26. Calentamiento global, una realidad

(Chiclayo) Hace unos días, de paso hacia Iquitos y mirando por la ventanilla del avión los campos desolados de Tarapoto, mi vecino de al lado, tal vez como queriendo exorcizar el silencio y las más oscuras premoniciones que nos ha dejado el accidente de TANS a los que viajamos por el oriente, me soltó otro (lamentable) lugar común: “ya no se ve selva, maestro”. Y claro que tenía razón; desde las nubes la exultante Amazonía se asemeja más a una mueca, a una broma de mal gusto. No es bosque es simplemente un campo de inverosímiles cultivos y  tierras en abandono. Walter Wust lo acaba de decir con claridad en un artículo que reproduce Caretas: el ritmo de deforestación amazónico es de tal naturaleza que podemos afirmar que diariamente se destruye una superficie similar a 1500 canchas de fútbol. Así de terrible.

La pobreza extrema (y extendida), la migración incontenible de campesinos de los andes hacia las tierras bajas de la montaña, la agricultura migratoria que impone patrones de cultivo ajenos a sistemas tan frágiles explican, en parte, la destrucción de una porción del planeta que por sí misma constituye una tremenda despensa de diversidad biológica para la humanidad, sobre todo para la del futuro. Lo hemos comentado en otro cuaderno, la política de población que se ha impuesto en la Amazonía es insostenible. Iquitos padece la presencia de veinte mil mototaxistas que contaminan de ruidos y de monóxido de carbono una ciudad al borde de la inanición; Bagua ya hace mucho que colapsó; en Tarapoto, Rioja y Lamas la crisis del agua es inminente; Pucallpa es el desorden y en Puerto Maldonado el clamor popular exige se levanten los vallados protectores que le han dado vida a un sistema de áreas protegidas modélico y paradigmático: el hambre pudo más.

La radiografía del caos ambiental nunca ha sido tan nítida y si a sus indicadores le agregamos los perjuicios por venir de la bendita interoceánica (o interoceánicas) el asunto asume ribetes apocalípticos.

Lo mismo viene sucediendo en los Andes del Perú debido a un fenómeno tan visible como la deforestación amazónica, salvo para los que no renuncian a dejar de lado las anteojeras. El descongelamiento de las nieves perpetuas de los macizos cordilleranos y la pérdida de los acuíferos es otra evidencia de la hora actual. Lo acaba de mencionar la revista Somos basándose en un reporte del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC): después de Bangladesh y Honduras ocupamos el tercer lugar en la lista de países con los más altos índices de probabilidades de sufrir catástrofes naturales de magnitudes desproporcionadas.

Tiempo de desastres y de miopías cómplices. Si hace algunos años el rollo ecologista producía malestar por inexacto y exagerado, y era por eso tildado de fundamentalista, su vigencia actual lo viene convirtiendo (casi) en política de Estado en algunos países que forman parte de una comunidad de naciones incapaz todavía de poner en práctica los lineamientos de acción que el protocolo de Kyoto visualizaron como urgentes.

En estos días la prensa de los países industrializados (la amarilla y la otra) ha iniciado un público mea culpa que intenta llamar por su nombre –y sin eufemismos- al tema de moda: el calentamiento global y la crisis del clima planetario. Katrina no es más un abusivo huracán, es calentamiento global. El tsunami de Asia no fue un desbarajuste oceánico en una región acostumbrada a las tragedias, fue calentamiento global. Como en los días que precedieron al Once de Setiembre, todo aquello que escapa a la norma no es terrorismo internacional, es calentamiento global. Mejor pecar por exageración que por omisión, pareciera la reflexión…

En esta coyuntura asaz de peligrosa ¿qué puede hacer un país pobre como el nuestro para solucionar un problema tan macro y de incomprensibles consecuencias y que tiene que ver con la profusión de gases tóxicos derivados de la industrialización basada en la preeminencia de los combustibles fósiles? En esa dirección poco, por no decir nada. De verdad, la contaminación que produce una economía como la nuestra es insignificante frente a la que origina el demencial desarrollo de las grandes potencias del planeta. Estados Unidos, el gran acusado del momento, en primera fila.

Si todos los peruanos dejáramos de producir sustancias tóxicas para la salud del planeta, ya sea porque asumimos el uso de energías amigables o simplemente porque decidimos volver “a la época de la carreta”, nuestro esfuerzo sería en balde, por las puras. El calentamiento planetario proseguiría y la escalada de desastres climatológicos también. Sin embargo, el Apocalipsis que se viene nos puede encontrar en mejor pie para negociar –vaya paradoja- con los países directamente comprometidos con el problema, los mismos que aparecen en la lista negra de Kyoto. Para ellos, nuevamente Estados Unidos, dixit, va a ser económicamente más fácil mejorar el clima de la Tierra creando oxígeno nuevo y fijando carbono. Solo necesitan inmensas extensiones de bosques (y mares saludables) para que se produzcan estos procesos naturales que podrían paliar en algo la destrucción que hemos generado. Serán, en el mundo del mañana, estos servicios ambientales los más caros y relevantes para aquellas economías que no pueden dejar tan fácilmente de lado su adicción a los combustibles fósiles.

Y el Perú puede convertirse en un productor de servicios ambientales de primerísimo orden; claro, siempre y cuando no nos sigamos afanando en deforestar los bosques amazónicos y sembrar de toxinas un mar privilegiado en fitoplancton y otros generadores de vida.

¿Lo sabrán Pihuicho y sus huestes en Madre de Dios, territorio donde se enfrentan los bárbaros Atilas y los defensores de la intangibilidad del bosque, en una nueva versión de la invasión de los bárbaros?. Para el presidente del gobierno Regional y para varios de los alcaldes de la zona, el sistema de áreas protegidas que impulsa el Estado debe destruirse porque impide el saqueo de los recursos naturales e incentiva la pobreza en la región. ¡Qué ignorancia, otra vez la misma historia: comernos la gallina de los huevos de oro!. Los bosques del Perú son más productivos vivos que tasajeados por las carreteras que amenazan hacer los nuevos visionarios y el hambre voraz de los politicastros de ocasión. Esa es la verdad. Ojalá que nos pongamos las pilas y nuestros orientadores de opinión cumplan con su papel. Ojalá que el miedo que se ha instalado en las salas de redacciones del mundo se haga fuerte y sea de verdad creativo; finalmente, Nueva Orleáns puede ser el principio del fin para los amos de la guerra.
Buen viaje…

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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