108. Después de Dakar, ¿qué?

enero 23, 2012

Quedé como un enemigo del vacilón, de la fiesta del Perú moderno que todos están festejando. Como un verdadero aguafiestas. Y todo por ser consecuente con una preocupación que me obsesiona: privilegiar el futuro antes que cualquier otra cosa, ser hincha del país que queremos heredar a los que vienen. Me encantan los rallyes, el Dakar lo he venido siguiendo desde que se realizaba en África, mucho antes de su arribo a Sudamérica, mucho antes de que se convirtiera en una moda, en un artículo más para la voracidad del Homo consumus. En esta versión del 2012, además, iba a participar un sobrino mío, Ignacio Flores, el hijo de Patricia Seminario y del Negro Flores, camaradas desde hace tantos años. Con él tengo que reunirme para que me cuente sus impresiones. Y no precisamente las de la competencia en sí; sino aquellas que le van a dar asidero (o no) a lo que he estado diciendo en estos días de unanimidad automovilística y marca Perú.

Sostengo una verdad que es un lugar común para los que observamos la naturaleza. En todos los espacios físicos por donde nos movemos, se mueve también la vida. Y no necesariamente la humana, la nuestra; no, me refiero a la compleja diversidad biótica que se explaya en cada uno de los tantos y tantos ecosistemas del espléndido territorio que poblamos. Los desiertos, las dunas, las pampas del litoral, las playas por donde pasaron automovilistas, equipos de apoyo y todos los sapos que la versión peruana del Dakar convocó, representan espacios pletóricos de vida que, si somos consecuentes con el rollo de la sostenibilidad y todo lo que el concepto significa, debemos cuidar, preservar, tratar con cariño. La impresión que me queda después del rally de marras es que esas consideraciones caviaronas no se tomaron en cuenta. Se privilegió el fiestón, la posibilidad de estar en las marquesinas de la aldea global. no el manejo adecuado de eso que nuestros capitanes de barco empiezan a mencionar en sus conversaciones en el club de playa o en la oficina: la biodiversidad (que por cierto no solo se encuentra en la fastuosa Amazonía, sino en todos los rincones del Perú, en los balnearios de Asia, en Pisco, en San Fernando, en Nazca, en Arequipa, en Moquegua, en Tacna, a lo largo de todo el recorrido del raid).

Hubiera sido ideal que las autoridades concernidas en este tema hubiesen puesto esas cartas sobre la mesa antes de hablar de exposición de marca y de otras consideraciones de branding. Hubiéramos tenido, todos, una clase nacional de respeto por nuestro patrimonio. En otras palabras, nos hubiera encantado que los encargados de negociar –en primera línea- con los organizadores de la afamada (y cuestionada) carrera hubiesen sido los responsables de los ministerios del Ambiente y de Cultura y no precisamente Francisco Boza, el eficiente presidente del Instituto Peruano del Deporte (IPD) y los funcionarios del Mincetur, que desde hace varios días todo lo ven indicadores del crecimiento del turismo. ¿O acaso no estamos celebrando el Año de la Integración Nacional y el Reconocimiento de nuestra Diversidad?

Entonces se hacía necesario, pienso, una precisión de inicio que no hemos visto que se haya dado. Y que conste que el Dakar ha pasado por las zonas de amortiguamiento de la Reserva Nacional de Paracas y la Reserva Nacional de San Fernando, las dos joyas de nuestro aún débil sistema de protección marino-costero.

En fin, yo también celebro el entusiasmo ciudadano por la carrera más famosa del planeta. Espero, eso sí, que se inicie, en todas las instancias, sobre todo en la académica, el debate sobre los impactos sobre el ambiente de un evento como el que estamos comentando, sobre todo ahora que empezamos como colectivo a ilusionarnos con la versión del próximo año. Nuestra inserción en la modernidad está trayendo como consecuencia el descubrimiento de un territorio en mucho y hasta hace relativamente poco tiempo, virginal y salvaje. Prístino, inhollado. Ya no quedan en nuestro país lugares a la buena de dios, protegidos por su aislamiento de la glotonería humana. El Ordenamiento Territorial del que habla el ministro del Ambiente debe considerar espacios intangibles para que en ellos se renueve la vida silvestre que queremos proteger del exceso poblacional y de las actividades que lo masifican todo. En otras palabras, ya que hablamos de costa del Perú, playas y espacios litorales despejados de Homo sapiens para que en ellas, aligeradas de tanto escándalo humano, continúen sucediéndose con normalidad los ciclos de la naturaleza.

El libro de Ricardo Espinosa, el Caminante, de 1995, nos enseñó, a varias generaciones de viajeros, a respetar un sinfín de playas Sin Fin, pletóricas en comunidades bióticas, sin rastros de seres humanos. Rob Williams y Juvenal Silva, de la Sociedad Zoológica de Francfort, me comentaron hace unos días que los cóndores de la costa de Lambayeque ya no están bajado a tierra, como antaño, porque sienten sobre sus alas la amenaza de perros de raza y vehículos 4 x 4, los nuevos amos y señores del litoral peruano. Si ese uso va a estimular eventos como el Dakar o los Caminos del Inca, es decir la masificación de los espacios de todos, me declaro públicamente un aguafiestas.
Buen viaje…

107. En el país de los Incas: la utopía andina y los nuevos indigenistas

enero 17, 2012

El debate sobre el paraíso incaico, que al final se convirtió (y no por decisión mía) en un lío de comadres,  me llevó al encuentro, después de varios años, con la siempre vigente obra de Alberto Flores Galindo, el recordado teórico, historiador de profesión, que alumbró las mejores horas de mi formación juvenil. Tito Flores Galindo, como lo llamaban sus amigos, fue un iluminado que atisbó como nadie el proceso de formación de nuestra nacionalidad. Y lo hizo  desde su doble condición de mariateguista declarado y terco desbaratador de mitos (sobre todo históricos). Murió joven, en 1990, dejando trunca una obra que tuvo su punto de inflexión en su extraordinario libro Buscando un Inca, identidad y utopía en los Andes, trabajo con el que obtuvo, en 1986, el prestigioso Premio Casa de las Américas.

En ese texto fundamental, Flores Galindo se ocupa del analizar con el rigor científico que lo caracterizó lo que entonces se convino en llamar la “utopía andina”,  esa entelequia que los peruanos hemos venido elaborando inconscientemente desde el siglo XVI que nos ha hecho idealizar el tiempo de los reyes Incas, convirtiendo el período de dominación quechua en una Arcadia feliz al que algunos piensan volver. Para Flores Galindo la idealización del pasado Inca debe entenderse como un mecanismo de defensa que nos sirvió para enfrentarnos al trauma de la invasión española y todo lo que supuso para nuestro devenir como colectivo. ¿Cuándo empezó esa construcción del paraíso incásico? Flores Galindo es claro al afirmar que la utopía andina, el retorno a las huacas, a los ancestros, no ha sido patrimonio exclusivo de los habitantes de los andes; por el contrario, desde tiempos lejanos los peruanos de todas las clases sociales hemos hecho causa común con dicha mistificación: durante el cierre colonial (recordemos a los mercuriales de Baquíjano y Carrillo e Hipólito Unánue) hasta nuestros días (volvamos a mirar el ideario de Acción Popular, el partido que llevó dos veces a la presidencia al arquitecto Belaunde o a la chakana misma de Alejandro Toledo), la vuelta al país de los Incas ha sido una reiteración, una obligada presencia en el debate sobre el futuro.

Durante los años ochenta los críticos de la nueva historia le endilgaron a los maestros del SUTEP la responsabilidad de esta idealización. Para ellos fueron esos profesores imbuidos de velasquismo (y sus textos) los causantes de esta pequeña revolución cultural. Flores Galindo,  apelando a la etnohistoria y a la razón antropológica, comprueba que la utopía andina se fue gestando en siglos de convivencia entre “incas” (andinos) y “españoles” (occidentales) y que sus fuentes y fundamentos podían encontrarse en hechos y personajes visibles, palpables, totalmente objetivos, algunos contemporáneos a la conquista misma, otros ocurridos tiempo después: el mito de Inkarri, el movimiento milenarista Taqui Onkoy, el cataclismo andino o Pachacuti, la resistencia incásica de Vilcabamba y la obra del mestizo Garcilaso de la Vega. Todos sucesos que detonaron un sentimiento de retorno, de vuelta a las raíces…en indios, mestizos, sojuzgados de todo color. Ese hilo conductor, que puede enriquecerse con otros acontecimientos: la pintura colonial, la búsqueda del Dorado, la propia rebelión de Túpac Amaru, es el que nos lleva a entender la utopía andina, el nuevo Santo Grial  de los que siguen viendo el futuro desde una concepción de la historia estática, pasatista.

No estoy en contra de esas elucubraciones, de esa necesidad por desandar lo andado. Sucede simplemente que cuando algunos de los nuevos seguidores del sueño incásico se pronuncian al respecto, apelan a un sentimiento racista que no me hace gracia. Eso de dividir a los peruanos en peruanos de ADN (me imagino que indios o mestizos con rasgos andinos) y peruanos de DNI (todos los demás, incluidos posiblemente usted y yo) responde a un razonamiento peligroso, fascista. Las divisiones de sangre o procedencia étnica, han alimentado (y siguen alimentando) los peores desvaríos de nuestra especie. Baste sino revisar de nuevo lo sucedido en Ruanda entre tutsis y hutus. ¿Conocerán los epígonos de lo racial como distintivo aquella carnicería inter étnica?

Cito a Tito Flores Galindo: ”La idea de un hombre andino inalterable en el tiempo y con una totalidad armónica de rasgos comunes expresa, entonces, la historia imaginada o deseada, pero no la realidad de un mundo demasiado fragmentado”. Para mí eso  del país de los Incas es solo un buen eslogan para imponer una marca en el planeta turismo. Punto. El país con el que sueño está poblado de ciudadanos respetuosos de su pasado histórico. Un país, de verdad, de todas las sangres y de todas las culturas.

Buen viaje…

106. Nuestro Kapuscinski

noviembre 21, 2011

Hubo un tiempo en que era natural pensar en Manuel Jesús Orbegozo cuando se soñaba con ser periodista y se tenía la mirada puesta en cualquiera de los caminos que nos pudiesen llevar a la noticia anhelada, al encuentro del destino que empezábamos a esbozar como jóvenes cronistas. No había mejor prototipo de reportero, de viajero por tierras increíbles, que este indomable reportero que solía firmar sus notas con tres señales de guerra: MJO.

Sus crónicas en el Dominical de El Comercio o en las páginas de la revista Oiga,  definían con rapidez  al viajero ocupado en desenmarañar geografías extremas, entonces inalcanzables; al periodista comprometido con todas las causas justas del planeta injusto que habitamos; al peruano universal que entre guerra y guerra se daba tiempo para entrevistar a los personajes más encumbrados del planeta que había parido la Guerra Fría: Pol Pot, Bokassa o Chu En-Lai.  Pero también al contador atento, cronista de su tiempo, de la vida y obra de los creadores de esperanza y lucecitas que se prenden al final del túnel: la madre Teresa de Calcuta, el Gabo de Aracataca, Hemingway, Borges, Oswaldo Guayasamín.  Orbegozo fue el más cosmopolita periodista peruano. El hombre que podía hablarnos de lo que sucedía en el planeta infinito.

Sobre sus primeros pasos como periodista de guerra y trotamundos; sobre los años de su magisterio en la escuela de periodismo de la Universidad de San Marcos y su prolífica obra como  comunicador graduado en armar publicaciones y proyectos, se va a hablar mucho en los próximos días, seguramente. A mí me toca guardarlo en la memoria como lo conocí: yo lector ilusionado, jovensísimo coleccionista de entrevistas de otros tiempos; él, mozalbete armado de muchas  ilusiones y muy pocas lecturas (Faulkner, Dos Passos, Wolf) listo para samparse de polizonte en el yate donde Hemingway pescaba merlines afanado en sellar el mito del pescador inalterable. Cabo Blanco, 1956. Orbegozo, poquísimos años en el oficio, hizo lo que todos alguna vez soñamos. Conversar con el ídolo, con el forjador de ilusiones. Habló largo con el Viejo en el mar del norte peruano. Habló  a medias, después lo supimos. Habló dos palabras, apenas un saludo emocionado. Lo que trajo a Tierra Firme, lo que logró pescar Manuel Jesús fue una de las más brillantes crónicas que se han escrito en el Perú y una obra gigantesca que seguiré leyendo una y tantas veces.

Buen viaje…

105. De nuevo en el principio: la agricultura orgánica como posibilidad

octubre 29, 2011

 

No he olvidado la pachamanca del 2005 en Lamay, el bucólico vallecito donde sentaron raíces Franco Negri y Rafo Casabone, también sus hijos, toda la familia: Paula Trevisan, Marlis Ferreyros, los chicos alargando sus primeros pasos entre los sembríos de maíz y el ladrido de los perros. Los Negri y los Casabone viviendo del sueño repetido de querer vencer las convenciones, luchando desde el alba -cada día- para armar, de a poquitos, una parcela en el campo capaz de derrotar el desencanto. Creyendo en las bondades de la tierra, en la posibilidad de un huerto autosuficiente, poderoso, dador de buenos frutos.

Lamay, nombre preciso. Sol tibio en cantidades y  aroma de eucaliptos. Sol siempre y el crispar de la naturaleza acechando en todo momento; agua cristalina bajando de los apus, sin prisa y sin contaminantes, aliviada de  tanta humanidad.

Todos los merendeantes de aquella tarde en las proximidades del valle de Urubamna no hubiéramos dudado en  afirmar, sin reparos, que la felicidad, al menos en Lamay, no era una quimera, tenía el rostro sonrosado de Valentina, de Mateo, de los hijos de Rafo y Paula corriendo entre el follaje, emboscados por la pachamama y sus encantos. Marlis y yo cumplíamos años, también Joaquín Randall. Las mamás en pleno tenían motivos para celebrar, se les veía pletóricas de alegría. Ese domingo era el segundo de mayo, día de la Madres.

Buen rato lo pasé hablando de educación con Namasté Reátegui y Verónica  Ugarte, las dos sumamente felices con los éxitos del parvulario Chasca Wasi y el Ausangate Billingual School. Ale Trevisan, Peter Frost, Reinhard y la Jota, Mario Ortiz de Zevallos, Leoni Lange y sus hijos: Vaidana, Naomi y Santino, Ana Blondet, Marina Rubio, Pablo Segovia, Susana Galdós, Maxi, el guía más célebre de Explorandes, George Fletcher, Tammy Gordon, la propietaria de Los Perros y la Cicciolina, completaban, en parte, la escena: un grupo de locos creyentes en otro modelo de desarrollo. Todos firmemente desarraigados de la ciudad y sus desatinos.

Por entonces recién se hablaba de los transgénicos y sus amenazas, el calentamiento global no se había convertido en un término nice en boca de cualquiera, el concepto todavía sonaba peligroso. Rafo Casabone apenas tenía media hectárea en producción y una granja de cuyes rebosantes de vida sin mercado aparente donde colocarse. Con Franco hablamos harto de la importancia de construir cadenas de valor en torno a los productos orgánicos. En la revista Viajeros estábamos tratando de hacer visibles los mercados campesinos y su potencial y nuestro lectores parecían entusiasmados con la idea.

Tiempo después el propio Franco fue capaz de reunir a un grupo nutrido de campesinos orgánicos del valle en la Asociación de Productores Ecológicos de Lamay (APEL). En el 2008 los visité con una delegación de estudiantes de la Universidad Ramón Llull de Barcelona que se quedaron boquiabiertos con la fortaleza del rollo de los productores agroecológicos que conocieron. Nelson, uno de ellos, les refirió que el valle de Lamay era uno de los más limpios de la zona, les dijo más: “en nuestras tierras los pesticidas y otras sustancias químicas son casi desconocidos”. Campesinos pobres por definición, los productores ecológicos de Lamay estaban convencidos de la fortaleza de una propuesta basada en la pureza de sus cultivos. Buen sol, agua fresca, tierras nobles, mano de obra respetuosa de los ciclos de la tierra. Maridaje perfecto.

De vuelta al Cusco de siempre. Hace unos días volví a encontrarme con Rafo Casabone, pero esta vez en uno de los amplios salones del Incanto, uno de los seis restaurantes de la cadena que dirige en el Cusco. Con nosotros estuvo Carlos Zevallos, gerente general de Cusco Restaurants y la música que escuché me llenó de emoción y complacencia: los seis restaurantes del grupo están siendo abastecidos con insumos orgánicos producidos en el huerto de Lamay y en las chacras de un grupo de agricultores de la microcuenca que siguió con terquedad el predicamento de hace unos años.

No se trata, hay que decirlo también, de una producción a escala, por el contrario, estamos hablando de un mercado pequeño, gourmet, con capacidad de hacer link (económico) por ahora solo con un selecto colectivo de restaurantes cusqueños que ha decidido premiar a su clientela con una carta de calidad. Una oferta culinaria sana y totalmente orgánica. El sueño de la cadena productiva basada en el respeto de la buena tierra.

“Esta asociación de intereses, este negocio franco y de mutuas conveniencias, sí produce inclusión social, cambios verdaderos en la vida de la gente”, nos lo comentó Rafo Casabone en medio del tráfago de 28 de julio.  Y desde ese día, mis recuerdos de aquel lejano domingo de mayo del 2005 que rememoré con ustedes, se han vuelto recurrentes. ¿Qué bueno, no? Como para volver a Lamay a tomar nota, in situ, de esta revolución agraria. Es necesario contarla porque tenemos en la agenda una tarea inmensa por cumplir: derrotar a las voces que claman por una agricultura moldeada en el paradigma Monsanto. Y esa no es la idea de los que seguimos soñando con un tipo de desarrollo que posibilite el buen vivir. El retorno al principio, a los orígenes.

104. Ollanta Humala en el año de Machu Picchu

septiembre 19, 2011

Perú celebrará este mes de julio dos acontecimientos de singular importancia. Primero, hombres y mujeres de toda condición social saldrán a las calles de Lima, Cusco y el interior del territorio nacional para festejar el primer centenario del descubrimiento de Machu Picchu, la ciudadela inca más conocida del mundo, una de las Siete Nuevas Maravillas de la Humanidad y principal ícono turístico de un país que recibe casi tres millones de visitantes cada año; después, hacia fines de mes, treinta millones de peruanos serán testigos, algunos jubilosos, otros con más preocupaciones que certezas, del cambio de mando gubernamental más esperado del último cuarto de siglo: por primera vez en casi doscientos años de vida republicana asumirá la conducción de la nación un presidente de centro izquierda elegido por la voluntad popular, el comandante Ollanta Humala. Julio, el mes del aniversario patrio, se presenta expectante. Hiram Bingham, el Indiana Jones hawaiano que desempolvó Machu Picchu en 1911 inicia las funciones que llegarán a su cierre con el juramento  presidencial del émulo de Lula da Silva (o tal vez, solo el tiempo lo dirá, de una versión mejor presentada de Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales).

 

La fiesta por el centenario de Machu Picchu tuvo su acto inaugural en marzo pasado cuando el gobierno del derechista Alan García logró, después de varios años de controversias y acusaciones mutuas, la devolución al Perú de las piezas arqueológicas que la Universidad de Yale retenía desde el retorno de Bingham a los Estados Unidos después de su exitosa performance peruana. El nombre de Hiram Bingham III, hijo de una pareja de misioneros protestantes instalada en Honolulu, la capital del archipiélago de donde también es oriundo Barack Obama, académico por las universidades de Harvard, Berkeley y Yale, gobernador por Connecticut y miembro del senado americano, es uno de los más controvertidos en la historia del Perú contemporáneo. En los primeros días de julio de 1911, y con fondos de la National Geographic Society, el explorador que solamente dos años antes había tomado contacto con la historia incaica se lanzó a la aventura de encontrar la Ciudad Perdida de los últimos Reyes Incas, sueño largamente postergado de exploradores extranjeros, aventureros nativos e ilusos de todas partes.

Desde entonces la polémica ha distorsionado la figura real del explorador americano presentándolo como  una suerte de Francis Drake de nuestro tiempo. Para un sector de la historiografía peruana Bingham solo fue un consumado ladrón de las joyas incas -el imperio agrario que durante poco menos de dos siglos sembró de civilización los andes sudamericanos-, interesado en promocionar su nombre con el único afán de encumbrarse en las esferas del poder político de su país. Filibustero de saco y corbata o explorador audaz, los peruanos, por lo general inconformes y levantiscos, parecieran estar, en el mes de las celebraciones oficiales por el primer centenario del descubrimiento de Machu Picchu, atentos a los entredichos que generaron en todos los sectores sociales los  tres últimos reñidos procesos electorales.

Tanto así que muy pocas voces han cuestionado el programa de festejos diseñado por una comisión de alto nivel presidida por el empresario Vega Llona, que incluye la iluminación de la ciudadela incaica y la presencia de la artista peruana radicada en México Tania Libertad, ceremonia que será vista en vivo por 500 millones de personas alrededor del planeta Desde hace ocho meses, cuando la alcaldía de Lima, la megalópolis de diez millones de habitantes que concentra el poder político y económico del país, pasó a manos de una coalición de izquierda liderada por la Dra. Susana Villarán y una mayoritaria cantidad de municipios y gobiernos regionales pasaron también al control de sendos movimientos políticos de oposición, por no decir de izquierda, el país ha dado una vuelca de 180 grados en sus preferencias electorales. En el año de Hiram Bingham y su proeza descubridora Perú es otro de las repúblicas sudamericanas que inaugura un gobierno de tinte populista.

¿Qué espera el peruano común del gobierno del comandante Humala?. Los resultados electorales indican que más de la mitad de la población electoral nacional exige un cambio sustancial en el modelo económico que se ha venido aplicando desde el gobierno del tristemente célebre presidente Alberto Fujimori (1990-2000) quien cumple condena en una cárcel del Callao acusado por un tribunal independiente de crímenes de lesa humanidad. Dicho modelo, es necesario mencionarlo, logró generar un crecimiento económico nunca antes visto –en el año 2007 llegó a un índice de 8.5 % del PBI -  en un país donde el 32 % de su población es pobre o extremadamente pobre. Crecimiento con inclusión social, pareciera ser la receta de moda y la propuesta electoral del todavía no juramentado presidente Humala que los peruanos de todos los sectores sociales reclaman al unísono.

¿Podrá el próximo presidente cumplir las expectativas, todas, de una sociedad compleja y en riesgo de disolución permanente?  No es tan fácil predecirlo, para el grueso de los analistas consultados los próximos meses serán determinantes para conocer el rumbo del nuevo gobierno. Mientras tanto, los habitantes del País de los Incas, esa era la marca oficial que por años identificó al Perú en el concierto del turismo internacional, se aprestan a festejar los primeros cien años de un viaje fabuloso que posibilitó la puesta en escena de una de las postales más conocidas en el planeta turismo, la de la ciudadela inca de Machu Picchu, símbolo cultural de un país milenario que inicia la segunda década del siglo XXI inaugurando un gobierno elegido mayoritariamente por el voto de los descendientes indios y mestizos de Manco Cápac y Mama Ocllo, la pareja de esposos-hermanos que salieron de las aguas espumantes del lago Titicaca para fundar una civilización impresionante y  ejemplar.

103. Los sucesos de Villa. Arboricidio en un Área Natural Protegida

septiembre 19, 2011

Este fin de semana, mientras los limeños ocupábamos nuestro tiempo en discernir por quién votar, operarios de la municipalidad de Chorrillos se tiraron abajo el bosquecillo de “molles brasileños” que por tanto tiempo caracterizaron la berma central de la autopista que divide en dos el Refugio de Vida Silvestre Pantanos de Villa. ¿Los recuerda? Estaban al medio de la vía, añosos y verdes, exultantes, una murallita natural que nos hacía sentir que estábamos en un área natural protegida, a punto de dejar la caótica Lima y enfrentarnos al aire libre.

Dentro de unos días las maquinarias del inefable alcalde Miyashiro rellenarán las zanjas de la vía con tierra vegetal y después el grass -que consume a chorros el agua que tanta falta nos hace- transformará el espacio arrebatado a la naturaleza en una suerte de jardín de los Maldini (la familia in de Al fondo hay sitio) que llenará de orgullo –presumo- a sus electores. ¿Y las autoridades del SERNANP?, ¿Dónde estuvieron, sabían del arboricidio que se estaba preparando?. ¿Y los grupos ecológicos que tan tesoneramente trabajan en éste y otros espacios naturales de Lima y alrededores, tenían noticias del estropicio? ¿La alcaldesa de Lima, que habló tanto de protección ecológica y de una ciudad saludable y para todos, habrá estado notificada de la decisión de la comuna chorrillana?

El colmo, verdaderamente el colmo. Lo increíble del caso es que el arboricidio que se acaba de cometer ha sido perpetrado dentro de lo linderos de una de las tantas ANPs del sistema a cargo del SERNANP, institución que se bate en defender la intangibilidad de las áreas bajo su jurisdicción en zonas altamente sensibles como Madre de Dios pero que no dice mucho cuando se trata de defender los fueros de los espacios a la vuelta de la esquina de una ciudad cercada por la contaminación, la explosión demográfica y las pandemias mil. El Refugio de Vida Silvestre Pantanos de Villa fue creado en el 2009 sobre un área de 263,27 ha, precisamente para conservar una muestra representativa de los pantanos del Desierto Pacífico Subtropical, incluyendo muestras vegetales así como la avifauna migratoria y residente con algún grado de amenaza. No para que se convierta, de la noche a la mañana y por decisión edilicia, en un jardín decorado por los burócratas de una oficina municipal que creen que la belleza de un área silvestre se mide en metros cuadrados de grass comprado en un vivero de la vecindad.

Que el alcalde Miyashiro no esté al tanto de que Pantanos de Villa es un sitio RAMSAR, bueno y pase, pero que sus ideas de progreso se impongan sobre el criterio científico de los responsables del área a cargo del MINAM es un sinsentido de marca mayor que no terminamos de entender. Lo razonable, lo que espero se dé en estos días de fárrago post electoral es una respuesta pronta (y una toma de decisión apropiada) de las autoridades competentes y, desde luego, un repliegue de la municipalidad de Chorrillos: un reconocimiento público del error cometido. Y que los mismos operarios que destruyeron el bosque de molles que todos los días admirábamos, se dediquen a sembrar de nuevo una columna de árboles que, al verlos crecer, haga que olvidemos tremenda falta de respeto. Más de cien árboles destruidos en nombre de una visión del ornato público que deberíamos erradicar. Lima es una ciudad en el desierto, El Cairo o Piura, no estamos para jardincitos que, tarde o temprano, serán tragados por la realidad.

Segunda batalla…

Lo he comentado al interior de un combativo grupo de trabajo que viene debatiendo con propiedad una serie de temas ambientales y en el que solemos encontrarnos Lucho Alfaro, jefe del SERNANP y yo: la tala de molles en Pantanos de Villa que denuncié en este mismo espacio la semana pasada, ha sido de total responsabilidad de PROHVILLA, la institución encargada de gerenciar el área natural. De PROHVILLA, en primer lugar pero sobre todo del SERNANP, organismo técnico especializado del Ministerio del Ambiente responsable, entre otras cosas, de dirigir el Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas del Estado (SINANPE).

Esa es la realidad. Sin embargo y ante la evidencia de los hechos consumados, no nos queda otra salida que confiar en el compromiso asumido por el SERNANP de “implementar, con la Municipalidad de Chorrillos, la ejecución de un proyecto de reforestación del área afectada diseñado con el más alto rigor técnico”. Complicada responsabilidad la que asumen Daniel Valle, Anna Zucchetti, director y presidente de PROHVILLA, y el propio Lucho Alfaro. Y lo digo no en el afán de echar por tierra las reconocidas competencias de los aludidos, profesionales en sus campos de la más alta valía y a los que conocemos y respetamos por su probidad y hoja de vida. No, lo digo porque desconfío, como ciudadano afincado en Chorrillos, de la capacidad técnica y operativa de un municipio que solo ha demostrado respeto por el caballazo y la prepotencia a la hora de ejecutar obras en los espacios de todos. Ejemplo a la vista: la destrucción del Malecón Pazos.

Tendrán que bregar mucho, estoy seguro, para erradicar del esteticismo municipal el criterio tan cuestionable de que las bermas, todas, deben ser cubiertas por grass americano, palmeritas sin ton ni son y cadenas de fierro protectoras. La avenida Prolongación Defensores del Morro (ex Prolongación Huaylas), precisamente donde se produjo el arboricidio, muestra en la zona próxima al Refugio de Vida Silvestre Pantanos de Villa, un jardín rebosante de verde que define un gusto que, estoy seguro, es el que la Municipalidad de Chorrillos va a querer imponer. Con el aplauso de la comuna, me imagino.

Obviamente, estoy hablando de conjeturas, de sucesos que todavía no han ocurrido; contagiado seguramente por el mismo ánimo que ha empezado a inundar la discusión pública a propósito de las dos candidaturas a la presidencia en campaña. Ojalá sea esa moda.

102. Vicente Santuc, un adelantado

abril 29, 2011

Fue un hombre bueno, lo sé. Hace un par de años lo busqué para pedirle un favor personal que supo cumplir a cabalidad. Mi familia, desde entonces, lo tuvo como un compañero a la distancia. Un amigo a quien podíamos recurrir en cualquier momento por un consejo o una sonrisa abierta. Hoy, tres días después de su inexplicable partida, lo hemos empezado a echar de menos. Vicente Santuc, miliciano del porvenir, adelantado del futuro, nos acaba de dejar, silencioso como solía ser, sin habernos advertido lo difícil que iba a ser acomodarnos a su ausencia.

Nuestra amistad tuvo más  de afinidades mutuas que de lejanías en el tiempo. Lo conocí en  el 2005, no hace mucho, en el  campus de la universidad Antonio Ruiz de Montoya, el territorio liberado  de los lugares comunes que supo construir con la misma convicción de galeote con que solía convocar a los tuvieron la suerte de rodearlo para seguir sus cuitas de profesor  de idealismo. Fue su intuición de fervoroso creyente en el desarrollo de los pueblos del interior de nuestra patria, patria  que por cierto hizo suya desde su llegada al Perú a inicios de la década del setenta, lo que hizo que nos conociéramos. Vicente  nos reunió a Rafo León, Lydia García, Cecilia Raffo y a mí para  entusiasmarnos con el sueño de una facultad de turismo en la UARM que pudiera constituirse en afinada herramienta de combate  contra la pobreza extrema, las inequidades sociales, la falta de  hojas de ruta singulares para abatir el subdesarrollo (material  y mental) en nuestro adolorido territorio.

Nos reunimos varias veces  en su oficina de Pueblo Libre (repleta de búhos en miniatura y  libros de filosofía que solía leer y repasar con absoluta heterodoxia) para hablar de turismo y desarrollo, de futuro y de  escaleritas sólidas para tomar el cielo por asalto, de todo. Vicente fue un alma absolutamente juvenil, un adolescente tierno  con ganas de sacarle la vuelta a las convecciones y de armar revueltas. Nos contagió su fe inquebrantable en lo por venir y como quien no quiere la cosa me fue convenciendo de a pocos –gracias a su indudable carisma y modales de alquimista- para que asumiera el reto de dirigir el diplomado en Gestión e Innovación del Turismo de la Ruiz de Montoya y los demás escenarios  académicos que dicha responsabilidad suponía. Hermoso encargo y  maravillosa cercanía, largo tiempo de complicidades mutuas.

Con Vicente Santuc a la cabeza, la ilusión del turismo sostenible en la Ruiz de Montoya  creció como la espuma y en poco tiempo la universidad se convirtió en la meca del pensamiento crítico en cuanto a turismo alternativo al convencional se refiere y las sinapsis con el ambientalismo-conservacionismo-parquismo peruano prosperaron como nunca antes. Por el campus de la Ruiz aparecieron rostros  nuevos para enarbolar banderas de cambio y de movilización académica: Antonio Brack, Carlos Ponce (otra alma buena que se  fue dejándonos sin su estela de bonhomía y sensatez), Gustavo   Suárez de Freitas, Carlos Loret de Mola, Pedro Solano, el mismo Rafo y una lista insobornable de figuras prominentes del desarrollo que andamos preconizando con tantos apuros.

Fue el artífice de congresos, conferencias, seminarios, foros de trabajo que posicionaron a la universidad en terrenos que antes no había  frecuentado y lo terminaron de convencer (me imagino) para dar  el atrevido paso hacia la consolidación definitiva de la universidad jesuita. Vicente no se arredró y dirigió con sus  dotes de alarife la tarea del crecimiento institucional que muchos de nosotros alentamos pensando siempre en una universidad  plural, democrática, humanista, abierta al cambio y dedicada a  la formación de seres humanos buenos, optimistas, dinámicos. A  eso se dedicó durante los últimos años, justamente los mismos que marcaron mi alejamiento de la universidad en busca de otros caminos, de nuevas rutas para seguir creciendo. No nos vimos  mucho, lo sé; sin embargo, su amistad siguió siendo un insumo guardé con celo, que trate de atesorar con entusiasmo por su carácter vitamínico y tan puro como la mirada  de prójimo atento, caritativo y ubicuo que lo caracterizó mientras fue uno de nosotros. Te vamos extrañar mucho, maestro.

Buen viaje…

101. El carnaval de Barranco volvió…y venció

abril 7, 2011

(Calle Cajamarca, Barranco) Pienso en la cantidad de gas lacrimógeno gastado a chorros, en la infinita verborrea que la prensa de siempre, las redes sociales y el Internet le dedicaron al carnaval de Barranco del año pasado, ¿lo recuerdan?. La versión 2010 del hit parade sureño acabó en rompanfilas, en una desaforada batalla campal que tuvo como protagonistas a los propios  festejantes y a la policía convocada por la mismísima autoridad municipal para reprimir una actividad popular nacida a inicios de la década que se fue, precisamente para llenar de alegría las calles de un distrito sometido por las combis, los taxis y  todo lo demás. Increíble, los que asistieron al carnaval del año pasado, autoconvocados la mayoría a través del Facebook y el boca a boca, salieron trasquilados: la reunión ciudadana terminó a punta de gritos, golpes a diestra y siniestra y amenazas de todo tipo. Con mis amigos Lolo y Didi Arteta zarandeados y a punto del shock por culpa de la arbitrariedad, sinsentido y mala leche del tristemente célebre alcalde Mezarina.
 

Lo comentamos en este espacio, la batalla de la  calle Miraflores dejó muertos (vivientes) y heridos por doquier. Felizmente los segundos se recuperaron y volvieron a tomar por asalto –el domingo 6 de marzo-  los espacios de todos para rendirle pleitesía al juego organizado, la locura callejera, la buena nota y el descontrol controlado. Sí, la versión 2011 del clásico carnaval de Barranco, bautizado este año con generosidad como el Carnaval del Barrio “El Gran Malambo”, contó con el apoyo de la policía, el serenazgo municipal, la autoridad edil y los comités barriales que existen en el caluroso distrito.  Los muertos del año pasado, los funcionarios de la gestión Mezarina, ni se aparecieron. Ganó la democracia verdadera y la ciudad, la que estamos reconstruyendo por acción popular, recuperó un espacio que se iba a perder sino se actuaba con energía y prontitud (callejera).
 
Con los Olaya en la calle Centenario. Nuestro recorrido empezó a medio día, en la calle Centenario, cerca de la casa de Quica Moncloa. Uno de sus hijos, el artista plástico Gabriel Alayza, fue el portaestandarte de la comparsa de los Cíclopes, vestidos sus animosos integrantes (y desvestidos también) de azul encendido. En la esquina de Centenario con el malecón Paul Harris la multitud saltó y fue feliz al compás de los Olaya Sound System, una de las tantas bandas de rock del distrito más bohemio de Lima. Allí nos encontramos con Mari Solari, con el fotógrafo Toño Martínez, con María Elena del Solar y el Cholo Nieto, barranquinos de pura cepa y recibimos también los primeros baldazos de agua de la espontánea manifestación carnavalera. Jessica Vargas, la recién estrenada alcaldesa lo dijo pocos minutos antes de echarse a andar la festividad: “El Carnaval de Barranco es una fiesta para los vecinos, un acto cultural, es una celebración que busca integrar a todas las familias y que invita a disfrutar la calle”.
 
De Centenario las comparsas tomaron el camino del malecón, hacia la polémica Casa Dasso, hasta hace unos días punto focal de todas las controversias en una zona de la capital que se rehúsa a crecer sin planificación y  falta de respeto hacia los espacios públicos. En ese rincón del distrito todavía se dejan ver los estropicios de la pasada administración municipal. Los celebrantes no le hicieron caso a la política y se dedicaron a lo suyo: los gritos, los bailes, el juego, las excentricidades.  El rey Momo feliz de la vida.
 
En el barrio del Proyecto Barrio. En  Sáenz Peña vimos por última vez a la alcaldesa disfrazada y llena de ánimos, monitoreando como se debe el paso de la comparsa por la avenida Grau y la calle Cajamarca, allí donde nació, gracias al tesón y barrio de Sebastián Solari, el mítico Proyecto Barrio, la iniciativa ciudadana responsable de haber revivido el carnaval de Barranco y “culpable” también de convertir la calle Catalino Miranda (ex Cajamarca) en una de las más lindas  y arborizadas del distrito. En ese punto de la navegación callejera fui convocado por Santiago Solari y  Philipe Grumberg para integrarme a las filas de los Barrio, que este año presentaron de nuevo la serpiente amazónica que había que cargar y hacer cimbrear para deleite de la concurrencia.
 
En Cajamarca con Colón, allí donde los Arteta, nos esperaban los muchachos de La Roja y sus acordes de rock and roll. Mardi Grass en Barranco. Mencía Olivera (su mamá y abuela), Natalia Arteta, Ipi Pérez del Solar, Javier Perla, fueron, sin duda, los más animosos en esta esquina del movimiento. De Cajamarca el fiestón se dirigió a toda prisa hacia la Plaza Raimondi donde la música y el jolgorio siguieron de plácemes. Los sicuris de Paloma Duarte, molinera-barranquina-Gana Perú sonaron fuerte como queriendo decir que Barranco también es huayno y explosión popular. La encontramos dos días después en Internet para preguntarle su opinión sobre la fiesta, esto fue lo que nos dijo, vale la pena conocer su pensamiento: “Los barranquinos queremos usar nuestras calles, divertirnos, celebrar, organizarnos, ser ciudadanos que se atreven a pasar el umbral de nuestras casas para compartir entre todos y todas. Nada más”. Tiene razón la joven candidata al congreso por la agrupación de Ollanta.
 

Gracias por el fuego. De Raimondi la movida se trasladó a Malambito, barrio de bravos y otrora tierra de nadie. Allí el júbilo alcanzó un paroxismo inusitado gracias al encuentro musical entre La Mente y Sabor y Control, rock urbano y salsa dura, purito Barranco y algarabía incontrolable. Mientras la banda de Ricki Wiesse convocaba a todos los creyentes, nos dimos tiempo para ir en busca de los que se habían movilizado hacia la plaza principal del distrito. Allí la fiesta tenía los rostros de todos los limeños y el desborde amenazaba en tirar por la borda todo lo ganado a fuerza de unidad distrital y diversión auténtica. Felizmente que la suerte (y previsión de los ubicuos bomberos) pusieron lo suyo: los chorros de agua de las unidades de la bomba del distrito  calmaron a los miles de convocados a través de la prensa citadina y, nuevamente, las redes sociales. Ya para entonces, ocho horas después de iniciada mi participación vecinal, se hacia tiempo de volver a casa.
 
Decidí partir, no sin antes tomar estas últimas notas del líder de Decisión Ciudadana, José Rodríguez, candidato fallido a la alcaldía distrital por el más locuaz de los movimientos de base de Barranco. Lo conocemos desde hace mucho tiempo y sabemos de su disposición por el cambio y buenas maneras. Lo que sigue es parte de una forma de entender la civilidad que compartimos de cabo a rabo:“La experiencia de haber vivido el carnaval de este año ha sido muy positiva; primero porque la organización fue más amplia; hemos sido varios los grupos convocados. Luego porque hubo un intento, mejorable por cierto, de llevar la fiesta a las zonas aisladas del distrito como Raimondi, Balta, Malambito. De hecho, la alcaldesa estuvo a la altura de las circunstancias. El apoyo de la autoridad marcó la diferencia, da gusto como vecino encontrar un municipio promotor y no cancelador y opresivo como el anterior. Las sonrisas fueron el común denominador del carnaval de este año”. Qué buena revancha, exactamente un año después, la batalla de la calle Miraflores, allí donde los activistas del Proyecto Barrio y los propios vecinos de la cuadra construyeron un Triangulito para ver pasar las horas, fue ganada por los paseantes, usted y yo, los que estamos construyendo a patadas una ciudad reconciliada con sus pobladores y pletórica de alegrías.
 
Notas relacionadas:
 
Apoteosis del carnaval de Barranco
http://www.soloparaviajeros.pe/edicion58/nota1.html

100. “Viajo para vencer a la muerte” (aunque parezca una quimera)

abril 1, 2011

(Pantanos de Villa, Lima) Vaya, llegamos al post número cien…y como todo lo que podría decir al respecto, sería tan solo más de lo mismo, prefiero  celebrar el ingreso a esta mágica cifra contándoles por qué viajo. Mejor dicho, volviéndoles a referir algo que Perú 21 logro sacarme del fondo del alma hace algunos años. Gracias por seguirme.

 

He viajado por todo el Perú, durante años, en ómnibus, a pie, en burro o en bicicleta. También en peque-peque, en camión, en tren, en una lancha que se deslizaba rompiendo olas por el Amazonas, en avioneta, en helicóptero, en avión. He viajado en un escarabajo del 68, en una 4 x 4, en un bote que hacía agua, en combi, en una bolichera y hasta en un tico. Alguna vez a caballo, otra sobre una balsa de totora. He viajado con amigos, por trabajo, solo, por las puras, últimamente por vicio. Como diría Javier Reverte, “viajar es tan sólo una carrera contra la vejez y la muerte”. O para decirlo de otra manera, viajar es darle batalla inútil al inmovilismo. O a la sensación de quietud.

Y esa obsesión por el movimiento, ahora lo sé, ha sido –y seguirá siendo- el  leit motiv de mi generación, la de los ochenta. La de Kloaka, la fuga masiva y el nacimiento de sendero. La de Bore Rubio y Renzo Uccelli.

No quisimos ser, los que estamos a punto de aterrizar en los cincuenta -o los que se acercan velozmente a ese paradero- “animales de las veredas”. Esa obstinación por la garita de control de Pucusana y el olor a petróleo en las entrañas, nos hizo militar en una religión que tenía como Dios a un dios inmaduro y cachoso. Nuestra divinidad moraba en el bosque de Zárate, en algún recodo del río Lurín o en las quebradas de Parcanajón o Yactapara, a la vera  de las lomas de Atiquipa. No era citadino, tampoco sabía exigirnos otra devoción que no fuera la del descontrol y la fe ciega en la fortuna. Era un dios perceptible, a veces tenía el rostro de un chofer de camión,  a veces la de un cura alegre dándonos cobijo en alguna sacristía olvidada de cualquier rinconcito ayacuchano.

Josemari Recalde dice en uno de sus últimos poemas: “uno es desde siempre transeúnte”. Tuvo razón.

Y como quiera que a esa certeza sigo aferrado, diré solamente que viajar es el deshueve. No hay otra definición mejor.

Variaciones sobre un mismo tema

Julio del 2001. Un hombre, o sea yo, ingresa respetuoso en las fauces gigantescas del pongo de Mainique, allí donde se encabrita para derrotar a los Andes, el fabuloso río Urubamba. Sabe que en esas gargantas milenarias se encuentra el Tonkini, puerto de entrada al Mesarini, caudal misterioso que conduce a las almas al Inkiti o cielo machiguenga.  Ha viajado muchas horas tratando de llegar a Timpía, al otro lado del pongo, para visitar un albergue regentado por nativos que intentan construir una alternativa solidaria en medio del capitalismo bravo que también se ha instalado en el turismo de esas hermosas localidades del Perú más profundo. Lo acompañan sus pocas pertenencias: un par de ideas sobre el mundo, una mochila, un cuaderno de notas, los dos tomos con las  narraciones de Paul Marcoy sobre la Amazonía peruana, versión 1854.  Tres o cuatro fotografías y muchas dudas.

A su lado van un fotógrafo y un antropólogo amigo. Al comando de la nave, una embarcación delgadísima, tan delgada como una flecha lanzada al viento, se encuentran tres nativos silenciosos: Job Korinti,  Marcial Shivituerori y Miguel Chacami. Navegar por el pongo de Mainique debe ser tan espectacular como ser Ulises en medio de Escila y Caribdis, piensa. Los paredones se suceden unos a otros y las cataratas se renuevan con una intensidad que agobia. Todo es mansedumbre mientras los minutos se aletargan, se convierten en horas. Todo es verdor, fantasía, exuberancia. El  mundo parece inmóvil por un instante. Solo los paucares, con sus chillidos que resuenan en la selva como las voces venidas de otros reinos, desafían ese magisterio del silencio. Esa gran concentración de todos los dioses. Ese espacio-tiempo detenido por la dicha.

Job, el machiguenga más viejo, ha dejado de sonreír y atisba con excesivo respeto las figuras que el río parece alojar en su superficie. El Urubamba es un vientre enorme que congrega entre sus cavidades a toda el agua del universo…

Después de superar la última catarata, justamente donde el río es otra vez remanso –y no energía contenida o furia-, nos atrevemos a acoderar la nave sobre el lomo de una playa de arena completamente cubierta por una miríada de mariposas de múltiples colores. Nadie habla, solo somos seis hombres venidos de la bruma. Se rompe la calma, empezamos a charlar. Alguien saca de una canastilla un molde de queso, un paquete de galletas, un puñado de aceitunas, algo para beber. Hemos retornado de un viaje agotador.

“Diréis que me tomo demasiadas libertades, a pesar de la licencia que se debe acordar a todo viajero desde  los tiempos de Simbad el Marino, a su regreso de tierras lejanas”, ironiza un viajero de vuelta a casa después de un viaje por los agobiantes caminos del Perú. Qué preciso, viajar es también fantasear, es ser otro por un tiempo, tener el control de la felicidad y espantar a los demonios que nos quieren envolver en el manto de la desdicha y la monotonía.

99. En el país (del guano) de los Incas

marzo 18, 2011

(Lima, para revista Altaïr) Es verdad. La Lima de Vargas Llosa, la de Conversación en La Catedral y  La Ciudad y los Perros, no suele encajar con esa visión estereotipada que tienen muchos de una ciudad cercada por los Andes. La ciudad que el novelista recorrió en su infancia y juventud es un balcón sobre el océano Pacífico, una ciudad con aroma a mar.  Desde las ventanas de las casas que se levantan frente a sus regios malecones es posible otear el infinito, observar, en lontananza, las islas que antaño rebozaron de guano, un fertilizante natural que durante el siglo XIX  motivó  guerras e infortunios en una república que acababa de dejar atrás trescientos años de dominación colonial. En la República del Guano. Guano, wanu en quechua, el idioma de los incas, es el sinónimo que los peruanos han encontrado para referirse al fertilizante que se obtiene de las deyecciones fecales de las aves marinas. Fue precisamente el valor mineral del guano que producían alcatraces, cormoranes y piqueros lo que transformó, hacia 1840, un quehacer milenario en una industria capaz de catapultar el desarrollo agrícola europeo.En un siglo de explosiones demográficas y pérdidas de territorios coloniales, la llegada a Europa del nutriente extraído del Perú fue un bálsamo para gobernantes y gobernados. Gracias a su potente contenido de nitratos y otros minerales, el guano  revolucionó la producción agrícola e hizo milagros. Sirvió para mitigar hambrunas y en Lima, la vieja villa fundada por Pizarro, para encumbrar a una burguesía que convirtió a la ciudad en una de las más bellas y lujosas del Pacífico.

El guano, el oro del siglo dieciocho, el fertilizante que los moche empezaron a utilizar con sapiencia tres siglos después de nuestra era, fue el detonante, en 1879, de una guerra que enfrentó a los ejércitos de Chile, Bolivia y Perú, un conflicto atroz que tiñó de sangre el desierto que los tres países compartían. Muy poco de las ganancias obtenidas se convirtieron en obra pública, tal vez fueron los ferrocarriles que desafiaban las alturas anunciando un progreso que nunca llegó, lo más visible de un boom económico que terminó en comedia. Bolivia perdió su mediterraneidad, los peruanos la fe en un porvenir compartido con sus vecinos.

Los cálculos más tímidos sobre la magnitud del negocio guanero son abrumadores; entre 1840 y 1880 se extrajeron de las islas peruanas 13 millones de toneladas de guano, más de nueve mil millones de euros. En 1956, cien años después de iniciado la explotación del recurso un censo aviar arrojó un dato que le hubiera encantado a Hitchcock: en los islotes del Perú se podían encontrar 33 millones de pájaros defecantes.

En el mar más rico del mundo. Tomamos la ruta de Asia, curioso nombre que recibe uno de los balnearios más lujosos de la capital y denominación también de una isla de 71 hectáreas, a sólo una milla náutica de la costa, donde habitan cien mil aves guaneras, entre guanayes (Phalacrocorax bougainvilli), piqueros (Sula variegata) y alcatraces (Pelecanus thagus). La estación veraniega va llegando a su fin y en Asia todavía se prolonga la campaña anual de recolección del fertilizante natural del que tanto se habla por estos días.En temporada de vacas flacas hay que ser precavidos e innovadores. Y en materia de fertilizantes, los abonos sintéticos, derivados por lo general del petróleo,  han sido puestos en tela de juicio porque empobrecen la tierra donde se desarrolla una agricultura intensiva. El guano de isla, en cambio, es una bendición desde todo punto de vista; es más barato, mejora los suelos, no tiene contaminantes, es biodegradable, vigoriza raíces, es orgánico.

En Asia el graznido de las aves guaneras es insoportable, como insoportable es el olor a amoníaco que lo envuelve todo. Hemos bajado del Río Tambo, buque de la armada peruana que cumple esta mañana una misión de carácter cívico. Su capitán, el comandante Raúl Roselló nos ha ubicado en un bote a remos que a duras penas alcanza el destartalado muelle de madera que sirve como puerta de ingreso a esta área natural protegida a cargo de Pro Abonos, una institución gubernamental que se encarga del manejo del recurso y de dar protección a las cinco millones de aves guaneras que a la fecha habitan el mar del Perú. El guardaislas que nos recibe nos pide cautela, silencio y mucho respeto. Hombres y animales están haciendo lo suyo.

Son las cinco de la mañana y una enorme fila de siluetas que la matutina niebla costera se afana en envolver se dirige a la parte oriental de la isla para reiniciar la faena diaria.   Mientras avanzan por el sendero, alcatraces y zarcillos (Larosterna inca) se dedican a hacer lo único que en apariencia saben realizar: lanzarnos sus excrementos tibios. En este pequeño islote del sistema de islas y puntas guaneras se vuelve a extraer guano después de veinte años, tiempo suficiente para que el fertilizante natural haya vuelto a acumularse formando capaz de medio metro de alto.

Los 180 trabajadores provenientes de la sierra más pobre de Áncash, a diez horas de Lima, en su mayoría indios quechuahablantes, llegaron hace dos meses y ya están a punto de terminar su cometido. La mayoría decidió abandonar temporalmente sus  tierras atraídos por los ciento sesenta y cinco euros mensuales que obtendrán por su trabajo. Llevar ese dinero a casa para invertirlo en la campaña agrícola que se inicia en abril es el sueño de todos; de tal forma que el hacinamiento, las afecciones bronquiales que produce la ingesta del polvo que se levanta todo el tiempo y la soledad son asumidos con estoicismo por una milicia capaz de resistir el sol más abrasador o  la posibilidad de caer por los riscos que se levantan sobre las olas. 

Jóvenes y mayores, padres e hijos, se dividen en grupos muy diligentes, unos separan el abono del suelo insular armados de cepillos, rasquetas y picos, otros apilan el material en sacos que son levantados en peso y llevados a un cernidor donde una última cuadrilla tamiza el guano, separando impurezas para empaquetar el producto final en bolsas de cincuenta kilos. Un enjambre de hombres-hormigas apilando pirámides de guano en un escenario lunar, salpicado de nidos que pronto volverán a alojar a una nueva familia de emplumados.

Un negocio redondo…para los más pobres. Hace un par de años se llegó a acopiar 20 mil toneladas del abono más rico del mundo, el del Perú y su distribución privilegió los mercados locales. Sólo el 20 por ciento de la producción de ese año se envío a Estados Unidos, Francia y Alemania. El resto, la mayoría de lo extraído en las islas, fue llevado a las zonas agrícolas más deprimidas del país. Se trata de favorecer el uso del fertilizante en la producción de cultivos orgánicos, principalmente de café y  cacao, productos que están desplazando a la coca que se sembraba ilegalmente y que destruye vidas y ecosistemas. Una manera pragmática de aliviar la pobreza y derrotar el narcotráfico.Al caer la tarde volvimos al Río Tambo para ganar la noche y poder prepararnos para visitar la la Reserva Nacional de Paracas. Los recolectores del guano, llegado el ocaso, volvieron también a su campamento. Algunos lavan sus destartaladas ropas en la playa frente a la improvisada reunión de carpas y cuartitos que se vienen abajo, otros escuchan las notas tristes de un huayno, la música andina por excelencia, que propala una emisora local. Los muchachos se afanan en organizar un partido de fútbol entre las bolsas de guano y los tendidos de ropa. A las ocho de la noche se apagarán las luces que genera el ruidoso motor a gasolina y habrá que cerrar los ojos-

Reserva Nacional de Paracas, un paraíso. En las islas Ballestas cientos de lobos de mar (Otaria flovesens) de tamaños inverosímiles reposan en las rocas mientras un enjambre de aves marinas crece y decrece conforme nos vamos acercando a los islotes repletos de guano. Nos encontramos de nuevo en el interior de la república guanera.Paracas es un lugar único en el mundo debido a su excepcional diversidad biológica generada por la corriente marina de Humboldt (de aguas frías) y el afloramiento de las aguas interiores que favorecen la vida de microorganismos que convierten al  mar de Perú en el paraíso de la biodiversidad planetaria.

En la bahía de la Independencia, uno de los puntos más bellos de la Reserva Nacional de Paracas, se ubica Isla La Vieja, nuestra última parada. Nos acercamos, esta vez en kayak,  a las salientes donde se advierte la presencia de las primeras colonias de pingüinos de Humboldt (Spheniscus humboldti) que observamos en nuestra travesía. En Paracas  se encuentra la población más grande de tan avezado nadador alado.  Y también las zonas de reproducción del potoyunco ((Pelecanoides garnotii) , antiguo habitante de las islas guaneras y una de las primeras especies expulsadas por el tráfico humano que produjo la explotación del recurso.

De vuelta en Lima. Durante nuestra primera noche en la  capital del Perú el olor a amoníaco parece incrustado para siempre en nuestro cuerpo. Alguien comenta en la calle que huele a harina de pescado, el producto que desplazó en las preferencias de los peruanos al milenario fertilizante y que hoy se exporta por millones de toneladas a China y otros países en acelerado crecimiento. La anchoveta (Engraulis ringens), el pez que por miles de años sirvió de alimento a la pajarada que conocimos en nuestro viaje por las islas del norte, es el insumo básico de la nueva industria.  En la tarde nos reunimos con funcionarios de Pro Abonos quienes siguen optimistas en sus observaciones. Para uno ellos es clarísimo el  siguiente razonamiento: “en un mundo que se debate entre lo transgénico y la producción orgánica, las tierras del Perú, deberían privilegiar lo natural, lo hecho a mano, lo libre de químicos y contaminantes. En esa dirección se enmarca nuestro trabajo: abono limpio de las islas del Perú para sustentar  una agricultura orgánica que se imponga a la de la soya y el maíz trans”. En el país del oro de los incas, el nuevo tesoro por explotar (y cuidar) proviene de la caca de unas aves de vuelo zigzagueante.

 

Bibliografía recomendada

El trabajo más importante sobre el guano del Perú es el de Pablo Macera, El Guano y la Economía Nacional que se encuentra en la colección Trabajos de Historia (Retablo de Papel, INC, 1977 ); lamentablemente se trata de una edición escasa pero disponible en cualquiera de las bibliotecas de Lima.

En You Tube (http://www.youtube.com/watch?v=2Fe4Hylj-0A) se encuentra el video Aves Guaneras, las aves más valiosas del mundo, producido por Pro Abonos, dependencia del Ministerio de Agricultura peruana encargada del cuidado, acopio y distribución del recurso. El biólogo Raúl Sánchez Scaglioni, especialista en aves marinas del Perú, fue quien supervisó el trabajo de investigación.

Bonilla Heraclio

Un Siglo a la deriva

Ensayos sobre el Perú, Bolivia y la guerra

Instituto de Estudios Peruanos, 1980

Detallada historia de la explotación del guano, su venta al exterior y los problemas que causó entre Bolivia, Chile y  el Perú durante el siglo XIX.

Raimondi, Antonio

Informes y polémicas sobre el guano y el salitre

Perú: 1854-1877

Fondo Editorial de la UNMSM, 2004

Raimondi fue un científico italiano que recorrió todo el Perú, durante la segunda parte del siglo XIX, para estudiar su naturaleza singular. Fue uno de los primeros científicos en valorar en toda su dimensión la riqueza mineral del fertilizante.


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