33. De vuelta en San Fernando

A Julio Saldaña, defensor de San Fernando

(San Fernando, Marcona,8 de febrero de 2006) La semana que pasó volví a San Fernando, el paraíso de vida silvestre que descubrimos en el 2004 y que desde entonces se ha convertido en una de las banderas de lucha de los que militamos en la causa de Viajeros. No fue una visita cualquiera, no, esta vez llegamos a los peñeríos de la ensenada más hermosa de la costa peruana luego de cruzar la extraordinaria bahía de la Independencia y el desierto de Ica en compañía de Lucho y Sol Vereau, de True Perú, Carlos Reaño y Luis Beingolea, de Viajeros y los Pachamama, Fanny Labbé y Olivier Richard. Nuestra navegación por el desierto sureño fue de antología: un off road durísimo por momentos pero sumamente divertido, siempre. Viajar por las arenas y dunas de la costa es una de las experiencias más tonificantes que ofrece el Perú a sus amantes…

San Fernando, lo hemos dicho hasta el hartazgo, es el más impresionante refugio de vida natural que todavía nos queda en pie. Como dicen los entendidos, es un relicto de lo que alguna vez debió ser el océano más rico del planeta. En sus contornos de ensueño es posible observar todavía loberías concurridísimas y aves de todo tipo. Desde el majestuoso cóndor andino que domina sus alturas hasta el travieso marisquero que se oculta entre las rocas de la bahía.Todo es vergel natural y ausencia del hombre, ese otro habitante del desierto que todo lo destruye con su voracidad insaciable. Y, a veces, su mala leche…
La ensenada de San Fernando –una hora y media de travesía por el desierto desde Nasca o Marcona- es solo una pieza de un escenario mayor, como alguna vez lo comentó Antonio Brack Egg, que se inicia en los desolados de Nasca para morir en la península de San Juan o en las playas de Yanyarina, hacia al sur de Marcona, la ciudad del hierro y las tropelías de Shougang. Decenas de miles de hectáreas de biodiversidad tirados a la vera del camino: un escándalo de la naturaleza al lado de una localidad cuyos habitantes viven en la miseria más absoluta y el abandono estatal. Nuevamente la misma paradoja, la de un país rico en posibilidades pero pobre, pobrísimo, en desarrollo humano, en bienestar tangible de sus ciudadanos.

En el 2004 impulsamos, junto al conservacionista Alejandro Tello, el proyecto Refugios del  Desierto, iniciativa cívica que tuvo a bien contener la puesta en marcha de una inversión turística sumamente cuestionada por carecer de lógica y de los necesarios estudios de impacto ambiental. Al escarbar un poco en los orígenes de un negocio a todas luces misterioso (un consorcio local había adquirido por menos de veinte mil dólares un lote de casi seiscientas hectáreas de tierras en el corazón mismo del refugio) nos fuimos adentrando en un mar de aberraciones. Nadie se había preocupado en ingresar en lista alguna de protección a San Fernando, ni nuestros amigos de Mundo Azul ni los activistas de Acorema. Tampoco el Gobierno Regional de Ica ni los municipios de Nasca y Marcona sabían algo de las riquezas que albergaba la ensenada. Como en los duros días de Lucchetti, el movimiento conservacionista tuvo que iniciar el largo camino de las reivindicaciones desde una posición incómoda. De esas tribulaciones quedan muchos documentos y también grandes amistades. La de Luis Eduardo Cisneros, ahora en Caretas; la de Alvaro Rocha, de Somos, la de los funcionarios de la ONG Plades, la de los directivos de los sindicatos y frentes de defensa de Marcona y, sobre todo, la compañía y el combate del padre Julio Saldaña, de la vicaría del Medio Ambiente de dicha localidad.

Buenos tiempos aquellos, de emplazamientos públicos y coordinaciones a toda prisa. Pero volvamos a nuestra cita de la semana pasada. San Fernando sigue, en apariencia, incólume: allí los cóndores, sobrevolando el islote principal y el roquerío de El Elefante, en su lado sur. En el mismo escenario de siempre, las loberías repletas de lobeznos en permanente alboroto; tal como en nuestra primera visita, el refugio de pescadores al lado del morro donde reposan (por la mañana) las gaviotas de Simeón y los gallinazos de cabeza roja. Todo en su sitio, como hace miles de años. La única evidencia de nuestra especie, los envases de plástico que las corrientes marinas arrastran desde los más inverosímiles puertos. Nada más. San Fernando debe quedar así, como único testigo de lo que fue un mar rico, riquísimo, y también como evidencia incontrastable de lo que podría ser el litoral peruano si es que conjugamos esfuerzos –zonificando adecuadamente sus espacios- y seguimos  ojiabiertos para advertir (y evitar) las vivezas de los de siempre.

Con Lucho Vereau surcamos los contornos de San Fernando en seakayak. Tal vez hayamos sido los primeros Homo sapiens en navegar en vehículos de ese tipo por tamaño mar, salvaje y prístino. Abundantísimo. Una verdadera fiesta para el espíritu.
Buen viaje…

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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