11. Las comunidades nativas en el turismo del mañana

Hace unos meses visité una comunidad yagua en las inmediaciones de Iquitos. Hasta el día de hoy no me recupero de tan horrible impresión. Ver a los pobres yaguas exponer su miseria y sus cuerpos  grotescos por unos cuantos soles resultó una experiencia verdaderamente penosa. Aquel personaje de El Hablador, la poco comentada novela de Mario Vargas Llosa sobre la modernidad y el buen salvaje, que cuestiona la militancia indigenista a ultranza de Mascarita, tendría en estos vendedores de baratijas el mejor ejemplo para demostrar lo absurdo de su pretendido aislamiento. Verlos tan patéticos, atontados por el alcohol y los calores del trópico, ponía en cuestión todo ese rollo que propone la permanencia de la diversidad étnica y cultural.

 

Si no fuera por las conversaciones que tuve el privilegio de entablar con Lelis Rivera, antropólogo identificado con la causa de los indios de la Amazonía y por las lecturas que en su momento hice de los textos de Stefano Varesse, otra hubiera sido mi reflexión después de tan enojoso encuentro con esos hombres que alguna vez fueron, parafraseando a Luis Nieto Degregori, “señores destos reynos”.Para Lelis el asunto es claro: no solamente son los habitantes de la floresta los dueños de esos bosques y ríos majestuosos, sino que también resultan los más capacitados guardianes de ese tesoro de incalculable proporción. Ellos, como también lo ha dicho hasta el cansancio Antonio Brack Egg, saben más que cualquiera del funcionamiento de esa manigua exultante que es la Amazonía. Sin ellos, la grandeza biogenética de las selvas sudamericanas se perderá inexorablemente.

 

Todo esto viene a colación debido a una visita que hice la semana pasada a la capital del más oriental de los departamentos peruanos, Loreto. Nuevamente tuve que enfrentarme al mismo cuadro desolador, pero esta vez protagonizado por otro grupo étnico, el de los boras. Confieso que esperaba algo peor todavía y que por ello los pocos rastros de dignidad que observé en la mirada de los hombres y mujeres que bailaban al ritmo del manguaré y los cánticos a la anaconda, me devolvieron cierta tranquilidad, pero no la suficiente como para dejar de pensar en el papel que juegan las comunidades nativas en el desarrollo del turismo de hoy.

 

Luego de haber visto últimamente cómo se integran al turismo que se asoma a sus villorrios a machiguengas, asháninkas, yaguas y boras, presumo que si no logran consolidar su cultura y sólo se muestran como una caricatura de lo que alguna vez fueron como grupo étnico para decorar la foto o el recuerdo del visitante afiebrado por los engaños de los operadores turísticos de turno, su destino va a ser subalterno. Apenas una pieza –la más ridícula- de la escenografía turística.

 

Las comunidades nativas deberían luchar por ocupar cada vez más mayores eslabones de la cadena productiva de la llamada industria sin chimeneas. Ese es el reto y para lograrlo hay que luchar por la afirmación cultural de cada uno de los pueblos de ese mosaico interétnico que es el Perú de nuestros días. Afirmación cultural por un lado y, por otro, capacitación; sin esos dos conceptos la lucha por la tan mentada identificación cultural estará perdida. Los hombres y mujeres que conforman las nacionalidades de la Amazonía y el mundo andino tienen que aprender a identificarse con un pasado vital sin que esto signifique una ruptura con la modernidad que viene desde la costa. No pueden permanecer calatos en aras de un mal entendido primitivismo. Sus cuerpos no deben ser meros receptáculos para los parásitos y las desdichas. Ese abandono y esa miseria resultan los componentes básicos para que perviva esa opción que los convierte en receptores de migajas a la hora de la repartición de la torta del turismo nacional.

 

Deben reafirmar su identidad cultural sin complejos ni minusvalías. Su capital de futuro se basa precisamente en aquella singularidad que muchas veces los avergüenza y los hace sentir menos. Pero ese paso, lo decimos en voz alta para que lo escuchen todos los que de una u otra manera hemos decidido acampar en sus linderos, debe estar acompañado de la obtención de dos beneficios básicos que en la actualidad no reciben: el de la educación de calidad, primero, y el de las mejorías económicas,  luego. Si la pobreza sigue siendo el único alimento por recibir no existe otra solución que alzar la mano para pedir una limosna. Es tiempo de exigir medidas de apoyo social de emergencia. Es tiempo de velar para que se formen, al interior de las comunidades nativas, los líderes que el momento exige.

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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