tema minero resulta siempre una espina en el zapato. Claro, las mitificaciones sobre la actividad han sido –y serán- muchas y en las dos vías: las que transitan los enemigos acérrimos de la minería (de todas, CONACAMI, dixit) y la que frecuentan los que siguen viendo en la actividad algo así como el nom plus ultra del desarrollo. En asuntos como este los extremos no siempre solucionan los problemas. Veamos porqué.

Nuestro país fue diseñado por historiadores y profetas como una tierra prometida para la agricultura y sus derivados y eso, lo sabemos hoy, no ha sido otra cosa que una bonita interpretación, nada más. Apenas el 4 % de la superficie nacional es apta para el desarrollo de actividades agrícolas, el resto es lo que los viajeros atentos vemos cuando recorremos el territorio patrio: desiertos y más desiertos, cordilleras que impactan por su omnipresencia y bosques de límites infinitos. Los cálculos más optimistas refieren que (esforzándonos) acaso podríamos duplicar dicha cobertura productiva. Esa es la verdad, no hay otra. No somos el paraíso agrícola que nos dijeron que éramos. Tal vez por eso es que los analistas y planificadores se afanan en buscar otros sectores productivos que nos sirvan para dar de comer a tantas bocas en un país que tiene a más de la mitad de su población bajo los estándares de la pobreza y pobreza extrema. De allí la importancia de la pesquería, las otras industrias extractivas, el turismo…y porqué no decirlo de una vez, la minería.

No hay país en el mundo, creo, que tenga más vocación minera que el nuestro. En un tiempo lejano la plata, luego el oro; en épocas más modernas el cobre, el zinc, el plomo, el estaño y, ahora, nuevamente el oro. Antamina, Yanacocha y Barrick  (junto a otras empresas del ramo, es necesario apuntarlo) han logrado posicionarnos como el primer productor de este mineral en Sudamérica y el sexto a nivel global. Curiosamente el país que posee récords envidiables en biodiversidad (primero en especies de peces, segundo en aves, tercero en anfibios, cuarto en megadiversidad, quinto en plantas…) es el sexto en el planeta en cuanto a riqueza aurífera se refiere. De locos.

¿Qué hacer frente a esa realidad?, ¿debemos dejar de lado esa fuente de riqueza, asumir posiciones extremistas y mirar para un costado? No pretendo convertirme en el panegerista de la actividad minera en el Perú, los que me siguen a través de esta columna semanal lo saben; sin embargo, es necesario –en este y en otros temas- fijar posición. No hacerlo es seguir militando en la causa de la indecisión o de la hipocresía…

Todo lo anterior viene a colación porque la semana que pasó tuve la oportunidad de visitar la mina Pierina, en el callejón de Huaylas, gracias, entre otras cosas, a la invitación que me hiciera la Minera Barrick para integrar el equipo disertante en el Seminario de Turismo Competitivo e Integrador que organizó con el apoyo de Prom Perú. Pues bien, acabada la discusión académica (que fue ardua y muy aleccionadora: ciento cincuenta operadores turísticos conversando abiertamente de la problemática del sector), enfilé pasos para conocer al monstruo. Una mina a más de cuatro mil metros de altura que da empleo a 430 personas (el 98 % peruanos) y ocupa –rotativamente- a igual número de campesinos en actividades conexas a la explotación: reforestación, control de erosión y obras de desarrollo en las propias comunidades de donde provienen. Además de contribuir al fisco –por efectos del canon minero- con la friolera de cien millones de dólares. Como se dice en criollo, un verdadero billetón.

De la mano de Mónica Alpaca, ejecutiva atenta y solícita de Minera Barrick Misquichilca S.A., recorrí palmo a palmo casi todos los rincones de la mina: el tajo abierto, las pozas de lixiviación, las maestranzas, los caminos transitados por los famosos ticos (esos camiones con ruedas para gigantes que cargan sobre sus fierros toneladas de piedras y minerales), los depósitos del material extraído de la tierra, las fajas por donde se transportan los sólidos… Todas mis preguntas iban en el mismo sentido: ¿qué se está haciendo para mitigar los impactos ambientales de la operación minera?. Y a pesar de que la mina tiene tres o cuatro años de vida útil, lo que me dijeron los responsables de mi visita me sonó a música celestial. Terminada la explotación, los técnicos de la mina se tomarán un plazo larguísimo para darle curso a la última fase de recuperación ambiental: se trasladarán miles de toneladas de piedras y tierras vegetales para cubrir lo que el hombre transformó intentando crear un nuevo paisaje. Se procederá a una reforestación feroz que le dé feliz término a la que ya se hizo efectiva y que ha llenado de árboles 250 hectáreas de la zona. Se medirán (se terminarán de medir) los estándares de pureza de los acuíferos y se resolverá de mejor manera los problemas suscitados en tantos años de operación. No solamente los ambientales, también los sociales.

Para ello existe un fondo que los mineros canadienses han tenido que guardar. No se trata de que de un día para otro los beneficios de la actividad se diluyan y todo vuelva a fojas cero. Eso no es sostenibilidad, ese modelo de pan con mango ya lo conocemos. En Ticapampa o en la carretera central las huellas de la minería del pasado (relaves, erosión, pobreza extrema) son aberrantes. En Pierina se hará otra cosa. Los trabajadores serán reubicados en diferentes áreas productivas, para lo cual se crearán fondos que estimulen su conversión en pequeños empresarios, microindustriales, artesanos, etc. Es lo que en el mundo contemporáneo se  llama minería responsable, que no es otra cosa que una actividad productiva interesada en el crecimiento económico y social de las comunidades de sus contornos más próximos.

Pienso que los que deben ser impugnados no son los mineros canadienses y sus socios cholos de Barrick, ellos deben ser vigilados y obligados a estar en permanente observancia de lo que dicen las normas técnicas y legales vigentes; los que deberían ser puestos en el banquillo de los acusados son los integrantes de esa gavilla de vivos que han venido usufructuando de las ganancias que la actividad minera ha producido (en Huaraz y en el resto del país) y ahora alientan los desacatos y los paros regionales que intentan exigir mayores cuotas de inversión. Para ellos no vale la inversión social y ambiental de esta minería responsable, para ellos solo sirven los cupos mineros y los reglajes. Ellos son los verdaderos culpables de la crisis nacional. Salvo otro parecer.
 Buen viaje…

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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