Fue un hombre bueno, lo sé. Hace un par de años lo busqué para pedirle un favor personal que supo cumplir a cabalidad. Mi familia, desde entonces, lo tuvo como un compañero a la distancia. Un amigo a quien podíamos recurrir en cualquier momento por un consejo o una sonrisa abierta. Hoy, tres días después de su inexplicable partida, lo hemos empezado a echar de menos. Vicente Santuc, miliciano del porvenir, adelantado del futuro, nos acaba de dejar, silencioso como solía ser, sin habernos advertido lo difícil que iba a ser acomodarnos a su ausencia.
Nuestra amistad tuvo más de afinidades mutuas que de lejanías en el tiempo. Lo conocí en el 2005, no hace mucho, en el campus de la universidad Antonio Ruiz de Montoya, el territorio liberado de los lugares comunes que supo construir con la misma convicción de galeote con que solía convocar a los tuvieron la suerte de rodearlo para seguir sus cuitas de profesor de idealismo. Fue su intuición de fervoroso creyente en el desarrollo de los pueblos del interior de nuestra patria, patria que por cierto hizo suya desde su llegada al Perú a inicios de la década del setenta, lo que hizo que nos conociéramos. Vicente nos reunió a Rafo León, Lydia García, Cecilia Raffo y a mí para entusiasmarnos con el sueño de una facultad de turismo en la UARM que pudiera constituirse en afinada herramienta de combate contra la pobreza extrema, las inequidades sociales, la falta de hojas de ruta singulares para abatir el subdesarrollo (material y mental) en nuestro adolorido territorio.
Nos reunimos varias veces en su oficina de Pueblo Libre (repleta de búhos en miniatura y libros de filosofía que solía leer y repasar con absoluta heterodoxia) para hablar de turismo y desarrollo, de futuro y de escaleritas sólidas para tomar el cielo por asalto, de todo. Vicente fue un alma absolutamente juvenil, un adolescente tierno con ganas de sacarle la vuelta a las convecciones y de armar revueltas. Nos contagió su fe inquebrantable en lo por venir y como quien no quiere la cosa me fue convenciendo de a pocos –gracias a su indudable carisma y modales de alquimista- para que asumiera el reto de dirigir el diplomado en Gestión e Innovación del Turismo de la Ruiz de Montoya y los demás escenarios académicos que dicha responsabilidad suponía. Hermoso encargo y maravillosa cercanía, largo tiempo de complicidades mutuas.
Con Vicente Santuc a la cabeza, la ilusión del turismo sostenible en la Ruiz de Montoya creció como la espuma y en poco tiempo la universidad se convirtió en la meca del pensamiento crítico en cuanto a turismo alternativo al convencional se refiere y las sinapsis con el ambientalismo-conservacionismo-parquismo peruano prosperaron como nunca antes. Por el campus de la Ruiz aparecieron rostros nuevos para enarbolar banderas de cambio y de movilización académica: Antonio Brack, Carlos Ponce (otra alma buena que se fue dejándonos sin su estela de bonhomía y sensatez), Gustavo Suárez de Freitas, Carlos Loret de Mola, Pedro Solano, el mismo Rafo y una lista insobornable de figuras prominentes del desarrollo que andamos preconizando con tantos apuros.
Fue el artífice de congresos, conferencias, seminarios, foros de trabajo que posicionaron a la universidad en terrenos que antes no había frecuentado y lo terminaron de convencer (me imagino) para dar el atrevido paso hacia la consolidación definitiva de la universidad jesuita. Vicente no se arredró y dirigió con sus dotes de alarife la tarea del crecimiento institucional que muchos de nosotros alentamos pensando siempre en una universidad plural, democrática, humanista, abierta al cambio y dedicada a la formación de seres humanos buenos, optimistas, dinámicos. A eso se dedicó durante los últimos años, justamente los mismos que marcaron mi alejamiento de la universidad en busca de otros caminos, de nuevas rutas para seguir creciendo. No nos vimos mucho, lo sé; sin embargo, su amistad siguió siendo un insumo guardé con celo, que trate de atesorar con entusiasmo por su carácter vitamínico y tan puro como la mirada de prójimo atento, caritativo y ubicuo que lo caracterizó mientras fue uno de nosotros. Te vamos extrañar mucho, maestro.
Buen viaje…

junio 25, 2011 a las 2:41 pm |
Recién leo estas líneas, querido Wili. Qué acertadas y reconfortantes. Vicente significó, para muchos de nosotros, un cable a tierra familiar y una fuente de cariño infinito. Gracias por compartir esto. Un abrazote,
Elsie