13. Ayacucho, requiem por una antigua y noble ciudad, primera parte

Hubo un tiempo en que la ciudad de Ayacucho, la histórica Huamanga colonial y rebelde, fue sede y epicentro indiscutible de una intensísima actividad cultural que supo agrupar a lo mejor del pensamiento y la intelectualidad serrana. A sus tres veces centenario claustro universitario llegaron intelectuales y andinistas de la talla de José María Arguedas, Antonio Reynoso, Luis Guillermo Lumbreras, Antonio Cisneros, Gredna Landolt y un poco después, Jaime Urrutia y los Morote, entre tantos otros. Ayacucho antes de Sendero Luminoso fue la Meca del establishment  provinciano; la nacionalidad, citando a González Prada, bullía entre sus pliegues y callejas virreinales. A finales de los sesenta o inicios de la década siguiente nadie podía presagiar su ocaso.

Sin embargo, la guerra popular, llegados los ochenta,  se instaló entre sus treintaitantas iglesias y la insanía y el crimen establecieron sus cuarteles de invierno en sus barrios tradicionales y en sus periferias. “Rincón de los muertos”, ese su nombre en quechua,  graficó como ningún otro apelativo la situación que por varios lustros vivió la recia ciudad que por tanto tiempo había sido modelo de industrialismo y espíritu independiente. Dura suerte le tocó vivir a los ayacuchanos, inmensa fue la desgracia que sus gentes tuvieron que soportar y trágico el desenlace de una guerra que al acallar sus tiros dejó en tinieblas el futuro de una villa que no ha podido recuperarse todavía y sigue sin encontrar las luces que iluminen el nuevo sendero a transitar.

Esta última festividad de Semana Santa llegamos a Ayacucho para tomarle el pulso a una ciudad que a pesar de todo sigue siendo el paradigma de la celebración católica que anuncia la pasión y muerte de Jesucristo y lo  que vimos nos hizo pensar en cuán poco hemos avanzado en desarrollar estrategias válidas, desde el punto de vista del Turismo, para remontar la crisis existencial que agobia a la peruanidad y poner proa hacia el desarrollo social y el progreso. Me remitiré a copiar fielmente algunas impresiones anotadas en mi cuaderno de viajes:

“La Plaza central de Ayacucho luce atiborrada por miríadas de turistas de toda condición que recorren una y mil veces cada centímetro cuadrado de su antiguo y acogedor perímetro hispano. El vocerío es indescriptible, como notable es el poco aroma religioso que despiden sus coloridas alfombras. La multitud se dispersa para volverse a encontrar en las calles aledañas, ganadas todas por el neón y la informalidad que en los últimos años han impuesto condiciones en otras ciudades del mapa del Perú.  Nadie parece advertir que el triunfo de la cultura combi sobre los claroscuros de lo que algún día fue una localidad de tintes andino-modernos resulta triste y desolador si es que lo comparamos con la acerada defensa de un mestizaje menos desordenado y apocalíptico en capitales como el Cusco, Arequipa o Trujillo, matizadas también por el desborde popular y el crecimiento demográfico, pero resueltas a conservar el patrimonio histórico que les legaron sus fundadores”.

Pero Ayacucho no es el Cusco, lamentablemente. En la legendaria capital del Tahuantinsuyo un vociferante cusqueñismo supo enfrentarse a los bramidos de la informalidad para defender linderos propios y mixturas más sensatas. En el Cusco milenario, un grueso sector de su burguesía más emprendedora, de la mano con los que desde otras urbes llegaron a su centro histórico para quedarse, se enfrascaron en una discusión sobre el destino de sus monumentos tradicionales  para después cerrar filas -errores de por medio- en una  apasionada defensa de su heredad histórica (léase calles, iglesias, plazas, jardines, fachadas, mercados, monumentos, espacios comunes, etc.). De esa gesta quedan en la retina algunos nombres invalorables: Daniel Estrada, los dos Nieto, Flores Ochoa, Valentín Paniagua…

Mientras esto ocurría en el Cusco, en Ayacucho, y nadie puede culparlos de nada, sus hijos más ilustres tuvieron que emprender el penoso camino de la diáspora y abandonarlo todo para no caer en manos de esos  mismos jinetes del Apocalipsis que hoy nos descubre la Comisión de la Verdad. Y cuando llegó el tiempo añorado del retorno, permítaseme especular, quedaron solamente ganas para el susurro y la pena, para el recuento de las víctimas y el silencio, no hubo espacio emocional para planear un desarrollo citadino sensato, acorde con la tradición y con  la historia. El caos se impuso al orden y la informalidad, que todo lo afea y nada respeta, sentó raíces y se hizo fuerte. El Ayacucho de hoy exuda desorden, improvisación, crecimiento exponencial, ningún criterio. Una ciudad abierta al descontrol y la falta de respeto por lo que antaño fue. Huancayo o Juliaca. En donde antes hubo señorío y vigor, en la actualidad brilla el desconcierto. Y en una ciudad así, colapsada y sin norte, es posible encontrarse –mala suerte la del viajero- con cientos o acaso miles de niños campesinos al borde del camino de retorno pidiendo unas pocas monedas a los automovilistas que llegaron a rendirle culto a la más pagana de nuestras fiestas religiosas. Pobre Ayacucho.

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Publicado el septiembre 3, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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